Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 36
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CAPITULO 36

MADDOX

e xisten venenos que se filtran en la sangre tan lentamente que terminas confundiéndolos con la vida misma. Para mí, ese veneno siempre ha sido la adrenalina.

Cuando los nervios empezaban a carcomerme por dentro, solía buscar el castigo físico.

Me gustaba ir al gimnasio de Bruce, donde el olor a cuero viejo y sudor era lo único que llenaba mis sentidos mientras golpeaba las bolsas de boxeo hasta que mis nudillos sangraban.

Otras veces, corría por la orilla del Lago Michigan hasta que mis pulmones ardían y el aire gélido de Chicago se sentía como cuchillas en mi garganta.

Pero mi verdadero refugio, el más oscuro quizás, siempre había sido la galería de tiro.

Tenía doce años cuando entré por primera vez.

Recuerdo el peso frío y autoritario de mi primera arma sobre mis manos pequeñas: una Mossberg.

Mi padre me la entregó como quien entrega una herencia sagrada.

Era liviana, letal y fácil de ocultar. Durante años, Levi no me permitió llevarla conmigo; decía que los guardias eran mi sombra y mi escudo.

Pero cuando la universidad y las fiestas con Penny se volvieron mi realidad, la Mossberg pasó a ser un habitante permanente de mi bolso de fiesta.

Y por supuesto, mi compañía para dormir ya que la guardaba bajo el colchón.

Crucé el umbral de la galería y el aire, saturado de azufre y metal, me envolvió como una mortaja. Cerré los ojos, inhalando profundamente. El aroma de la pólvora quemada era mi perfume favorito. En cuanto el frío del lugar lamió la piel de mis brazos desnudos, un escalofrío me recorrió la columna.

Para cualquier otra chica de mi edad, este lugar sería una pesadilla. Para una Salvatore, era lo más parecido a un hogar. A veces, sentía que este sótano de concreto tenía más alma que la opulenta mansión de mi padre.

Cuando era niña, Levi llamaba a Sergi —el administrador de mirada turbia y pocas palabras— y el lugar se vaciaba por completo.

Solo nosotros dos. Los Salvatore teníamos instalaciones privadas en la empresa familiar, pero mi padre prefería traerme aquí.

Su estrategia siempre fue convertirme en un fantasma, en su arma más letal y mejor guardada.

Un secreto que nadie, ni siquiera el soldado más fiel, podía conocer.

«Los hombres se quiebran bajo la tortura; los secretos mueren con los que no existen .»

Eso era lo que Levi solía decir. Por eso, hasta hace unos meses, Matthew era el único que sabía quién era yo realmente.

A los diecisiete, robé el número de Sergi del teléfono de mi padre y empecé a venir sola. Aquí podía dejar de ser la princesa o la heredera. Aquí no era un instrumento. Aquí, el peso sobre mis hombros se desvanecía con cada casquillo que caía al suelo.

Había pasado un tiempo desde la última vez y necesitaba con urgencia estar sola en la galería. Faltaba un día para la misión.

Mi primera misión al mando. La responsabilidad me apretaba el pecho como un corsé de hierro.

Y el silencio de mi padre no ayudaba. Desde Nueva York, Levi se había convertido en una sombra distante.

Cada vez que entraba a una habitación, él salía.

Evitaba mis ojos como si temiera encontrar un reflejo que no le gustara.

Había un muro de hormigón entre nosotros, y yo no sabía si al otro lado me esperaba el Don furioso o el padre decepcionado.

Me coloqué las gafas de seguridad y los protectores auditivos. El silencio repentino se sintió antinatural, sordo. Sostuve la pistola que había alquilado en el mostrador; me negaba a tocar mi Mossberg. Desde aquella noche en el hotel, no podía verla sin sentir náuseas.

Había arrebatado una vida con esa pistola que solía llevar en mi bolso a un lado del lápiz labial rojo que tanto me gustaba.

Alcé los brazos, encuadré la mira con la silueta de papel frente a mí y puse el dedo en el gatillo.

Nada.

Mis músculos se convirtieron en piedra. El dedo me pesaba una tonelada. Intenté quitar el seguro, pero mis manos empezaron a temblar con una violencia que me asustó.

—Dispara —me ordené a mí misma en un susurro que nadie pudo oír.

De repente, el mundo empezó a encogerse.

Lo primero que sentí fue el latido de mi corazón ser completamente diferente a lo que era normalmente.

Era un animal salvaje atrapado en mi caja torácica, arañando mis costillas para salir.

El oxígeno desapareció de la sala. Intenté inhalar, pero mis pulmones se sentían como si estuvieran llenos de cemento fresco.

El aire se queda atascado en mi garganta seca.

Mis ojos se llenan de lágrimas calientes que nublan mi visión. La silueta de papel frente a mí ya no era un trozo de cartón. Por un segundo, vi el rostro del hombre de Nueva York. Vi el destello de la bala impactando en su cráneo. Vi el rojo salpicando el papel blanco.

La última vez que disparé, le arrebaté la vida a alguien. Fue fácil. Fue rápido. Y esa facilidad era lo que más me aterraba.

Dejé caer los brazos, el arma golpeó la mesa con un estrépito metálico que me hizo saltar. Me arranqué los protectores auditivos y las gafas, sintiendo que me asfixiaba. El temblor de mis manos era incontrolable, una vibración eléctrica que recorría cada nervio de mi cuerpo.

Apoyé las manos en el mostrador, tratando de encontrar un ancla, pero el suelo parecía moverse bajo mis pies. La luz de los fluorescentes se volvió demasiado brillante, demasiado agresiva. Sentía un sudor frío perlando mi frente mientras mi mente giraba en espiral.

Se lo merecía , me repetí una y otra vez. Era él o yo. El mundo es mejor sin tipos como él.

Pero, ¿qué hay de mí? ¿Qué queda de Maddox después de cruzar esa línea? ¿Soy una heroína o simplemente otra asesina con un apellido prestigioso? ¿Soy mejor que ellos solo porque mi padre es el dueño de la ciudad?

Cerré los ojos, tratando de controlar mi respiración, pero en la oscuridad de mis párpados solo vi pólvora y sangre. Y lo peor de todo es que, en el fondo, sabía que debía hacerlo. Si heredaría Draghi esa sería mi normalidad.

Intenté controlar mi respiración pero se volvía caótica con cada segundo que pasaba, mi cuerpo era víctima de espasmos y temblores, sentía que podía caer el piso en cualquier momento.

—Cálmate.

El susurro llegó desde las sombras a mi espalda, cortando la estática de mi mente como un rayo de luz en un sótano oscuro.

El mundo, que hace un segundo giraba fuera de control, pareció detenerse en seco.

—Estás bien, Maddox. Nadie puede hacerte daño aquí. No lo permitiré.

Reconocería esa voz en medio de un tiroteo. Era una cadencia suave, pero cargada de una seguridad absoluta que me obligó a soltar el aire que tenía retenido.

—Estás teniendo un ataque de pánico y es normal —continuó él.

Su voz era una caricia física que recorría mis brazos, mi cuello y mi espalda, aunque no me estaba tocando.

Mantenía la distancia exacta para no asfixiarme, pero su presencia me rodeaba como un escudo—.

No estás sola. Es solo tu cabeza intentando protegerte de un recuerdo. Déjalo ir.

De pronto, la marea descontrolada de mis pensamientos se aquietó. Los latidos de mi corazón, que antes eran golpes erráticos contra mis costillas, empezaron a ralentizarse bajo el hechizo de su voz.

—Eso es... —Murmuró Max, y pude sentir el calor de su aliento cerca de mi oreja—. Lo estás logrando. Llena tus pulmones de aire, siente cómo se expanden... y ahora déjalo salir despacio.

Hice exactamente lo que me ordenaba. Mis pulmones, que antes se sentían como si estuvieran llenos de plomo, finalmente cedieron.

—Perfecto. Lo estás haciendo increíble, princesa. —Mi labio inferior tembló. Nunca lo había escuchado así; su voz era dulce, cálida, un bálsamo que borraba por un momento la brutalidad de nuestro mundo—. Nadie va a tocarte. Estás conmigo.

Tragué saliva, sintiendo cómo mis sospechas, las advertencias de Will y las mentiras se disolvían ante esa promesa. En ese instante, necesitaba creerle. Necesitaba que él fuera la verdad en medio de tantas mentiras.

Inhalé y exhalé hasta que el temblor de mis manos desapareció y el frío sudor de mi frente se secó. Volvía a ser yo.

—¿Cómo lo sabías? —Pregunté. Mi voz salió rota, estrangulada por las lágrimas que amenazaban con volver a brotar.

—Porque viví algo parecido —su tono se volvió sombrío—. La última vez que vi a mis padres en el hospital, antes de que el monitor se quedara en silencio... sentí que el techo se me caía encima. Sé cómo se siente perder el suelo bajo los pies, Maddox.

Me giré y me encontré con sus ojos oscuros. No había rastro del Max bromista o arrogante; solo había una devoción cruda y una vulnerabilidad que me desarmó. No lo pensé. Me lancé a sus brazos, buscando desesperadamente su calor.

Él tardó un segundo en reaccionar, como si mi arrebato lo hubiera sorprendido, pero luego sus brazos me rodearon con una fuerza que me hizo sentir pequeña y protegida.

Enterré el rostro en su camiseta negra, aspirando su aroma mientras escuchaba cómo su propio corazón se aceleraba contra mi mejilla.

—Gracias —murmuré contra la tela—. Gracias, de verdad. No sabía qué hacer, yo...

—Es normal —me interrumpió, sus manos acarician mi espalda con una suavidad que me hizo estremecer. Su cuerpo se sentía como granito bajo mis dedos— ¿Estabas pensando en Nueva York, cierto?

Me separé lo justo para mirarlo, aunque él no me soltó. Sus manos seguían ancladas a mi cintura.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros con una sonrisa triste que me encogió el alma.

—Me aventuraría a decir que fue la primera vez que...

—¿Que le vuelo los sesos a alguien? —completé con amargura.

Hizo una mueca.

—Iba a decir que fue la primera vez que disparaste con la intención de matar —sus manos se clavaron con un poco de fuerza en mi cintura—.

Esa noche, cuando se metieron en tu casa...

—Sentí un chispazo de alerta ante la mención del ataque, pero Max no flaqueó—.

Vi la lucha en tus ojos, Maddox. Sé que no querías ser el monstruo.

—Pero debí serlo —dije con una dureza que no sentía—. Levi lo habría hecho sin pestañear. Él espera que yo sea como él.

Un músculo en la mandíbula de Max se tensó y sus ojos se oscurecieron con una chispa de rebelión.

—Tú no eres tu padre —sentenció, y sus palabras vibraron en mi pecho como una campana—. No eres él, y por todos los demonios, Maddox, no deberías intentar serlo. No dejes que este negocio te arranque el alma antes de que empieces a vivir.

Algo se rompió dentro de mí. Quizás la dulzura en su voz, la forma en que me miraba como si fuera lo más valioso que existía en un mundo lleno de cenizas o simplemente la necesidad de sentirme humana pero me lancé a sus labios con una desesperación que me quemaba las entrañas.

Lo besé con hambre, reclamando su boca con mis dientes, buscando una prueba de que seguía viva, de que seguía siendo humana.

Max dejó escapar un gruñido ronco, un sonido puramente animal y sus manos bajaron a mis muslos para alzarme de un tirón.

Rodeé su cintura con mis piernas, mis dedos se enredan en su cabello mientras él me sienta sobre la mesa de madera de la galería.

Me mantuvo pegada a su cuerpo, siento su dureza presionando contra mí, recordándome que él era real, que estaba allí.

Devoró mis labios con una devoción feroz, como si yo fuera el tesoro que finalmente había logrado conquistar.

Sus manos, grandes y posesivas, se hundieron en mis caderas, marcando su territorio mientras su lengua bailaba con la mía en un ritmo caótico y perfecto.

La urgencia salvaje dio paso a una lentitud agonizante, casi reverente.

Max me besaba con una suavidad que me dolía en el pecho, trazando el contorno de mis labios con una paciencia infinita, como si quisiera grabarse mi sabor a fuego en la memoria, como si necesitara memorizar cada curva de mi boca para sobrevivir a lo que vendría después.

Se alejó apenas unos centímetros, lo justo para que el aire frío de la sala de tiro se colara entre nosotros, recordándome dónde estábamos.

Abrí los ojos con esfuerzo, sintiendo los párpados pesados y me encontré con su mirada.

Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad eléctrica, una mezcla de triunfo y una vulnerabilidad que rara vez dejaba escapar.

Apoyó su frente contra la mía, y durante un segundo, el único sonido en la galería fue nuestra respiración agitada compitiendo por el mismo oxígeno.

Entonces, lo escuché. Una risa baja, ronca y cargada de una emoción que me hizo vibrar hasta la médula, vibró contra mis labios.

—Eres increíble —murmuró.

Sonreí y mordí mi labio inferior. Era extraño compartir cosas así con Max, normalmente nuestras citas eran en su piso y casi siempre acababan conmigo enojada porque dudaba de él y entonces apuntaba mi Mossberg directo a su frente.

Esto se sentía… normal. Cotidiano. Real. Como supongo deben sentirse las relaciones de las personas ordinarias.

Aunque no somos personas normales y esto es una galería de tiro.

—Gracias por esto —sentía mis mejillas calentarse—. Por ayudarme por…

—Ah, no. Esto aún no termina —me regaló una sonrisa traviesa mientras se alejaba. Sentí la ausencia de su cuerpo junto al mío y le dediqué una mueca de incomprensión, pero antes de poder decir algo su mano tomo la mía y me obligó a bajarme de la mesa—. Ven aquí, debemos trabajar en tu puntería.

Puse los ojos en blanco.

—Max…

—Princesa, por favor, debo asegurarme que puede volver a disparar —como si fuera un baile ensayado me obligó a girar sobre mi sitio y observé la figura con forma de persona frente a mí.

Siento su rostro acercarse a mi perfil, su aliento acaricia mi piel provocando un escalofrío—.

Ahora vas a tomar otra vez el arma —susurró en mi oído mientras sus manos sostenían mi cintura como si fuera su propiedad.

Mi corazón volvió a latir con fuerza pero esta vez por algo completamente diferente—. Vamos, Maddox. No tenemos todo el día…

—Imbécil —murmuré mientras hacía lo que decía.

—Eso es princesa, ahora vas a apuntar al frente…

—Sé cómo se hace, Máximo.

—Lo sé, pero lo haremos diferente.

—¿Qué?

—Cierra los ojos —susurró haciéndome estremecer. Giré mi cabeza para verlo y noté su sonrisa traviesa—. Vamos, Maddox…

—¿Qué estás planeando?

—Solo cierra los ojos —volvió a susurrar—.

¿Confías en mí? —tragué saliva. Esa una pregunta difícil, ¿confiaba en él?

Habría dicho que si días atrás, pero ahora…

ahora no sabía que responder. Aunque luego de todo lo que hablamos hace un momento podría decir fácilmente que confío en él—. Estás tardando en responder, princesa…

—Si —solté sin pensarlo demasiado.

—Entonces, cierra los ojos.