CAPITULO 34
MADDOX
Mierda.
Había imaginado mil formas de ser descubierta, la mayoría involucrando la furia volcánica de mi padre, pero esto era peor.
Ser descubierta por Matthew se sentía como una ejecución lenta.
La forma en que sus ojos oscuros escaneaban la habitación, deteniéndose en nuestras ropas arrugadas y en la atmósfera cargada de sexo, me hizo sentir desnuda a pesar de estar cubierta.
Matthew no gritó. No le hacía falta gritar para darme miedo, a ninguno de los dos.
Por un segundo se limitó a quedarse allí, con la mandíbula tan apretada que temí que sus dientes se pulverizaran. Su presencia irradiaba una vibración gélida, un tipo de odio que no nacía de la sorpresa, sino de una traición profunda y visceral. Entonces, comenzó acercarse y me puse en alerta.
Me alejé de Max de inmediato, necesitando poner aire entre nosotros para poder pensar. Intenté acercarme a Matthew, pero cuando puse una mano en su pecho para frenar su avance, se tensó como si lo hubiera quemado con ácido.
—Dime que no es lo que creo —pidió. Su voz no era la suya; era un susurro roto, una súplica disfrazada de orden—. Dime que no has dejado que este animal te toque, Maddox.
Nunca lo había escuchado hablar así y jamás creí que se referiría a su hermano de esa manera.
—Matthew... —Empecé, pero la voz me falló.
—No creo que le debamos explicaciones a nadie, y mucho menos a ti —la voz de Max llegó desde atrás, cargada de esa arrogancia suicida que le salía tan natural.
Me giré, lanzándole una mirada de advertencia.
Cállate, Max. Por el amor de Dios, cállate. Pero él no cedió. Se puso a mi lado, reclamando su espacio, reclamándome a mí frente a su hermano.
—¿No dijiste que nos encargaríamos de tu padre cuando llegara el momento? —Max me miró de reojo, desafiante—. Es básicamente lo mismo. Aquí tienes el momento, rubia. Dile la verdad.
Matthew soltó una risa seca, un sonido carente de humor que me erizó el vello de la nuca. Alzó una ceja, mirando a su hermano como si fuera un insecto bajo un microscopio.
—¿Hace cuánto que... esto ocurre? —La palabra «esto» salió de su boca impregnada de asco.
—No tenemos por qué darte cuentas —repitió Max, dando un paso al frente, interponiéndose entre nosotros.
Matthew ignoró a su hermano por completo. Su mirada volvió a mí, y lo que vi allí me dejó sin aliento. Había una súplica silenciosa, una agonía que no lograba descifrar. Me miraba como si estuviera viendo a alguien suicidarse en cámara lenta.
—Maddox, dime que no estás con él.
—Lamento ser yo quien te lo diga, pero sí, estamos juntos, llevamos saliendo desde hace semanas.
Presioné los ojos intentando evitar su mirada y controlándome para no girarme y enfrentar a Max.
No era justo que se pusiera en esa posición frente a su hermano, solo para demostrar un punto, porque un par de horas atrás esto no era más que un juego.
Ahora habla como si fuera suya, como si le perteneciera y yo no tenía voz ni voto.
«Te mira como si quisiera poseerte» , las palabras de Lucchese hacen eco en mi mente.
—No es a ti a quién le pregunté, quiero escucharla a ella —dijo entre dientes.
—¿Por qué? ¿Acaso no me crees…?
—¡Basta! —Me giré para ver a Max y se calló de inmediato, presionó los labios y apartó la vista nervioso, se dio cuenta lo mucho que me estaba molestando—. Es cierto —murmuré mientras volvía a ver a Matthew—. Esto sucede desde hace un par de semanas, estamos… juntos.
—¿Y no se te ocurrió decirme?
Lo miré entornando los ojos con desconfianza.
—¿Te lo ibas a tomar bien?
—¡Por supuesto que no! —Explotó y clavó la vista en Max—. Tu trabajo aquí es cuidarla, seguir sus órdenes y las de Levi. No seducirla para llevarla a la cama.
Algo se contrajo en mi pecho.
—N-no es así, Matthew. Por Dios, no se trata de eso… —aguarde a que Max dijera algo pero al ver que seguía en silencio tomé una bocanada de aire antes de continuar—. No me sedujo de ninguna forma, simplemente… sucedió.
—¿Cómo puedes decir eso? —Dijo Max entre dientes—. Sucedió porque me importa ¿Cómo puedes pensar que quiero utilizarla?
Su hermano lo miró con desdén y luego volvió a verme a mí. Mis pulmones se vaciaron en un segundo.
—¿De verdad lo crees? —trago saliva al escuchar su voz— ¿Crees que tiene la menor idea de lo que significa esa palabra?
—Te estás pasando, Matthew —dice Max entre dientes.
Matthew se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que Max tuvo que ponerse rígido para no empujarlo.
—Te conozco, hermano —siseó Matthew—. Sé lo que pasa por esa cabeza tuya. Te obsesionas con lo que no puedes tener hasta que lo rompes. —Se giró hacia mí—. Cuando Levi se entere...
—Levi no se va a enterar —sentencié, recuperando mi máscara de Salvatore—. Estamos a días de una misión crítica. No voy a permitir que esto se convierta en una distracción. Así que no dirás ni una palabra.
—No funciona así, Maddox. Mi lealtad es con tu padre.
—Tu lealtad es hacia mí —le recordé, clavando mis ojos en los suyos—. Ustedes dos son mis soldados. Ustedes siguen mis órdenes. Y mi orden es que esto no ha sucedido. ¿Ha quedado claro?
El silencio que siguió fue asfixiante. Matthew apretó los labios, su mirada saltó de mí a Max con un desprecio que dolía.
—Vete —le ordenó a su hermano sin mirarlo—. Yo la llevaré a la universidad. Ahora mismo, si sigo viéndote, voy a terminar lo que empezamos de niños y te voy a dejar en el suelo. Largo.
Max se tensó, pero al ver mi expresión supo que no era momento de hacerme elegir entre ambos, asintió con una mueca de rabia.
Antes de salir, se acercó a mí y me dejó un beso rápido, posesivo, cerca de la oreja.
Fue una declaración de guerra dirigida a Matthew.
Luego, salió de la habitación como un huracán.
Me quedé a solas con Matthew y la vergüenza empezó a trepar por mi garganta. Me sentía pequeña y sucia bajo su escrutinio.
—Te espero abajo —dijo él, dándose la vuelta. Su voz era puro hielo.
—¡Espera! —Lo agarré del brazo, obligándolo a detenerse—. ¿Por qué te comportas así? Parece que te han robado algo que es tuyo. No soy tu propiedad, Matthew. No puedes decidir con quién me acuesto.
Matthew se giró con tal velocidad que solté su brazo por instinto. Se cernió sobre mí, su altura eclipsándome, su perfume a madera y peligro me envuelve.
—Te estás confundiendo de hermano, Maddox —dijo con una intensidad que me hizo retroceder hasta chocar con la pared—. Yo no creo que seas mi propiedad. Lo que quiero es que no seas la suya. ¿No lo entiendes? No puedes estar con él.
—¿Por qué? ¿Cuál es el maldito problema?
—¡Porque está por debajo de ti en todos los sentidos! —Explotó—. No es solo jerarquía, es integridad. Él trabaja para tu padre. Es un soldado. Al meterlo en tu cama, estás manchando el apellido Salvatore de una forma que no tiene vuelta atrás. ¿Por qué lo haces?
Tragué saliva y dudé en hablar.
—Solo… sucedió —murmuré—. Es bueno, me trata bien…
Dejé de hablar en cuanto escuché una risa sarcástica.
—¿Te trata bien? ¿Te dice cosas bonitas mientras te folla…?
—Eres un imbécil —sentí mis ojos llenarse de lágrimas.
—No deberías estar con alguien solo porque te trata bien. Eso es el mínimo que mereces, no un premio.
—¿Es tan descabellado pensar que alguien podría quererme? —lo veo tragar saliva— ¿Nadie puede querer a la hija de Levi Salvatore? ¿Nadie puede querer cuidarla…?
—¿Eso es lo que crees? —Dice en voz baja y de una forma que no acabo de comprender—. Maddox, ¿todo esto es para demostrar algo?
—¡No! —Me apresuro a decir—. Sólo...
—Conozco a mi hermano, Maddox. Sé que no para hasta conseguir lo que tiene entre ceja y ceja. Es impulsivo y egoísta —se acerca hasta que nuestras narices están a centímetros—. Ahora mismo, tú eres su juguete nuevo, su forma de demostrar que puede tener lo que quiera, incluso a la hija del Don.
—Eres un idiota —murmuré, sintiendo que las lágrimas de rabia empezaban a escocerme—. Solo dices esto porque estás enojado…
—Estoy furioso, Maddox —me interrumpió.
Matthew se alejó, dedicándome una mirada tan cargada de decepción que dolió más que cualquier grito de mi padre. Pero antes de abandonar la habitación se detuvo.
—Ni siquiera puedo mirarte ahora mismo sin ver la ruina que estás construyendo.
Salió de mi habitación sin mirar atrás y una lágrima resbaló por mi mejilla.
Me encerré en el baño hasta que sentí que estaba lo suficientemente estable para salir al mundo exterior. Para cuando bajé al primer piso no encontré a Matthew y en parte lo agradecí, no sabría como podríamos atravesar la grieta que se abrió entre nosotros.
O cómo podríamos reconstruirla.
Las clases fueron un borrón. Mi mente saltaba de la expresión de furia de Matthew a la posesividad de Max, y de ahí al peso de la corona que Levi me estaba obligando a llevar. Me sentía como una traidora: le mentía a Matthew, a mi padre, a Penny.
Siempre fuiste una mentirosa, Maddox.
Caminaba por el pasillo central de la facultad, absorta en el vacío que sentía en el pecho, cuando choqué de frente contra un muro de músculos. El impacto me hizo tambalear, pero una mano firme atrapó mi brazo antes de que tocara el suelo.
—Maddox, ¿estás bien?
Tragué saliva.