Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 43
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CAPITULO 43

maddox

l a oscuridad se siente como una presencia densa y asfixiante. Como si fuese otra persona intentando apoderarse de mí. Me engulle, pesada y húmeda, pegándose a mi piel como una mortaja. Intento correr, pero mis pies no encuentran suelo.

Caigo. Una y otra vez, el abismo me reclama hasta que el negro es lo único que reconozco como hogar.

Mi cerebro envía órdenes que mi cuerpo ignora.

Levántate. Muévete. Grita.

Pero mi sistema nervioso parece desconectado, como si los cables hubieran sido arrancados de cuajo.

No entres en pánico, Maddox.

Intento consolarme pero es inútil, lo último que recuerdo es ser arrastrada por la oscuridad. Ahora despierto aquí. Pero ¿dónde es aquí?

Entonces, lo siento.

Algo frío y áspero roza mis piernas. Una caricia lenta y deliberada recorre mi piel, sube por mi pantorrilla con una confianza que me revuelve el estómago. Soy dolorosamente consciente de mi desnudez parcial.

¿Quién me desnudó? ¿En qué momento sucedió esto?

Cualquier pregunta que me haga ahora no tendrá respuesta porque no sé cuánto tiempo pasé inconsciente y lo que habrán hecho conmigo en esos momentos.

Trago saliva cuando siento la bilis subir por mi garganta. Presiono los párpados con fuerza. Si abro los ojos será peor porque veré a que me enfrento. No quiero ver qué me espera del otro lado. Quiero despertar en mi cama. En casa de mi padre.

El aire frío golpea mi piel como un látigo y fuerzo mis párpados a mantenerse presionados, quizás pueda fingir que sigo inconsciente. Quizás...

—Hora de despertar, dulzura.

Abro los ojos de golpe y todo mi cuerpo se pone en acción. El movimiento es instintivo, pero un tirón violento en mis muñecas me devuelve a la realidad. El metal muerde mi piel y soy consciente de que estoy encadenada.

Aparto la vista del metal y lo primero que veo es una sonrisa: una hilera de dientes demasiado blancos enmarcados por unos ojos oscuros y vacíos.

No lo conozco. Pero puedo reconocer las intenciones que esconden un par de ojos cuando los tengo en frente, en mi mundo siempre fue así. Y sé, con una seguridad que me aterra, que él cree que soy su propiedad.

O, lo que es peor, su juguete.

—¿Quién…? —Mi voz es un graznido seco.

Él no responde. En su lugar, aprieta su mano sobre mi muslo, justo donde termina la tela de un vestido viejo y sucio que no reconozco. Sus dedos se entierran en mi carne con una fuerza que me hace chillar. El dolor es un destello blanco que atraviesa mi mareo.

—Me preguntaba cuándo ibas a despertar —dice, recorriéndome con una mirada que me hace sentir más sucia que el suelo de esta celda—.

El jefe se está impacientando, y cuando él se impacienta, yo pierdo pedazos de mi paciencia…

y tú, bueno —deja escapar una risa ronca—. Tu podrías perder cosas peores.

Acerca su mano a mi mejilla pero intento moverme.

—No me toques —siseo, intentando forcejear, pero las cadenas a los lados de mi cabeza me mantienen en una posición de vulnerabilidad absoluta.

—Oh, la princesa de Chicago tiene garras. Qué tierno —se ríe, una vibración ruda que me hiela la sangre—. Lástima que aquí los Salvatore no son más que un nombre en una lista de deudas pendientes.

Entrecierro los ojos.

—¿Quién eres? —digo entre dientes y él sonríe.

—Lo descubrirás pronto, princesa.

Antes de que pueda procesarlo, me pone una bolsa de tela sobre la cabeza.

La oscuridad vuelve, pero esta vez huele a moho y a pánico.

Siento el clic del metal liberándose solo para ser reemplazado por otro: mis manos ahora están esposadas frente a mí.

Me arrastra, mis pies apenas rozan el suelo mientras me lleva por un pasillo que gotea, donde el sonido del agua impactando contra el concreto suena como un reloj de cuenta atrás.

Lo único que escucho es el eco de las botas del tipo sobre el suelo frío y lo siguiente un ruido metálico y viejo, como una puerta al abrirse.

Me lanzan al suelo. El impacto me saca el aire y el mármol frío me quema la piel de las rodillas.

Si tan solo tuviera un arma los haría pedazos.

Cuando me quitan la bolsa, la luz me ciega un instante, obligándome a entrecerrar los ojos para adaptarme hasta que lo logro.

Frente a mí se extiende una oficina amplia, minimalista, de una elegancia letal.

Piso de mármol negro. Ni una alfombra. Ni un rastro de calidez.

Aunque sea la calidez psicópata de mi padre.

Escucho pasos. Zapatos recién lustrados que golpean el suelo con una cadencia perfecta. Alzo la vista y me encuentro con él.

Aunque no tengo idea que esperaba en una situación como esta.

Perfectamente vestido y peinado, bien podría ser un burócrata del gobierno. Pero algo me dice que estoy equivocada.

No es un monstruo de pesadilla, en absoluto, es un hombre común y corriente.

Robusto, mayor que mi padre, con canas plateando sus sienes y unos ojos color ónix que irradian una calma aterradora.

Se arrodilla frente a mí, apoyando una sola rodilla, reduciéndose a mi altura para que pueda ver el vacío en su mirada.

¿De dónde conozco esa mirada?

—¿Sabes? —Su voz es serena, casi paternal—. Todos dicen que el parecido con Levi es indudable —sus ojos me escanean y acaba por sonreír—. Pero yo solo veo a tu madre. Tienes esa misma mirada salvaje, esa intensidad de quien cree que todavía tiene algo que perder.

Entrecierro los ojos para verlo. Me conoce. No sé si es un dato bueno o malo, aunque visto desde mi perspectiva nada es bueno en este momento

—Y tú Maddox, aún tienes mucho que perder —susurra—. ¿Cierto?

—Vete al diablo —digo entre dientes. El tipo se limita a sonreír.

—Eres toda una princesa —asiente—. Fue todo una sorpresa saber que Levi de verdad fue padre, se dicen muchos rumores sobre ti. ¿Has oído alguno?

—¿Quién eres? —Susurro.

Mi cuerpo tiembla y se que no es por el frío, sino de la comprensión de que este hombre me conoce de una forma que yo no a él.

—Un viejo amigo. Un fantasma del pasado de tu padre que ha venido a cobrar su parte —Ladea la cabeza, estudiándome como a un espécimen bajo el microscopio—. ¿Quieres escuchar lo que se dice de ti?

—Quiero que te vayas a la mierda —digo con fuerza—. O mejor, podrías darme un arma y así te volaría los sesos yo misma.

Su sonrisa se extiende.

—Sí, oí que eres muy impulsiva —su mano viajó a mi nuca tirando mi cabeza con fuerza. No grité, mordí mi lengua para no darle el placer de escuchar mis quejidos—. Oí que te cargaste a un Lucchese.

—Si no lo crees puedo hacer una demostración —digo con esfuerzo al sentir sus dedos presionar con fuerza mi cabello.

Deja escapar una risa.

—Eres más divertida que Levi, debo reconocerlo.

—No hables de mi padre —zanjo.

—Oh, no te preocupes —se acerca a centímetros de mi rostro—. Ya tendremos tiempo para hablar de él.

Lo siguiente que siento es mi cuerpo impactar otra vez con el piso frio luego de que me dejara caer con asco. Toso al sentir la garganta seca.

—Lamento el trato, Maddox —dijo al aire mientras se daba la vuelta hacia su escritorio—. No era el plan original, pero las circunstancias nos obligaron a saltarnos las cortesías —se gira para verme mientras se coloca un par de guantes negros de látex—. Ya sabes cómo funciona este mundo.

Trago saliva al darme cuenta de lo que sucederá. Pero eso no impide que me llene de odio y lo dirija hacia él.

—¿Qué ocurre? —digo con esfuerzo—. ¿En tu mundo no se ensucian las manos?

Algo atraviesa su mirada y su sonrisa de suficiencia se esfuma mientras se acerca otra vez.

—No veo la necesidad de ensuciarme las manos…

—Yo dejaría un charco de sangre bajo tu cuerpo gordo y estúpido —digo y le sonrío.

Antes de que pueda reaccionar su pierna impacta en mi estómago obligando a doblarme sobre mí misma y acabo en el piso en posición fetal mientras toso.

—Hijo de puta —digo entre dientes.

—Es divertido que seas impulsiva y graciosa, pero no me impacientes Maddox.

—Sería más sencillo saber qué mierda quieres —digo sin aliento—. Eres tú el de los juegos estúpidos. ¿Así se manejan ustedes? Que mal…

Su zapato se hunde en mi vientre con una crueldad silenciosa.

El aire me abandona en un espasmo violento, dejando un vacío ardiente en mis pulmones.

El mundo se fragmenta en mil puntos de luz cegadora que bailan detrás de mis párpados, pero me obligo a tragarme la agonía.

Acabo boca arriba clavando la vista frente a mi: en el techo hay un arnés con sistema de poleas.

Mierda...

Antes de poder reaccionar siento otra vez la suela de su zapato hundirse en mi pecho.

Mis pulmones arden, suplicando por un aliento que él me niega con el peso de su pie.

Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula.

No voy a darle el placer de mi voz. No voy a dejar que escuche cómo me rompo por dentro.

—Estás aquí porque eres el secreto de Draghi , Maddox —presiona más. Intento quitármelo de encima pero es inútil—. Imagina mi sorpresa cuando lo supe, Levi Salvatore tenía un arma letal y la única capaz de llevarme hasta él para cobrarme la deuda pendiente.

Me pisa como si no fuera más que una mancha en el mármol. Siento la presión de su suela de lujo clavándose en mi pecho, aplastando mi dignidad junto con mis órganos.

De pronto la presión en mi pecho comienza a desvanecerse con lentitud y siento que el aire vuelve a mis pulmones, aunque no es suficiente. Se inclina hacia mí, con las manos en los bolsillos de su traje y ladea la cabeza con una sonrisa. Su pie sigue en mi pecho pero ya no ejerce presión.

—Te necesito, Maddox —susurra.

—S-si piensas que diré algo de m-mi padre —digo con esfuerzo—, estás equivocado.

—Quizás la que se equivoca eres tú.

Niego.

—No traicionaré a mi padre.

—Oh, Maddox —otra vez aparece su sonrisa—. Todos traicionan si se ejerce la presión adecuada —otra vez presiona su zapato en mi pecho y me quedo sin aire—. Átenla.

Antes de poder procesar lo que acaba de decir se aleja y sobre mí se ciernan dos figuras que no supe de donde salieron.

—¡No! ¡Suéltenme! —Grito mientras dos hombres me levantan en vilo.

Mis muñecas son enganchadas a unos arneses que cuelgan del techo. Mis pies apenas rozan el suelo. No puedo evitar gritar al notar la presión en mis músculos cuando comienzan a ajustar las poleas.

Él se acerca, se detiene a milímetros de mi rostro y me susurra al oído:

—Mañana, cuando el sol salga, ya no recordarás quién eras antes de entrar en esta habitación.