CAPITULO 32
MAXIMO
e l acero del arma dejó de hundirse en mi esternón. La presión disminuyó milímetro a milímetro mientras la lógica empezaba a ganarle la batalla a la furia en los ojos de Maddox. Pero no bajó la guardia; sus ojos me escanean buscando cualquier atisbo de duda que le dijera que mentía.
Pero no lo encontraría. No le estaba siendo completamente honesto pero en este mundo, la verdad completa es lo que te manda a una fosa común, y yo planeaba mantenernos a ambos respirando.
—Fue un accidente —dice despacio—. Dijeron...
—No creo nada de lo que dijeron.
Otra vez, el brillo en su mirada de desconfianza.
—Levi siempre dijo que fue un accidente —alcé ambas cejas— ¿Crees que tus padres fueron asesinados?
—En nuestro mundo, Maddox. ¿Es tan descabellada la posibilidad?
Vi cómo se mordía el labio inferior, procesando la grieta que acababa de abrir en su realidad.
Lentamente, retiró la Mossberg de mi pecho y se giro para regresar a su mesa de noche.
Escuché el eco del arma al ser guardada en el cajón y, por primera vez en diez minutos, mis pulmones se llenaron de aire de verdad. Mierda, Maddox me aterrorizaba a veces.
—No comprendo, Max —dice girándose para verme—. ¿Has hablado con Matthew de esto?
Allí estaba en problema principal: mi hermano era una maldita cripta.
—Matthew se cierra cada vez que pregunto…
—No fue fácil para él —me interrumpe y alzo una ceja—. Es decir, él estuvo en el accidente…
—Si, tampoco es fácil para mí. Son mis padres —le recuerdo y ella asiente. Me acerco otra vez y alza la vista hacia mí—. El viernes en Nueva York… recibí una llamada. Alguien que decía tener pruebas. Por eso me fui y no respondí.
Era una media verdad. Una manipulación necesaria para que dejara de verme como un traidor y empezara a verme como su único aliado. Funcionó. El cuerpo de Maddox se relajó, perdiendo esa rigidez de soldado, y se inclinó hacia mí.
—¿Por qué no me lo dijiste? —susurró, cerca de mis labios.
Toda la adrenalina de un momento atrás se desvaneció poco a poco y eso me hizo saber que su desconfianza hacia mí no se sostenía después de escucharme.
Presioné los labios en una línea sin poder responder y ella asintió—. Porque no tienes nada concreto…
—Exacto…
—¿No te parece… extraño?
—Conozco la versión oficial —digo entre dientes—. Un accidente. Eso dijeron todos, eso es lo que siempre dicen, ¿cierto? —la veo tragar saliva—. Pero hay inconsistencias, Maddox.
—¿Intentaste hablar con Levi?
Hice una mueca. Esa era la segunda piedra en mi camino, el primer obstáculo parecía ser mi hermano.
—No es tan sencillo decirle al Don que tienes duda sobre la muerte de tus padres quienes eran sus mejores amigos…
—Podría pensar que estás insinuando que él está detrás del encubrimiento —le dediqué una sonrisa amarga. Esa era una de las principales razones—. Puede pensar que desconfías de él…
—Exacto —murmuré. Alargué la mano y atrapé la tira de su bata, tirando de ella hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Su hija acaba de dudar de mí y amenazó con hacerme un hueco en el cráneo.
Puso los ojos en blanco.
—Qué exagerado —murmuró divertida.
—Luego de Nueva York me queda claro no eres inofensiva, princesa.
—Eso fue diferente —se defendió y la sentí tensarse.
—Lo sé —dije entre dientes—. De haber estado en esa maldita cena habría sido yo quien lo dejara como un colador.
Ella sonrió de lado, una expresión que me prendió fuego a la sangre. Pasé mis dedos por su mejilla, bajando por su cuello hasta que mi pulgar presionó su pulso acelerado.
—¿Aun desconfía de este soldado, princesa?
Se enoje de hombros y siento un escalofrío recorrerme.
—No lo sé —confiesa y noto la honestidad en su voz—. Es difícil confiar en alguien que no conoces.
Llevo ambas manos a su rostro para obligarla a mirarme.
—Me conoces, Maddox. Me conoces mejor que nadie.
—No puedo conocerte a través de un expediente, Max —susurra.
Trago saliva.
—Entonces deja de decir que no somos nada cuando estamos juntos —pido—. Deja de fingir que esto es un juego.
—Pensé que tu querías lo mismo...
—Yo te quiero a ti.
La veo tragar saliva y siendo su pulso volverse loco.
—Sabes que no es sencillo...
—Déjame conocerte y te dejaré conocerme. Todo en mí.
—Max…
—Dame una oportunidad, Maddox —murmuré, mi mano subiendo por su muslo desnudo, la piel todavía caliente por la ducha—. Prometo dejar los juegos. Ser honesto…
—¿Completamente honesto?
—Siempre y cuando eso no te ponga en peligro, claro —murmuré.
No esperé a que respondiera. Reclamé sus labios con una urgencia que no tenía nada de romántica.
Era hambre, pura y dura; la necesidad de marcar territorio tras haber estado a punto de perderlo todo frente a la punta de su pistola.
Mis manos se enredaron en su pelo, todavía húmedo, tirando un poco hacia atrás para obligarla a abrirse a mí, mientras mi lengua invadía su boca como si estuviera tomando posesión de una ciudad conquistada.
La empujé hacia atrás sin romper el beso, guiándola hasta que sus piernas chocaron con el borde del colchón y se desplomó sobre la seda de las sábanas.
Me deshice de mi camiseta en un movimiento frenético, lanzándola a algún rincón de la habitación y me puse sobre ella.
Sentir el calor de su piel contra mi torso desnudo me hizo soltar un gruñido bajo, animal.
—Mírate —mascullé entre besos, bajando por su mandíbula hasta su cuello, donde su pulso martilleaba como un tambor de guerra—. Mírate, princesa.
Mis dedos, callosos y marcados por el entrenamiento, buscaron el nudo de su bata.
No hubo delicadeza. Tiré con fuerza de la seda hasta que se deshizo y abrí la prenda, dejando que resbalara por sus hombros.
La luz artificial de su lampara de noche bañaba su cuerpo, perfilando sus curvas, la firmeza de sus pechos y la suavidad de su abdomen.
Era perfecta, una jodida obra de arte diseñada para mi perdición.
Pasé mis manos por sus costados, mis palmas quemando su piel, subiendo hasta rodear sus senos.
Mis pulgares rozaron sus pezones, que se endurecieron al instante bajo mi tacto, y Maddox arqueó la espalda, soltando un suspiro que se quebró en mi oído.
Bajé una mano, recorriendo la línea de su cadera hasta llegar al interior de su muslo.
Su piel ardía, estaba tan caliente y lista que el autocontrol se me escapó entre los dedos como arena.
Me deshice del resto de mi ropa en segundos, mis ojos estaban fijos en los suyos, los veo nublados por el mismo deseo violento que me está destrozando por dentro.
Separé sus piernas con mis manos, acomodándome entre sus muslos mientras ella envolvía mi cintura, atrayéndome más cerca, como si buscara fundirse conmigo.
Maddox me miró, desafiante incluso ahora, con los labios hinchados y el pelo desordenado contra la almohada.
La miré fijo mientras extendía el látex por mi miembro duro e hinchado bajo su atenta mirada.
Muerde su labio inferior y supe que esa imagen sería suficiente para correrme: sus senos tersos y redondos, sus labios rosados y sus ojos vidriosos por el placer.
Permanecí quieto un segundo, dándole la oportunidad de alejarme otra vez si quería hacerlo pero ella se limitó a asentir sin dejar de sonreír y yo no necesité más que eso para embestirla con tanta fuerza que ambos nos quedamos sin aire.
Maddox soltó un grito ahogado, su espalda se arquea violentamente mientras sus uñas se entierran en mis antebrazos. Silencié su grito con mi boca, devorándola de nuevo, absorbiendo su dolor y su placer como si fueran míos.
Porque eran míos.
A partir de esta noche Maddox era mía en todo sentido.
Mis manos bajaron hasta sus muñecas y las inmovilicé contra el colchón, anclándola a la cama, dominándola por completo. Cada embestida era un mensaje, una marca invisible: quería borrar cualquier duda de que, en este mundo, ella me pertenecía solo a mí.