CAPITULO 26 #2
Muerdo mi labio inferior y levanto una pierna, luego la otra. En un segundo la prenda desaparece y Max clava sus ojos en mi braga negra. Acerca su dedo y acaricia mi centro empapado por encima de la tela. Ambos dejamos escapar un suspiro.
—Mírate —susurra con sus ojos en los míos—. Te fascina el peligro, jugar conmigo...
—¿Eso es una novedad? —Susurro con la voz afectada por el placer de sentir su dedo. Pero no es suficiente. Necesito sentirlo sin la barrera de la ropa interior—. Pensé que ya había quedado claro, esto es un juego... ambos nos debemos divertir.
Algo atraviesa su mirada. Algo que no comprendo del todo, es solo un segundo en que su mirada brilla de forma diferente pero me encuentro demasiada afectada por el placer para entenderlo.
—Un juego, sí —murmura. Engancha sus dedos en mi braga y la desliza por mis piernas, haciendo lo mismo que hizo con mis jeans. Quedo a su merced con el arrodillado—. Ambos nos divertimos —susurra—. Aunque estoy molesto, Maddox. Y necesito que lo sientas.
Muerdo mi labio inferior.
—Demuéstrame qué tan enojado estás —lo desafío.
Me observa como si estuviera calculando algo peligroso, alza una ceja con una mezcla de diversión y advertencia, y esa sonrisa lenta que aparece en su rostro me confirma que acabo de cruzar una línea.
—¿Eso es lo que quieres, Maddox?
Su voz es grave, baja, un susurro que parece quedar atrapado en las paredes de mi suite.
Antes de que pueda responderle levanto la pierna derecha, provocándolo, ofreciéndome sin decirlo en voz alta.
Él la toma con firmeza, sus manos grandes contrastan con el cuidado con el que la acerca a sus labios, la besa despacio, deliberadamente, como si quisiera torturarme con cada segundo de espera, y luego la acomoda sobre su hombro, obligándome a abrirme más para él.
—No tienes una jodida idea de lo que provocas en mí cuando me desafías —dice con voz severa, un susurro cargado de enojo y mucha intención.
Max se acerca con lentitud a mis labios y cuando siento su lengua separarlos lanzo mi cabeza hacia atrás.
Mi respiración se vuelve errática cuando su atención se centra en mí de una forma que me hace perder toda noción del entorno, siento cómo cada gesto suyo está diseñado para desarmarme, para recordarme que, aunque lleve el apellido que llevo, en este instante él tiene el control absoluto.
Apoyo una mano detrás de mí buscando sostenerme mientras el placer crece lento, profundo, arrancándome un gemido que intento sofocar mordiéndome los labios, y eso solo parece alentarlo más.
—Mírame —ordena. Obedezco pese a que no quiero darle esa satisfacción. Me encuentro con sus ojos brillantes, su respiración choca con mi entrepierna debido a la escasa distancia—. Así.
Vuelve a acercar su lengua con lentitud, no se sumerge con una embestida, en su lugar acaricia mi labios como si fuera un maldito helado que él solo quiere saborear.
Muerdo mi labio inferior. No se cuanto tiempo soportaré sin gemir, pero sé que debo contenerme, mi padre podría escucharnos y todo podría irse al demonio en un segundo.
—Me gusta cuando dejas de pensar y me cedes el control —murmura con satisfacción contenida. Vuelve a introducir su lengua y esta vez va más allá. La hunde entre mis pliegues y el gemido es incontrolable—. Tienes el coño más delicioso que he probado.
Trago saliva.
No acostumbro a que me hable de esa forma. Tan sucia. Tan provocativa. Típica de hombres como él. Pero me excita, eso no puedo negarlo.
—Máximo —gimo su nombre y lo llevo otra vez más cerca de un tirón—. No te detengas.
Y no lo hace. Su lengua vuelve a hundirse en mi coño y esta vez los movimientos aumentan de velocidad. Son duros y firmes. Su mano sostiene mi pierna derecha y clava sus dedos en mi muslo. Sigue explorando mi interior con su lengua y sé que estoy a punto de tener mi orgasmo.
Cierro los ojos, desobedeciéndolo y lanzo mi cabeza hacia atrás, hasta que mi nuca choca con la madera de caoba pero reprimo el gemido de dolor. Para ese momento, dolor y placer se mezclan tanto que no distingo donde empieza uno y acaba el otro.
Justo cuando siento que estoy a punto de perder el control por completo, cuando todo en mí le pide que no se detenga, él se aparta. El vacío es inmediato y cruel. Se inclina apenas hacia mí, lo suficiente para que su aliento me roce la piel.
Abro los ojos, aturdida, y su sonrisa es triunfal; llevo la mano a su cabello para atraerlo de nuevo, incapaz de ocultar lo que quiero, pero él la detiene con facilidad, sujetándome la muñeca.
—No, Maddox —dice despacio—. Te dije que estoy enojado, más que eso, estoy cabreado —su pulgar roza mi piel con una caricia que no concede nada, y agrega, casi en un murmullo—: Y yo decido cuando alcanzas tu orgasmo.
Es un maldito. Muerdo mi labio inferior y el suspiro que dejo salir no tiene nada de placentero.
—Te detesto.
—Mmh —dice y acerca su mano libre a mi entrepierna.
Su dedo índice acaricia mis labios a lo largo.
Una y otra vez, con una lentitud tortuosa que me obliga a morder con fuerza mi labio hasta que siento el sabor al óxido de la sangre—.
Sigues repitiendo eso. Pero no te creo —susurra y antes de poder procesarlo, su dedo se abre paso entre mis labios y gimo—.
¿Cómo estás tan húmeda por alguien que odias?
Me arqueo cuando suma otro dedo más y continúa moviéndolos, esta vez con una intención que ya no se molesta en disimular.
La presión aumenta, el ritmo se vuelve más firme, más decidido, y mis jadeos empiezan a romper el silencio sin que pueda detenerlos.
Mi cuerpo responde antes que mi orgullo, antes que cualquier pensamiento lógico, y eso parece encender algo peligroso en él.
—No me odias, Maddox —susurra. Siento su respiración otra vez cerca—. Pero te encantaría hacerlo.
No llego a contestar. No puedo. Porque su boca reclama toda mi atención cuando su lengua se adueña de mi clítoris, lenta primero, como si quisiera prolongar la tortura, y después con una precisión que me hace perder el control por completo.
Me aferro a lo primero que encuentro, mis dedos tensos, mi espalda arqueándose mientras una oleada de sensaciones me recorre sin pedir permiso.
Cada movimiento suyo me empuja más cerca del borde, mi respiración se vuelve errática, mis pensamientos se diluyen hasta quedar reducidos a este instante, a su voz, a la forma en que sabe exactamente cómo desarmarme.
Siento la tensión acumularse, apretarse en mi interior como un hilo a punto de romperse.
—Vamos, princesa —susurra alejándose—. Déjame sentirte.
El mundo se reduce a una sensación creciente, avasallante, y cuando finalmente me vence, cuando todo se libera en un suspiro quebrado que no puedo contener, él no se aparta.
Me sostiene ahí, en ese instante vulnerable, dejándome sentir cada segundo de lo que provocó, hasta que el temblor cede y solo queda el eco de mi respiración desordenada.
Regreso a verlo y me encuentro con su mirada brillante, su sonrisa provocativa y triunfal. Me encantaría borrar esa expresión, porque sé que cree que él ganó esta partida. En parte, es cierto.
Extrae sus dedos de mi interior sin dejar de verme y me enseña lo empapados que están.
Trago saliva ante la imagen de sus dedos con restos de mis fluidos, un líquido claro y espeso decora sus dedos.
Antes de que pueda decir algo Máximo me sorprende metiéndolos en su boca y chupándolos.
Cierra los ojos como si de verdad estuviera saboreando mis fluidos con placer.
Y sé que lo hace.
Y otra vez estoy completamente excitada.
—Máximo —digo sin aliento.
—Esto sucede cuando intentas desafiarme.