CAPITULO 25 #2
—Hasta que nos molesten lo suficiente —comento—. Entonces Levi tendrá razones para romper con la frágil paz de Chicago.
—Exacto.
—Por eso no ha dicho nada —murmuro uniendo las teorías que se forman en mi cabeza—. Una parte de él quiere que suceda.
Matthew se encoje de hombros.
—No me gusta pensar así. Pero sí, tu padre desea encontrar la excusa perfecta para romper la paz, así que les deja hacer negocios...
—Hasta que Levi decida lo contrario —termino por él—. O hasta que crucen algún límite, ¿cierto?
—Exacto —murmura y suspira—. Por el momento todo está controlado, no me molesta derramar sangre, pero no creo que sea necesario —trago saliva.
Sé que Matthew estaría encantado de asesinar personas si mi padre lo manda, pero también sé que hasta él debería tener razones para bañar de sangre las calles de la ciudad—.
Por eso también me preocupa tu presentación esta noche.
Asiento.
—Temes que entonces South sepa qué esconde Draghi —asiente con seriedad—. Y lo que esconde soy yo.
Suspiro y trago saliva. No me parece casualidad que mi padre decida presentarme ante la sociedad como la futura heredera en el momento en que la paz entre familias pende de un hilo.
Podría ser la excusa perfecta para que todo se vaya al diablo.
Aún así, pensar que mi padre podría usarme para lograr lo que quiere no se siente bien. Aunque debería estar acostumbrada.
—Entonces —digo, intentando volver a la realidad y apartar esas ideas—. ¿La casa es territorio de South ?
Matthew hace una mueca y yo alzo una ceja.
—De hecho, la casa no aparece en los planos de la ciudad —mi ceño se frunce aún más—. No te preocupes, estoy investigando —intenta calmarme—. Pero mientras tanto... Te pido no vuelvas a acercarte, ¿de acuerdo? —Asiento aún perturbada—. Te espero abajo, tesoro .
Observo su espalda retirarse de mi habitación y dejo escapar un suspiro al estar sola.
Parpadeo varias veces intentando procesar que haya usado un apodo italiano para referirse a mí de una forma... poco común.
—Tienes cosas más importantes en las que pensar, Maddox —me digo en voz alta. Abandono la cama y cierro la puerta—. Debes prepararte para esta noche, no pensar en lo misteriosos que son los Hardaway.
Dos horas después, el aire frío de Chicago golpeaba mi rostro mientras subíamos al Gulfstream privado de los Salvatore.
Había pasado el tiempo repasando el nuevo mapa que Matthew me envió al móvil, memorizando cada calle de la zona roja, o también conocida como la zona que peligraba por el avance de South , como si mi vida dependiera de ello. Porque probablemente así era.
También estudié el itinerario: reuniones con los Lucchese, cenas de gala y protocolos de extracción. No volvería a ser la pieza débil del tablero.
Cuando entramos al jet, mi padre me recibió con una sonrisa cansada. Al ver las ojeras bajo sus ojos verdes, me di cuenta de cuánto le estaba costando este movimiento.
Me acerqué a mi padre para abrazarlo, lo tomó por sorpresa un segundo.
—Gracias por confiar en mí —susurré contra su pecho—. No te decepcionaré.
Levi me besó la frente, su mano acarició mi cabello.
—Eres una Salvatore, mia cara . No me da miedo que me decepciones, porque no podrías —me guiña un ojo—. El mundo es el que debería tener miedo de ti.
Me hundí en uno de los asientos de cuero del jet mientras Jameson, el guardia que conocía desde que tenía cinco años, guardaba el equipaje. Vi por la ventanilla que Matthew subía al avión después de nosotros.
Había visto a Donatto y Marcellino asegurar el perímetro, Matt me dijo que irían junto al conductor por cualquier emergencia.
—¿Papá? —Pregunté cuando despegamos—. ¿Dónde están los soldatis ?
—Salieron anoche —dijo con simpleza—. Están en Nueva York asegurando el perímetro del hotel —asentí. Había hablado con Max por mensaje, pero no mencionó que ya se había ido—. Lo siento, debí haber consultado contigo antes.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué? No, eso ni siquiera es necesario papá…
—Por supuesto que lo es, si te empiezas a involucrar en esto deberás tomar decisiones. Así que lo siento, será algo a lo que deberemos acostumbrarnos —trago saliva, más responsabilidades y más preocupaciones—. Deberías dormir un poco, Maddox —dijo mi padre—. Estaré en la cabina con el piloto.
Cuando se fue, saqué mi móvil para repasar el itinerario por décima vez. Una mano grande se cerró sobre el dispositivo.
—Basta —Matthew estaba de pie frente a mí. Me quitó el teléfono con una autoridad que no admitía réplica.
—¡Oye! Está en modo avión, déjame...
—El itinerario no se va a mover de aquí a que aterricemos. Necesitas apagar el cerebro.
Bufé un suspiro y me cruce de brazos. Que me pida apagar el cerebro no solo era inaceptable si no también injusto, no estaba lista.
—Maddox...
—Esta noche tiene que ser perfecta, Matthew —niego y clavo mis ojos en la ventanilla a mi costado. Observo con detenimiento como Chicago comienza a verse cada vez más pequeña—. Nada puede fallar. No puedo fallar.
—Y lo será —me asegura—. Será perfecta y todo saldrá bien.
—¿Cómo estás tan seguro?
Vuelvo la vista hacia él. Sus ojos chocolate brillan y su comisura se curva hacia arriba solo un poco.
—Porque tú eres perfecta.
Trago saliva.
¿Por qué debía ser así?