CAPITULO 31
MAXIMO
M addox ni siquiera se digna a mirarme. Soy practicamente invisible a sus ojos, un fantasma que nadie puede ver. Soy el espacio vacío entre las sillas de cuero de la oficina de su padre.
Llevamos dos horas encerrados en la sala de reuniones del club y ella ha sido el centro de gravedad de cada maldito segundo. Desde que dio inicio la reunión está explicando el acuerdo con los Lucchese con una frialdad que me revuelve las entrañas.
Se parece tanto a Levi que asusta, pero donde su padre es puro granito y mal humor, Maddox es seda impregnada de veneno. Sonríe, y los soldati se inclinan hacia ella como si fuera el sol, ignorando que el sol también puede calcinarte los huesos.
Dedicó miradas dulces a todos. A Jace, a Will, incluso a los últimos reclutas que ascendieron hace dos días. A mí me trató como a un mueble.
El muro que ha levantado desde que volvimos de Nueva York es más alto que el de cualquier prisión federal.
No responde mensajes, no atiende llamadas.
En la universidad, se esfuma antes de que pueda acorralarla.
Mi pecho se siente como un cráter abierto y la culpa, ese sentimiento que he desterrado de mi vida desde que cobré mi primera venganza, me está devorando vivo.
Mi mirada se desvió hacia Matthew, que estaba apoyado contra la pared del fondo, observándola con una intensidad que me hizo apretar los puños hasta que me dolieron los nudillos.
Algo ha cambiado entre ellos. Hay un hilo de tensión que no estaba ahí antes, y el hecho de no poder preguntarle a mi propio hermano qué demonios está pasando me está volviendo loco.
Porque sé que jamás me hablaría de Maddox, antes muerto que decirme una maldita palabra.
Lo mismo ocurre con el misterio que rodea la muerte de nuestros padres.
Matthew guarda secretos. Siempre lo ha hecho.
Desde el accidente que mató a nuestros padres, él se cerró en un búnker de silencio.
Siempre que intento sacar el tema, su rostro se convierte en una máscara de hierro.
Él salió ileso de aquel coche en llamas; yo solo recibí las cenizas.
Sé que no fue un accidente. Él también lo sabe.
Pero su negativa a buscar la verdad me hace sospechar que Matthew no solo recuerda lo que pasó… sino que quizá es parte del secreto.
No debería dudar de él. En nuestra familia existen muchas reglas que no pueden quebrarse, como en la mafia, pero la más importante es no desconfiar de nuestra propia sangre.
Pero, aunque intente aparentar ser la mano derecha del Don que no guarda secretos, conozco a mi hermano.
Después de todo, los Hardaway somos conocidos por los secretos. Matthew no es diferente a mí. La manzana nunca cae lejos del árbol.
—Daremos por finalizada la reunión. ¿Alguna duda? —La voz de Maddox me devolvió al presente.
Intenté abrir la boca, pero ella ya estaba recogiendo sus carpetas, ignorando mi existencia.
—Bien —zanjó ella—. Los veré en el puerto en tres días.
La seguí cuando todos empezaron a dispersarse, pero se detuvo en seco y me lanzó una mirada que habría congelado el mismísimo infierno.
—¿Necesita algo, Hardaway? —Su tono era de puro aburrimiento.
Pero no me pasó desapercibido el uso de mi apellido, el cual jamás usaba para referirse a mí. Tragué saliva y me obligué a hacer a un lado la ira que burbujeaba en mi pecho.
—Deja que te lleve a casa —dije lo suficientemente bajo para no llamar atención indeseada pero lo suficiente alto para que ella pueda escuchar—. Tenemos que hablar.
—No es necesario —me dedicó una sonrisa arrogante que me dieron ganas de borrarle a besos—. ¿Vamos, Matthew?
Mi hermano se separó de la pared con la elegancia de un depredador y se fue con ella sin dedicarme ni una mirada. Conté hasta diez. Luego hasta veinte. No iba a dejar que se saliera con la suya.
Esperé una hora frente a su casa, oculto en las sombras sobre mi motocicleta. Cuando vi el coche de Matthew alejarse, supe que era mi momento. No iba a llamar a la puerta como un civil.
Crucé el jardín trasero, usando el mismo hueco en la verja que encontré la noche del intruso.
La misma noche en que todo había salido terriblemente mal.
Desactivé la alarma con la facilidad de quien ha nacido para romper perímetros.
La casa estaba en silencio, lo que significaba que Levi no estaba. Perfecto.
Al llegar a su habitación, la puerta estaba entornada.
El sonido del agua corriendo en el baño me indicó que estaba en la ducha.
Me senté en su cama, dejando que mis manos acariciaran las sábanas de seda.
Un hormigueo de anticipación y miedo recorrió mi espalda.
Estaba cruzando una línea haciendo esto.
Luego del intruso, Maddox jamás me preguntó como aparecí en su casa.
Ahora volvía a hacerlo y estaba seguro de que no podría evitar sus incógnitas.
Después de todo, estaba invadiendo su hogar y era razón suficiente para que el Don coloque mi cabeza en una pica en medio de Chicago.
Pero Maddox es mi droga y estoy en medio de una crisis de abstinencia.
Cuando el agua se detuvo, el aire en la habitación pareció espesarse.
Ella salió envuelta en una bata corta color roja y el cabello húmedo goteando sobre su pecho.
Se detuvo en seco al verme. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un segundo vi el destello de la Maddox que conocía, antes de que el enojo volviera a endurecer sus facciones.
—¿Qué demonios haces aquí, Máximo? Si mi padre te encuentra…
—No está. Me aseguré. —Me puse en pie, mi altura la obliga a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Vete. Ahora.
—No hasta que me digas por qué me tratas como si fuera basura, rubia. Te he llamado cien veces.
Dejó escapar un suspiro que parecía una risa sarcástica mientras se giró en dirección a su armario con ropa.
—Maddox —dije entre dientes.
Nada.
Cerré los ojos un segundo intentando calmarme pero para este punto era imposible. Si creía que vine a jugar estaba muy equivocada, vengo para enfrentarla y que deje de esquivarme de una vez por todas.
—Maddox.
—¿Qué?
—Deja de jugar —alzó una ceja—. Deja de ignorarme, es lo que llevas haciendo desde…
—¿Yo te estoy ignorando? —Soltó una carcajada amarga, dando un paso atrás—. Qué cínico eres. Tú desapareces a las cuatro de la mañana en una ciudad desconocida, no respondes cuando te necesito, y ahora pretendes que no pasa nada.
Mi corazón se aceleró.
Lo sabe. Mierda. Lo sabe.
Es lo único en lo que puedo pensar.
Pero al mismo tiempo trato de descartar esa estúpida idea, no hay manera de que lo sepa.
—¿Dónde estabas? —Preguntó con la voz tan filosa como una cuchilla—. En Nueva York, a las cuatro de la mañana… —separé los labios para hablar pero ella negó—. Fui a tu habitación y no te encontré. No intentes engañarme.
Alcé una ceja.
—No creí que tuviera que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer —murmuré.
Algo atravesó sus ojos verdes. Una sombra, un brillo, algo que no supe descifrar pero estaba claro que di justo donde quería.
—Eres un idiota —murmura.
—¿Desde cuando necesitamos saber qué hace el otro? —la desafío.
—Más allá de lo nuestro. Trabajas para mí —me recuerda—. No te pases de listo, Máximo.
—¿Lo nuestro? —chasqueo la lengua para provocarla— ¿Cuando dejó de ser un simple juego para divertirnos?
Fue lo mismo que me dijo en Nueva York. Cuando estaba arrodillado frente a ella a punto de devorarla. Necesité de todo mi control para evitar dejarle en claro que esto no era un juego, pero ella siempre decía que lo era y yo no pienso rogarle nada.
—Soy tu jefa, si quiero saber donde demonios te metiste...
—¿Celos de jefa?
—Imbécil —dice entre dientes y cierra el armario con un portazo.
—Maddox, no somos nada —repetí, dejando que las palabras cayeran como plomo entre los dos—. Es la misma mierda que sueltas siempre que te pones nerviosa, ¿verdad? La frase que usas para intentar convencerte de que lo que pasa cuando te tengo debajo de mí no cuenta.
La vi tragar saliva, el pequeño movimiento de su garganta delatando que, por mucho que intentara poner cara de heredera Salvatore, estaba temblando. Me acerqué a ella despacio, invadiendo su espacio personal con la intención de asfixiar cualquier rastro de su resistencia.
—Si realmente no somos nada, ¿por qué te jode tanto que te ignore? —Soltó.
Llegué hasta ella, tan cerca que podía oler el jabón de su piel y el rastro metálico de mi propio perfume.
Tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostener mi mirada, su pecho subía y bajaba con una violencia que la seda de su bata apenas podía ocultar.
No pedí permiso. Alargué la mano, agarré la cinta de su bata y, de un solo tirón brusco, la atraje hacia mí hasta que su cuerpo chocó contra el mío con un golpe seco.
—Me importa por la misma razón que a ti te quema saber dónde carajos estuve el viernes a las cuatro de la mañana —susurré, rozando sus labios con los míos—. Porque no puedes soportar que haya una parte de mí que no te pertenezca.
Ella volvió a tragar saliva, sus ojos esmeralda brillan con una mezcla de rabia y deseo puro.
Con Maddox no había medias tintas: esto era una pelea de perros por ver quién dominaba a quién.
En nuestro mundo no hay espacio para el amor blando; aquí solo existe la lealtad o la posesión.
Y yo la quería poseer hasta que no quedara nada de ella que no llevara mi marca.
—Pero no somos nada —insistió ella, aunque su voz sonaba rota, forzada—. Eso es lo que dijiste tú.
—Porque es lo único de lo que hablas cuando estamos a solas —repliqué, apretando mi agarre en su bata para que sintiera lo que me estaba haciendo—.
Soy un soldado, Maddox. No voy a andar rogándote que me des un lugar.
Si quieres que esto sea algo diferente, dilo.
Pero deja de jugar a que no te importa si respiro o si me pegan un tiro.
El silencio en su habitación era tal que podía escuchar los latidos de su corazón galopar.