CAPITULO 26
maddox
n o estaba flotando en una nube. Estaba siendo transportada por una montaña de granito envuelta en un traje italiano a medida.
Abrí los ojos de golpe cuando entendí que no estaba soñando. Una cosa era imaginar que volaba o flotaba, otra muy distinta sentir su perfume tan cerca de mí.
Matthew Hardaway me llevaba en brazos como si mi peso fuera irrelevante, bajando la escalerilla del jet con una facilidad insultante.
—Bájame —siseé, retorciéndome. Era como intentar luchar contra una prensa hidráulica. Sus brazos eran bandas de hierro alrededor de mi espalda y bajo mis rodillas.
—Bienvenida al mundo de los vivos, Maddox. Empezaba a pensar que tendría que cargarte hasta la suite.
—Ya, muy chistoso —protesté—. No tengo el sueño tan pesado.
Alzó una ceja oscura detrás de sus gafas de sol. Tragué saliva al notar su sonrisa más cerca cuando se inclina hacia mí.
—A mí me parece que sí —susurra cerca de mi rostro.
Me retorcí de nuevo, más por la humillación de ser tratada como una muñeca de trapo que por incomodidad real. Desde este ángulo, la mandíbula de Matthew parecía tallada en roca y la ligera sombra de barba le daba un aire peligroso que mi cerebro traicionero encontró fascinante.
—No soy un maldito bebé, Matthew. ¿Dónde está Levi? —Mi voz tembló ligeramente.
Odiaba lo pequeña que me sentía a su lado.
—Tu padre está en el coche. Intenté despertarte, pero duermes como los muertos.
—Mentiroso.
Le clavé las uñas en el hombro, justo donde el músculo se unía al cuello. Él ni siquiera parpadeó, pero una comisura de sus labios se elevó en una microsegundo de diversión.
—No hagas eso, Maddox —dijo como una orden en una voz calma y oscura.
Trague saliva.
—Ya estoy despierta. Bájame. Ahora.
Un carraspeo colectivo cortó el aire frío de la pista de aterrizaje. Giré la cabeza, mi estómago dando un vuelco.
El comité de bienvenida estaba completo. Jace, con su habitual sonrisa; Will, con su habitual expresión de aburrimiento; y Max...
El aire se congeló en mis pulmones.
Máximo Hardaway vibraba en una sintonía oscura y que rozaba peligrosamente lo asesino.
Sus ojos, normalmente de un marrón cálido, eran dos pozos negros fijos en la posición de las manos de su hermano mayor sobre mi cuerpo. La tensión que emanaba de él era tan palpable que casi podía saborear la pólvora en el aire.
Para mi sorpresa, y quizás por supervivencia, Matthew me depositó en el asfalto con una suavidad desconcertante. En el instante en que mis tacones tocaron el suelo, puse un metro de distancia entre nosotros. No fue suficiente para apaciguar a la bestia que observaba a unos metros.
—Princesa Salvatore, un placer como siempre. —Jace rompió el silencio con una reverencia burlona, extendiendo una mano que retiró rápidamente ante un gruñido bajo, casi imperceptible, que salió de la garganta de Matthew.
—Idiotas —murmuré, mi corazón martilleando contra mis costillas.
Sentía la mirada de Max quemando mi piel, rastreando cada centímetro donde su hermano me había tocado.
No me atreví a devolverle la mirada—. Los veo en el hotel, supongo —lancé al aire, huyendo hacia la seguridad del coche blindado donde mi padre ya estaba al teléfono.
Lo veo suspirar con un deje de cansancio y presiona las manos sobre el volante.
—¿Qué ocurrió? —pregunté en alerta, Levi hizo una mueca—. Levi…
—Hubo un cambio de planes —dijo entre dientes y le di lugar para que continuara, suspiró—. Nos quedaríamos en un hotel, ya estaba todo pactado.
—¿Y…?
—Lucchese quiere que nos quedemos en su hotel.
—¿El mismo lugar donde sería la cena?
—Exacto.
Asiento uniendo las ideas en mi mente.
Había investigado a Harry Lucchese.
Por supuesto, tenía un expediente con su nombre. Treinta años, cabello negro y ojos verdes tan brillantes que parecía un depredador.
Estaba limpio. Pero sabía que nadie estaba lo suficientemente limpio en este mundo.
Esa sonrisa de galán, el apellido con mucho dinero y la forma en que sacaba de quicio a Levi solo para molestarlo me decía que era un simple hombre superficial.
Pero todo lo que conocía de este mundo me decía que nadie es cien por ciento como se muestra.
Yo no lo era.
El trayecto hacia Manhattan fue un borrón de rascacielos y luces, mi mente atrapada en la imagen de la mandíbula tensa de Max en la pista.
El hotel era un palacio de mármol y terciopelo, una jaula dorada perfecta. Mi habitación estaba al final de un largo pasillo, conectada internamente con la de mi padre. Era una suite obscenamente grande, decorada con la frialdad impersonal del lujo extremo.
—Te veo en la cena, mia cara .
Se acercó hasta dejar un beso en mi coronilla y se alejó hacia la puerta del otro lado del pasillo, solo cuando lo vi desaparecer en su suite es que dejé escapar el aire.
Abrí la puerta mientras revisaba mi móvil, pensando que debía inventar una excusa para decirle a Penny la razón de mi viaje a Nueva York.
Una que la convenza de que sería imposible traerla conmigo.
En cuanto cierro la puerta y aparto los ojos de mi móvil me congelo en mi sitio.
Max estaba recostado contra el cabecero de la enorme cama con dosel, sus botas están sobre el edredón de seda impoluto. No había rastro del chico encantador que a veces fingía ser. Este era el soldati . Oscuro, letal y absolutamente furioso.
—¿Q-qué haces aquí? —Mi voz fue un hilo. Cerré la puerta del pasillo detrás de mí, mi cuerpo reaccionando instintivamente a su presencia: una mezcla tóxica de terror y una excitación líquida que bajó directa a mi vientre.
—Tardaste mucho, rubia —su voz era un rugido bajo, una vibración que sentí en mis huesos.
—Si Levi te encuentra aquí... está en la habitación de al lado, Max. Es una locura.
—Me importa una mierda dónde esté Levi.
Sabía que no mentía. Máximo no era Matthew, el segundo tenía respeto y devoción por mi padre. El primero solo por quien necesitara algo, en este caso, estaba claro que de verdad no le interesaba Levi en absoluto.
Se levantó de la cama con la gracia letal de un gran felino. En dos zancadas, devoró el espacio que nos separaba. Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la madera sólida de la puerta. No había escapatoria.
Max colocó ambas manos a los lados de mi cabeza, encerrándome. Su aroma, invadió mis sentidos y sé que, de ser posible, podría sentir como huelen los celos. Se inclinó hasta que su nariz rozó la mía. Sus pupilas estaban tan dilatadas que apenas se veía el marrón de sus ojos.
—Me debes una explicación, Maddox.
Tragué saliva pero intenté fingir que no me afectaba su cercanía o manera de hablarme.
—No tengo idea de qué hablas…
—No me jodas, Maddox —su voz no daba lugar a réplica y noté que no me había llamado princesa ni una sola vez. El Max molesto no me llamaba por mi apodo, me llamaba por mi nombre. No supe como eso me hacía sentir.
Su cercanía era asfixiante y embriagadora. La amenaza implícita en su tono debería haberme hecho temblar de miedo, pero en lugar de eso, mis muslos se apretaron involuntariamente, y una humedad traicionera comenzó a acumularse en mi ropa interior.
Él lo sabía. Podía verlo en la forma en que sus fosas nasales se dilataban, oliendo mi excitación como un tiburón huele la sangre.
—Me quedé dormida —susurré, incapaz de apartar la mirada—. Matthew solo...
Un gruñido salvaje rasgó su garganta.
Su mano voló a mi cuello, no para estrangularme, sino para sujetarme con una posesividad que rayaba en la violencia.
—No vuelvas a decir su maldito nombre cuando estás conmigo —su aliento caliente golpeó mis labios—. ¿Tienes idea de lo que me costó no volarle la maldita cabeza en esa pista? Verlo tocarte. Verlo cargarte como si fueras suya.
Mierda. ¿Por qué debía excitarme que me hable de esa forma?
Era peligroso, definitivamente, el juego en el que nos metíamos era peligroso... y no me importaba. Me encantaba provocarlo.
—No soy suya —dije sin aliento.
—No. No lo eres. —Su agarre en mi cuello se apretó fríamente, inclinando mi cabeza hacia atrás para exponer mi garganta—. Eres mía. Y voy a borrar cada rastro de su tacto de tu piel ahora mismo.
—¿Ah, sí? —El desafío salió de mis labios antes de que pudiera detenerlo.
La adrenalina de tener a mi padre a una pared de distancia y a este hombre inestable a milímetros de mí era una droga potente—.
¿Y cómo planeas hacer eso si ni siquiera vas a estar en la cena esta noche?
Pensé que tendría que conformarme con la compañía de Matthew...
Fue como encender una cerilla en un cuarto lleno de gasolina.
Max me estampó contra la puerta, el golpe resonó por toda la suite. Mi gemido de dolor se mezcló con uno de puro placer cuando su cuerpo duro como una roca se presionó contra el mío, dejándome sentir la prueba innegable de su furia erecta contra mi vientre.
—¿Quieres jugar, rubia? —gruñó contra mi oído, antes de morder el lóbulo con fuerza. Jadeé—. Bien. Juguemos. Voy a follarte hasta que olvides cómo te llamas y no puedas recordar el nombre de mi hermano.
Sus manos bajaron con urgencia, quitando el botón de mis jeans y bajando el cierre con lentitud.
Sin dejar de verme. Sin quitar sus ojos de los míos, atento a todas mis reacciones.
Lo siguiente que sentí fue su mano colarse entre la ropa, peligrosamente cerca de la humedad que traspasaba la tela de mi braga.
—Estás empapada —dijo con una satisfacción oscura, deslizando su mano entre mis piernas. Ni siquiera me tocó, solo dejó que el calor de su palma se acercara a mi centro palpitante—. ¿Tanto te excita que esté cabreado? ¿Tanto te gusta el peligro, princesa?
—Sí —admití en un suspiro roto, mi cabeza cayendo hacia atrás contra la puerta.
—Dilo. Dime qué quieres.
—Quiero que me folles. Ahora.
Siento su sonrisa y antes de que pueda procesar lo que sucede se aleja, vuelvo a verlo y lo veo arrodillarse.
—Vamos a jugar un poco antes —susurra mientras baja por mi cuerpo, sus manos se enganchan en la cinturilla de mis jeans y lo deslizan por mi cuerpo hasta llegar a mis tobillos—. Vamos, Maddox. No me hagas pedirlo.