CAPITULO 38 #2
Sostuve su mirada. El verde de sus iris brillaba con intensidad. Sería tan fácil ser completamente honesto… pero luego recordaba todo lo que estaba en juego y sabía que sería un maldito error.
—Soy un soldado, Maddox —dije, como si en esas simples palabras se encerrara toda la verdad.
Y de cierta manera lo era—. Me enseñaron que mi vida no tiene valor fuera de la misión.
Pero luego llegaste tú, con esa forma de mirar el mundo como si pudieras quemarlo todo y reconstruirlo a tu antojo.
Y mis prioridades se fueron a la mierda.
La miré de frente. Su piel parecía porcelana bajo la luna, pero yo sabía que era acero por dentro.
—Eso no responde a mi pregunta —susurra.
—Todos guardamos secretos —le recuerdo—. ¿No es ese el lema de la mafia?
Esa no era la respuesta que buscaba, lo sabía. Pero cuando más quería evitar ser así, menos lo lograba. Y con todo esto, más me alejaba de la misión real.
—Quizás todo sería más fácil si no nos hubiéramos conocido de esta forma —dije, y mi voz sonó más rota de lo que pretendía—. Con lo que implica tu apellido y lo que significa mi trabajo. Tú eres la corona, Maddox. Yo soy solo el perro que muerde a quien se acerque demasiado a ella.
Formó una sonrisa triste con sus labios y ladeo la cabeza hacia un costado.
—Quizás —susurró—. Quizás habría sido diferente, no sé si para bien o para mal…
—En un mundo normal, te habría llevado a un restaurante real, te habría cortejado sin una pistola en la tobillera. Te habría dado una vida donde no tuvieras que disparar a un hombre para sentirte segura.
Dejó escapar una risa por lo bajo.
—No sabría que hacer con una vida normal —confesó.
Me encojo de hombros.
—Podrías hacer lo que quieras. Podrías ser lo que quieras.
En un mundo normal yo solo sería Max, el chico imbécil pero atractivo de clases —otra vez sonríe con diversión—.
En un mundo normal tu solo serías Maddox, la mujer más bella que vi en la universidad, la misma que me saca de quicio y vuelve loco.
—Eso ocurre sin necesidad de ser normal —pone los ojos en blanco claramente divertida.
—Si, es verdad —asiento divertido pero vuelvo a estar serio—. Pero aquí no somos eso, aquí somos un error.
En un mundo normal no tendría que engañarla, en un mundo normal lo nuestro no tendría a la vista un final tan malo. Ahora es ella quien se encoje de hombros.
—No me importa que esto sea un error —dice con seguridad—. No me importa ser normal, no quiero serlo.
—¿De verdad? —Pregunté—. ¿Nunca consideraste como sería tu vida sin el peso de tu apellido? ¿Sin la responsabilidad que llevas sobre los hombros? —Era algo en lo que pensaba todo el tiempo, aunque no podría decirlo en voz alta—. ¿Alguna vez pensaste en alejarte de todo y comenzar de cero?
Algo atravesó su mirada, algo que no supe descifrar pero que alertó todos mis sentidos.
—No —dijo, luego de un momento—. Soy una Salvatore, nosotros no huimos.
—Lo sé, pero…
—Quiero esto —esta vez su voz fue determinante—. Quiero Draghi . Porque yo soy Draghi , quiero este peligro, quiero el acero y la sangre. Te quiero a ti, aunque seas un error.
Podía sentir el latido de la realidad golpeando mis sienes como un martillo sobre el yunque.
Aún tenía una última oportunidad para dar marcha atrás, para ser el soldado que mi deber exigía y levantar un muro de hielo entre nosotros.
Podía recapacitar, soltarla y alejarme de la devastación que Maddox representaba antes de que el incendio fuera incontrolable.
Pero en el momento en que mis ojos buscaron los suyos, lo supe: el puente ya estaba ardiendo detrás de nosotros.
Era demasiado tarde para la redención.
—Soy más que un error, princesa —mi mano subió a su cuello, mi pulgar delineando su mandíbula con una posesión que rozaba lo violento—. Soy un peligro para ti. Cada vez que te toco, estoy cavando mi propia tumba.
—Máximo...
—Solo tengo sombras para ofrecerte.
Me sonríe con picardía.
—Me fascinan las sombras —susurra.
La atraje hacia mí con un movimiento brusco, eliminando cualquier rastro de duda. La besé con una furia que nació de la desesperación. Era un beso que sabía a despedida y a principio, a pecado y a redención.
Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando de mí como si quisiera fusionarse con mi piel.
Mis manos descendieron desde su nuca hasta su cintura, apretando la carne con una fuerza que sabía que dejaría marcas, pero Maddox no se quejó.
Al contrario, soltó un gemido que se perdió en mi garganta y se pegó más a mí, buscando mi calor.
La empujé hacia atrás, guiándola por puro instinto hacia la estructura del invernadero.
Mis botas golpeaban el suelo con un eco sordo que se mezclaba con el latido frenético de mi sangre.
Cuando su espalda chocó contra el vidrio reforzado, el frío del cristal la hizo jadear, pero no la solté.
Me colé entre sus piernas, sintiendo la dureza de mi propia necesidad golpeando contra su muslo.
—Mírame, Maddox —gruñí, separándome apenas unos milímetros.
Sus ojos verdes estaban dilatados, empañados por una bruma de deseo que me hizo sentir el hombre más poderoso del planeta y, al mismo tiempo, el más miserable. Su respiración era errática, sus labios estaban rojos y húmedos por mi culpa.
—Podría tenerte mil veces y seguiría sintiendo esta maldita sed, princesa —gruñí, mi voz vibrando contra su cuello mientras mis manos bajaban con urgencia para reclamar su cuerpo—.
No me importa que seas una Salvatore. No me importa quién nos esté mirando desde las sombras.
Ahora mismo, solo eres la mujer que me está quemando por dentro.
La presiono contra el vidrio del invernadero con una brusquedad que hizo que la estructura vibrara. Maddox soltó un jadeo, pero no fue de miedo; sus manos se enredaron aun más en mi pelo, tirando de mí con una ferocidad que solo ella poseía.
—Demuéstralo —me pide en un jadeo—. Quiero que me demuestres que tan ciertas son todas las palabras que me dices.
Trago saliva.
Llevé mis manos hacia el borde de su short deportivo y lo deslicé por sus piernas mientras me arrodillaba frente a ella, levantó las piernas solo un poco para ayudarme a quitarle la prenda. Sabía que esta posición la volvía loca y tomé con fuerza sus glúteos sin dejar de verla.
—Eres mía —susurré antes de acercar mis dientes a su braga y quitársela con fuerza de un tirón—. Necesito que te quede claro, Maddox —susurro mientras termino de bajar la prenda con mis dedos. Su coño está a centímetros de mis labios y arquea la espalda para acercarse—. Que eres mía por completo.
El frío de la noche la hacía temblar como una hoja y provocaba que mi excitación nublara mi juicio. Recupero mi posición de pie frente a ella y la veo alzar el mentón para verme, antes de darle tiempo de hacer algo acerco mi mano a sus labios hinchados y los acaricio con lentitud.
—Máximo —gime mi nombre y sé que nunca se escuchó tan bien como cuando sale de sus labios—. Max...