CAPITULO 25
maddox
l a oscuridad de mi habitación no era protección suficiente contra su mirada. Antes de abrir los ojos, ya lo sentía, conocía demasiado bien su perfume. Me había acompañado mucho tiempo siendo mi sombra y su aroma era fácil de detectar para mí.
Matthew Hardaway estaba sentado en la penumbra, observándome dormir.
Me incorporé de golpe, el corazón golpeando mis costillas como un animal enjaulado. Matthew jamás cruzaba el umbral de mi dormitorio. En el mundo de los Salvatore, las puertas cerradas eran la única frontera que se respetaba, y él acababa de saltarla. Por segunda vez.
Trago saliva al recordar nuestra conversación.
«Mi hermano y tú... eso jamás ocurrirá».
¿Cómo explicarle esto a Matthew? Sería imposible. Y por supuesto que no me arriesgaría a hacerlo. No era tan estúpida.
Sus ojos color café parecen escanearme con lentitud a pesar de la poca iluminación. Me extiendo hacia la mesa a un lado de la cama, enciendo la lámpara y me encuentro con sus facciones duras y marcadas. Trago saliva. ¿Se había empezado a dejar la barba?
—¿Estás bien? —Su voz se escuchaba diferente, como si hubiera perdido su filo autoritario. Se sentía como una caricia de terciopelo sobre lija.
Parpadeé, tratando de disipar la bruma del sueño.
Quizás estaba soñando.
Aunque no era el Hardaway adecuado para protagonizar uno de mis sueños.
—¿Tú…? —me aclaré la garganta— ¿Qué haces aquí?
Me di cuenta de que solo llevaba una camiseta de tirantes de algodón negra. Bajo su escrutinio, la tela se sentía transparente. Me tapé con las sábanas, odiando la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su presencia.
Por Dios, lo conoces hace años. ¿Desde cuando reaccionas de forma tan... tonta?
—Levi tuvo que salir de urgencia —dijo, sus ojos café recorren mi rostro con una intensidad que quema, como si esto fuera lo normal entre nosotros.
La luz del sol se filtraba por mi ventana con las cortinas descorridas y creaba sombras sobre mis sabanas, sus ojos parecían brillar al contraste con la iluminación mínima de mi lámpara de noche—.
Hoy es el viaje a Nueva York. Tu padre está...
—Nervioso —completé y él asintió.
Me resultaba extraño ver a Levi nervioso, pero vaya que lo había estado.
Había pasado una semana con el humor de un demonio.
El viaje a Nueva York era decisivo; no solo sería presentada ante una de las familias más importantes del Este, sería clave para cerrar uno de los tratos más difíciles para Levi.
Después de todo, era el as bajo la manga de Draghi . Si el Don no había podido cerrar el trato sin recurrir a asesinar al joven heredero Lucchese, solo quedaba yo como opción. Y debía salir bien. De eso dependía como sería vista por mi padre, por la organización, pero también por los Lucchese.
Maddox Salvatore no existía oficialmente para las organizaciones, hasta esta noche. Debía admitir que también estaba nerviosa. Aunque un poco emocionada. Se dicen muchas cosas de mí, pero nadie me ha visto.
—Está preocupado —continuó Matthew, sin dejar de mirarme—. Sabes que el hecho de que vayas tú...
—Lo complica todo —completé con amargura. Le dediqué una mirada desafiante—. Espera, ¿tú tampoco quieres que vaya?
—Por supuesto que no —murmuró. Se puso de pie, su imponente figura de dos metros bloqueaba la luz que se filtraba por las cortinas.
—Claro. Porque soy la princesa de cristal que se romperá al primer disparo.
Matthew apretó la mandíbula, noté un músculo tensarse en su mejilla. Dio un paso hacia mi cama, invadiendo mi espacio personal.
—No eres de cristal, Maddox. Eres un arma —la forma en que lo dijo hizo que algo en mi pecho se agitara.
Llegó hasta el borde de mi cama y se dejó caer con gracia y suavidad, dos antónimos de Matthew Hardaway—.
Pero hasta un arma necesita protección antes de entrar en territorio enemigo. No tienes preparación para esto.
—Odio cuando haces eso —espeté, intentando apartarlo, pero era como tratar de mover una montaña de granito—. Sabes cómo entreno. Has visto mis marcas en el ring, sabes que puedo agrupar disparos a cincuenta metros sin pestañear...
—No es lo mismo —me cortó, su tono endureciéndose—. El ring tiene reglas. El campo de tiro tiene blancos que no devuelven el fuego. Nueva York es la vida real, Maddox. Me parece una negligencia que te expongas sin un protocolo de equipo.
Se acercó más y esta vez no retrocedí. El aire entre nosotros vibraba.
Lo último que dijo hizo que parpadeara confundida. Como si me estuviera perdiendo de algo en la conversación.
—¿Qué quieres decir? —Murmuré.
—Hace tres meses nadie sabía que existías. Ningún soldati sabía cómo se veía la hija del Don —negó bajando la vista—. No solo tú no estás lista; Jace, Will y Max no están listos para lo que significa protegerte en medio de una guerra de familias.
Trago saliva.
—Matthew...
—A partir de esta noche, Maddox Müller deja de existir —sus ojos brillan cuando lo dice—. Esta noche serás Maddox Salvatore, en cuanto una de las familias más importantes de Nueva York sepan que el mito de Red Dragon es, en realidad, cierto y es la hija del Don... Todo cambiará.
Fue como si alguien echara un balde de agua helada con gusto a realidad sobre mí. Nunca me quedó tan claro lo poco consciente que estaba siendo con lo que sucedería en unas horas. Sería decisivo, en todo aspecto de mi vida. Ya no podría fingir tan fácil que soy una chica normal.
La vergüenza subió por mi cuello como un veneno. Había estado tan absorta en mi propio miedo a fallar, en mi deseo de demostrar que no era una damisela, que olvidé el peso que ponía sobre sus hombros.
—Soy una idiota —susurré, ocultando el rostro entre mis manos—. Lo siento, no pensé en todo esto.
Escuché un suspiro, uno que arrastraba una nota de diversión oscura. Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus manos grandes y ásperas rodeando mis muñecas. Me obligó a bajar las manos con una delicadeza que me descolocó.
—No lo eres —murmuró. Con una lentitud agónica, apartó un mechón de cabello de mi frente. Su toque era fuego—. Y, en realidad, soy yo quien debe disculparse.
Lo miré, confundida por sus palabras y ansiosa por escucharlo.
—La noche del incidente... —Sus ojos bajaron a mis labios un segundo antes de regresar a mis ojos—.
No creo que necesites que te rescaten. Todo lo contrario.
Pero saber que estarás en peligro y que tal vez no sea yo quien esté allí para evitarlo...
me hace sentir insuficiente. Porque quiero ser el único que esté allí si caes.
El aire desapareció de mis pulmones.
Me esforcé en encontrar la palabra exacta que pudiera describir lo que veía en su mirada. Lo que sea que pudiera describir el brillo y la manera en que sus ojos se posan en mí.
La intensidad. El fuego que convertía su color marrón en chocolate fundido.
Mierda. ¿Qué sucedía? ¿Por qué tenía que verme de esa manera?
Había una implicatura en sus palabras: quiero ser yo, no Max . Eso era lo que no decía pero no necesitaba escucharlo para saber que era así.
—Entiendo que es tu trabajo, Matthew, pero...
—Es mucho más que eso —interrumpió, su voz vibrando en mi pecho—. Me preocupo por ti de una forma que roza lo insano. He cruzado líneas que no debería, y lamento haberte hecho sentir pequeña.
Mi corazón dio un vuelco. Aquel hombre, que se decía que había estrangulado a un traidor con una serpiente de cascabel sin parpadear, estaba mostrándome sus grietas. Extendí mi mano hacia la suya. Cuando nuestras pieles se tocaron, sentí una descarga eléctrica. Entrelacé mis dedos con los suyos.
Jamás se habían disculpado conmigo por hacerme sentir de una forma u otra, ni siquiera mi padre. Y Matthew, quien solo se comunicaba mediante miradas asesinas, palabras cortantes y gruñidos, estaba disculpándose de forma tan sincera que algo en mi pecho se calentó.
—Gracias —respondí en un susurro—. Y lamento haberte desafiado.
Matthew no soltó mi mano. Se la llevó a los labios y besó mis nudillos. El contacto fue breve, pero el calor de su aliento pareció dejar huella. La habitación se sintió de pronto demasiado pequeña, demasiado cargada.
—Estaba enojado conmigo mismo —admitió, soltándome con renuencia—. Por eso te di espacio. Sé que puedo ser... asfixiante.
Esbocé una pequeña sonrisa, mordiéndome el labio.
Matthew Hardaway, el consigliere del Don más temido de Chicago, se estaba disculpando y admitiendo que era asfixiante. De no medir dos metros de altura y ser tan grande como un oso me parecería incluso tierno.
—Eres mi Fantasma de la Ópera , Matt —sonríe de forma tierna y con un poco de vergüenza—. Espero que siempre estés vigilando desde las sombras.
Era raro verlo sonreír, me gustaba. Sabía que esa referencia lo desarmaba.
—Prepárate. Salimos en dos horas hacia el aeropuerto. Te espero abajo.
Se gira para irse pero en cuanto llega a la puerta se voltea ligeramente para dedicarme una mirada de soslayo.
—Sé que dije que te daría espacio —comienza con lentitud—. Pero necesito preguntar. Hace unas noches fuiste una fiesta...
Tragué saliva.
—Sé que debí decirte, lo siento...
—Está bien —me interrumpe y vuelve a sonreír—. Solo quiero saber de quién era la fiesta.
Arrugo la frente.
—Luc... algo. No recuerdo su apellido —chasqueo la lengua—. Puedo preguntarle a Penny, comparten clases en la universidad —Matthew baja la vista y asiente pensativo. Una alarma se enciende en mi cabeza—. ¿Qué sucede?
—No quiero preocuparte —dice en voz baja—. Pero, la casa a donde fuiste no está dentro de los límites.
—No puede ser...
—Es... complicado —suspira y se gira por completo para descansar su hombro en el umbral de la puerta—.
Los mapas de Draghi no se han actualizado.
Tu padre insiste en que South está bajo control y no quiere alarmar a nadie.
Mucho menos a ti —presiono los párpados conteniendo la molestia—.
Así que sí, hemos perdido terreno, nada que deba preocuparnos, solo hacen negocios porque nosotros lo permitimos.