CAPITULO 42
maddox
s i estaba dispuesta a traicionar la confianza de mi padre, no era por un capricho adolescente.
Lo que sentía por Max Hardaway era una marea negra que me arrastraba hacia profundidades que no conocía.
No era solo sexo, aunque me habría encantado asegurar que solo a eso se debía la manera en la que me comportaba.
Pero no lo era, sentí que se trataba de una conexión visceral que me asustaba en la misma medida que me excitaba.
Jamás había sentido algo así y creí descartar esa posibilidad hace mucho tiempo, cuando el primer chico que me besó acabó a metros bajo tierra gracias a Matthew, entonces ahí comprendí que no había venido a este mundo a ser una chica común y corriente, era un arma. Debía actual como tal.
Estaba claro que había roto todas las reglas, porque no debía sentir esto que siento por el soldati de mi padre, no debería sentir nada. Sin embargo, lo sentía todo. Sentía tanto que no tenía lógica.
En mi mundo, el amor es una debilidad que se paga con sangre, pero yo ya estaba condenada.
Había pasado la mañana sumergida en una normalidad fingida. Levi se había ido temprano, dejándome el desayuno y una nota cargada de ese afecto paternal que ahora, tras las palabras de Max, me sabía a ceniza. Sobrecompensación .
La palabra me golpeaba las sienes mientras recorría los pasillos de nuestra mansión.
¿Era eso lo que hacía mi padre? ¿Sobrecompensar?
Aparté de inmediato esas ideas. Sí, mi familia era algo fuera de lo común, bien sabía que mi padre no era un padre normal y en consecuencia, yo tampoco lo era.
Y sí, me había criado como un arma más que como una hija pero sabía reconocer lo que brillaba en sus ojos cuando me veía y no era solo orgullo, era amor.
Un amor oscuro y retorcido, pero al fin y al cabo, era el único amor que sabía ofrecer en este mundo.
Suspiré mientras entraba a la cocina y llenaba un vaso de cristal con zumo de naranja. Mi padre había salido temprano por cosas de la empresa, debían llegas repuestos de China así que estaba sola. Sabía que si quería hacer algo ese era el momento.
Y debía admitir que aunque Levi Salvatore no sobrecompensaba, sí escondía muchos secretos.
Entré en el despacho de mi padre luego de colocar mi cumpleaños como la clave de seguridad. El aroma a tabaco caro y cuero me envolvió. Se me ocurre que, si pronto este sería mi reino, era justo que empezara a conocer sus secretos.
O quizás era lo que me repetía mientras me adentraba en el despacho a sabiendas de que esto se podría sentir como una traición a Levi.
Hice caso omiso a mis miedos y pase la vista por todo el lugar frente a mi: descarté de inmediato los cuadernos revestidos en cuero de la biblioteca, sabía que no eran más que libros de cuenta corriente de la empresa automotriz.
A veces olvidaba que eran dos negocios los que lideraba Levi Salvatore, aunque la venta de coches de lujo era más un hobbie para él que mantiene a flote como fachada y por pedido de mi abuela.
—Su última voluntad antes de morir —susurré mientras acariciaba los lomos de los cuadernos con la yema de mis dedos.
Ignoré la caja fuerte; era demasiado inteligente para intentar forzarla sin el equipo adecuado.
En su lugar, me concentré en el escritorio de caoba.
Pase mi mano por la base de madera mientras lo rodeaba hasta llegar a la silla de Levi, me desplomé sobre esta y observé los cajones frente a mí.
Arrugué la frente cuando mis ojos se fijaron en un cajón inusual en el lado izquierdo.
Un archivador oculto bajo una cerradura que gritaba prohibido.
Sonreí de lado. De todas las cosas que un Don le enseña a su heredera, forzar cerraduras era mi especialidad. Saqué un pasador de mi cabello, lo doblé con precisión y lo introduje en la ranura. Dos segundos de tensión, un giro preciso y... Clic .
El cajón se deslizó con un susurro.
Tragué saliva.
Era la primera vez que hacía algo como esto y dudé, quizás todo podía resolverse hablando con Levi. Pero, ¿me diría algo?
El archivador contenía diferentes carpetas color madera, supe reconocer los expedientes porque tenía uno igual en mi habitación con la información necesaria de cada persona de mi vida.
Me detuve en la letra H y mi corazón se saltó un latido al ver uno que llevaba el nombre de mi mejor amiga.
Por un momento, la curiosidad fue más fuerte y lo extraje, lo abrí sobre el escritorio y comencé a hojearlo de forma superficial.
Tragué saliva al llegar a una foto de un hombre que era la réplica de Penny.
Cerré el expediente con fuerza y volví a guardarlo.
Siempre fueron mi mejor amiga y su madre, nunca necesitaron de nadie más.
Maggie, la madre de Penny, era increíble, pero luego de que su padre la abandonó nunca rehízo su vida y se dedicó a ser lo todo lo que Penny alguna vez necesitase.
Un par de años atrás mi mejor amiga me pidió ayuda para buscar a su padre, intenté hacerlo pero no logré mucho.
Penny decidió dar por finalizada la búsqueda y me prometió no mencionarlo otra vez.
Y mi padre tiene un expediente con un tamaño del doble que un expediente promedio.
Otro apellido llamó mi atención en la misma letra y lo extraje, era pesado y grueso. En el frente se leían dos nombres:
MILENKA Y JACOB HARDAWAY
Los padres de Max y Matthew.
Trago saliva.
¿Por qué mi padre tendría un expediente de sus mejores amigos? ¿Por qué el expediente era el doble de grueso que cualquier otro? ¿Qué demonios estaba ocurriendo?
Mis manos temblaron al sacarlo pero me congelo cuando mi móvil emite una vibración y lo extraigo de mi bolsillo trasero, abro los ojos al ver la notificación de detección de movimiento de la cámara exterior.
Levi.
Cerré el cajón, guardé el archivo en mi bolso y salté al sofá de terciopelo, abriendo un libro al azar justo cuando la puerta se abría.
Levi entró. Su figura recortada contra la luz del pasillo imponía un respeto que me hizo encoger los hombros. Se veía agotado, pero sus ojos se suavizaron al verme.
—¿Escondida aquí de nuevo, abejita? —Su voz era cálida, pero mis sentidos estaban en alerta máxima—. Me recordaste a cuando tenías seis años y te refugiabas aquí para huir de las clases de piano.
—Es el único lugar de esta casa que no se siente como un museo —admití, forzando una sonrisa.
Él se sentó a mi lado, hundiendo el sofá.
—Tu madre odiaba esta casa. A veces pienso que fue una de las razones por las que se fue —Levi cerró los ojos un momento.
—Nora se fue porque quiso —zanjé.
Abrió los ojos y giró la cabeza para verme, me dedicó una sonrisa cansada.
—Me arrepiento tanto de haberte dejado vivir con una imagen de tu madre que no es correcta —suspiró—. Mucho menos justa.
Tragué saliva.
—Siempre siento que guardas secretos conmigo —murmuré.
Algo brilló en su iris verde.
—Lo hago. Es parte de cuidarte, Maddox —me encojo de hombros y él suspira, volviendo la vista hacia el techo—. Me pasé muchos años enojado con tu madre, a veces aún lo estoy. Por eso dejé que construyeras la imagen de Nora que mejor se adecue.
Bajo la vista a mi regazo. No sé qué decir.
—Quizás debí dejar que te fueras con ella. Habrías tenido una vida normal.
Trago saliva. Me recordó las palabras de Máximo.
—La normalidad para Nora es una fiesta eterna y desfiles de moda—bromé, aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas.
—Es menos peligroso que esto, Maddox —se levantó y caminó hacia su escritorio. Me puse de pie, lista para huir, pero su voz me detuvo en seco—. ¿Hay algo que deba saber sobre ti y Máximo Hardaway?
Me quedé helada.
Lo sabe.
Por supuesto que lo sabe. Es el Don de Chicago; nada ocurre bajo su techo sin su permiso.
—Nos conocemos de la universidad —digo, fingiendo indiferencia.
Levi asiente como si fuera lo suficientemente obvio mi comentario.
—Eso lo sé, Maddox.
—Claro —murmuró—. Somos… ¿amigos? —Alza una ceja claramente divertido—. Es decir, nos llevamos bien. Es… amable.
—¿Amable? —se cruza de brazos y sonríe—. Habría esperado cualquier palabra para definir a uno de mis soldati menos esa.
Pongo los ojos en blanco.
—Sabes a qué me refiero —murmuro—. ¿Es un problema? —Pregunto.
Levi se encoje de hombros.
—No es un problema mientras todo quede claro —algo en el tono de su voz se afila y me pongo en alerta—. Tú eres una Salvatore, Maddox.
—Lo sé —digo con un nudo en la garganta.
—Puedo ser permisivo, puedo permitir que te… diviertas —dice y no puedo creer que escuche hablarlo de esa manera—. Pero no puedes dejarte llevar.
—Levi…
—No hay lugar para eso en nuestro mundo —zanjó—. Solo quiero que lo recuerdes.
Asiento.
—Entiendo —digo en voz baja.
—Confío en ellos —suspira—. Sus padres eran mis amigos. Su hijo mayor es mi mano derecha, confío en Max. Siempre y cuando entienda de límites.
Vuelvo a asentir y entonces veo la oportunidad perfecta.
—Eran mejores amigos —comento. Levi asiente—. Los recuerdo.
Arruga la frente mientras se deja caer en la silla tras su escritorio.
—¿Los recuerdas?
—A Milenka, principalmente —me encojo de hombros—. ¿Cómo se conocían?
Levi sonríe con diversión.
—Milenka era la mejor amiga de tu madre —mi corazón se salta un latido.
¿Cuántos datos importantes desconozco de mi madre?
—. Ella nos presentó, conozco a Jacob desde que le salvé el trasero en una pelea —la mirada de mi padre se volvió melancólica—.
Luego del accidente supe que debía hacerme cargo de esos chicos.
—¿Cómo fue? El accidente, quiero decir.
La atmósfera cambió en un latido. Los ojos de mi padre se volvieron pozos de sospecha.
—¿A qué viene ese interés, Maddox?
—Nunca me lo contaron. Solo... curiosidad.
—Un conductor ebrio —dijo él, y su tono sonó demasiado ensayado—. Pero si quieres la historia completa, deberías hablar con Matthew. Él estaba allí. Él sabe lo que yo no puedo decirte.
«Él sabe lo que yo no puedo decirte».
Esas palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia.
Salí de la oficina sintiéndome mareada. Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con llave y saqué el expediente. ¿Por qué mi padre guardaba un archivo tan denso de dos personas muertas hace años? ¿Por qué la historia completa parecía ser un tabú?
Llamé a Max. Una, dos, cinco veces. Nada.
Tragué saliva, me había acostumbrado a que desaparezca constantemente aunque no me agradaba.
Sentía mi corazón latir desbocado, como un caballo de carreras que está a punto de llegar a la meta final.
Pero yo corría hacia la verdad de un secreto que sabía no me correspondía a mi descubrir. Pero el expediente…
Mi móvil comenzó a vibrar en mi mano trayéndome de vuelta a la realidad. El nombre de mi mejor amiga brillando en la pantalla me hizo suspirar de alivio.
—¡Necesito tu ayuda! ¡Crisis de armario! —Su voz chillona fue el ancla que me devolvió a la realidad.
Dejé escapar una risa.
—Cálmate y dime que sucede —dije tranquila recostándome en la silla, pero sin poder quitar la vista de la carpeta frente a mí.
—Tengo una cita y necesito que me ayudes a elegir un vestido —suspiró con melancolía— ¡Ven ya!
—¿Un vestido? —Pregunté confundida—. Penny, estamos en otoño...
—¡Al diablo el frío! Ven, te necesito.
—De acuerdo —murmuré.
Finalicé la llamada y volví a ver el expediente frente a mí.
«Él sabe lo que yo no puedo decirte».
—No me corresponde a mi leer esto —murmuré mientras guardaba el expediente en el cajón de mi escritorio bajo llave—. Los hermanos Hardaway deberán hacerse cargo de sus malditas mentiras y problemas.
Aunque quizás Levi esté involucrado y eso me involucre a mí.
Teclee un mensaje rápido para mi padre avisando que estaría fuera con Penny mientras salía de casa.
La noche empezaba a devorar las calles de Chicago.
Caminé rápido; solo eran cinco calles hasta la casa de Penny, por supuesto que Levi jamás me dejaría relacionarme con alguien fuera del territorio.
Y lo cierto era que la familia Hillston tenía guardias que trabajaban para nosotros, aunque no tuvieran idea.
Estaba tan concentrada en los mensajes sin responder de Max que no vi la sombra hasta que choqué contra ella.
Frente a mi había un cuerpo sólido y alto como un muro de granito, y unas manos fuertes me sujetaron por los hombros para evitar que cayera.
Alcé la vista y mi corazón se saltó un par de latidos.
—Luc.
El pelinegro me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros.
—Maddox. Qué coincidencia encontrarte sola tan tarde.
—Iba a ver a Penny. Lo siento, no te vi —intenté zafarme, pero su agarre se volvió de acero y lo miré arrugando la frente.
—No deberías andar por aquí sin escolta —se inclinó hasta acercarse a mi rostro—. Chicago puede ser peligroso de noche.
Alcé una ceja desafiante.
—Sé cuidarme sola, Luc —intenté alejarme pero otra vez su agarre me lo impidió. De acuerdo, ya no era chistoso—. ¿Qué haces? —Pregunté—. Suéltame…
—¿Sabes? Yo no quería hacer esto así —comenzó a decir y lo miré confundida—. No debería haber sido yo, créeme, pero tuvimos un problema de último minuto.
—¿Te volviste loco? —Otra vez intenté soltarme de su agarre pero era imposible—. ¿Qué demonios te ocurre? ¡Suéltame!
—Decidí tomar cartas en el asunto —él seguía hablando, ignorando por completo mis palabras—. Sé reconocer cuando hay dudas en el equipo, ¿lo has sentido alguna vez?
Este tipo estaba loco.
—¿De qué demonios hablas? —Dije entre dientes.
—No debía ser yo, debía ser él —se encogió de hombros—. Pero a veces me toca ensuciarme las manos.
Arrugué la frente y me congelé.
Mierda.
—¡Suéltame! —Chillé. Intenté empujarlo pero no cedió del todo y sus uñas comenzaron a clavarse en mis brazos—. ¡Suéltame pedazo de…!
—No lo hagas más difícil, cariño.
Antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera recordar las lecciones de combate de mi padre, sentí un pinchazo agudo en el cuello. Un calor líquido se extendió por mis venas, apagando mis músculos, nublando mi vista.
Lo último que vi fue la sonrisa de Luc, distorsionada y oscura.
Y luego, el vacío me reclamó.