Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 28
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CAPITULO 28

maddox

l a sangre tiene un olor que nunca te enseñan en la universidad.

Es metálico, dulce y denso, como el hierro oxidado mezclado con almíbar.

Mientras caminaba por el pasillo del hotel, sentía la seda de mi vestido pegada a mis muslos, empapada por el fluido vital que hace solo unos minutos corría por las venas de un hombre.

No sentía náuseas. Sentía un hormigueo eléctrico bajo la piel. Una excitación oscura que me decía que, por fin, el exterior coincidía con el monstruo que siempre había vivido en mi interior.

Las puertas del ascensor se habían cerrado tras de nosotros, pero los gritos de mi padre eran como disparos en el espacio confinado. No me importó. Tampoco me importaron los puntos rojos de los francotiradores que bailaban sobre mi pecho mientras cruzábamos el vestíbulo privado. Estaba en trance.

Con que esto se sentía asesinar a alguien...

—¡Maddox! —El rugido de mi padre retumbó en las paredes, deteniéndome justo frente a mi puerta—. ¡Maddox Francesca Salvatore! ¡Mírame cuando te hablo!

Ah sí, a mi padre no le había gustado en absoluto lo sucedido y se la había pasado gritándome desde que nos alejamos de la escena.

Me di la vuelta lentamente. El espectáculo era digno de una tragedia de Shakespeare.

Max, Jace y Will estaban alineados como gárgolas de piedra, sus rostros habitualmente impasibles ahora los dominaba una mueca de sorpresa.

Max estaba pálido, sus ojos recorriendo las manchas rojas en mi rostro con una mezcla de horror y algo que se parecía peligrosamente a la adoración.

Pero Matthew... él era diferente. Estaba allí, con la barbilla en alto, observándome con una calma gélida. No había juicio en su mirada. Había reconocimiento.

—¿Qué demonios fue eso? —Escupió mi padre, acercándose hasta que su aliento, con olor a whisky y furia, golpeó mi cara—. ¡Le disparaste en la maldita frente en medio de una negociación! ¿¡En qué mundo eso es aceptable!?

—En el nuestro, ¿no? —Mi voz salió monótona, despojada de toda humanidad. Me asusté de lo mucho que me gustaba cómo sonaba—. Me dijiste que marcara mi territorio. Considera ese cadáver mi bandera.

—¡No me vengas con sarcasmos! —Levi golpeó la pared junto a mi cabeza. Sus ojos eran dos pozos de fuego—. Has destruido un acuerdo millonario. Has puesto una diana en nuestras espaldas antes de que termine la semana.

—Yo conseguí ese acuerdo —recordé entre dientes. Me acerqué a mi padre con la frente en alto—. Y si ellos son lo suficientemente estúpidos como para dejar que un simple disparo arruine sus negocios, no es mi problema.

—¡Es tu problema porque ahora estamos en guerra!

Intenté no poner los ojos en blanco. Lo intenté, por supuesto. Pero fallé.

—Lo que siempre quisiste —murmuro.

—¿Disculpa? —Dijo entre dientes y se acercó otro paso—. Repítelo.

—Para eso estoy aquí —digo en un susurro, sosteniendo su mirada—. Para marcar territorio, para que sepan que esconde Draghi y porque te encantaría fragmentar la paz que hay en Chicago para iniciar una guerra.

Lo veo tragar saliva y sé que no puede negarlo. Lo sospechaba.

—Esto no es Chicago —me recuerda—. No tengo interés en enemistarme con una familia del Este. Mucho menos con los Lucchese.

Me encojo de hombros.

—En singular, solo queda uno —le recuerdo con sarcasmo.

La vena de su frente parece a punto de estallar. Quizás no debí provocarlo así...

—Maddox...

—Cálmate, Levi. Estás perdiendo los papeles.

El silencio que siguió a las palabras de Matthew fue tan pesado que dolió. Mi padre giró la cabeza con una lentitud letal hacia su consigliere .

—¿Qué has dicho?

—Que dejes de gritarle —Matthew dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre la furia de mi padre y yo. Su lealtad, usualmente inamovible hacia el Don, parecía estar sufriendo una grieta tectónica—. No tienes una jodida idea...

—Matthew —susurré en un intento estúpido de suplicar que se callara.

No debería avergonzarme, pero lo hace.

Porque siempre es la peor carga para nosotras, el tener que avergonzarnos de lo que un hombre nos hace. El tener que soportar y callar. Aunque en Draghi las cosas sean diferentes, no deja de ser un negocio de hombres en el que me estoy adentrando.

—¿Y qué pasó, Matthew? ¿Acaso vas a justificar que mi hija se convierta en una ejecutora sin previo aviso?

—La estaba tocando —soltó Matthew. Su voz era un cuchillo frío—. Ese animal tenía su mano sobre ella como si tuviera derecho y libertad sobre Maddox.

El fuego en los ojos de mi padre se vaciló por un segundo, reemplazado por una sombra de duda. Cerré los ojos, esperando el juicio. Esperando que dijeran que debía haberlo soportado por el bien del negocio. En la mafia, las mujeres suelen ser moneda de cambio.

—Tardé en notar su incomodidad —continuó Matthew, y ahora su voz vibraba con una amenaza latente—.

Para cuando me di cuenta, ella ya tenía la Mossberg fuera.

¿Quieres saber la verdad, Levi? Yo habría hecho lo mismo.

Y no pienso pedirle disculpas por proteger su honor cuando tú estabas demasiado ocupado.

El silencio que siguió fue denso, tan palpable como los marcos ornamentados de los malditos cuadros que decoran el pasillo.

—Hizo lo correcto, princesa —la voz de Jace rompió la tensión. Me miró con una sonrisa lobuna—. Sangre por respeto. Es la única ley que importa.

—Nadie les ha dado permiso para hablar —siseó mi padre, pero ya no gritaba. Estaba acorralado por la lealtad de sus propios hombres hacia mí.

—No estamos en una reunión, señor —la voz de Will era firme pero con un toque de aburrimiento. Lo típico en él—. Y si a Maddox no le molesta que demos nuestras opiniones, creo que podemos hablar libremente.

Me quedé sin aliento, con los labios entreabiertos ante la imagen frente a mí.

Los tres hombres más letales de mi padre me miraban con una fijeza que me hizo arder el pecho.

Había respeto en sus ojos, el tipo de respeto que solo se gana en las trincheras.

Estaban trazando una línea en la arena, poniéndose de mi lado contra el hombre que les pagaba el sueldo.

No era solo que me dieran un lugar; me estaban entregando el trono antes de que fuera mío.

Por primera vez, mi voz no era solo ruido de fondo, tenía peso y poder, era un decreto que ellos estaban dispuestos a proteger con fuego.

Desvié mi atención hacia mi padre pero sus ojos no estaban sobre mí. Evitó mirarme. Ese rechazo dolió más que cualquier grito. Se sentía como si me estuviera borrando de su linaje. Pero antes de que el nudo en mi garganta me traicionara, el ding del ascensor anunció una nueva amenaza.

Harry Lucchese salió del elevador. No traía armas en las manos, ni furia en el rostro. Se veía... intrigado. Como un niño que acaba de descubrir un juguete nuevo y destructivo.

Mierda. ¿Por qué tenía que ser tan difícil de descifrar?

Caminó hacia nosotros, deteniéndose a una distancia prudencial. El ambiente se volvió estático; Max y Matthew se tensaron, sus manos bajando hacia sus cinturas de forma sincronizada.

—Tenemos que hablar —dijo Harry, fijando sus ojos negros en los míos.

—Por supuesto, Lucchese —respondió mi padre con voz dura.

—No contigo, Salvatore —Harry ladeó la cabeza, su mirada recorriendo mi vestido manchado—. Con ella.

Trago saliva pero trato de que no se note lo sorprendida que estoy.

La adrenalina aún corre por mis venas pero sé que no será por mucho tiempo.

Cuadro los hombros, me coloco mi máscara de hielo y asiento con un gesto.

Camino por el pasillo hasta llegar a él pero puedo sentir la compañía.

Harry está frente a mí pero alza una ceja en dirección a mi espalda.

—Dije a solas —repite entre dientes—. Sin el dúo de gemelos idénticos, gracias.

—Ni hablar —dijeron al unísono.

Me giro para verlos. Máximo y Matthew están frente a mí. Con sus manos sobre sus Glock y una mirada tensa sobre Lucchese.

—Debo ir sola —digo en voz baja y ambos me miran. Se siente extraño tener la atención de ambos al mismo tiempo. De una manera difícil de explicar y entender—. Ya quedó claro que puedo defenderme sola...

—Ni de coña irás sola, Maddox —la voz de Matthew es tajante.

—No les pregunté —digo con voz severa y ambos me miran sorprendidos—. Es una maldita orden.

Me giré y caminé hacia Harry, dejando atrás la seguridad de mi familia para entrar en la boca del lobo con la cabeza alta y las manos todavía manchadas de la sangre de su estirpe.