Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 41
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CAPITULO 41

maximo

p or qué tu padre lleva ese nombre? —susurré contra su coronilla, inhalando el aroma a vainilla y cereza que siempre emanaba de su piel.

Maddox estaba ovillada sobre mi pecho, trazando con la punta de sus dedos los mapas de mis tatuajes y lunares. Cada roce era una pequeña descarga eléctrica que me recorría la columna.

Llevaba puesta una de mis camisetas negras; le quedaba grande, ocultando el dragón que marcaba su piel, pero revelando lo suficiente de sus piernas como para mantener mi sangre en un punto de ebullición constante.

Se había convertido en mi adicción verla así: marcada por mi ropa, reclamada por mi espacio.

—Es decir... —insistí, pasando mi mano por la curva de su cadera— ¿No debería sonar más... italiano?

Ella soltó una risa suave que vibró contra mis pectorales. Se incorporó un poco, y esos ojos esmeralda me atraparon con una intensidad que me hizo apretar la mandíbula.

—¿Qué? ¿Preferirías que se haga llamar Dante Salvatore? —Alzó ambas cejas con diversión.

—Dante es mucho más italiano que Levi —murmuré.

La veo poner los ojos en blanco.

—Yo tampoco tengo un nombre italiano, Máximo —murmuró, con esa voz que siempre parecía un secreto—. De hecho, Maddox me parece un nombre extraño para una Salvatore.

—A mí me gusta —hundí mis dedos en su cabello, tirando ligeramente hacia atrás para que me mirara mejor. Ella cerró los ojos, entregándose al placer del dominio—. Maddox. Suena a algo que no puedes retener entre las manos.

Ella sonrió con tristeza y volvió a recostarse.

—Mis abuelos eran inmigrantes —dijo en un susurro cargado de emoción. Era la primera vez que me hablaba de ellos—. Llegaron después de la guerra, cuando ser italiano en Chicago era sinónimo de tener una diana en la espalda.

—No fueron bienvenidos —comenté y ella negó.

—Tuvieron que borrar sus huellas para sobrevivir…

—Y en el proceso, crearon un imperio de sombras —añadí.

—Algo así —Maddox hace una mueca—. Mi abuela decía que el nombre marca el destino. Levi significa unión , el que mantiene a los suyos juntos —se encogió de hombros—. Supongo que tiene sentido.

Arrugué la frente. La palabra «unión» y la figura de Levi Salvatore no encajaban en mi cabeza. Para mí, él era el hombre que movía los hilos de nuestras vidas como si fuéramos marionetas desechables.

Claro que no podía decirle eso a Maddox.

—¿Qué? —Maddox me observó, detectando mi rigidez—. ¿Qué es esa expresión?

En lugar de responder, la atraje hacia mí.

La besé con una urgencia que buscaba silenciar sus preguntas.

Ella trepó sobre mi cuerpo, sus rodillas se clavaron a ambos lados de mis caderas y, por un momento, el mundo exterior desapareció.

El roce de su entrepierna contra mi ropa interior era una tortura exquisita.

Pero cuando intenté profundizar el contacto, ella puso una mano firme en mi pecho.

—Siempre haces lo mismo —dijo, su voz ahora era un hilo gélido de neutralidad.

—¿El qué?

—Besarme para que me calle.

—¿Qué? Claro que no…

—Intentas distraerme con sexo cada vez que el nombre de mi padre sale a la luz. ¿Crees que soy tan fácil de manejar, Max?

Tragué saliva. La perspicacia de Maddox era tan letal como su entrenamiento.

—Hablar de Levi me pone distante porque no es el tema que prefiero cuando te tengo así, casi desnuda sobre mí —gruñí, apretando mis manos en su cintura, marcando mi posesión.

—No juegues conmigo —advirtió, sus ojos oscureciéndose—. ¿Cuál es tu problema real con él?

Cerré los ojos con fuerza, intentando contener la bilis que subía por mi garganta. Si era honesto, podía perderla. Si mentía, la brecha entre nosotros se haría insalvable.

—¿No te parece que tu padre sobrecompensa demasiado? —escupí al fin.

La vi parpadear con rapidez. Como si estuviera procesando mis palabras y fracasara en el intento. Noté el momento exacto en el que su expresión se transformó y el atisbo de la Maddox impulsiva que tomaría su arma se hizo presente. Tragué saliva. Era como ver a su propio padre.

—¿Sobrecompensar? —Pronunció cada sílaba como si fuera una palabra desconocida—. ¿De qué demonios hablas?

—Esa fachada de Robin Hood de la mafia, rescatando huérfanos para su ejército personal... Como si nos estuviera haciendo un maldito favor al darnos una vida como esta.

Maddox se tensó y se apartó de mí, sentándose en el borde de la cama. El frío del espacio vacío que dejó dolió más de lo que esperaba.

—¿Eso es lo que crees? —su voz tembló de incredulidad.

—Maddox…

—¿Crees que los adoptó por culpa? —Me encojo de hombros y sus ojos brillan de furia—. No puede ser real lo que estoy escuchando —murmura mientras busca su ropa—. Luego de todo lo que ha hecho mi padre por ustedes…

—No le debo nada a Levi Salvatore —dije entre dientes, incorporándome.

—Le debes lealtad, Max. Y respeto —me interrumpe apuntándome con un dedo—.

No porque te haya rescatado, sino porque es tu Don e hiciste el omertá , ¿o debo recordarte que sucede si lo rompes?

—Me recordó, y su tono tenía ese filo de acero de la familia Draghi —.

Y no todos son huérfanos en este negocio, por Dios.

—Jace y Will lo son —contraataqué.

—Bien, cuatro personas incluyendo a Matthew y a ti.

¿Y qué? Ellos no se quejan de las oportunidades que han tenido —Maddox me miró con una madurez que me recordó que, aunque por mucho tiempo fue un fantasma entre las sombras, es, al fin y al cabo, la heredera de todo esto—.

¿Qué es lo que debería sobrecompensar, Levi?

Trago saliva.

—Lo que quiero decir —comencé, intentando suavizar el tono pero fallando—, es que quizás él hace todo esto por ti. Para compensar que nunca fue el padre que necesitabas.

Silencio. Un silencio denso, pesado, peligroso. Sé que si pudiera, estaría apuntándome con su arma en este preciso momento.

Maddox me miró con horror antes de que la furia borrara cualquier otro rastro de emoción. Se levantó de la cama de un salto y empezó a vestirse con movimientos mecánicos.

—Mierda, Maddox... lo siento. No quise que sonara así.

—No tienes ni puta idea de quién es mi padre, Máximo —se giró, enfrentándome con la barbilla en alto—. Es tu jefe. Conoces al Don, no al hombre. No vuelvas a hablar de mi familia como si tuvieras derecho a juzgarla.

—Lo siento…

—No —zanjó—. Quiero que quede algo muy en claro. No importa que sienta por ti, nada se compara con el amor y la lealtad de los Salvatore.

Sus palabras fueron un baldazo de agua fría. Un cachetada de realidad que me hizo recordar con quien me estaba metiendo.

Maddox Salvatore no era una niña mimada y malcriada de papi, era, por excelencia, el arma de los Draghi .

Su lealtad y amor por su padre estaba lejos de ser por el hecho de que le haya comprado juguetes de niña.

Todo lo contrario. Levi la había criado como un arma dispuesto a usarla en cuanto tuviera la oportunidad y ella solo podía pensar dentro de la fe ciega de su padre.

Un arma , pienso, Maddox no es más que un arma que su propio padre está dispuesto a usar.

Pero eso no es lo que más me aterra sino el hecho de que ella lo sabe y está dispuesta a lo que sea por su padre.

No puedes luchar contra eso, Max . Todo esto tendrá fecha de caducidad si no puedo lograr ponerla de mi lado antes de que llegue el momento.

—¿Por qué trabajas para él?

Su pregunta me tomó por sorpresa y la vi cerca del borde de la cama, completamente vestida, lista para irse.

Me acerqué, aun con el torso desnudo pero mi vaquero negro puesto.

Caminé lentamente mientras observaba su mirada fría y calculadora.

Otra vez el brillo de la duda y la sospecha, ¿Cuándo había comenzado esto?

Estaba más que claro que no era el único que guardaba secretos, Maddox tenía sus sombras.

—¿De qué hablas? —Susurré.

—Lo que escuchas —repitió mientras se cruzaba de brazos a la altura del pecho—. ¿Por qué trabajas para él? Parece que lo odias.

—No odio a Levi —incluso las palabras fueron difíciles de pronunciar—. Pero tampoco es mi persona favorita.

Alzó una ceja ante mis palabras y puse los ojos en blanco.

—Por favor, Maddox —solté un suspiro que supo a derrota—. No todos tenemos la suerte de Matthew. Él lo ve con una gratitud que roza lo patológico.

Ella puso los ojos en blanco, pero no se alejó. Aproveché ese milímetro de apertura para acortar la distancia.

—Levi es el Don —continué—. Le juramos lealtad porque la alternativa es una fosa común, no porque lo amemos. En nuestro mundo, el afecto es una debilidad que se desangra rápido. Pensé que ya habías aprendido que aquí nadie regala nada sin una soga atada al cuello.

Sus ojos buscaron los míos, analizando cada fibra de mi expresión. Podía ver el engranaje de su mente trabajando, tratando de descifrar si yo era su refugio o su próxima ruina.

—¿Todos en la organización piensan así? —preguntó, y su voz sonó pequeña, casi quebradiza.

Me encogí de hombros, dejando que mis dedos rozaran accidentalmente su brazo.

—No me interesa lo que piensen los demás. Yo sé dónde piso.

—Lo odias —sentenció ella.

—Lo respeto —corregí de inmediato, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. Sus ojos bajaron un segundo a los tatuajes de mi pecho antes de volver a chocar con los míos—. Pero hay otra razón por la que trabajo para él.

—¿Otra razón? —Sus cejas se juntaron—. ¿Es otro de los secretos que guardas bajo llave, Hardaway?

Pasé la lengua por mi labio inferior, saboreando la anticipación. Maddox era demasiado inteligente para alimentarla con mentiras baratas. Si quería que fuera mi aliada, tenía que darle algo a cambio.

—Mis padres —solté en un murmullo. El brillo de curiosidad en su mirada se intensificó—. Necesito saber qué pasó realmente. Y tu padre es el único que tiene las llaves de ese misterio.

Maddox tragó saliva; vi el movimiento errático de su garganta. Bajó la vista, procesando la información, y el silencio se volvió tan denso que casi se podía tocar.

—Todavía buscas respuestas —susurró—. Creí que...