Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 38 #3
54%

CAPITULO 38 #3

—Princesa —susurro y la veo sonreír con los ojos cerrados, disfrutando del placer que la yema de mis dedos genera en ella. La toco de forma superficial, lo suficiente para hacerla desear más—. Necesito que entiendas lo loco que me tienes. Lo obsesionado que estoy...

Me deshice de mi cinturón con una mano mientras la otra se hundía entre sus piernas, mis dedos la encontraron ya empapada, caliente y palpitante, esperándome con una urgencia que me hizo soltar un taco entre dientes.

—Joder, nena —murmuré, mi pulgar presionando con fuerza su centro mientras la penetraba con dos dedos, buscando el ritmo que sabía que la volvía loca—. Estás tan lista que duele.

Ella bajó sus manos por mi pecho hasta llegar a la cinturilla de mi ropa interior, antes de darme tiempo a reaccionar su mano se perdió dentro de la tela y aprisionó mi miembro hinchado y caliente entre sus finos dedos.

Algo brilló en sus ojos y mordió su labio inferior al notar la piel tensa y palpitante de mi polla.

—Maddox —supliqué.

—Di que te mueres por estar dentro de mi —pidió en un susurro mientras acariciaba con suavidad mi longitud. Presioné mis labios para evitar gritar y hundí mis dedos con violencia en su interior—. Dilo.

—Me muero por estar dentro de ti —admito y extraigo mis dedos para volver a embestir con fuerza—. Me muero por follar ese dulce coño otra vez.

Lleva la cabeza hacia atrás cuando mi otra mano alcanza su cuello con fuerza y sigo moviendo mis dedos en su interior.

—Te quiero dentro de mi —susurró y sus mejillas estaban teñidas de rosa. Sonreí con diversión y aumenté la velocidad de mis dedos. Sus labios se separaron por el placer y gimió con fuerza—. Máximo…

—No, Maddox —dije con brusquedad—. No te he dado permiso para venirte todavía —sus ojos vuelven a clavarse en mí y le da un ligero apretón a mi miembro—. Vas a aguantar. Vas a sentir cada segundo de cómo te tomo.

Extraigo mis dedos de su interior palpitante y debo contenerme cuando la escucho gemir, me alejo para buscar un condón y rasgo el envoltorio con rapidez. Extiendo el látex por mi longitud bajo su atenta mirada.

Me acerco otra vez y la levanto, obligándola a enredar sus piernas alrededor de mi cintura, sus manos viajan a mi nuca.

El contraste del aire gélido de la azotea contra su piel desnuda la hizo temblar, pero cuando me abrí paso entre sus muslos y sentí su calor envolviendo mi hombría, el frío pareció dejar de existir y ser reemplazo por el incendio de Maddox.

La penetré de una sola estocada, profunda y sin piedad.

Maddox echó la cabeza hacia atrás, su espalda arqueándose contra el cristal mientras un grito ahogado escapaba de su garganta.

Me quedé inmóvil un segundo, enterrado hasta el fondo, disfrutando de la forma en que sus paredes internas se apretaban alrededor de mí como si intentaran succionarme el alma.

—Mírame —ordené, sujetando su rostro con una mano para obligarla a clavar sus ojos verdes en los míos—. Quiero que veas quién te está follando contra el cielo de esta maldita ciudad.

Empecé a moverme con un ritmo salvaje, casi violento.

Cada embestida era un recordatorio de lo que éramos: un error, una traición, una adicción letal.

El sonido de nuestra piel chocando rítmicamente se mezclaba con el zumbido lejano del tráfico de Chicago, pero para nosotros, el mundo se había reducido a ese espacio de vidrio y acero.

Maddox era una tormenta bajo mi cuerpo. No era sumisa; luchaba por cada gramo de placer, devolviéndome el empuje con una fuerza que me hacía gruñir.

Su boca buscaba la mía, sus dientes muerden mi labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre, un recordatorio de que en nuestro mundo, el placer y el dolor siempre caminaban de la mano.

—Más rápido, Max... más fuerte —suplicó ella, su voz rompiéndose mientras su clímax empezaba a asomar en el horizonte.

—Tómalo todo, princesa —gruñí, aumentando la velocidad hasta que mi visión empezó a nublarse por el esfuerzo y el deseo—. Ven para mí. Demuéstrame que no importa cuántos hombres tengas que liderar, aquí solo respondes ante mí.

La tensión en su cuerpo llegó al límite.

Sus piernas se apretaron alrededor de mi cadera con una fuerza sobrenatural y, con un último gemido que sonó a rendición absoluta, Maddox se desmoronó.

Sentí las contracciones de su orgasmo rodeándome, apretándome con una intensidad que me hizo perder el control.

Solté un rugido contra su cuello cuando mi orgasmo me alcanzó.

Nos quedamos allí, jadeando, unidos por algo mucho más oscuro que el amor. El sudor enfriándose en nuestras pieles mientras recuperábamos el aliento. Presioné la carne de su cintura con fuerza y ella se alejó un poco para verme, me sonríe y algo atreviesa su mirada.

—No me lastimes, Máximo.

Mi sonrisa se debilita hasta ser una mueca.

—Jamás podría, princesa...

—De verdad —me dice con seriedad y arrugo la frente confundido—. No juegues con mi confianza ni me traiciones porque la próxima vez serás mi blanco de tiro y no voy a fallar —se acerca de forma letal y susurra sobre mis labios—. Te daré en el maldito corazón.

Trago saliva. Aterrado y excitado en partes iguales.