Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 31 #2
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CAPITULO 31 #2

—Quiero que te vayas. Eso es lo que quiero —soltó ella con un deje de odio, dándome un empujón que no sirvió para nada. Fue como si intentara mover una pared de concreto—. Máximo... Lárgate.

Me incliné sobre ella, cerrando cualquier salida, obligándola a sentir la dureza de mi cuerpo contra el suyo.

—No —dije entre dientes, mi mirada fija en la suya—. No quieres que me vaya. Quieres que te obligue a admitir que, aunque me odies ahora mismo, no hay nadie más en este maldito lugar que pueda hacerte sentir tan viva como yo.

Esta vez, el empujón que me dio no fue el de una mujer despechada.

Fue el de una Salvatore. Sus manos impactaron contra mi pecho con la fuerza técnica de quien ha pasado horas golpeando sacos de arena y proyectando cuerpos.

Retrocedí un paso, sorprendido. Olvidar que Maddox fue entrenada para ser una máquina de ejecución sería el error más estúpido de mi carrera.

En Nueva York le voló los sesos a un segundo al mando de una organización sin parpadear; sabía que su instinto de asesina estaba a flor de piel, esperando una excusa para saltar.

Caminó hacia su mesa de noche mientras yo me quedaba donde estaba, con los brazos cruzados, observándola con una mezcla de cautela y fascinación. Abrió el cajón y, para cuando quise reaccionar, el sonido metálico del seguro al quitarse llenó el silencio de la habitación.

Click-clack.

—Maddox —dije con voz baja, extendiendo las manos en un gesto que buscaba calmarla, aunque mis músculos estaban tensos, listos para lanzarme sobre ella—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

—¿A dónde fuiste, Máximo? —Su voz había bajado una octava. Ya no era la chica herida; era la heredera exigiendo cuentas a un subordinado.

—¿Este es nuestro nuevo juego? —solté una risa seca, cargada de ironía—. ¿Ahora nos excitamos con el acero?

—Habla de una maldita vez —me cortó. Me apuntaba al centro de la frente con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—. Empieza a soltar la verdad si no quieres que te deje un agujero de salida en el cráneo.

Me acerqué un paso. Despacio. Midiendo cada milímetro.

—Esto no es por mí —murmuré, manteniendo mi tono de voz plano, profesional—. No me estás apuntando porque te preocupe donde estuve realmente.

—No me subestimes, Máximo —suspiró, pero el arma no tembló ni un milímetro.

—¿Estás dudando de mí? —Me costaba creerlo. El ego me escoció más que la amenaza de muerte—. Es eso. Dudas de mi lealtad a los Salvatore.

—Yo soy los Salvatore —zanjó ella, y esa seguridad me golpeó como un disparo. Bajó el arma hasta clavarse en mi pecho—. Así que sí, dudo de tu lealtad a la organización, a mi padre y a mí.

—¿De verdad? —Me pegué a ella hasta que la punta fría del cañón de su Mossberg se clavó directamente en mi esternón, justo encima de mi corazón.

Vi un destello de duda en sus ojos esmeralda, una fracción de segundo en la que su dedo flaqueó sobre el gatillo, pero lo recuperó al instante—.

Dispara entonces. Si crees que soy un traidor, si no confías en el hombre haría lo que sea por ti, dispara la maldita pistola ahora mismo.

Ella entrecerró los ojos, evaluándome como si fuera un objetivo a abatir. Sabía que estaba tentando a la suerte, que un mal movimiento y terminaría en una bolsa de cadáveres antes del amanecer, pero no iba a permitir que cuestionara mi honor como soldado.

—¿A qué esperas? —incité, presionando mi pecho con más fuerza contra el arma. Ella tuvo que hacer fuerza para no retroceder—. Vamos, Maddox. No hablas en serio. No tienes las agallas para matarme por un ataque de celos disfrazado de deber familiar.

—Sé que escondes algo, Máximo.

Antes de que cualquier pueda procesar lo que ocurre, mi mano viaja directo a su cuello y la acerco a mí.

Su pistola se clava a un costado de mi pecho.

No se deja intimidar, sus ojos brillan de furia y alza el mentón hacia mí.

Presiono ligeramente mis dedos en su cuello y joder, esta posición es de lo más excitante. Me inclino un poco más.

—Todo el mundo en este negocio esconde algo —dije con simpleza, un susurro cerca de sus labios—. ¿O me vas a decir que la princesa Salvatore no tiene secretos bajo esa bata de seda?

—No me jodas —empujó el arma contra mi piel—. Sabes perfectamente a qué me refiero. El viernes. Nueva York. Tu desaparición. Habla.

—Mi hermano también guarda secretos, Maddox. Pregúntale a él dónde se mete cuando cree que nadie mira.

—No me importan las sombras de tu hermano —su voz salió como un siseo—. Me importan las tuyas. No voy a dejar que juegues conmigo mientras me juras lealtad.

—¿Esto sigue siendo por la mafia? —me acerqué a su oído, dejando que mi aliento rozara su piel, desafiándola—. ¿O la excusa de Draghi te viene perfecta para desquitar tu rabia de niña malcriada porque no te respondí un mensaje?

—Te detesto —dijo entre dientes, con la respiración entrecortada.

En ese momento lo supe. Estaba en el límite. Su dedo estaba a un gramo de presión de ejecutarme. Y, joder, nunca me había parecido tan hermosa como en ese momento, con el poder de mi vida y mi muerte entre sus manos.

—No, Maddox. No me detestas —le guiñé un ojo, bajando la voz a un susurro oscuro—. Lo que detestas es que, incluso con una pistola en el pecho, sigo siendo el único que puede hacer que te tiemblen las piernas.

—¿Algún día dejarás de ser tan arrogante? —Dice entre dientes.

Le sonrío.

—Te fascina que sea así —susurro más cerca—. Eso es lo que te da miedo, ¿verdad? Que me perteneces más de lo que quieres admitir.

Ella negó con la cabeza, pero el cañón del arma bajó apenas un par de milímetros. La tensión en la habitación era tan espesa que casi podía saborearla.

—No tienes idea de lo que soy capaz —susurró ella.

Mierda. Estaba excitado. Estaba completamente empalmado y duro. Sé que ella podía sentirlo y mi excitación fue en aumento al pensar que ella lo sabe y está igual de deseosa que yo por arrancarme la ropa.

Pero sabía que no me dejaría hacer nada hasta que hablara, Maddox era demasiado inteligente.

—Está bien, princesa. Dejemos las armas de lado antes de que alguien salga herido —le sostuve la mirada, serio ahora—. ¿De verdad quieres saber dónde estuve en Nueva York?