CAPITULO 40
maddox
l a mirada que compartí con mi padre antes de levantarnos fue una de advertencia silenciosa. Pero antes de que pudiéramos llegar a la puerta, esta se abrió de golpe, golpeando la pared con una violencia que hizo eco en toda la estancia.
Matthew entró primero, su figura imponente envuelta en una furia tan tangible que el aire pareció cargarse de electricidad estática.
Por supuesto mi cuerpo reaccionó de forma inmediata y me puse en alerta al verlo así.
Detrás de él, cinco soldatis avanzaban con la cabeza gacha, alcé una ceja sorprendida.
Will cerró la marcha; su expresión, habitualmente imperturbable, estaba teñida de un desconcierto que me heló la sangre. Sus ojos se clavaron en los míos por un segundo, y una oleada de pánico me atravesó como un disparo a quemarropa.
Algo había salido muy mal.
—¿Qué ocurrió? —Pregunté. Mi voz salió baja, pero intenté que no flaqueara y se notara mi duda.
Escaneé al grupo. Jace, Brandon, Milton...
los últimos soldatis en ser ascendidos por mi padre, sabía que eran buenos pero me observan como si todo hubiera salido terriblemente mal.
Matthew se pasó una mano por el cabello, destrozando su peinado perfecto y recorrió la sala con ojos recelosos, alcé una ceja expectante.
—Nos siguieron —soltó Matthew, su voz era un látigo de hielo.
Miré a mi padre. Mi instinto era buscar su guía, pero él se limitó a endurecer la mandíbula y alzar la barbilla hacia mí. Inhalé hondo, tratando de estabilizar el temblor de mis manos.
—¿A qué te refieres con que los siguieron? —Exigí—. Will tenía el control de las cámaras. Se suponía que éramos invisibles.
—No sabemos si realmente nos siguieron —intervino Max, dando un paso al frente.
Su tono era irritado, casi desafiante—. Llegamos al punto de encuentro, entregamos el cargamento y Lucchese dio el visto bueno.
Todo fue según el plan, hasta que nos dispusimos a marchar y mi hermano empezó a ver fantasmas.
—No eran fantasmas —siseó Matthew, girándose hacia Max—. Había un francotirador a doscientos metros, en la azotea del edificio contiguo. Tenía el ángulo perfecto para limpiarnos a todos mientras cerrábamos el trato.
—Pudo ser un hombre de Lucchese cubriéndole las espaldas, Matthew. No exageres —Max se cruzó de brazos, su arrogancia parecía brillar bajo las luces halógenas—. No hubo disparos. No hubo emboscada. La misión fue un éxito.
Alcé una ceja al escuchar el intercambio, pero lo que más me sorprendió fue la forma tranquila de hablar de Max y cómo se refería a su hermano. Matthew, por supuesto, echaba fuego por sus ojos oscurecidos.
—Sé muy bien lo que vi. —Matthew se acercó a su hermano, invadiendo su espacio personal. Max no retrocedió ni un milímetro—. Quizás, si hubieras estado prestando atención al entorno y no a tu propio ego, habrías notado el destello de la lente. Pero estabas demasiado distraído, ¿verdad, Máximo?
La atmósfera se volvió irrespirable. La mención del nombre completo de Max fue como un bofetón. Matthew, con sus treinta años y su rango de consigliere , emanaba una autoridad que Max, a sus veintitrés, intentaba combatir con rebeldía pura. Parecían dos lobos peleando por el control de la manada.
—Quizás te está fallando la vista, hermano —se burló Max en tono bajo—. Quizás ya estás viejo para el campo. ¿Cómo pretendes proteger a Maddox si ya no distingues un reflejo de una amenaza?
—¡Basta! —Grité, golpeando la mesa de caoba. El sonido hizo que todos se tensaran—. Si tienen un problema de ego, vayan afuera.
¿En qué momento todo se redujo a una batalla de hombres preocupados por su ego?
Miré a cada uno de los soldados.
—¿Alguien más vio al francotirador? —Silencio. —¿Hubo algún imprevisto durante la entrega? —Negación unánime. —¿Alguien está herido? —Nada.
Suspiré, clavando la vista en Matthew, él no se apaciguó y mucho menos cambió su postura, su seguridad me confundía si nadie más había notado lo que él. Pero no deja de ser la mano derecha de Levi y su consigliere , por algo tiene ese puesto.
—Si la entrega se hizo y nadie disparó, técnicamente la misión fue un éxito —zanjé—. Pero no quiero suposiciones. Will, quiero un informe forense de las cámaras de esa zona. Ahora.
Will asintió, pero antes de que pudiera moverse, mi teléfono vibró sobre la mesa. El nombre en la pantalla hizo que mis tripas se revolvieran.
—Es Harry —murmuré para todos, luego contesté solo para que yo pudiera escuchar—. Lucchese.
—¡Dulzura! —Su voz, tan empalagosa como peligrosa acarició mis tímpanos—. Debo decir que estoy impresionado. Tenía mis dudas sobre la princesa Salvatore, pero te has lucido. Igual que con lo de mi tío. Gracias por eso, por cierto.
Cerré los ojos, sintiendo la mirada curiosa de mi padre quemándome.
—Me alegra que el negocio haya sido satisfactorio, Lucchese.
—Lo fue. Ah, casi lo olvido... El de la mirada asesina debería entregarte un pequeño presente justo ahora. —Will dio un paso adelante y extendió una caja negra hacia mí—. Espero que te guste. Lo escogí pensando especialmente en ti.
Miré a mi soldado con una ceja alzada pero él se limitó a encogerse de hombros.
—¿Gracias? Supongo —dudé.
—Lo que sea por ti, dulzura —dijo despreocupado pero luego su tono adquirió otro matiz—.
Y Maddox... tu guardaespaldas tiene buena vista.
Ese francotirador no era mío —su voz se volvió más baja y tragué saliva, obligando a mis facciones a mantenerse firmes para no alertar a nadie—.
Quizás alguien más está interesado en tus movimientos.
Ten cuidado, princesa. Estaremos en contacto.
Colgó. El silencio que siguió fue denso y tragué saliva.
Agradecí haber decidido contestar sin usar el altavoz porque esto solo traería más problemas. Antes de dejar que la organización saque sus propias conclusiones debía pensar con la mente en frío.
Sentí la mirada de Matthew sobre mí, algo en el brillo de sus ojos me indicó que debíamos hablar y supe que debía hacerle caso. Max, por su lado, se mantuvo expectante y en silencio.
—Si no hay nada más, retírense —ordené con voz hueca.
Cuando la sala quedó vacía, mi padre se acercó.
—¿Estás bien, mia cara ?
—Sí. Vete tú, necesito... Necesito procesar esto. Te veré en casa.
Levi se acercó para dejar un beso fugaz en mi coronilla antes de alejarse.
Salí del club por la puerta de emergencia, buscando el aire frío de la madrugada. Max estaba apoyado en su motocicleta y Matthew en su coche. Ambos me esperaban como dos centinelas oscuros.
Caminé directamente hacia Max.
—Me iré con Matthew —dije antes de que pudiera protestar.
—¿Por qué? —Su voz era un gruñido.
—Porque Levi va a llegar a casa en cualquier momento y no quiero que me vea bajar de tu Harley a estas horas —Puse mis manos en su rostro, tratando de calmar la tormenta en sus ojos—. Hablaremos luego, ¿sí?
Max me atrajo hacia él con una fuerza posesiva, reclamando mis labios en un beso brusco, casi violento, que sabía a advertencia dirigida a su hermano. Luego, montó en su motocicleta y la hizo rugir antes de desaparecer en la noche.
Me subí al coche de Matthew sin siquiera consultar pero pude ver por el rabillo del ojo un brillo en su iris, un claro sentimiento de victoria. El trayecto fue un desierto de palabras hasta que estuvimos a una calle de mi casa.
—Matthew —dije en un susurro.
—Dime —su voz estaba tensa.
—Lucchese dijo que no era suyo el francotirador —confesé y escuché como maldecía por lo bajo—. Pero hay mas.
—¿Más? —Lo miré y tenía el entrecejo fruncido, claramente confundido—. Maddox, ¿qué demonios sucede?
—En Nueva York... —dudé y tragué saliva—. Lucchese no iba a hacer negocios con nosotros, simplemente quería hacerle perder el tiempo a Levi.
Su expresión es de confusión total.
—No comprendo...
—Cuando supo que Red Dragon no era un mito hizo lo posible para que mi padre me lleve, él quería...
—Conocerte —termina por mí y asiento—. ¿Qué más?
Su voz se volvía más tensa.
—Solo quería saber si yo existía pero mantuvo su postura de no hacer negocios con nosotros.
—¿Y qué cambió?
— South lo buscó —lo miro y observo que su expresión cambia, es solo un segundo, algo atraviesa sus ojos. Lo veo tragar saliva pero se recompone nuevamente—. No sabe como se enteraron que él buscaba pasar por Chicago el cargamento pero lo saben...
—Y eso no significa nada bueno —dijo entre dientes—. Déjamelo a mí, ¿si? Yo me encargo.
—Algo ocurre, Matthew —confieso y puedo notar el temblor en mi voz—. Algo ocurre y no se qué, siento que algo se me escapa...
—Hey —me llama con su mano en mi mentón, me obliga a verlo y noto su expresión tranquilizadora. Trago saliva, hace mucho no hablábamos tanto y compartíamos un momento así, luego de lo que sucedió con su hermano no hemos vuelto a dirigirnos la palabra—. Yo me encargo, no te preocupes.
Asiento y él parece darse cuenta de lo que sucede, me suelta y vuelve a enderezarse en su asiento, como si nunca hubiera sucedido nada.
—¿Qué te dio Lucchese? —preguntó, olvidando lo de hace un instante.
El detalle del presente se me había olvidado hasta ese momento, busqué mi bolso y extraje la pequeña caja negra. La observé en detalle pero nada que me dijera que podía encontrar dentro: era pequeña, plana y de terciopelo negro. Bastante simple para alguien ostentoso como él.
—Un regalo, al parecer —dije mientras abría la caja negra.
Dentro, un collar de perlas doradas con un dragón de zafiro rojo me devolvió el brillo de la luna.
Lo saqué y me lo puse, usando el retrovisor.
El contraste del oro contra mi piel pálida era casi obsceno pero no se veía tan mal—.
Quizás podría gustarme el dorado —murmuré.
Escuché un gruñido provenir de mi costado izquierdo y puse los ojos en blanco. Aun así, pude sentir su mirada oscura sobre mi como una caricia de fuego, tragué saliva y noté que no dejaba de mirarme.
Algo denso y caliente se instaló en el ambiente, el espacio pareció reducirse como si el coche pudiera hacerse diminuto.