CAPITULO 41 #2
—¿Qué lo había olvidado? —Niego—. No podría olvidar algo como eso, Maddox. Hay cosas que se quedan grabadas a fuego en la sangre.
—No, claro que no creo que lo hayas olvidado —se apresura a decir y suspira mientras pasa sus manos por su rostro—.
Solo que… quizás… No lo sé, Max. No creo que sea tan simple como acercarte un día y preguntarle a Levi que sucedió.
Porque eso dejaría en evidencia que no crees la versión oficial, entonces…
—Sería sospechoso —termino por ella—. Como lo soy para ti, ¿cierto?
Ella hizo una mueca, tratando de apartar la mirada, pero no se lo permití. Deslicé mi mano hacia su rostro, colocando un mechón rebelde tras su oreja. Mis dedos rozaron su piel y sentí su estremecimiento.
—Maddox... no me mientas. Sé qué es lo que escondes cuando me miras. A veces dudas de cada palabra que sale de mi boca —ella se mordió el labio, confirmando mi teoría—. Y está bien. Te criaron para desconfiar de tu propia sombra. En tu posición, yo haría lo mismo.
Deja escapar un suspiro profundo.
—Lo siento —admitió—. A veces la duda me consume. Levi me enseñó que en esta vida nadie se acerca a una Salvatore sin un precio en mente. Soy una moneda de cambio, Max. Soy…
—Un arma —asiente y suspiro mientras me acerco otra vez—.
Un arma que él no quiere que nadie más empuñe —Me acerqué más, rodeando su rostro con mis manos, obligándola a ver la devoción, y la obsesión, en mis ojos—.
Lamento lo que dije de él. No tengo derecho a cuestionar si ha sido un buen padre para ti
—No, no lo tienes —respondió ella, aunque su tono había perdido el filo.
—Pero mantengo lo que dije: es el Robin Hood más retorcido que he conocido —ella soltó una risa seca, negando con la cabeza—. Escucha, mi sed de respuestas no tiene por qué ser un muro entre nosotros. No quiero que me elijas a mí sobre él...
Una pequeña arruga se formó en su frente.
—No lo veo como un problema, en tu lugar querría respuestas —dice y suspiro con alivio—. Y no creo que llegues a ponerme en una posición de elegir entre mi padre o tú porque sabes que saldrías perdiendo —me dedica una sonrisa triste.
Trago saliva. Tiene razón y eso no me gusta para nada.
—Gracias por entenderlo —susurro a centímetros de sus labios.
Maddox subió sus manos a mi cuello, sus uñas arañando suavemente mi nuca, reclamando su lugar. Cerré los ojos, rindiéndome al contacto, perdiéndome en todas las posibilidades que se abrían ante mí y entonces lo supe: este era mi momento.
—Princesa —susurré, dejando que el apodo colgara entre nosotros como una promesa y una advertencia.
—¿Mmh? —Maddox abrió los ojos. Me miraba con una calma que me revolvió el estómago; no estaba acostumbrado a verla tan desarmada. Rozamos nuestros labios y sentí su vibración cuando soltó una risa suave—. ¿Qué ocurre, Max?
Tragué saliva, pero no por nervios. Era la adrenalina del cazador que ve a su presa caminar voluntariamente hacia la red. Sabía que esto podía estallar en mi cara, pero el premio era demasiado tentador.
—Necesito pedirte algo.
Su expresión se tornó curiosa, pero no vi ese brillo de sospecha que siempre la mantenía alerta. Sabía que este era el momento.
—Claro, dime.
—¿Confías en mí? —La pregunta fue un dardo cargado de veneno. Algo cruzó su mirada, una sombra de duda que se evaporó tan rápido como llegó—. Necesito saberlo, Maddox. De verdad.
Noté su garganta temblar. Tras un silencio que pareció eterno, asintió.
—Sí. Confío en ti.
Llené mis pulmones de aire, preparando el golpe final. Podría haber inventado cualquier excusa barata, pero Maddox respetaba la audacia.
—Quizás tú podrías hablar con él por mí —solté, observando cada milímetro de su reacción.
El ambiente se volvió glacial de inmediato. Maddox entornó los ojos y sentí la ausencia de sus manos en mi nuca cuando se alejó. La distancia física dolió, pero la frialdad en su mirada dolió más.
—¿Quieres que le saque información a mi padre?
—No es eso, yo...
—Es exactamente lo que quieres —me cortó, y su voz recuperó ese tono de acero propio de una Salvatore. Se mordió el labio inferior, negando con la cabeza—. Max, ¿qué pretendes? ¿Que traicione a mi sangre? ¿Que le mienta a Levi? ¿Eso es lo que me pides?
—No, por supuesto —suspiré—. Sé que contigo es diferente —insistí, manteniendo mi voz baja y seductora, acercándome a pesar de su resistencia—. Sé que él baja la guardia cuando está contigo.
—Por supuesto que lo hace —dice entre dientes—. No puedo usar eso.
—Maddox...
—Es mi padre, Max —me recordó con dureza—. En esta familia, lo que se dice entre nosotros muere con nosotros. La omertá no es solo para los soldados; es nuestra ley de vida.
Sostuve su mirada, dejando que el silencio pesara.
Sabía que no debía presionar más. Había plantado la semilla, y si algo sabía de Maddox, es que su curiosidad, y lo que sentía por mí, terminaría por germinarla. Suspiré, fingiendo una derrota que no sentía, y besé su coronilla con una ternura calculada.
—Tienes razón —susurré contra su pelo—. Lo siento. Es solo que... estoy desesperado por respuestas. Ver cómo Matthew me oculta la verdad me vuelve loco.
Me alejé un poco, manteniendo su rostro entre mis manos como si fuera una reliquia sagrada. Ella me observó, y pude ver la grieta en su resolución.
—De acuerdo —dijo casi en un susurro.
—¿Qué?
—Hablaré con Levi —soltó un suspiro largo, como si estuviera entregando una parte de su alma—. Veré qué puedo averiguar, pero no te prometo nada, Max. Si esto sale mal...
No la dejé terminar. La silencié con un beso feroz, hambriento.
Mis manos bajaron por su cuerpo, marcando su cintura, atrayéndola hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre nosotros.
Ella se entregó, hundió sus dedos en mi cabello con una urgencia que me quemaba.
Nuestras lenguas se encontraron en una batalla silenciosa, y tuve que usar todo mi autocontrol para no llevarla de vuelta al colchón y reclamarla hasta que olvidara su propio apellido.
En su lugar, la besé con una lentitud casi dolorosa, acariciando su espalda con una suavidad engañosa. Quería que creyera que este era su lugar seguro. Que en mis brazos el mundo exterior y las reglas de la mafia no podían tocarla.
Aunque todo fuera una mentira.
Me alejé a regañadientes, ganándome una mirada furiosa pero fue tierno verla con los labios hinchados y las mejillas rosadas.
—Espera un momento —pedí mientras me alejaba hacia el costado de mi cama.
Abrí el cajón de la mesilla, saqué una pequeña caja roja y volví a acercarme a ella.
Sus ojos me observaron confundida cuando me acerqué para entregarle el regalo, luego se abrieron de par en par al ver el interior.
Dentro había un pasador de pelo: perlas finas engastadas en oro con grabados antiguos.
—Era de mi madre —susurré—. La única cosa bella que sobrevivió a aquel accidente.
Maddox acarició las perlas con una reverencia que me conmovió.
—Max, es precioso...
—Es tuyo.
Sus ojos verdes se dirigieron a los míos con rapidez, comenzó a negar pero noté el brillo en su iris.
—No, Max. No puedo aceptarlo, es demasiado importante…
—Tú eres importante.
La veo tragar saliva y vuelve a ver el pasador, se muerde el labio inferior y estoy seguro de que no podrá resistirse mucho más.
—Max…
—Eres la persona más importante de este jodido mundo —confieso con un nudo en la garganta—. De mi mundo.
Sus ojos brillan y me contengo para no besarla.
—Máximo...
—Eres la única persona que quiero que lo lleve —la callé con un beso, hundí mi lengua en su interior y dejó escapar un jadeo. Me contuve para no ir más allá—. Ahora, quédate quieta. Déjame ver cómo brilla en tu pelo.