CAPITULO 33
MAXIMO
e l sonido estridente de una alarma perforó mi cerebro, arrancándome de un sueño profundo y pesado.
Abrí los ojos de golpe, desorientado, con el instinto de soldado gritándome que algo andaba mal.
Lo primero que sentí fue el calor. El cuerpo de Maddox estaba pegado al mío, una maraña de seda y piel suave que me devolvió los recuerdos de la noche anterior como una ráfaga de disparos.
Sonreí inconscientemente, sintiendo el peso de su cabeza en mi pecho. Yo seguía con los pantalones puestos, ella apenas cubierta por esa bata roja que ahora estaba arrugada y abierta. Entonces, la realidad me golpeó con la fuerza de un mazo: estábamos en la habitación de la hija del Don.
En la casa de Levi Salvatore.
Mierda.
Me incorporé con cuidado, sintiendo cada músculo de mi cuerpo en tensión. Si Levi había regresado durante la noche y se le había ocurrido pasar por la habitación de su princesa, ya no sería un soldado sino un cadáver decorando el jardín trasero.
Apagué la alarma del móvil de Maddox con dedos rápidos y me deslicé fuera de la cama. Mis pies descalzos no hicieron ruido sobre la alfombra mientras me acercaba a la puerta. La había cerrado con seguro anoche, gracias a Dios. Me asomé al pasillo a través de una rendija mínima. Silencio.
Estaba desierto. Al parecer, la suerte seguía de mi lado.
Un gruñido de protesta me obligó a volver a la cama.
Maddox se estaba desperezando, estirando sus brazos por encima de su cabeza, haciendo que la bata subiera peligrosamente por sus muslos.
Estaba desnuda debajo de esa tela, y la sola imagen de cómo se sentía contra mí anoche hizo que mi mandíbula se tensara.
—Buenos días —murmuró con la voz ronca por el sueño, dedicándome una sonrisa que me hizo olvidar, por un segundo, que estábamos en zona peligrosa.
—Buenos días, princesa —respondí, inclinándome sobre ella.
No pude evitarlo. Deslicé mi lengua por su labio inferior, saboreándola, y ella respondió enredando sus manos en mi nuca, tirando de mí con una urgencia renovada. Su cuerpo se arqueó contra el mío, y solté un gemido bajo cuando sentí la fricción de su piel desnuda contra mis jeans.
—Maddox… tenemos que movernos —advertí, aunque mi mano ya estaba recorriendo la curva de su cadera.
—Buenos días —repitió en un jadeo cuando encontré sus labios bajos empapados.
—Buenos días —dije divertido y deslicé un dedo entre sus pliegues.
Se arqueo y hundió la cabeza en el colchón.
—Los mejores buenos días —susurré sobre la piel sensible de su cuello mientras la acariciaba con mi lengua y mis dedos jugaban en su entrada de forma peligrosa—. ¿Qué debo hacer para despertar contigo así más seguido, princesa?
—Dejar de desaparecer —jadeo y sonreí—. Y podrás disfrutar de esto todo lo que quieras...
—Maddox —gruño cuando sus fluidos empapan mis dedos.
—¿Qué hora es? —Susurra en mis labios.
Sus manos bajaron por mi pecho, delineando mis músculos hasta detenerse en la cinturilla de mis pantalones. Sus dedos se colaron un poco por debajo de la tela y sentí cómo mi autocontrol se incineraba.
—Es temprano —dije, mi voz ahora era un siseo áspero contra sus labios—. Demasiado temprano para que me hagas perder la cabeza de nuevo.
—Temprano… —repitió ella, rozando su nariz con la mía. Pero de repente, sus ojos se enfocaron y me empujó con una fuerza sorprendente—. ¡Mierda, Max! ¡La universidad!
La burbuja de placer estalló en mil pedazos.
La vi saltar de la cama y correr hacia el armario, moviéndose con una eficiencia que me recordaba por qué era una Salvatore.
Me quedé sentado en el borde del colchón, intentando que mi respiración volviera a la normalidad mientras observaba el espectáculo de su cuerpo moviéndose por la habitación.
Se deshizo de la bata en un movimiento fluido y, por un instante, me quedé sin aliento al ver las marcas leves que mis manos habían dejado en su piel. Eran mías.
—¿Quieres que te lleve? —pregunté, tratando de sonar casual mientras luchaba contra la erección que amenazaba con romper mis pantalones—. Si vamos en mi Harley, llegarás en diez minutos.
—¿Lo harías? —Sus ojos brillaron con esa mezcla de alivio y desafío que tanto me gustaba.
—Por ti, haría cosas mucho peores que saltarme unos semáforos, rubia.
Quince minutos después, Maddox estaba lista.
Se había puesto unos jeans sueltos y un suéter corto color cereza que le sentaba como un pecado.
Llevaba las uñas rojas impecables y unos aretes a juego que destellaban con cada movimiento de su cabeza.
El rojo era su color; el color de la sangre, del poder y de la advertencia.
—Te fascina el rojo, ¿no? —Comenté mientras terminaba de abrocharme las botas.
Ella se acercó a mí, que seguía sentado en la cama. En lugar de pasar de largo, me rodeó con sus piernas y se sentó sobre mi regazo, obligándome a sostenerla por la cintura. Sus manos se apoyaron en mis hombros y me miró desde arriba con una superioridad deliciosa.
—Digamos que es mi marca de identidad —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron los míos.
—Debo admitir que me resulta jodidamente sexy —confesé, apretando mis dedos en su cintura, sintiendo el calor que emanaba de ella.
Maddox empezó a friccionarse contra mí, un movimiento lento y deliberado que me hizo soltar un jadeo ronco. Sabía exactamente lo que estaba haciendo; sabía que me tenía en la palma de su mano.
—Maddox, para. O voy a hacer que llegues muy tarde —amenacé, aunque mis manos ya estaban bajando hacia sus glúteos.
—Quizás valga la pena el castigo —respondió ella, atrapando mi labio inferior entre sus dientes y tirando con fuerza.
El dolor y el placer se mezclaron, enviando una descarga eléctrica directamente a mi entrepierna. Estaba a un segundo de tirarla de nuevo sobre el colchón y olvidarme de las clases, de Levi y de la misión. Estaba a punto de rendirme a ella por completo cuando una voz rompió la atmósfera.
—Tiene que ser un maldito chiste.
Nos congelamos. Maddox abrió los ojos de par en par, su rostro palideció en un segundo. Giramos la cabeza al unísono hacia la puerta.
Matthew estaba allí, con los brazos cruzados y una expresión que solo podía describir como la de un verdugo antes de soltar la guillotina.