CAPITULO 24 #2
Quito mi dedo y me inclino hacia ella, llevo una de mis manos a su cuello y la otra a su cintura para mantenerla quieta.
Sé que quiere esto, me lo dijo y llegamos a este punto pero necesito estar seguro porque sé que no habrá marcha atrás.
Ella interpreta muy bien mi silencio y mi expresión, asiente mientras se muerde el labio inferior y me dejo caer sobre ella para embestirla con fuerza.
Gime mi nombre y jadea entre suspiros que me quitan el habla.
Se siente tan bien. Estrecha, húmeda, lista para mí.
Se siente tan mía que sé que estoy a punto de correrme pero me concentro.
Necesito de todo mi autocontrol y sé que lo nota porque arquea sus caderas para buscarme, me muevo con lentitud, disfrutando de sus temblores y jadeos.
Dejo caer mi cuerpo sobre el suyo, siento sus pechos desnudos clavarse en mis pectorales y mi miembro se endurece más, como si eso fuera posible. No dejo de moverme mientras lleno de besos su clavícula y subo por su cuello.
—Dime por quién estás así de mojada, Maddox.
—Por ti —gimió, arqueando la espalda.
Sus caderas se elevan un poco en busca de más y sonrío, la embisto con fuerza y vuelve a gemir.
—¿Y quién es el único que va a follar este dulce coño?
—Tú… solo tú.
Aumenté el ritmo, mis embestidas volviéndose potentes, rítmicas, implacables.
Quería borrar cualquier rastro de otro hombre, cualquier pensamiento que no fuera mi nombre.
Solté su cuello y llevé mi mano entre nuestros cuerpo hasta su clítoris, lo toqué con el pulgar mientras la penetraba, llevándola al límite.
—Eso es, princesa —susurré sobre su oído cuando la sentí contraerse—. Córrete para mí. Sé una buena chica.
—No… —jadeó ella, mordiéndose el labio con una mirada de puro desafío—. No lo haré… hasta que digas que tu polla solo me pertenece a mí. Que no tocarás a nadie más.
Sonreí. Era una Salvatore hasta la médula.
Quería el control incluso cuando estaba a mi merced.
—No tengo intención de estar en ningún otro lugar que no sea dentro de ti —le aseguré antes de darle el último empuje.
Nos estrellamos juntos. Fue violento, caótico y perfecto. Sentí cómo su interior se contraía alrededor de mí en oleadas que me hicieron perder el sentido de la realidad. Me corrí gruñendo su nombre como una oración oscura, mientras sentía sus uñas clavarse en mi espalda con posesión.
Dejo escapar un suspiro pesado y siento sus dedos finos y delicados recorrer mi espalda hasta llegar a mi nuca.
Tira de mi cabello con delicadeza y me obliga a verla.
No puedo evitar sonreír y ella hace lo mismo.
Mierda. Me tiene a sus pies y ella ni siquiera sabe el monstruo que escondo debajo de la piel.
Me acerco a su mentón y la beso con suavidad.
Dejo un rastro húmedo de besos hasta sus labios, los acaricio con mi lengua de forma lenta y ella gime otra vez.
Siento mi polla ponerse dura al instante.
—Princesa —susurro como un ruego—. Si gimes así voy a tener que follarte otra vez...
Deja escapar una risa y me lleva de vuelta a sus labios. Me separo.
—Otra vez. Y otra vez, y...
—Ya —dice entre risas—. Entendí —se mueve bajo mi cuerpo y ahora ella siente mi polla endurecerse. Sus ojos se abren y alzo una ceja—. Lo siento.
—No lo sientas —digo y la beso—. Solo déjame que te folle otra vez...
Dos golpes en la puerta nos traen a la realidad y maldigo por lo bajo. Me separo un poco, apoyando mis manos a los lados de su cuerpo, ella me mira con el ceño fruncido y una expresión de miedo.
—No es mi hermano —me apresuro a decir. Aunque es de lo último que quiero hablar teniéndola abierta para mí—. Jamás viene, no te preocupes.
Me acerco para rozar nuestros labios por última vez. Me obligo a separarme aunque me encantaría permanecer todo el día allí. Escuchar la protesta baja de Maddox al salir de su coño tampoco ayuda pero los golpes vuelven a escucharse y no pueden encontrarnos así.
—Cámbiate —susurro mientras busco mis vaqueros y los calzo con rapidez. Busco mi pistola en el cajón por precaución y me acerco a la puerta. Me detengo un segundo para corroborar que Maddox está lista y abro la puerta—. Mierda.
La figura del otro lado atravesó el umbral y se detuvo de inmediato. Me dedicó una mirada de soslayo antes de posarse sobre Maddox. Quien se peinaba su largo cabello con tranquilidad.
—Princesa, diría que es una sorpresa encontrarte aquí, pero estaría mintiendo —soltó Jace con una ceja alzada—. Voy a asumir que esto fue algo de una sola vez… —dijo esperando una afirmación pero como no la recibió dejó escapar una maldición—. ¿Acaso se volvieron locos?
—Nadie pidió tu opinión, Jace —corté con voz gélida.
—Ni crean que voy a cubrirlos en esta locura. Levi me matará si se entera.
Maddox cambió su semblante y se acercó a Jace con cuidado. No se parecía en nada a la chica que acababa de gemir bajo mi cuerpo, caminó hacia el soldati con una sonrisa que no llegó a sus ojos, una expresión afilada que recordaba demasiado a su padre.
—Por supuesto que lo harás, Jace —dijo ella, apoyando una mano en su hombro y apretando lo justo—. A menos que quieras descubrir lo que pasa cuando alguien traiciona mi confianza. Y créeme, no querrás perder un ojo antes de la reunión de Nueva York.
Jace tragó saliva, palideciendo.
—Dioses —murmuró—. Eres igual a tu padre.
—Gracias —se encogió de hombros. Se giró para verme y me guiñó un ojo—. Adiós.
En cuanto Maddox abandonó mi piso mi compañero me dedicó una mirada que decía mucho sin necesidad de palabras.
—¿En serio, Max? Estás demente.
—Quizás —murmuré.
—Ella es un monstruo, como su padre —dijo, como si necesitara recordarlo—. Un monstruo encantador. Pero un monstruo al fin.
Me crucé de brazos, viendo la puerta por donde ella se había ido.
—Lo sé. Y es mi monstruo, Jace. Que no se te olvide.