Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 38
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CAPITULO 38

maximo

e l viento frío de la noche nos golpea de lleno cuando abandonamos aquel lugar. Maddox me sigue en silencio y monta mi Harley sin dudar un segundo.

El motor de mi motocicleta rugió entre mis piernas. Podía sentir a Maddox pegada a mi espalda, sus dedos enterrados en mi chaqueta de cuero como si temiera que, si me soltaba, la realidad la alcanzaría y la obligaría a ser la heredera de Chicago antes de tiempo.

La cuenta regresiva estaba sobre nosotros. Un día y debía demostrarle a todos que estaba apta para heredar Draghi en su primera misión.

Quería darle esto, la posibilidad de alejarnos de la realidad que se cernía sobre ambos pero de diferente forma. Aunque me molestaba el no poder ofrecerle más.

El viento nos golpeaba con la fuerza de un castigo, pero yo solo podía pensar en el rastro de su aliento en mi nuca.

Había pasado años entrenando mi cuerpo para ser un arma.

Me enseñaron a no sentir, a no dudar, a ser el ejecutor silencioso.

Pero ella... Maddox era el fallo en mi sistema.

Ella era la variable que no pude prever.

Al verla en la sala de tiro, tan rota y a la vez tan letal, algo en mi interior se quebró definitivamente.

Ya no era solo lealtad, era una obsesión que me quemaba las entrañas.

Y todo esto no hacía más que complicar mi plan, mi verdadero propósito, pero quizás, si comenzaba a ser sincero con cuidado no la perdería, quizá podía ponerla de mi lado antes de que todo sea demasiado tarde.

Me salté dos semáforos en rojo, esquivando el tráfico de la ciudad como si estuviéramos huyendo de la misma muerte. Quizás lo estábamos haciendo.

Detuve la moto frente a un antiguo complejo industrial en los límites del South Side.

Era un edificio que el tiempo y la desidia habían olvidado, una mole de acero y hormigón que alguna vez fue el corazón de la producción de Chicago.

Para el resto del mundo, era basura. Para mí, era el único lugar donde las cámaras de su padre no podían alcanzarnos.

—¿Aquí? —Su voz llegó amortiguada por el casco, pero detecté la curiosidad mezclada con esa desconfianza nata de quien nace con una diana en la espalda.

—Confía en mí, princesa —le dije, ayudándola a bajar. Mis manos se demoraron en su cintura, disfrutando de la forma en que su cuerpo se tensaba ante mi toque—. Es tu turno ahora, ¿no crees? —Murmuré en su oído y la sentí estremecer.

—Imbécil —murmuró, pero noté la diversión en su voz.

La guié por las escaleras de emergencia.

Subimos cuatro pisos en un silencio cargado de electricidad.

Mis botas resonaban contra el metal, todavía no estaba seguro de que estábamos haciendo con Maddox y a donde nos llevaría.

Lo que había empezado como un juego había dado pie a algo más.

Algo que me aterraba y excitaba en partes iguales.

Al llegar a la azotea, abrí la puerta pesada y dejé que el viento de las alturas nos recibiera.

Había preparado el lugar días atrás, con la esperanza estúpida de que este momento llegara. Hoy, antes de encontrarla en la sala de tiro, vine a terminar de condicionar todo, era lo mejor que podía ofrecerle a la hija del Don de Chicago pero todo sabía a poco cuando se trataba de Maddox.

Solo necesité ver su expresión para saber que esto era lo que necesitaba ahora.

En el centro de la azotea, protegida por una estructura de vidrio reforzado que solía ser un invernadero industrial, había una mesa pequeña con una botella de cristal de Murano y un par de platos cubiertos.

Unas cuantas luces de tungsteno, alimentadas por un generador portátil, bañaban el espacio con un resplandor ámbar, rodeadas por la oscuridad absoluta de la noche.

Pero la verdadera joya no era mi esfuerzo, sino Chicago.

Desde aquí, la ciudad parecía una alfombra de diamantes arrojada sobre terciopelo negro.

El lago Michigan se perdía en un horizonte infinito y las luces de los rascacielos parpadeaban como las almas de los hombres que habíamos enviado al otro lado.

Maddox permaneció quieta admirando la vista, sus labios ligeramente entreabiertos y un brillo en sus ojos verdes que me hizo calentar el pecho.

—Esta vista es increíble —murmuró. Se acercó a la barandilla de hierro oxidada para admirar la vista y permanecí a su espalda sonriendo—. Es… increíble. Nunca había visto a Chicago así.

El viento le alborotaba el cabello y en ese momento, bajo la luz de la luna, no parecía la mujer que acababa de disparar una Beretta con los ojos vendados. Parecía una mujer que merecía el mundo, no solo una organización criminal.

—Sí, lo es —dije sin dejar de mirarla.

En cuanto me escucha se gira, con la cadera apoyada en la barandilla y sus manos también, alzó una ceja y miró a mi costado.

—Máximo Hardaway —dijo con voz divertida—. ¿Me trajiste a una velada romántica?

No pude evitar poner los ojos en blanco pero me acerqué unos pasos a ella sin dejar de sonreír.

—No exageres, princesa. Es una simple cena…

—Una simple cena, de acuerdo —murmuró sin dejar de sonreír. Se alejó de la barandilla para acercarse, cuando estuvo a unos centímetros de distancia se detuvo y se puso de puntillas para dejar un rápido beso en mis labios—. Gracias.

—¿Por qué me agradeces? —Rodee su cintura con mis brazos y ella hizo lo mismo con mi cuello.

—Porque sé lo que haces, Max —tragué saliva—. Quieres alejarme por un momento de mi vida real.

Hice una mueca. Maddox siempre era muy inteligente.

—Quizás nos merezcamos, por una noche, olvidarnos de quienes somos.

Sus ojos me miraron de forma impasible, noté como tragó saliva con fuerza y su pecho subir y bajar con rapidez. Me acerqué a su coronilla para depositar un beso fugaz y me aleje no sin antes tomar su mano y conducirla a la mesa.

Serví el vino. Un Barolo rojo sangre, tan denso como la lealtad que le debía a su familia.

Cenamos casi en silencio, con la ciudad como único testigo.

Ella comía concentrada en su pizza favorita, pero sus ojos no dejaban de buscar los míos.

Sabía que estaba esperando que las palabras salieran a la superficie.

—¿Por qué este vino? —Vi la curiosidad brillar en su iris y sonreí divertido.

—Porque sé que es tu favorito —me encojo de hombros—. Te gusta más el vino que el whisky.

—Solía gustarme —me corrige y alzo una ceja—. Me he acostumbrado al sabor amargo del whisky.

—Lo anoto —murmuro y le sonrío.

Maddox me sonríe pero su sonrisa se esfuma en un segundo, la veo entrecerrar los ojos para verme.

—A veces siento que sabes muchas cosas de mi —confiesa. Tragué saliva. Sabia muchas cosas de ella, no podía negarlo— ¿Cómo sabías que me encontrarías en la sala de tiro?

¿Era duda lo que había en sus ojos?

Dude un segundo antes de hablar mientras dejaba la copa sobre la mesa.

—Hablé con Matthew —murmuré. Maddox alzó una ceja con sorpresa—. Quería verte, esta semana has estado distraída, te sentí… distante.

Maddox dejó la copa sobre la mesa y suspiró mientras se revolvía inquieta.

—Es la misión, lo siento.

—No debes disculparte —zanjé—. Pero lo supuse. Sé que es la primera vez que vas a liderar una misión y, aunque estas muy bien preparada, sé que puede ser… intimidante.

—El peso de la corona —murmuró y bajó la vista. Un segundo después volvió a verme con curiosidad—. ¿Están bien? Tú y Matthew…

Hice una mueca.

—Es complicado —confesé y ella asintió—. No quiere hablar conmigo, aunque Matthew nunca fue la persona más comunicadora esto es… diferente.

—Lo siento —susurró—. Siento que estoy separándolos, es…

—No, Maddox —dije con dureza—. Si Matthew tiene un problema deberá solucionarlo conmigo. No pienso dejar que estés en el medio de ambos —asintió despacio—. En fin, le dije que me gustaría verte y no sabía dónde podría encontrarte.

—Y te habló de la sala de tiro.

—Así es, no la conocía a decir verdad —dudé antes de preguntar— ¿Por qué no fuiste a la de tu padre?

Ella dudo, con una mueca de diversión y vergüenza en sus labios.

—Es donde solía practicar. Entre allí por primera vez a mis doce años, no lo sé… a veces se siente más hogar que cualquier otro lugar.

Asentí. Sabía a lo que se refería.

Abandoné la silla bajo su atenta mirada y caminé hacia ella, me detuve cuando estuve a su lado y le ofrecí mi mano. Ella la aceptó sin dudar, entrelazó nuestros dedos y la llevé lejos, cerca del borde otra vez. Colocó sus manos en mi nuca y sostuve su cintura para atraerla hacia mí.

—¿Esta es la parte de la velada romántica en la que bailamos a la luz de las velas?

Alcé una ceja.

—¿Eso sucede en las veladas románticas?

Se encogió de hombros.

—En las películas. Al menos, en la mayoría de ellas.

Sin darnos cuenta comenzamos a balancearnos al ritmo de una melodía silenciosa, el viento hacía crujir y mover las hojas de los árboles y el murmullo de la naturaleza nos envolvió como una canción romántica.

Yo era un soldado. Un hombre hecho de acero, violencia y secretos. No sabía nada de veladas románticas ni de amor, no debería estar jugando a esto con Maddox y sin embargo, no podía evitarlo.

—No sé nada de citas románticas, Maddox —dije, como si así pudiera recordarnos quienes éramos.

Ella volvió a encogerse de hombros y su sonrisa se suavizó.

—Yo tampoco, Max —confesó—. Solo sé de sangre, secretos y pasarme la vida entera fingiendo.

Tragué saliva. Al final, no éramos tan diferentes.

—¿Por qué este lugar? —Preguntó de pronto.

—Porque aquí nadie te mira como la hija del Don. Aquí eres solo Maddox. Y yo... —hice una pausa, sintiendo el peso de mis propios secretos oprimiéndome el esternón—. Yo soy solo un hombre que no debería estar aquí.

—Me gustaría conocerte de verdad —suelta de repente.

Hice una mueca.

—Me conoces —le recordé.

—No, aún no me has dejado entrar —no lo dijo enojada ni molesta, sino como si estuviera constatando una realidad. Tragué saliva al escucharla, sus dedos jugaban con los mechones de mi cabello—. Todavía guardas secretos, ¿cierto?