CAPITULO 39
maddox
e l aire en el último piso del club era distinto al del resto del edificio.
Abajo, el pulso de Chicago latía al ritmo del techno y el sudor; aquí arriba, el oxígeno se sentía denso, cargado de una estática que me erizaba el vello de la nuca.
Con cada respiro, mis pulmones se llenaban de una mezcla de humo de cigarro caro, cuero viejo y la ansiedad corrosiva que me quemaba las entrañas.
No podía evitar pensar en mi madre. Nora siempre había sido una experta en el arte del camuflaje.
La recordaba en los backstages de sus desfiles, moviéndose entre modelos y telas con una frialdad quirúrgica.
Antes, pensaba que era simple arrogancia superficial, pero ahora, mientras mis dedos trazaban las líneas de los mapas sobre la mesa de caoba, lo entendía: no era vanidad, era supervivencia.
Nora se transformaba. Igual que mi padre. Al parecer, los Salvatore no vivían la vida, la ejecutaban al extremo detalle.
Una vez me dijo que el secreto de un buen espectáculo era prever el desastre: «No esperes que el telón suba, Maddox; espera que se incendie y ten el extintor listo en la mano» .
Regla número uno de mi madre: todo puede salir terriblemente mal, así que prepárate.
Eran las cuatro de la madrugada. El sábado llegaba a su fin para el mundo civil, pero para nosotros, el reloj apenas empezaba a contar.
Levi estaba sentado frente a mí, envuelto en un silencio que pesaba más que el plomo.
No nos habíamos dirigido la palabra en días que pasaron entre miradas esquivas y una distancia gélida que me hacía sentir como una extraña en mi propia casa.
Él decía que, en este negocio, si el teléfono no suena es una bendición. Yo solo podía pensar que el silencio era una muy mala señal.
Era mi primera misión. Mi primer movimiento real en el tablero.
Y aunque estaba liderando desde la sombra, sentía que el cargamento que atravesaba la ciudad llevaba mi nombre grabado en cada caja.
Había repasado el plan hasta que las líneas de los planos se grabaron en mis pupilas.
Conocía cada callejón, cada semáforo, cada margen de error.
Will tenía los ojos puestos en las cámaras de la ciudad, borrando nuestro rastro como un fantasma digital. Jace ya había confirmado la recogida. Todo estaba cronometrado: cuarenta minutos para cruzar el puerto, quince minutos de margen para Lucchese, diez para el encuentro.
Ya había pasado una hora. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, un tambor de guerra que amenazaba con romperme el pecho. Si esto fallaba, no solo perdía dinero; perdía el respeto. Y en la familia Salvatore, sin respeto eres solo un blanco con un apellido famoso.
—Deberías calmarte, mia cara .
La voz de mi padre cortó la tensión como una cuchilla. Alcé la vista. Levi tenía los ojos en su móvil, pero el tic en su mandíbula y el movimiento rítmico de su pierna lo delataban. Estaba tan al límite como yo.
—¿Calmarme? —La palabra salió de mi boca con una brusquedad que no pude filtrar. La falta de sueño y la paranoia sobre Luc y Max me tenían con los nervios en carne viva—. ¿Cómo me pides eso cuando llevas días tratándome como si fuera invisible?
—Maddox...
—No. —Me puse de pie, apoyando las palmas sobre los planos—.
Es la primera vez que te dignas a hablarme.
No finjas que te importa cómo me siento ahora.
Has evitado cada reunión, cada cena. ¿Qué pasa, Levi?
¿Estás esperando a que cometa un error para recordarme lo poco que sirvo para esto?
¿O es que tu orgullo es tan grande que no puedes perdonarme por lo de Nueva York?
Levi cierra los ojos y se masajea los párpados con los dedos, un gesto de cansancio que nunca le había visto.
Se levantó sin decir nada y caminó hacia el mueble bar.
El sonido del cristal contra el cristal fue lo único que llenó el vacío entre nosotros.
Se sirvió un whisky, lo bebió de un golpe y luego se sirvió otro en el mismo vaso, acto seguido buscó otro igual y lo llenó de líquido ámbar.
Cuando volvió a acercarse y me lo extendió lo tomé con dudas, no parecía el Don inquebrantable de Chicago. Parecía un hombre cansado bajo el peso de su propia armadura.
—¿Crees que estoy enojado contigo? —preguntó en un susurro áspero.
Tragué saliva, mi valentía flaqueó ante la vulnerabilidad de su voz pero asentí en silencio.
—Maddox... no te he evitado por enojo. Te he evitado porque no soporto mirar mi propio reflejo —se dejó caer en la silla, esta vez mucho más cerca de mí—.
Me siento patético. Te llamé impulsiva, te traté como a una niña irresponsable cuando lograste un acuerdo que yo no pude conseguir en meses. Y luego... Lucchese.
Parpadeé, confundida. El odio que yo esperaba nunca llegó.
—Me avergüenza haberte fallado —continuó él, mirando el ámbar de su vaso—.
Me molesta no haber sido yo quien se diera cuenta del peligro.
Debí protegerte, debí ver lo que ocurría.
Estaba tan orgulloso de tu éxito que me olvidé de que seguías siendo mi hija, no solo mi heredera.
Matthew me lo advirtió... Me dijo que involucrarte requería que yo fuera tu sombra y te dejé sola.
El nudo en mi garganta se volvió doloroso.
Ver a Levi Salvatore, el hombre que infundía terror con un solo gesto, admitir que se sentía avergonzado por no ser suficiente , me desarmó por completo.
El fuego de mi rabia se extinguió, dejando solo un rastro de ceniza y una profunda necesidad de consuelo.
Me bebí de un solo trago el vaso de whisky.
Me incliné hacia delante y tomé su mano. Sus dedos parecían temblar ligeramente bajo los míos.
—Levi Dante Salvatore, eres un completo imbécil si crees que te culpo por lo que pasó —murmuré con una sonrisa triste—. Pero eres el mejor padre que podría haber tenido. Creí que te había decepcionado.
—¿Decepcionado? —Él soltó una risa seca y me tocó la frente con el índice—. Le disparaste a ese tipo justo donde te enseñé a los doce años.
Dejé escapar una risa.
—No fue en vano todo mi entrenamiento, ¿cierto? —Bromee y su sonrisa se amplió.
—Vaya padre te ha tocado, que se siente orgulloso de que su hija tenga puntería de asesina.
—Vaya padre —repetí, dejando escapar un suspiro de alivio.
Por un momento, el peso del mundo se sintió más ligero. Fui consciente de lo mucho que me importaba la opinión de mi padre y de cuanto necesitaba su apoyo. Dejé que mi cuerpo entero se relajara, todo iba a salir bien, debía calmarme y…
El piso se llenó de gritos.