Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 30
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CAPITULO 30

maddox

Sangre.

Estaba en mis poros, bajo mis uñas, tiñendo el agua de la tina hasta convertirla en un espejo carmesí.

En mi sueño, el ático de los Lucchese no tenía fin.

El cuerpo de Joffrey no caía al suelo; se fragmentaba en mil pedazos de cristal que se enterraban en mi piel.

Cada vez que intentaba gritar, el zumbido en mis oídos se volvía un rugido de motor, y una mano invisible me apretaba la garganta, recordándome que el aire ya no me pertenecía.

Yo se lo había arrebatado a alguien y ahora el universo venía a cobrarse la deuda.

Me desperté con un espasmo, mi corazón golpea mis costillas como un animal enjaulado.

Mi habitación estaba sumida en un silencio tenso. Solo se escuchaba el golpe de mi corazón como un temblor a máxima velocidad.

Las sábanas de seda se pegaban a mi cuerpo por un sudor frío que me empapaba de pies a cabeza. No había cristales, ni sangre, ni cadáveres. Solo el eco vacío de mi propia respiración.

Lo mataste, Maddox. Realmente lo hiciste.

Cerré los ojos, tratando de sofocar la voz en mi cabeza. Horas atrás, bajo la ducha, había restregado mi piel hasta dejarla roja, buscando eliminar un rastro que no era físico. Me sentía limpia por fuera, pero por dentro... por dentro era un vertedero de sombras.

Busqué mi móvil a tientas, la pantalla iluminó mi rostro y noté que eran las cuatro de la mañana. Debería dormir, de seguro nadie estaría despierto a esta hora, pero aunque lo intente en cuanto cierro los ojos las imágenes de lo que sucedió invaden mi mente.

Las imágenes de lo que hiciste.

Con dedos temblorosos marqué el número de Max. Una vez. Dos veces. Al tercer intento, la llamada cayó directamente al buzón.

El vacío me devolvió el golpe.

No tenía derecho a buscar consuelo en nadie, pero necesitaba, con todas mis fuerzas, seguir sintiéndome humana. Y en un momento como ese solo podía pensar en verlo.

Poco importaba la verdadera razón de buscarlo a Máximo, darme cuenta de eso debió sentirse como una advertencia de que estaba a dispuesta a ir más allá o cruzar una línea que había dicho que no haría. Pero no era yo misma pensando en ese momento.

Salí de la cama, impulsada por una necesidad que bordeaba la locura.

Caminé por el pasillo frío, mis pies descalzos apenas tocando la madera.

Solo llevo una fina camisa de dormir de seda que se sentía como papel contra mi piel erizada.

No me importó si los guardias me veían o si mi padre salía de su suite.

Por disposición de Levi, los soldatis de alto rango como él se quedaban en pequeñas habitaciones del mismo piso que nuestra suite.

En el segundo piso se encontraban los guardias de siempre, el perímetro debía estar asegurado.

Mucho más ahora luego de lo que había sucedido, o mejor dicho, lo que había hecho unas horas atrás.

Aunque Lucchese me había asegurado que estaba a salvo, porque le había hecho el favor, no podía confiar.

Y lo cierto era que cuando terminó nuestra reunión me encerré en mi habitación sin querer hablar con nadie.

Si confesaba que había sido usada para asesinar a un tipo, Matthew asesinaría a Lucchese.

También estaba lo que Harry me había revelado: South estaba cerca.

Tanto que sabía de nuestros posibles negocios.

¿Pero por qué una mafia novata estaba tan interesada en Draghi?

Debía hablar con Levi, él sabe mucho más de lo que dice. Pero en estos momentos solo podía pensar en que había asesinado a un tipo y, aunque estaba limpia, me sentía llena de sangre.

Llegué a su puerta y llamé. Dos toques suaves, desesperados.

Nada. Abrí la puerta con el corazón en la garganta, pero la habitación de Max me recibió con una frialdad desoladora.

La cama estaba hecha, perfecta, sin una sola arruga.

Una maleta entreabierta en la esquina era el único rastro de que alguien pasaría la noche allí. Pero él no estaba.

Tragué saliva.

Me desplomé en el borde del colchón, hundiendo la cara en mis rodillas. El temblor de mis manos se extendió a todo mi cuerpo. Los cristales del sueño volvieron a estallar en mi mente. El sonido del disparo... el olor a pólvora...

—No llores, tesoro .

El aire se escapó de mis pulmones cuando unos brazos macizos me rodearon. No necesité abrir los ojos para saber quién era.

Reconocería a Matthew, por su perfume y todo lo que transmitía su presencia, donde sea que estuviera.

Me tomó en brazos moviéndome sobre la cama como si no pesara nada, pegando mi espalda contra su pecho sólido y sentándome sobre sus piernas. Era una muralla de calor contra mi frío glacial.

Tragué saliva. Nunca habíamos estado tan cerca.

—Dime qué necesitas —susurró Matthew contra mi sien, su voz era una vibración profunda que intentaba calmar mi pulso—. Solo dilo y quemaré el mundo para traértelo.

Matthew no era un hombre de susurros ni palabras piadosas, no había dulzura en su voz por lo general, solo amenazas y sentencias de muerte. Siempre manteniéndose a la distancia correcta de mí, de la hija de su jefe.

Pero ahora... parecía otra persona.

¿Estaba atrapada en una nueva pesadilla o el infierno finalmente se había congelado?

Sus brazos me rodeaban con una fuerza que amenazaba con fusionar mis huesos con los suyos. Podía sentir el galope errático de su corazón contra mi espalda, un ritmo salvaje que traicionaba su máscara de hielo, y su perfume me envolvía como una advertencia que no podía ignorar.

Él no debería estar aquí. Debería ser Max.

Debería ser el hermano que yo elegí, no el hombre que siempre me miró como si fuera un problema que resolver.

Pero la verdadera pregunta, la que me quemaba la garganta, era por qué la oscuridad de Matthew se sentía como el único hogar en el que quería esconderme.

No pude responder su pregunta, sentía mi lengua pesada y seca a la vez, sé que, si intento hablar ahora solo sonidos incomprensibles saldrían de mis labios. En un segundo, el nudo en mi garganta se rompió y la primera náusea me golpeó con la fuerza de un camión.

En un parpadeo, estábamos en el baño. Matthew me depositó frente al inodoro con una delicadeza que contrastaba con su brutalidad habitual.

Sostuvo mi cabello con una mano y presionó mi frente con la otra mientras mi cuerpo se deshacía de todo el veneno, el miedo y la bilis.

No se apartó. No hizo una mueca de asco.

Se quedó allí, siendo mi soporte mientras yo me desmoronaba.

En cuanto sentí que ya no había nada en mi interior me alejé. Quité sus manos de mi y me arrastré hacia el otro extremo. Hasta que mi espalda tocó el frío de la pared.

Necesitaba sentir. Lo que sea. Cualquier cosa que me recuerde que estoy viva, respiro y soy humana. El problema es a costa de quien siento esto: a costa de que asesiné a un hombre.

Llevé mis rodillas a mi pecho y abracé mis piernas en un intento desesperado por sentirme protegida y resguardada. Matthew se arrodilló frente a mí, atrapado en el espacio estrecho del baño, y comenzó a dibujar círculos lentos en mi rodilla con el pulgar.

—Está bien, tesoro —su voz era un murmullo que bien podía ser una maldita canción de cuna y me hizo cerrar los ojos con fuerza—. Deja que salga.

—Tengo... tengo miedo, Matthew —admití con la voz destrozada por el ácido y el llanto—. No sabía que podía ser tan impulsiva. No sabía que podía apretar el gatillo sin dudar.

—Él te puso las manos encima —su voz se volvió gélida, cortante como una navaja—. Reaccionaste como una Salvatore. No te sientas culpable por eliminar a una rata. El mundo es un lugar más limpio sin él.

—¿Y qué hay de mí? —lo miré, con los ojos hinchados y el alma expuesta—. ¿Qué tipo de persona soy ahora? ¿El mundo es un lugar mejor con alguien como yo?

Matthew se colocó a mi lado, con la espalda contra la fría pared, invadiendo mi espacio personal hasta que nuestras rodillas se tocaron. Pasó un brazo por mis hombros y me atrajo hacia él, me dejé llevar. Me colocó sobre sus piernas extendidas y me acunó.

—¿Soy una mala persona? —pregunté en un susurro, buscando la respuesta en el hombre que había convivido con la oscuridad toda su vida.

Sus ojos me atraviesan con intensidad, separa los labios para hablar pero demora un segundo.

Siento su respiración acelerada y creo que es la primera vez que Matthew me deja verlo sin su máscara fría y calculadora de consigliere .

En este baño, Matthew es el joven que perdió a sus padres siendo un adolescente, no es el hombre de la mafia.

Y yo soy solo Maddox, una chica condenada por su propio apellido. No una asesina.

Acerca su mano con lentitud hasta acariciar mi mejilla, cierro los ojos al sentir su tacto sobre mi piel temblorosa. Cubre mi perfil con su mano grande y trago saliva cuando siento su calor.

—Eres la persona más pura que he conocido en este infierno, Maddox —dijo, y sentí la tensión en sus músculos—.

En este mundo, todos matamos. Algunos por placer, otros por deber.

Tú lo hiciste por supervivencia. Si pudiera tomar ese peso de tus hombros y cargarlo yo mismo, lo haría sin pensarlo. Pero no puedo.

Mis ojos se llenan de lágrimas y me inclino más cerca suyo, hasta que puedo esconder mi rostro en la curva de su cuello. Siento como exhala un suspiro bajo y afectado.

—No sé si estoy hecha para esto —sollocé contra su cuello.

—Nadie nace listo para ver el abismo, tesoro .

Pero el abismo te miró a los ojos hoy y tú no parpadeaste.

Eso no te hace mala; te hace una reina —siento otra vez sus manos en mi rostro y me aleja para verme de frente, sin dejar de acunar mis mejillas.

Sus ojos marrones estaban cargados de una devoción que me asustó—.

Tendrás que volver a hacerlo, Maddox. Las decisiones serán más difíciles a partir de este momento, lo sabes. Pero no estarás sola. Nunca.

—Matthew…

—Nunca lo permitiré.

Trago saliva.

Le creo. No necesita hacer un juramento o promesa de sangre, le creo porque lo siento en mis huesos, en mi piel. Hay una seguridad en su voz que sé que le confiaría cada cosa de mi. Cada parte oscura de mi interior sé que estará a salvo con él. Le confiaría mi vida sin dudarlo.

Y quizás, si Matthew puede ver luz entre mis sombras, quizás no estoy tan perdida. No del todo.

Cerré los ojos, dejando que sus palabras se filtraran en mis grietas. Apoyé mi cabeza sobre su pecho y aspire su aroma. Quería que su oscuridad cubriera la mía hasta que no quedara nada.