Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 29
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CAPITULO 29

maddox

e l silencio en el ascensor era una cuerda tensándose alrededor de mi cuello.

Harry no hablaba, pero sentía su mirada recorriendo las manchas de sangre en mi mejilla como si estuviera descifrando un mapa de tesoros.

Cuando las puertas se abrieron, no volvimos al salón dorado.

Me guio hacia una puerta oculta tras un panel de madera oscura que desembocaba en un vacío de sombras.

Su despacho era un templo al minimalismo letal. No había oro aquí, solo negro sobre negro. La luz de la luna neoyorquina entraba por el ventanal, tiñendo el suelo de un azul gélido.

Con que esto era el interior de Lucchese. Frío y estructurado. Para nada superficial.

Logré conectar una pieza del rompecabezas que era Harry: aparentaba. Todo el tiempo, el lujo, lo ostentoso... todo era una especie de fachada, diferente y extraña en este mundo.

—Siéntate, Maddox —pide en voz baja.

—No creo...

—No es una sugerencia.

Hice lo que me pidió, no por sumisión, sino porque mis piernas empezaban a temblar bajo el peso de la adrenalina que se enfriaba.

El terciopelo rojo del sofá se sentía como una herida abierta contra mi espalda desnuda.

Harry sirvió dos vasos de un ámbar profundo y dejó uno frente a mí antes de hundirse en su silla de cuero. Del otro lado de su escritorio.

Me observó en silencio, moviendo el whisky con una lentitud hipnótica. Me estaba diseccionando, pieza por pieza.

—¿Cómo funciona? —Preguntó de pronto, con una chispa juguetona bailando en sus ojos verdes.

—¿El qué?

—Tú... —dice pensativo—. Y los guardaespaldas idénticos que te persiguen como perros de caza.

¿Qué mierda...?

Algo muy parecido a la vergüenza y el enojo se mezclan en mi interior hasta que siento como bullen en mis venas.

—Lucchese...

—Me cuesta creer que puedan compartir —dice dando golpecitos en su mentón—. No parece de los que compartan el motín...

—¿De qué demonios hablas?

—Oh, vamos princesa. No finjas conmigo…

—No tienes idea de lo que hablas, Lucchese. No sigas por ahí.

Harry se inclinó hacia delante, apoyando los codos en el escritorio. Su perfume, algo cítrico y caro, luchaba contra el olor a hierro que emanaba de mi vestido. Me miraba con diversión, no era la misma forma que me observó en la cena. Esta vez parecía realmente interesado en esto.

—Oh, claro que sí. Es fascinante. El mayor, Matthew... —Hizo un gesto con su mano—. Te mira como si fueras una deidad a la que quiere encerrar en una habitación para que nadie más te toque, pero al mismo tiempo, parece dispuesto a arrodillarse y dejar que le cortes el cuello si eso te hace sonreír.

Mi corazón comienza a palpitar con fuerza. ¿Cómo podía decir aquellas estupideces?

¿Lo eran?

Una voz en mi cabeza me obliga a cerrar los ojos un momento para alejar esas ideas. Pero entonces recuerdo todas las veces que parecía a punto de traspasar un límite, recuerdo la forma en que me habla e incluso como me prohibió acercarme a su hermano.

—Es devoción pura, Maddox. Y es peligrosa.

—Basta —siseé. Mis dedos se enterraron en el terciopelo.

—Y luego está el joven, Max —Harry chasqueó la lengua, divertido—. Él no quiere un altar. Él quiere quemar el mundo contigo dentro. Aun no logro descifrarlo pero es extraño…

—Lucchese —dije entre dientes.

—Deberíamos intercambiar números; tu vida es mucho más entretenida que la mía —suspiró con cansancio—. Podríamos salir los cuatro, aunque sospecho que terminaría con un tiro en la nuca antes de los aperitivos.

—¿Me has traído aquí para chismear como un adolescente o tienes algo real que decirme? —le di un trago largo al whisky, dejando que el fuego me distrajera del vacío en mi estómago.

—Que aguafiestas —murmura y bebe un trago—. Luego de cómo me sorprendiste en la cena te creí más divertida.

—Vine a hacer negocios, Lucchese. No a divertirme.

Ahora rueda los ojos con diversión, coloca el vaso a un costado y apoya sus codos sobre el escritorio para descansar su mentón en sus manos.

Dios. Parece un adolescente absolutamente fascinado.

—Sí que me sorprendiste —murmura— ¿Sabes? No pensaba hacer negocios con Draghi .

Alzo una ceja. Algo me dice que debería estar en alerta pero a la vez no me siento en peligro con este hombre. Aunque sea el mafioso más extraño que he conocido.

—¿Y ahora cambiaste de opinión?

Chasquea la lengua.

—Verás —comienza—. Me gustó sacar de quicio a tu padre, ya sabes cómo somos en el negocio...

—Eres el rey de los imbéciles arrogantes, lo entiendo.

Me dedica una mirada asesina que cambia en un segundo.

—En fin. Cuando supe que el mito de Red Dragon podía ser real dije que debía hacer lo necesario por conocerte —trago saliva. Todo estuvo planeado desde siempre—. Sólo hizo falta presionar un poco a tu padre y él estuvo dispuesto a usar su tan preciada arma.

—¿Qué hago aquí, Lucchese? —Digo entre dientes.

—Quería conocerte. Quería saber si eras real y si eras tan peligrosa como se dice en el bajo mundo.

—¿Y lo soy?

—Vaya que si —me sonríe y se recuesta en su silla—. No pensaba hacer negocios con Draghi .

—Eso ya lo dijiste.

—Sí, pero he aquí lo importante —presiona su dedo índice sobre la mesa de caoba—. La razón de este viaje era simplemente...

—Hacerme perder el tiempo —completo por él y asiente—. Entonces, ¿no hay trato?

—No te adelantes...

—¿Podrías dejarte de juegos e ir al grano? —Pregunto con exasperación.

—Mi padre me enseñó una última cosa antes de morir: nunca meterme con los Draghi —alzo una ceja—. Ustedes siempre están al borde de la guerra, es sorprendente los años que llevan en paz.

—Somos ambiciosos e impulsivos —me encojo de hombros—. Nada nuevo.

—Sí. Y sé que me puede costar la vida dar un paso en falso con Draghi —asiento. Me agradaba que tuviera en claro con quien se metía—. Entonces decidí no hacer negocios con ustedes, aunque te conociera, no me interesaba.

—Pensabas buscar otro puerto —murmuro y sonrío—. ¿Tanto miedo nos tiene una de las familias más importantes del Este?

Lo veo tragar saliva y eso me alegra. Me gusta que se nos respete y que yo imponga ese respeto.

—Sí —admite con dificultad.

—¿Y qué cambió?

— South —me pongo en alerta—. No tengo idea como lo supieron, pero aparecieron queriendo hacer negocios.

Bajo la vista y mi mente trabaja a toda velocidad. En la mafia estas cosas no se saben, no son chismes de secundaria, no viaja de boca en boca que un mafioso está esperando un cargamento ilegal. Lo que quiere decir es que están cerca, demasiado cerca.

—Sí, exacto —dice como si pudiera leer mi mente. Le da un último trago a su whisky—. En el momento que aparecieron para hacer tratos conmigo les dejé en claro que con la única organización que haría negocios es con Draghi .

Alzo una ceja.

—Hace un momento parecías decidido por lo contrario.

Hace una mueca.

—Son sanguinarios. Pero leales, eso lo doy por hecho —asiento y me regala una sonrisa—. Y luego te conocí.

Otra vez su sonrisa es indescifrable pero sexy, debo admitirlo.

—Aún no había decidido cerrar un trato con ustedes, pero acabaste por convencerme —hago una mueca al entender sus palabras pero él rueda los ojos—. Maddox, no eres mi tipo. Y no soy un hombre que piense solo con la cabeza de abajo. No te preocupes.

Trago saliva.

Al parecer era fácil de leer para Lucchese.

—Pero cerramos un trato —digo luego de un segundo. Lucchese asiente—. Mi duda es... ¿Sigue en pie?

Su sonrisa se curva hacia un lado.

—Impulsiva e inteligente, eres increíble —murmura.

Debía hacer esa pregunta, después de todo, asesiné al tipo que es su familia. Es suficiente razón para retractarse de un trato y por supuesto de iniciar una guerra.

—Lucchese...

—En realidad, quería darte las gracias. La noche salió infinitamente mejor de lo que planeé.

Me quedé helada.

Lucchese cambiaba de conversación de maneras que no podía seguirle el ritmo.

—Verás, déjame hablarte un poco sobre mí —cerré los ojos, estaba claro que le gustaba el sonido de su voz—. El negocio lo inició mi padre, no existen los imposibles para un hombre enamorado y como mi madre amaba las joyas conseguía las que ella quería. Exóticas, extrañas, costosas y preciosas.

—Deberías trabajar en un centro comercial —murmuré con ironía.

—Al principio inició como un capricho, no eran más que gestos románticos hacia mi madre —continúo sin prestarme atención—, pero luego se dio cuenta del dinero que podía ganar. Ya sabes, hacerte con diamantes bellísimos y difíciles de conseguir para luego subastarlos.

—Claro, lo normal, nada ilegal —ironicé.

—Por favor, linda. Tu apellido es Salvatore —hizo una mueca y su tono de voz dejó a entender que era una ridiculez mi comentario—. El punto es que así inició el negocio. Se mantuvo a flote todos estos años, pasando de generación en generación…

—No exageres, eres la segunda generación —puse los ojos en blanco.

—Le quitas lo divertido a todo —dijo con burla y un resoplido—. Me gusta el negocio. Como tú, herede un trabajo sucio e ilegal pero visto desde afuera esto no existe, me gusta trabajar en las sombras, que todo sea… exclusivo.

No comprendía a donde quería llegar pero mi paciencia se estaba agotando. Él pareció notarlo porque se mordió el labio inferior para reprimir la risa.

—Joffrey lo complicaba todo —alcé una ceja—. Oh claro, no los presente. Lo siento, tu víctima es Joffrey Lucchese, el medio hermano de mi padre —hizo una mueca de desagrado—. En realidad lo era, ahora no es más que un cadáver innecesario, pero ya llegaremos a ese punto.

—Por favor, a donde sea que esto se dirija, trata de que lleguemos rápido —murmuró.

—Que ansiosa —murmuró—. Joffrey estuvo desde siempre en el negocio, pero era un tumor, si debo ser honesto. Mi padre, en su lecho de muerte, me hizo jurar que lo mantendría a salvo y dentro de la organización.

Mi mente comenzó a funcionar a toda velocidad atando cabos.

—Lucchese —advertí.

—Un juramento de herencia, Maddox —dijo con tristeza fingida—. Yo no podía tocarlo, no podía hacer nada...

Las piezas encajaron con un clic metálico en mi mente. La furia comenzó a hervir, reemplazando al frío.

—Lo planeaste —mi voz era un susurro letal—. Sabías lo que ocurriría.

—Eres una delicia, Maddox. Tan inteligente —Harry alzó su vaso en un brindis silencioso—. No sabía que estarías armada, creí que tu guardaespaldas se encargaría.

—No puede ser —susurro y bajo la vista a mis manos, aún tengo un par de manchas de sangre—. Tú...

—Verte volarle los sesos en mi mesa de roble fue cine puro. Me has liberado de una carga que no podía soltar.

—¡Me usaste para cometer un asesinato! —me puse en pie, el sofá individual salió volando hacia atrás golpeando la pared con estrépito.

—No, dulzura. Te puse en una habitación con un depredador y tú demostraste ser el monstruo más grande —Harry también abandonó su posición, colocando ambas manos sobre la madera de roble e inclinándose hacía mi—. No te sientas mal por ello. Eres una Salvatore.

—Eres un maldito —digo entre dientes.

—Vamos Maddox —rueda los ojos—. Ya deberías estar acostumbrada.

Negué sin poder creer sus palabras. Me di la vuelta para alejarme pero en un segundo lo tenía a mi lado imposibilitando mi escape. Su mano se cernió con fuerza sobre mi brazo y le dediqué una mirada que prometía más sangre. El maldito se dedicó a sonreír de placer.

—Tenemos un pacto, dulzura —masculló entre dientes.

Su aliento, cargado de whisky y una victoria cínica, golpeó mis labios.

Intenté zafarme, pero su agarre era un grillete de acero; poseía esa fuerza engañosa y fibrosa de quien sabe que no necesita gritar para ser obedecido—.

No voy a pedir perdón por darte el escenario, pero recuerda esto: yo no apreté el gatillo.

Lo hiciste tú. Deberías estar acostumbrada al sabor del hierro, ¿no?

Después de todo, eres la heredera de Draghi .

La princesa de la mafia.

El título me golpeó como una bofetada física.

Sí, lo era por derecho de sangre, pero mi mente aún intentaba aferrarse a los restos de la chica que guardaba libros en su mochila.

¿Por qué? Esa misma noche, antes de la cena, había decidido ser Red dragon .

Había decidido dejar a la Maddox común y corriente atrás para abrazar mi verdadera identidad: la de heredera.

El problema era que esa noche crucé una línea que no creí cruzar, no al menos aún.

Había asesinado a un hombre.

Lo extraño no era el hecho, sino la aterradora falta de peso en mi consciencia.

No sentía el vacío del remordimiento, sino una disociación gélida, como si mi alma se hubiera desprendido de mi cuerpo en el momento del disparo.

Era como si una Maddox hecha de sombras y humo hubiera tomado el control de mis dedos, una versión de mí que no conocía el miedo ni la duda.

Observé mis manos, aún manchadas, y me costó reconocerlas como propias.

—Me debes una, y yo te debo diez —me sorprendí al escucharlo. Su voz bajó una nota, volviéndose más tranquila pero no por eso menos metal—. No eres mi tipo, así que no te preocupes por tus guardianes, pero me gusta tener amigos con talento para el caos.

Me solté de su agarre con un tirón brusco.

—No somos amigos, Harry.

Él asiente con una sonrisa.

—Aún no —dice en voz baja y me guiña un ojo—. Pero lo seremos. Seremos buenos amigos.

—No —digo con voz tajante—. Somos socios. Solo eso.

Otra vez ese brillo en su mirada imposible de descifrar y otra vez esa sonrisa relajada y alegre que en nada pegaba con el mafioso que debería tener frente a mí. Negué sin comprender nada de lo que ocurría y me alejé hacia la puerta.

—Como digas, princesa. Pero un consejo gratis antes de que vuelvas con tus perros —me giré de soslayo y lo vi apoyarse contra el escritorio, su expresión volviéndose inusualmente seria—. No sales con el correcto.

Me detuve en seco, con la mano en el pomo de la puerta. La curiosidad fue una debilidad que me hizo obliga a girar la cabeza.

—¿De qué demonios hablas?

—No hay que ser muy inteligente, princesa —me guiña un ojo—. Sé que estás con Máximo. Pero déjame decirte que no deberías...

—¿Y según tú, quién es el correcto? ¿Cómo me mira Max que te parece tan mal?

—Como si quisiera poseerte —sentenció Harry—. Los hombres como él confunden el amor con la propiedad. Y en cuanto posees algo del todo, dejas de valorarlo. Tú no eres un objeto de colección, Maddox. Eres un incendio. Ten cuidado con quién dejas que intente apagarte.

Salí de la oficina sin responder, con sus palabras grabadas en mi mente como una advertencia que no quería escuchar.