CAPITULO 24
maximo
a caricié la mejilla de Maddox con cuidado de no despertarla. La luz de la mañana se filtra por el ventanal de mi piso y su cabello rubio parecía una cascada dorada, como si la luz del sol se derramara a mi lado y quise fundirme en ella.
Estoy jodido. No es solo una expresión; es una sentencia de muerte. Si su padre supiera lo que hice anoche en ese baño, mi cabeza estaría adornando una pica en la avenida Michigan antes del mediodía. Pero aquí estoy, dejándome arrastrar por la gravedad de un sol que no debería tocar.
Maddox es demasiado. Demasiado pura para mis manos manchadas, demasiado letal para mi autocontrol. Ni siquiera hemos llegado al final, y ya estoy a sus pies, un soldado desertando de su propia lógica por un poco de su veneno.
Intenté alejarme. Pero fue imposible. Y siempre lo sería.
Deslizo mi mano por su costado, mi piel oscura contrasta contra la suya, pálida y perfecta. Llevaba mi camiseta negra, una visión que me puso duro al instante, sabiendo que debajo solo quedaba ese encaje rojo que me había estado volviendo loco.
—Max… —murmuró ella, su voz ronca por el sueño.
—¿Mmh? —Me posicioné sobre ella, aspirando su aroma. Huele a flores y a la perdición que acepté voluntariamente.
—Espera… —jadeó cuando mis labios encontraron el punto sensible bajo su oreja. Intentó apartarme, pero la atraje más hacia mí—. Me debes una conversación, Hardaway.
Gruñí contra su piel.
—¿Podemos desayunar primero? —pregunté, aunque mis manos ya estaban buscando el borde de su ropa interior.
Ella se incorporó sobre los codos, sus ojos verdes clavados en los míos con una seriedad que me heló la sangre. Me detuvo con una mano firme sobre mi cabello.
—No. No haremos nada hasta que hables.
—Maddox…
Antes de que pueda continuar la vi poner los ojos en blanco y darme un empujón que me hizo rodar al otro lado de la cama. Observé como abandonaba el colchón y buscaba su ropa.
—Nena, espera...
—¿No quieres hablar? Bien —dijo con furia—. Me iré de aquí.
—Espera, no es necesario... —puso sus manos en jarra sobre su cadera y tragué saliva al verla tan molesta—. Es... complicado.
Era un imbécil. Eso estaba claro.
Pero no creí que fuera tan estúpido de no lograr decir una oración coherente. Otra vez Maddox puso los ojos en blanco y continuo buscando su ropa.
—Esto fue un completo error —la escuché decir.
Me puse de pie de inmediato y la enfrenté, ella intentó alejarse pero la sostuve de la cintura para atraerla más cerca.
—¿Qué...?
—No piensas eso —dije, escuché la desesperación en mi voz—. No piensas que fue un error. Solo estás molesta...
—Fue un error dejar que me convencieras de pasar la noche contigo —replica y no se intimida, se acerca un poco más—. Fui una idiota al creer que podrías hablar y ser sincero. Pero ¿qué puedo esperar de un tipo que me lleva a la cama y luego desaparece?
Niego. No puedo creer que tenga esa imagen de mí.
Aunque en realidad ayudé a construir esa idea.
—Maddox...
—¿Sabes? No te pido nada, Máximo. Solo que no juegues conmigo y ya.
—No estoy jugando contigo —dije, bloqueando su paso—. Es solo que… estar conmigo es complicado.
Algo cruza su mirada y dejó escapar una risa irónica
—¿Estar contigo? —preguntó incrédula—. ¿O estar conmigo?
Presioné los labios en una fina línea. No podía mentirle, no a ella, no era estúpida, sabía a qué nos arriesgábamos con esto.
—Lo que quiero decir…
—Sé que puede costarte la vida —respondió ella con una sonrisa triste que me dolió más que cualquier golpe—. Pero si no valgo el riesgo, deja de buscarme.
Me acerqué a ella hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
No podía decirle la verdad. No podía decirle por qué estoy realmente en Chicago, ni los secretos que guardo bajo llave en una caja fuerte mental que ni siquiera Matthew conoce.
Si Maddox supiera quién soy de verdad, no me miraría con deseo; me miraría con el cañón de su arma entre mis ojos.
—No puedo dejar de buscarte —admití, mi voz sonando como grava—. No soporto que nadie más te toque. No soporto que uses la ropa de otro hombre. Quiero que seas mía, incluso si eso significa que ambos terminemos en el infierno.
Maddox bajó la mirada, sus pecas brillando bajo la luz matutina. Guardó silencio un momento antes de regresar a verme.
—Voy a ser honesta, Máximo —dijo, y su tono me puso en alerta—.
Jamás he tenido una relación y no quiero una.
Así que dejemos algo claro: no estoy enamorada de ti.
En mi mundo no hay lugar para eso. Solo hay lugar para divertirme y pasarla bien.
No planeo buscar nada más que eso —trago saliva en cuanto la escucho y un sentimiento parecido a la posesión me llena.
Imaginar que solo soy un momento para pasarlo bien no es lo que busco, pero el saber que prefiere pasarlo bien conmigo y no con alguien más me relaja un poco—.
Y sí, quizás todo eso deba hacerlo a escondidas de mi padre.
Y sí, sé que es complicado y puede costarnos más que la vida.
Pero no busco amor, no busco compromiso y mucho menos exclusividad.
Si esa es la razón por la que has desaparecido, por el miedo a que pueda pedirte más, dejame decirte que eres un imbécil y preferiría que no me jodas.
Sus palabras fueron como una ráfaga de disparos. Sentí el impacto en el centro de mi pecho, un vacío amargo que me obligó a apretar los puños.
Debería haberme sentido aliviado. Era la salida perfecta para alguien con tantos secretos como yo. Pero en lugar de eso, sentí una posesividad salvaje rugir en mis venas.
—Bien —gruñí, rodeando su cuello con mi mano, dejando que mis dedos rozaran las marcas que le hice anoche, la atraje hacia mí con decisión y tuvo que inclinar la cabeza para verme a los ojos—. Sin compromisos. Pero lo de «sin exclusividad» no va a pasar. Eres mía mientras estemos en este juego.
Ella se mordió el labio, el desafío brillando en sus ojos.
—Podemos negociar los términos y condiciones… —susurró.
La acerco más. Mis labios rozan los suyos.
—No hay nada que negociar, princesa.
Y antes de darle tiempo a reaccionar, la cargo sobre mi hombro y la arrojo otra vez sobre la cama. Su risa llena la habitación y el sonido golpea directo en mi pecho. Ahí. Donde siempre debió quedarse.
—Máximo...
—Quítate la camiseta —pido en voz baja y grave. Noto como traga saliva—. No tengo todo el día, Maddox.
Ella se muerde el labio inferior y algo brilla en su mirada, se incorpora solo un poco, con sus codos hundiéndose en mi colchón y cruzando las piernas. Alzo una ceja desafiante.
—Desvistete primero —ordena.
—Maddox...
—Los dos podemos jugar a este juego —me interrumpe. Mi miembro se estrangula en mi entrepierna al verla en su faceta más dominante—. No te olvides que yo también puedo poner las reglas.
—Quizás debamos turnarnos —dije entre dientes y sonriendo. Si este juego sería de poder y seducción estaba dispuesto a correr el riesgo por mi vida—. ¿Qué opinas, princesa? ¿Me das el mando por esta vez?
Quizás por eso nos atraíamos como imanes, con una fuerza gravitacional que no podíamos evitar, porque éramos iguales, dos reyes en un tablero en el cual nadie quería ceder el control.
No esperé su respuesta verbal porque lo supe, en cuanto vi el brillo de sus ojos, que ya me había cedido el control.
Tome su tobillo con fuerza y la arrastré para que vuelva a acostarse.
La vi llevar sus manos hasta el borde de mi camiseta, lo siguiente que tuve frente a mí fue su abdomen perfectamente tonificado y sus pechos duros.
Supe lo que quería antes de que lo dijera, así que obedecí aunque no tuviera que pedirme nada. Me quité mi ropa interior con lentitud y sus ojos se clavaron en mi miembro duro y palpitante.
—Maddox —advertí. Y ella entendió a la perfección.
Posó sus manos sobre la piel desnuda de su pecho, tragué saliva al verla bajar por sus senos.
Se detuvo un segundo más acariciando sus pezones duros al ver mi expresión, estaba ansioso por hundirme en ella y ser yo quien la toque.
Pero verla a ella acariciar su cuerpo era otro nivel de deseo y excitación. Uno que no conocía.
Divisé por el rabillo del ojo un preservativo en la mesa a mi espalda y, sin dejar de verla, extendí mi mano para buscarlo.
Estaba hipnotizado por la forma en que se tocaba, por como sus manos bajaban por su piel desnuda hasta llegar a su braga de encaje.
Se la quita con lentitud, la desliza por sus pies y cuando está por su pantorrilla me inclino para tomarla con fuerza.
—Me harás explotar, princesa.
—Solo un poco de sufrimiento por tu trato —susurra y vuelve a recostarse. No sin antes abrir las piernas, dobla sus rodillas para que tenga una vista perfecta de su coño hinchado y húmedo. Su mano baja por su abdomen hasta llegar a su cintura—. Mmh —jadea.
—Princesa —digo sin aliento—. Joder, nena...
Rasgo el envoltorio con torpeza y desesperación, extiendo el látex por mi miembro y me arrodillo sobre la cama.
Me inclino solo un poco mientras acaricio sus piernas con la palma de mis manos, su piel se eriza y la siento temblar por la anticipación.
Llego a su coño y separo sus labios con delicadeza, porque sé que a ella le gusta así y me lo reafirma cuando deja escapar mi nombre en un suspiro mientras se hunde en el colchón.
—Esta semana sin verte fue una tortura —confieso en un susurro y meto un dedo. Trago saliva. Está húmeda. Está perfecta—. Lamento desaparecer —admito.
Regresa a verme y sus ojos verdes brillan.
—¿Máximo Hardaway se está disculpando? —Me encojo de hombros y ella sonríe divertida—. Está bien, solo me debes un par de orgasmos.
Ahora soy yo quien sonríe con diversión.
—Los que quieras princesa —susurro.