Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 35
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CAPITULO 35

MADDOX

M e compuse de inmediato, estableciendo distancia pero dedicándole una sonrisa forzada.

—Estoy bien —murmuré—. Gracias por evitar que me estrelle con el suelo.

Luc me dedicó una sonrisa relajada mientras metía las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

—No hay de qué —se encogió de hombros—. ¿Cómo has estado? No nos hemos visto desde la fiesta en mi casa.

Recordé la fiesta. Recordé a Max apareciendo como un huracán de celos y posesión, y cómo después de eso, el mundo se había vuelto un caos.

Matthew me había advertido que la casa de Luc no estaba en territorio seguro, y eso había plantado una semilla de desconfianza en mí que no había dejado de crecer.

En la universidad, evitaba a Luc como si fuera una enfermedad.

—He estado... ocupada —respondí vagamente. El pasillo comenzó a llenarse de estudiantes y el ruido ambiental me dio una extraña sensación de protección—. ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

—Bien, ocupado con los exámenes, ya sabes —se encogió de hombros.

Intenté improvisar cualquier excusa para alejarme pero sus palabras me retuvieron—.

He intentado contactarte. Penny se niega a darme tu número y le pedí a Max que te avisara que quería hablar contigo, pero veo que no se ha molestado en decírtelo.

Sentí un pinchazo de alerta en la base de la nuca. ¿Hablaba con Max? ¿Cómo se conocían? ¿Desde cuándo tenían contacto? O, mejor dicho, ¿por qué jamás lo mencionó?

—Solo quería disculparme —continuó Luc con voz suave—. Si te incomodé en la fiesta... no fue mi intención.

Su sonrisa parecía sincera, casi inocente, pero en este mundo la inocencia es una máscara que los depredadores usan para acercarse a su presa. Antes de que pudiera responder, un estudiante que corría distraído chocó de lleno contra el hombro derecho de Luc.

Luc soltó una maldición ahogada y se encogió, una mueca de dolor puro pareció deformar sus facciones. El chico se disculpó y siguió de largo, pero Luc se quedó allí, sujetándose el brazo con la cara pálida.

—¿Estás bien? —Me acerqué, con mi instinto gritando—. No fue un golpe tan fuerte.

—Sí... no es nada —masculló entre dientes, intentando mover el hombro.

Pero entonces lo vi. Sobre su sudadera gris oscura, un círculo de humedad empezó a extenderse. Trago saliva. Era una mancha bordo, oscura y espesa, que brotaba de una herida que claramente se había vuelto a abrir.

—¡Mierda, Luc! Estás sangrando —dije, estirando la mano para tocarlo, pero él retrocedió bruscamente— ¿Estás bien? ¿Te acompaño a enfermería…?

—No te preocupes, solo es una herida pero nada grave —dijo con rapidez, noté un temblor en su voz mientras hablaba y lo vi nervioso—. Un accidente en el gimnasio, ya sabes.

Lo miré entrecerrando los ojos.

—¿Seguro estás bien?

—Si, no te preocupes —forzó una sonrisa nerviosa—. En fin, debo irme. Pero me alegra haberte visto. Adiós, Maddox.

—Si, claro… Adiós…

Se dio la vuelta y se perdió entre la multitud antes de que pudiera decir una sola palabra. Un accidente de gimnasio no te deja un agujero que sangra así. En mi cabeza empezó a formarse un rompecabezas que parecía no tener sentido pero no pintaba nada bien.

—¿Estás bien?

Un beso fugaz en mis labios me sacó de mi estupor. Max estaba allí, sonriendo con calma, como si lo de esta mañana no hubiera sucedido. Seguí la trayectoria de Luc con la mirada y luego volví a Max.

—¿Conoces a Luc? —le solté, sin preámbulos.

Max arqueó una ceja, su expresión cambió a una de confusión que parecía perfectamente ensayada.

—¿Luc?

—El compañero de Penny... el de la fiesta.

—Ah, ese idiota —soltó una risa seca y se encogió de hombros—. Lo he visto un par de veces por aquí, pero jamás he cruzado palabra con él. ¿Por qué lo preguntas?

Sentí un escalofrío. Mentiroso .

—¿Cómo supiste que yo estaba en su casa esa noche? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos—. No se lo dije a nadie, solo a mi padre.

Max sonrió de esa forma traviesa que solía desarmarme, pero ahora solo me hacía desconfiar más.

—Sabía que estarías allí, princesa. Te conozco.

No. No era suficiente. Algo no cuadraba.

Pero no tenía tiempo para dudar, así que forcé una sonrisa de comprensión.

—Hey —murmuró acercando su mano a mi mejilla y dejando una suave caricia— ¿Estás bien? Fue una mañana… agitada.

—Vaya que lo fue —murmuré mientras asentía.

—Sé que Matthew puede ser…

—¿Complicado?

Hizo una mueca.

—Iba a decir un completo imbécil, pero sí. Complicado es otra palabra que va con él.

Asentí.

—¿Te acompaño a clases?

Una idea surgió en mi mente de repente y me acerqué para rozar nuestros labios en un beso fugaz.

—Quedé con Penny para vernos, acabo de recordarlo —mentí—. Te escribo más tarde, ¿de acuerdo?

No espere a su respuesta, salí de la universidad en dirección al gimnasio donde solía entrenar dos veces a la semana. Hoy no tenía que ir pero sabía a quién me encontraría allí y en estos momentos era el único que podía ayudarme de forma discreta.

Encontré a Will haciendo… lagartijas.

De todas las cosas que alguien podría hacer, de todas las máquinas que alguien podría usar en uno de los gimnasios mejor equipados de Chicago, Will hacía lagartijas.

Tenía sentido, Will no era un soldado de campo; era el cerebro.

El tipo que podía rastrear una señal de satélite en medio de una tormenta y hackear el Pentágono si se lo proponía.

Me quedé allí, observándolo, hasta que terminó y se levantó con un movimiento ágil, noté la tensión de sus bíceps y cómo estos se flexionaban.

Era bueno con la informática pero estaba en forma.

Se secó el sudor y bebió agua antes de mirarme.

—Su alteza... ¿A qué debo el honor? —Dijo con ironía.

—Ahórrate el sarcasmo, Will. Necesito tu ayuda.

Él dejó la botella y se sentó frente a su portátil. Estaba en una sala alejada del ring de boxeo y los demás equipos del lugar.

—¿Y qué puedo hacer por ti?

Trago saliva.

—Lo primero que necesito es pedirte discreción... —Lo veo rodar los ojos—. ¿Qué demonios fue eso?

—Tardas demasiado —ahora soy yo quien pone los ojos en blanco—. Dime que necesitas o vete, debo trabajar de verdad.

Alcé una ceja.

—¿Así le hablas a la hija del Don?

—Algo me dice que no te gusta que te traten de princesa —se encogió de hombros y asentí—. ¿Qué necesitas?

—Hay un chico...

—Creí que salías con Max.

Abro los ojos como platos.

—¿Cómo demonios...? —Asiento—. Jace.

—Sí, los chismes vuelan con él.

Por eso se lleva bien con Penny , pensé.

—En fin —repuse—. Necesito conseguir información.

Se llama Luc. Compañero de la universidad de mi amiga Penny —comienzo a darle información y él asiente mientras se coloca frente a su ordenador y comienza a teclear, le entrego mi móvil con la información que conseguí—. Creo que está involucrado en... cosas.

Will deja de teclear y me mira con una ceja alzada.

—¿Cosas?

Trago saliva y dudo, es solo una suposición, mi instinto dándome una alerta pero no puedo no escucharlo.

—Creo que es el intruso —digo en un susurro y no hace falta decir más porque él sabe a qué me refiero—. Creo que... no lo sé, es solo una suposición.

—Maddox —me advierte Will—. Pedirme que investigue a alguien por solo una suposición no es normal. Si sabes más lo que me dices...

Me mordí el labio inferior. Quizás me equivocaba pero lo dudaba. Había hecho una búsqueda rápida en Internet y supe que las heridas de bala, cuando no son bien tratadas, pueden demorar hasta tres semanas en cicatrizar.

—Es difícil de explicar pero hoy lo vi y me pareció notar que tenía una herida, sé que puede sonar descabellado —suspiré—. Pero en Internet dicen que si no se tratan de forma adecuada puede tardar hasta tres semanas en cicatrizar…

—Lo que cuadra perfectamente con la noche del ataque —murmuró Will más para sí mismo.

Asentí con un nudo en la garganta.

—Sé a dónde disparé. No soy idiota.

—No lo pondría en duda, Maddox —dudó antes de volver a verme—. Pero si tus sospechas son ciertas puedes estar en peligro al relacionarte con él.

—Lo sé. Por eso necesito que investigues.

No mencioné que Luc había insinuado que conocía a Max y que este lo había negado cuando le pregunté, no lo creí relevante.

Escuché como dejaba escapar una risa por lo bajo y lo miré.

—¿Qué?

—Me recuerdas a tu padre y su instinto.

Sonreí un poco triste, aún no habíamos hablado luego del viaje a Nueva York y entre nosotros todo estaba un poco tenso, incómodo.

Cuando yo llegaba a casa, él desaparecía, tenía una salida de última hora o se encerraba en su despacho, me dejó a cargo de la reunión del miércoles y no apareció para hablar.

—¿Alguna vez se equivoca?

Will negó mientras tecleaba con agilidad en su ordenador.

—Por eso dudo que tú puedas equivocarte —no supe si sentirme bien o peor de lo que ya me encontraba, porque de no equivocarme entonces tenía razón y había dejado que se acerque a mi alguien de que podía ser peligroso—.

De acuerdo, déjalo en mis manos ¿sí? Yo me encargaré de investigar y no diré nada —sonreí satisfecha—, por ahora.

Dejé de sonreír.

—¿A qué te refieres?

—Si tus sospechas son ciertas Maddox, quiere decir que estás en peligro. Y no podré guardarme información que comprometa tu seguridad, ¿de acuerdo? —Asentí, tenía razón y no esperaba que hiciera lo contrario—. Y gracias.

Lo miré sin comprender.

—¿Por qué me das las gracias?

Encogió los hombros sin apartar la vista de la pantalla.

—Por confiar en mí para esto.

Sonreí mientras me dirigía a la puerta.

—Eres el cerebro, ¿cierto? —Le recuerdo—. Pocas cosas no podrías lograr, a excepción de lo que sucedió con mi móvil pero a cualquiera le pasa, ¿verdad? —no respondió, apartó la vista nervioso y me detuve al notar su mirada—. Will, ¿qué escondes?

Coloqué mis manos en mis caderas.

—Nada —masculló.

—Will…

—Maddox, déjalo, no tiene sentido…

—Dime —me acerqué a él con rapidez y crucé los brazos a la altura de mi pecho—. Dilo, ahora. Lo ordeno como tu jefa.

Me fulminó con la mirada y alcé la cabeza, él suspiró antes de hablar.

—Nadie hackeó tu móvil.

—¿Qué?

Lo pensó unos segundos más antes de estar seguro de hablar.

—No hubo un hackeo externo —dijo simplemente—. Alguien entró en tu agenda y lo modificó desde un dispositivo que tenía permiso de administrador. Como si tú le hubieras dado las llaves de tu casa.

Negué con la cabeza, podía sentir mi corazón empezando a latir con una fuerza dolorosa.

—Yo no le di acceso a nadie.

Will asiente.

—Lo sé, por eso no le di más importancia —se encoje de hombros—. Podría tratarse simplemente de un error.

En mi mente, otra vez el mismo rompecabezas comienza a armarse y no puedo comprender todo lo que sucede.

Siento que me faltan piezas, como si alguien estuviera jugando conmigo en las sombras quitándome las piezas que me faltan para ver el panorama completo.

Cuando siento que estoy cerca de comprenderlo, alguien revuelve las piezas y vuelvo a confundirme.

Escucho las teclas del ordenador de Will y vuelvo a la realidad, parece enfrascado en la tarea que le di pero entonces algo hace clic en mi cabeza.

—¿Quién? —me observó confundido—. Dijiste que parecía que yo le di acceso a alguien para ingresar a mi móvil, ¿A quién le di acceso?

Presionó los labios en una fina línea y noté como dudaba antes de hablar.

—Máximo —dijo entre dientes.

No podía ser cierto, tenía que haber un error.

—Pero…

—Maddox, cálmate —dijo despacio al ver que estaba entrando en pánico—. Puedo equivocarme, esto no es una ciencia exacta. O quizás, alguien pudo tener la intención de incriminarlo. Eso también es posible.

Tragué saliva. Quería creerle, de verdad que sí, pero habían pasado muchas cosas y no estaba segura de nada.

Otra vez las palabras de Luc y la forma que en Max negó conocerlo aparecen en mi mente.

—¿Tú lo crees?

Will se muerde el labio inferior y suspira.

—Lo único que sé con seguridad es que Max no es tan idiota como para traicionar a tu padre, como para traicionarte a ti —suspira—. Y de serlo, no dejaría huellas, ¿no crees?

Asentí.

Pero no sabía qué creer. No sabía qué pensar.

—Deja que me encargue de esto y te estaré informando que encuentro, ¿sí?

Volví a asentir.

Salí del gimnasio con un nudo alojándose en mi garganta impidiendo que el aire llegue a mis pulmones.