CAPITULO 40 #2
— Lo elegí especialmente para ti —escuché que leía la tarjeta—. Espero que con esto puedas perdonarme, dulzura —cerré los ojos con fuerza. Supe en ese momento que fue mala idea dejar que la leyera—. ¿Perdonarlo por qué? ¿Y por qué te llama así?
Mierda.
—Debería entrar, Levi de seguro me está esperando…
—Maddox.
—Por favor, Matthew —supliqué.
—Dime. Qué. Hizo.
Tragué saliva.
—La reunión —murmuré—. No fue casualidad que Joffrey, su tío, se encontrará allí. Sabía lo que ocurriría y Lucchese vio la posibilidad de sacárselo de encima…
—Si tú le disparas —dijo con voz tensa.
—De hecho, él creyó que tú lo harías.
—Aún estoy a tiempo.
—Joffrey está muerto por mi bala, ¿lo olvidas?
—Pero puedo cargarme a Lucchese…
—¡No! —Lo interrumpí—. No harás eso —suspiré—. Por eso no quería decirte, tú y Levi son iguales —negué con un movimiento lento de cabeza—. Tenemos un buen acuerdo, un buen negocio, ¿Qué más da si asesiné a un hombre? Me tengo que hacer a la idea de que esta es mi vida.
—No así, Maddox…
—Ya pasó y estoy bien, ¿de acuerdo?
Matthew no parecía convencido en absoluto; su mandíbula seguía tan tensa que juraría escuchar el crujir de sus dientes.
Ignoré su escrutinio, le arrebaté la tarjeta de Lucchese de entre los dedos, un movimiento que se sintió como jugar con fuego, y la devolví a la caja antes de sepultar todo en el fondo de mi bolso.
Debería haber bajado del coche en ese instante.
Debería haberme despedido con un adiós protocolario y refugiarme en la seguridad de mi casa para lavar el rastro de esta noche bajo una ducha hirviendo.
El agotamiento me pesaba en los huesos, fruto de una semana de insomnio y planes de guerra, y aunque el misterio del francotirador era una nueva sombra en el horizonte, sabía que Matthew era el tipo de hombre que devoraba sombras para desayunar.
Él se encargaría, él podría resolverlo.
Pero no salí. Mis manos se quedaron quietas sobre el cuero del asiento.
Había algo magnético en el aire, una estática peligrosa que me impedía alejarme.
En lugar de huir, me incliné hacia él, invadiendo ese espacio personal que Matthew custodiaba con tanto celo.
Él alzó una ceja, evaluando mi audacia con esos ojos fríos que parecían ver cada uno de mis pecados.
—¿Aún sigues molesto? —Murmuré.
—¿Aún sales con mi hermano? —Contraatacó él de inmediato.
—Sabes que sí.
—Entonces sí, Maddox. Aún sigo jodidamente molesto.
Niego, sintiendo una punzada de frustración mezclada con una confusión que empezaba a doler. Odiaba que usara a Max como un escudo para su propia ira.
—¿Qué se supone que significa eso? —bufé, mi aliento rozando su mejilla—. ¿Me estás dando un ultimátum? ¿Quieres que lo deje para que dejes de tratarme como si fuera una traidora? Eres un idiota, Matthew...
No tuve tiempo de retroceder. Antes de que pudiera recuperar mi espacio, la mano de Matthew se lanzó hacia adelante con la velocidad de una cobra.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello.
Me atrajo hacia él con un tirón brusco, obligándome a inclinarme sobre la consola central hasta que mi rostro quedó a milímetros del suyo.
Me quedé helada, con los ojos muy abiertos.
Había fuego en su mirada, un incendio contenido que amenazaba con incinerarnos a ambos.
Mi corazón golpeó mi pecho con tal fuerza que temí que él pudiera sentirlo a través de su agarre.
En mi mente, una voz me gritaba que rogara que Levi no se asomara por la ventana de la mansión; si mi padre nos encontraba así, la sangre correría antes del amanecer.
—No te estoy pidiendo que lo dejes —susurró él. Su voz era un siseo ronco, una caricia de papel de lija contra mis sentidos—. Si yo pudiera tenerte, Maddox, no te pediría nada. Te daría órdenes.
Sus dedos apretaron un poco más, marcando su territorio en la suave piel de mi garganta. Mi respiración se volvió errática, superficial.
—Y si no las cumplieras... te castigaría —continuó, su mirada descendiendo hacia mis labios y luego más abajo—. Te castigaría de una forma que te haría suplicar por más. Te gustaría tanto que terminarías odiándote por ello.
—Matthew... —Su nombre salió de mi boca como un jadeo roto, una rendición involuntaria.
La esquina de su boca se curvó en una sonrisa arrogante, letal. Sus ojos bajaron hacia mi pecho y sentí cómo la sangre se agolpaba en mis mejillas. No necesitaba mirar para saber que mis pezones estaban duros, traicionando mi compostura ante el calor que empezaba a arremolinarse entre mis muslos.
—Dilo otra vez —pide en un susurro, arrugo la frente sin comprender pero noto como traga saliva con dificultad—. Di mi nombre otra vez. Necesito escucharte decirlo.
Trago saliva.
¿Qué demonios estaba sucediendo con él? ¿Por qué me pedía estas cosas? ¿Y por qué demonios yo estaba dispuesta a hacer lo que dijera?
—Matthew —jadeo.
Lo veo morder su labio inferior con fuerza mientras ladea un poco la cabeza, luego saca su lengua para acariciar su labio y solo puedo pensar en que necesito su lengua en otra parte.
Estaba mal. Todo esto era un error. Mi cuerpo debería vibrar por Max, no por su hermano mayor. ¿Qué tenían los hermanos Hardaway? Max era el incendio que quería quemarlo todo, pero Matthew... Matthew era la oscuridad que te enseñaba a amar el abismo.
—¿Max también te pone así? —Susurró, acercándose tanto que su aliento caliente se mezcló con el mío.
Mi mente era un caos de estática. Nunca me habría imaginado este lado de Matthew; el consigliere estoico se había evaporado, dejando paso a un depredador que me tenía acorralada.
Y lo peor de todo era que mi cuerpo no quería huir.
Quería que cerrara la distancia. Quería saber si sus labios sabían a la misma autoridad que sus palabras.
Coloqué mi mano sobre su muñeca, un intento patético de apartarlo, pero mi agarre carecía de fuerza. Él solo ejerció más presión, recordándome quién tenía el control.
—Te he hecho una pregunta, Maddox —insistió. El tono mordaz y posesivo de su voz me hizo vibrar por dentro.
Sabía la respuesta, y me aterraba. Max me hacía sentir viva, pero Matthew me hacía sentir suya.
Max me tocaba y el mundo ardía, pero Matthew ni siquiera necesitaba ponerme un dedo encima para hacerme colapsar.
Era esa voz autoritaria, esa promesa de castigo y orden lo que estaba haciendo que mi voluntad se deshiciera como azúcar en agua.
—No sabía que esto era una competencia —logré articular con un hilo de voz.
—Si yo decidiera entrar en el juego, Maddox, no habría competencia alguna —sentenció él, sus ojos brillando con una convicción absoluta—. Créeme. No quedaría nada de él en ti cuando yo terminara.
De pronto, la oscuridad en sus ojos se transformó en algo distinto.
Fue como ver un eclipse en tiempo real; la lujuria posesiva fue devorada por una frialdad cortante.
Como si un balde de agua helada lo hubiera devuelto a la realidad, recordándome quién era yo, quién era él y el abismo de deseo que acabábamos de abrir bajo nuestros pies.
Me soltó con una brusquedad cuidadosa, como si el enojo que baila en sus ojos no fuese excusa suficiente para ser brusco de verdad.
El calor de sus dedos desapareció de mi cuello, dejando tras de sí un vacío gélido que me hizo temblar.
Matthew se enderezó, clavando las manos en el volante con una fuerza tal que los nudillos se le pusieron blancos, como si intentara no saltar sobre mí de nuevo.
—Vete —masculló entre dientes.
Su voz ya no era ronca de deseo, sino de una furia contenida dirigida hacia sí mismo. Me quedé allí, parpadeando, con los labios entreabiertos y el pulso todavía martilleando en mis oídos.
—Matthew… —Su nombre salió como un susurro, cargado de una confusión que me avergonzaba.
—Vete. Ahora —repitió, cerrando los ojos con fuerza. Sus hombros estaban rígidos, una muralla de hierro que volvía a levantarse entre nosotros.
Abrí la puerta y salí del coche casi tropezando. La brisa helada de Chicago me golpeó la cara, abrazando mi cuerpo febril y recordándome que estaba en la entrada de mi casa, a pocos metros de mi padre.
Caminé hacia la entrada principal con las piernas temblando, sintiendo todavía la presión fantasma de su mano en mi garganta. Mi mente era un torbellino de preguntas sin respuesta, pero una verdad se alzaba sobre el caos con una claridad aterradora.
No era solo Max. No era solo la adrenalina de lo prohibido.
Me excitaban ambos. De formas distintas, en niveles que no sabía que existían.