CAPITULO 27
maddox
s i algo me había enseñado mi padre es que el miedo es una reacción biológica; pero el control es una elección. Había entrenado toda mi vida para no perderlo jamás.
Al menos, para no perderlo en situaciones como esta.
«A partir de esta noche eres Maddox Salvatore. Todos sabrán que el mito de Red Dragon es cierto.»
Trago salvia en cuanto las palabras de Matthew de esa misma mañana resuenan en mi cabeza.
Mi padre me trajo a este viaje por dos razones: conseguir un trato y presentar su as bajo la manga. De cómo salía la segunda dependía la primera, así que el hecho de estar nerviosa era normal. Pero debía controlarlo.
Hoy no era Maddox, no era una chica invisible y ordinaria.
Hoy debía ser la heredera de Draghi . Debía demostrar de qué estaba hecha Red Dragon y debía quedar claro para todos quien mandaba en las calles de Chicago.
Frente al espejo, no veía a la estudiante universitaria que escondía libros en su mochila y bajaba la mirada en los pasillos de Chicago.
Veía una extraña. El vestido era de seda pesada, color sangre vieja, un tono que no pedía permiso para ser visto.
Se ceñía a mis curvas como una segunda piel y el tajo en el muslo derecho era una invitación peligrosa, dejando al descubierto la funda de cuero donde descansaba mi Mossberg.
Me quedé sin aliento al verme de esa manera. Nunca había usado algo como esto y jamás llevé mi pistola tan descubierta. Era, por decirlo de una manera simple, mi uniforme oficial de heredera.
Y debía admitir que me sentaba muy bien.
Sabía que mi padre no estaría de acuerdo con llevar mi arma, pero no pensaba desprenderme de ella en una noche tan importante. Aunque Matthew estuviera cubriendo mi espalda. Esta noche debía demostrar mi poder. Debía quedar claro que podía protegerme sola.
Al abrir la puerta, el aire del pasillo pareció congelarse.
Matthew estaba allí, esperándome. Su figura imponente, envuelta en un traje italiano negro a medida, cortaba la luz del pasillo.
Cuando sus ojos se posaron en mí, sus pupilas se dilataron tanto que el marrón de su iris desapareció por un segundo.
Fue una fracción de tiempo, un fallo en su máscara de consigliere frío y calculador.
Eso no debería gustarte, Maddox . Me reprendí mentalmente.
—¿Tan mal me veo, Matthew? —pregunté, forzando una voz que no temblara.
Él cerró los ojos y apretó la mandíbula con tanta fuerza que escuché el crujir de sus dientes. El silencio se prolongó, cargado de una electricidad que me erizó el vello de la nuca.
—No me hagas responder eso, Maddox —su voz salió como un rugido contenido, áspera y baja—. Si tu padre te ve así... o cualquier otro hombre...
—Ya, es mi presentación oficial, ¿lo olvidas?
—Lo interrumpí, dando un paso hacia él. El aroma de su perfume, esta vez una mezcla de sándalo y tabaco caro, me envolvió—.
No he venido a pasar desapercibida, es noche de gala —me encojo de hombros restando importancia con un gesto mientras camino por el pasillo—.
De todas formas, no creí que llamaría tanto la atención.
Me adentré en el ascensor y lo noté a mi espalda, observándome. Matthew me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda. Sus ojos bajaron por el escote de mi espalda, trazando el camino de mi columna con una fijeza depredadora.
—Cualquier hombre en su sano juicio te prestaría atención —sentenció, y hubo una nota de posesividad oscura en sus palabras que me aceleró el pulso—. Y yo tendría que matarlos a todos por ello. Vamos. Tu padre espera.
El cubículo nos tragó en un silencio tenso. Matthew no se movió, pero su presencia era un muro de calor a mi espalda. Cuando las puertas se abrieron en el ático de los Lucchese, Nueva York se desplegó ante nosotros en un estallido de luces y arrogancia.
El lugar era un monumento al exceso, a la altivez y al dinero.
Dorado. Mucho dorado. Había oro en las molduras, en los marcos de los cuadros renacentistas y en las esculturas que decoraban el salón.
Era ostentoso, vulgar, una fachada para hombres que necesitaban gritar su poder porque no sabían susurrarlo.
—Detesto el dorado —murmuré.
Escuché una risa seca detrás de mí. Matthew sabía que en Chicago preferíamos el acero y el granito. La sobriedad del poder real.
Continuamos caminando por un amplio piso ocupado por mesas de distintos tamaños. Hacia el final, en la última mesa, mi padre estaba sentado con un vaso de whisky en su mano derecha. Alzó una ceja de forma casi imperceptible al verme.
Hice caso omiso a su expresión y continúe caminando hasta que me encontré con un hombre atractivo y peligroso en partes iguales.
Harry Lucchese.
Era la segunda persona que conocía con una cara de psicópata encantador. Sus ojos verdes con un brillo casi infantil y una sonrisa ganadora lo delataban. Era como ver a Levi pero con cabello negro.
Quizás por eso lo sacaba de quicio a mi padre.
— Red Dragon es real —murmura mientras sus ojos me escanean de pies a cabeza. Cuando regresa a verme sonríe de lado y ladea un poco la cabeza. Alzo una ceja—. Harry Lucchese, un placer señorita Salvatore.
Extendió su mano hacia mí y permanecí observándola. Al ver que no hacía el intento de tomarla la quita pero su sonrisa se hace más grande. Como si en lugar de molestarse hubiera esperado mi reacción.
—Lucchese —asentí—. Espero poder decir lo mismo al final de la noche.
Rodeo la mesa hasta llegar a mi silla junto a mi padre.
Sentía la presencia de Matthew a mi espalda.
Frente a mí, sentado de forma tranquila con la típica postura de hombres que creen tener todo a su merced, estaba el otro Lucchese.
No podía recordar su nombre en esos momentos pero sabía que no era el padre de Harry, es huérfano, como todos los expedientes en nuestro mundo, las causas de muerte son siempre las mismas: un accidente.
—Es un placer deleitarnos con su vista, Maddox —dijo el hombre.
Alcé una ceja. ¿Quién demonios se creía que era para tratarme como un objeto de entretenimiento para ellos?
Levi se tensó y se inclinó hacia él. Matthew vibraba detrás de mi y sabía que estaba dispuesto a sacar su arma. Pero me adelanté a ambos.
—Salvatore —corregí, mi voz cortante como un cristal roto—. No permito que personas irrelevantes usen mi nombre de pila.
Era mi primera reunión de negocios, pero al ver a mi padre durante años y escucharlo hablar, sabía cómo identificar a un líder.
Ese imbécil no lo era.
La sonrisa del hombre se congeló pero antes de que pueda decir algo, Harry comenzó a hablar acaparando toda la atención.
Se suponía que el comercio de los Lucchese eran los diamantes. Joyas invaluables y completamente prohibidas a lo largo y ancho de todo el mundo, extraídas de formas que no deberían ser legales, como todo en nuestra vida. Comercializadas en diferentes países.
Los Lucchese eran una de las familias más importantes y temidas del Este; controlaban Nueva York en su totalidad y tenían buenas relaciones con todas las familias costeras que podían servirles. Excepto con los Salvatore, simplemente porque jamás se lo plantearon.
Hasta ahora.
Porque estaba claro que nos necesitaban. Y Levi supo que era el momento perfecto para extender Draghi a otras partes del país.
—Verán, en dos semanas llegará un cargamento con diamantes invaluables traídos desde el exterior.
No es necesario entrar en detalles, pero necesitamos estar seguros para transportarlos desde el lugar de recepción hasta donde se realizará la comercialización —me miró por un segundo—.
Que será aquí por supuesto. Estoy dispuesto a pagar el precio necesario por un cargamento equipado con todo lo necesario para que mis hombres…
—¿Cuál es el lugar de recepción exacto? —intervine, rompiendo su monólogo.
Lucchese parpadeo. Sin poder creer que alguien como yo lo interrumpa pero su expresión volvió a la normalidad un segundo después.
—North Lawndale —respondió Harry, entornando los ojos.
—Eso está en Chicago —sonreí con una frialdad que me sorprendió incluso a mí—. Más precisamente, en mis calles.
—Lo sé, por eso quiero comprarles el equipo y el cargamento armado...
—No te venderemos nada, Harry —declaré, recostándome con elegancia—. Draghi se encargará del transporte. Nosotros moveremos el producto.
—No, ese no es el trato —saltó Harry, su tono bajando una octava.
—No hay ningún trato todavía —sentenció mi padre, su voz era un trueno silencioso.
Harry soltó una risa nerviosa.
—No son los únicos que venden armas en el maldito país.
Me encogí de hombros pasando mi dedo índice por el borde del vaso de cristal.
—Hablamos de Chicago, no del país —dije entre dientes—. Y si fuera el caso, somos dueños de todo.
La sonrisa seductora y arrogante había desaparecido de los labios del pelinegro y sus ojos verdes ya no brillaban de curiosidad.
—No tengo idea cómo hacen los negocios en Chicago. Pero aquí, en el Este, no nos metemos con la mercancía de los demás.
Ruedo los ojos sin poder evitarlo.
—Nadie se meterá con tu mercancía, no exageres —digo entre dientes—. Pero en Chicago los negocios que se llevan a cabo son controlados por Draghi en su totalidad. Así trabajamos.
—No creo que me convenza su forma...
—No estamos aquí para debatir lo que creas que está bien o mal —lo interrumpo recuperando mi postura y sus ojos se entrecierran al verme—. Mucho menos para escuchar tus opiniones en cuanto a nuestro negocio.
—Ya...
—Estamos aquí por un maldito trato —le recuerdo—. Lo aceptas o no lo aceptas.
Siento la tensión formarse en el ambiente a mi alrededor.
Sé que esto es importante para mi padre y sé que una de las reglas principales para conseguir un trato es no dejar contra las cuerdas al otro.
Como acabo de hacer con Lucchese. Pero yo no soy Levi y Draghi no será igual cuando esté a cargo.
¿Por qué no demostrarles a todos mi forma?
—No son los únicos que están en Chicago —dice Harry.