CAPITULO 37
MADDOX
e n el momento en que las manos de Max abandonaron mi cintura, me sentí desprotegida, como si él fuera la única estructura que mantenía mis piezas unidas. El aire de la sala de tiro, saturado con el olor acre a pólvora y aceite de armas, se filtró por mis pulmones como agujas de hielo.
Me quedé inmóvil. El arma parecía pesar una tonelada en mi mano derecha pero no me moví, mantuve mis ojos cerrados tal como me pidió.
Podía escuchar el eco de sus pasos, con un ritmo pausado sobre el hormigón. Pasaron dos minutos que parecieron siglos y luego escuché su voz.
—Abre los ojos, princesa.
Hice lo que me dijo y el aire se quedó atascado en mi garganta.
Max estaba a unos metros, invadiendo la zona de fuego.
Se había despojado de la camisa dejando a la vista su torso, una obra maestra de músculo tenso y piel bronceada que ahora brillaba bajo las luces fluorescentes.
Pero lo que me detuvo el corazón fue su posición: estaba sentado en una silla plegable, justo delante de la silueta de cartón.
Bajé la Beretta de inmediato con el pánico rascándome la garganta.
—Máximo —mi voz fue un hilo roto—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? Sal de ahí.
Él no se movió. Su mirada oscura estaba fija en mí, devorándome con una intensidad que me hizo arder la piel. Lanzó su camiseta hacia adelante, hacia mi cubículo.
—Tápate los ojos con ella.
Abrí ampliamente los ojos. Se había vuelto completamente loco.
—¿¡Estás loco!?
—Loco por ti, princesa. Pensé que ya había quedado claro —él ladeó la cabeza, y una sonrisa lenta, peligrosa y pecaminosa curvó sus labios—. Te dije que debo asegurarme que puedes volver a empuñar un arma…
—¿Y tú solución es convertirte en mi maldito blanco? —mi voz tembló de furia y deseo contenido—. Max, no puedo hacerlo.
—Maddox, mírame —ordenó, y su tono de soldati desapareció para dar paso al hombre que me miraba cuando nadie más nos veía—.
Ni siquiera estoy a la altura del centro —miré la figura a su espalda.
Era cierto, no estaba ni siquiera lo suficientemente cerca para poder darle y alguien como yo no se equivocaba.
Pero no podía confiar en mí misma tan fácilmente, no luego de Nueva York—.
Si disparas donde debes, la bala pasará sobre mi hombro.
Lo miro sin parpadear.
—No puedo hacerlo —confieso.
—Si puedes.
—Puedo fallar, Máximo…
—Confío en ti —sus palabras me arrebatan el aire.
Trago saliva sin poder creer todo lo que está sucediendo. Niego con un movimiento efusivo.
—Si cubro mis ojos no podré ver, podría…
—Tomaré el riesgo.
—¡Max!
—Maddox, cálmate —deja escapar una risa. La sonrisa en sus labios no desapareció, es exasperante que todo esto le resulte algo normal y divertido—. Eres buena disparando, eres increíble. No me darás, confío en ti.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —Mi corazón se aceleró. Este hombre, este soldado que había jurado protegerme y ser leal a Draghi , de quien hace unos días no podía dejar de sospechar, se sometía a la prueba más alta de confianza: ser un maldito blanco de tiro—. Max…
—Confío en ti, Maddox —repite.
—¿Por qué? —Dije sin aliento.
Sus ojos encontraron los míos entre las luces fluorescentes y todo rastro de diversión había desaparecido dando lugar a seriedad. Alzó el mentón en mi dirección y vi otra vez el mismo brillo de devoción que había visto antes.
—Confío en ti porque, aunque creas que estás rota, yo solo veo acero que ha sido templado en el fuego —mi corazón se detuvo al escuchar sus palabras—.
Sé que no me darás, Maddox, porque tu instinto de protección es más fuerte que tu miedo.
Y porque, incluso si me matas, preferiría morir por tu mano que vivir un segundo sin que seas capaz de ver el poder que tienes.
Me quedé sin respirar. El silencio de la sala se volvió denso, eléctrico. El peso de su declaración era más letal que cualquier bala. Él no solo confiaba en mi puntería, confiaba en mí. Por completo.
—Ponte la venda —repitió, y esta vez no fue una petición, fue un desafío—. Encuentra mi voz en la oscuridad y dispara.
Tragué saliva y alejé mis dudas. Si necesitaba un acto de confianza para despejar mis sospechas, Max me lo estaba entregando en un bandeja de plata.
Hice lo que dijo, no dudé en buscar la Beretta otra vez, estaba muy bien entrenada para que la oscuridad de una venda improvisada no logre obstruir todos mis otros sentidos.
Aun así, mi corazón comenzó a latir con fuerza. Pero esta vez no era miedo, era anticipación, excitación y todo lo que me recordaba que esto estaba prohibido. Sostuve con firmeza la pistola y apunté.
Inhalé llenando de aire mis pulmones, tratando de escuchar, de sentir. Todos mis sentidos estaban en alerta.
—Dispara, princesa.
El sonido del disparo envolvió la sala y el olor a pólvora invadió mis fosas nasales.
Me mantuve en silencio y quieta, con la respiración acelerada y sin poder escuchar nada. Con cuidado quité la camiseta de Max de mis ojos y entonces lo vi.
—Es jodidamente sexy lo buena que eres con las armas.
Max me sonreía relajado y con ambas cejas alzadas.
El muy maldito, pensé. Puede ser un imbécil y confiarme su vida al mismo tiempo.
Dejé la Beretta otra vez sobre la mesa y salí de mi espacio de tiro, rodee mi cubículo y fui directo a Max, quien se había alejado de la silla y se acercaba sonriendo.
—Te dije que… —dejó de hablar en cuento golpee su rostro con mi puño cerrado. Se tambaleó pero logró recupera el equilibrio en un segundo. Me miró con los ojos abiertos como platos y sosteniendo su mentón—. Maddox, ¿qué mierda…?
—¡No vuelvas a hacer eso! —Grité.
Giré sobre mis talones, impulsada por una mezcla de rabia ciega y una adrenalina que me hacía vibrar hasta los huesos.
Quería alejarme de él, de su imprudencia, de la forma en que desnudaba mi alma con la misma facilidad con la que se despojaba de la ropa. Pero Max no me dejó ir.
Su mano, rápida como el zarpazo de un depredador, se cerró alrededor de mi brazo. Me tiró hacia atrás con una fuerza controlada que me dejó sin aliento, hasta que mi pecho impactó contra el suyo.
El contacto fue un estallido. Sentir la piel desnuda de su torso, caliente y húmeda por la tensión, contra la fina tela de mi ropa deportiva, fue embriagador.
El aroma a pólvora, sudor y ese almizcle masculino que solo le pertenecía a él inundó mis sentidos, nublando mi juicio.
Estaba furiosa por su irresponsabilidad, molesta por haberme puesto en esa posición, pero por debajo de la ira, un sentimiento más oscuro y profundo echaba raíces.
En nuestro mundo, el amor no se escribe con flores, se escribe con sangre y sacrificios innecesarios. Y lo que Max acababa de hacer... esa confianza ciega, era la declaración más violenta y pura que jamás había recibido.
—Sabía que no fallarías —gruñó cerca de mi oído, su voz era un estruendo bajo que vibró directamente en mi esternón.
—Podría haberte matado, idiota —siseé, aunque mis dedos, por voluntad propia, se enterraron en sus antebrazos tatuados—. Un milímetro, Max. Solo un milímetro y estarías muerto.
Él me obligó a mirarlo, sujetando mi rostro con una mano mientras la otra me apretaba contra su cuerpo, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros.
Sus ojos oscuros ardían con una intensidad que me hizo flaquear las piernas.
—Confío en ti —repitió, y esta vez la palabra confianza sonó como una sentencia de muerte—.
Confío en ti lo suficiente como para ser tu maldito blanco de tiro todos los días de mi vida.
Dejaría que me atravesaras el cráneo con una bala si eso te sirviera para entender, de una vez por todas, el poder absoluto que tienes sobre mí.
Antes de que pudiera articular una respuesta, antes de que mi orgullo de heredera pudiera levantar un muro, sus labios se estrellaron contra los míos.
Fue un beso hambriento, desesperado, con sabor a peligro y a una lealtad que desafiaba todas las leyes de la omertá .
Lo siguiente que sentí fue mi espalda chocando contra la pared metálica que dividía los espacios de aquel lugar, el olor a óxido y pólvora me envolvió mientras las manos de Max acariciaban todo mi cuerpo sin pedir permiso.
Su lengua se abrió paso en mi boca y sus dientes se adueñaron de mis labios.
Presionó su cuerpo contra el mío y sentí su dureza.
Estaba al borde del abismo pero entonces recordé en donde estábamos.
—Max —dije con la voz afectada, él abandonó mis labios y se deslizó por mi cuello dejando una estela de calor con su lengua. Tiré de las puntas de su cabello hacia atrás para obligarlo a verme—. Hay cámaras.
La advertencia sobre las cámaras quedó suspendida en el aire, pero a Max no pareció importarle. Al contrario, sus ojos se oscurecieron hasta volverse dos pozos de obsidiana, cargados de una promesa de destrucción y entrega.
—Que miren —gruñó contra mi piel, su aliento abrasador golpeando el lóbulo de mi oreja—. Que vean cómo te hago mía, que vean lo jodidamente loco que me tienes.
No hubo sutileza. Max me rodeó la cintura con un brazo, pegándome tanto a él que pude sentir el latido errático de su corazón contra mi pecho, y con la otra mano, tomó mi muslo, levantando mi pierna para enredarla alrededor de su cadera.
El frío metal de la pared se clavaba en mi espalda, fue un contraste violento con el calor que emana el cuerpo de Máximo, lo que hizo que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza.
Él sabía exactamente lo que estaba haciendo. Sus dedos bajaron con una urgencia controlada hacia el borde de mi ropa deportiva. Sentí el tirón del tejido y, un segundo después, su mano grande y caliente se deslizó dentro, encontrando mi piel desnuda.
Se me escapó un jadeo que intenté ahogar en su hombro, mordiendo el músculo tenso de su trapecio.
—Mírame, Maddox —ordenó, su voz era baja y demandante—. Quiero ver cómo tus ojos cambian cuando te hago mía.
Lo miré. Estaba desarmada ante él, no por la falta de una pistola, sino por la forma en que su pulgar encontró mi centro, ya húmedo y palpitante de pura adrenalina.
Empezó a moverse con un ritmo lento y tortuoso, una presión circular que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros tatuados.
—Eres tan jodidamente perfecta —susurró, aumentando la velocidad. Sus dedos estaban empapados de mí, y el sonido de la fricción, rítmico y obsceno, se volvió el único ruido en la sala, por encima de mi respiración entrecortada—. Mi princesa. Mi ruina.
El placer era una descarga eléctrica que nacía donde sus dedos trabajaban con precisión y se extendía por mi columna como pólvora encendida.
No era un toque suave; era posesivo, exigente, el tipo de caricia que solo un hombre que ha aceptado su propia condena puede dar.
Max me estaba devorando sin necesidad de entrar en mí, marcando mi cuerpo con la autoridad de quien sabe que ya no hay vuelta atrás.
—Máximo —gemí y sus dedos me embustieron con fuerza—. Por favor...
—¿Por favor qué? —Me desafió, sus ojos fijos en los míos mientras sus dedos se hundían más, buscando ese punto exacto que me hacía perder la razón—. ¿Quieres que me detenga? ¿O quieres que te demuestre por qué nadie más volverá a tocarte nunca?
No pude responder. El mundo se redujo a la presión de sus dedos, al olor a sudor y peligro, y a la forma en que su otra mano se cerró alrededor de mi garganta, sus dedos presionaron lo suficiente como para dejar marca y eso, lejos de molestarme, me excito más.
Entonces, el ritmo cambió. Se volvió frenético, implacable.
Max me empujaba contra la pared con cada embestida de su mano, su rostro se hunde en mi cuello y noto como inhala mi esencia como si fuera el aire que necesitaba para seguir respirando.
Siento la tensión acumularse en mis muslos, mis dedos de los pies se contraen mientras el clímax me golpea con fuerza.
Grité su nombre contra su cuello, una nota alta y desesperada que hizo que él gruñera, apretando su agarre.
Mi cuerpo se sacudió en oleadas de placer violento, mis sentidos se nublan mientras la oscuridad de la sala de tiro parece cerrarse sobre nosotros.
Max no se detuvo hasta que la última de mis contracciones cedió, manteniéndome sujeta contra la pared mientras yo temblaba.
Saca la mano lentamente, dejando un rastro de calor que me hizo estremecer. Me bajó al suelo, pero no me soltó; me mantuvo acunada contra su pecho, su barbilla descansando sobre mi cabeza mientras ambos recuperábamos el aliento.
—Ven conmigo —susurró.
Mi corazón palpitaba con fuerza, al igual que el suyo, parecían a punto de explotar en nuestros pechos.
—¿A donde?
Mi propia voz me sorprendió: afectada y estrangulada, débil después de la oleada de placer que recibí.
—Déjame llevarte a un lugar.