CAPITULO 23
maddox
M áximo! —mi voz fue una especie de grito ahogado pero él no apreció sorprendido— ¿Qué demonios haces aquí?
Él no se inmutó. Ladeó la cabeza con una lentitud predadora, observándome con esos ojos que parecían absorber toda la luz de la habitación. Apoyó su hombro contra el marco de la puerta, bloqueando cualquier salida posible con su imponente figura.
—¿Puedo saber qué hace mi princesa semidesnuda en una habitación que no me pertenece?
La sangre me hirvió al escuchar la forma en que me llamó.
Era un imbécil en toda regla. Vergüenza, deseo y una rabia incandescente se mezclaron en mi pecho.
No le daría el gusto de una respuesta. Lo fulminé con la mirada y me dirigí al baño sin mirar atrás.
Intenté cerrar la puerta, pero el impacto de su bota contra la madera me detuvo en seco.
Antes de que pudiera protestar, Max ya estaba dentro, cerrando el pestillo tras de sí.
El espacio se redujo a nada. El baño era diminuto, para ser una mansión el doble de grande que la de Salvatore esperaba que el baño sea igual de espacioso, y con su metro ochenta y cinco de puro músculo y mala actitud, el aire empezó a escasear.
—Vete, Máximo —siseé.
—No has respondido —dijo él con una calma aterradora, cruzando los brazos sobre su pecho. Observé de reojo sus bíceps flexionarse.
—No te debo ni un solo suspiro —sentencié, dándole la espalda.
Abrí el grifo, humedeciendo unos pañuelos de papel con manos temblorosas. No pensaba quitarme el vestido frente a él; no después de su desaparición de toda la semana.
—¿Qué te ha pasado? —El tono de Max cambió. Ya no era burla; era esa vibración profunda y peligrosa que usaba antes de romperle los huesos a alguien—. Maddox…¿Quien te ha hecho esto?
Trago saliva.
—Derramaron licor de menta sobre mí —hice una mueca al oler la tela húmeda—. Es un asco.
Me apresuré a limpiar mi escote, agradeciendo por primera vez que el diseño de Penny fuera tan revelador.
Pero el vello de mi nuca se erizó en cuanto sentí su presencia detrás.
Max se había movido. Estaba justo detrás de mí, su calor irradiando contra mi espalda, sus ojos clavados en mi reflejo con un brillo de pura furia posesiva.
—¿Necesitas ayuda?
—No necesito nada que venga de ti —respondí, aunque mi voz me traicionó con un leve quiebro.
—Estás enojada —afirmó.
—Vaya, al final sí que hay algo dentro de ese cráneo además de testosterona…
En un parpadeo, la situación escaló. Max dejó caer su máscara de calma.
Su mano se cerró alrededor de mi cuello, no para hacerme daño, sino para reclamar control.
Me obligó a levantar la cabeza, exponiendo mi garganta, y me encontré con un par de abismos negros que prometían quemarme viva.
El calor en mi vientre se convirtió en un incendio.
—Detesto que me hables así —gruñó entre dientes.
—No me importa —mentí, aunque mis hormonas estaban gritando por su toque. La mandíbula tensa, la ira en sus ojos… todo en él me intimidaba y me excitaba a partes iguales.
Se inclinó, su boca a milímetros de la mía.
—Pues debería importarte. ¿Sabes por qué? Porque cuando me desafías de esa forma, lo único en lo que pienso es en castigarte. Y ambos sabemos que te encantaría.
Mi respiración se volvió superficial.
Mierda. Estaba ansiosa por ese castigo. Pero entonces, su mirada cayó sobre la prenda blanca que había dejado a un lado y su expresión cambió por completo.
—¿Qué es eso?
—Una sudadera.
—¿De. Quién? —Dijo sin paciencia.
—De Luc —murmuré, desafiante.
—¿Y por qué tienes la ropa de ese imbécil, Maddox?
—¿Por qué lo detestas…?
—No me respondiste —gruñó presionando sus dedos.
—Él fue quien derramó la bebida —respondí casi sin aliento—. Dijo que podía usarla. Pensaba ponérmela… sin nada debajo.
Su agarre en mi cuello se apretó, cortándome el aire lo justo para hacerme jadear de placer. Sabía que estaba mal provocarlo pero ni instinto de supervivencia se había ido al garete cuando acepte los chupitos de tequila de Penny.
—Ni lo sueñes —sentenció entre dientes—. Si tienes frío, te pondré mi chaqueta. O mejor aún, te mantendré caliente incendiando todo este maldito lugar. Pero no vas a tocar la ropa de otro hombre mientras yo respire.
—Llegaste un poco tarde, ¿no crees? —Susurro.
El movimiento es tan rápido que apenas lo registro. Me gira con brusquedad controlada para estar frente a frente. Su mano todavía sostiene mi cuello y nuestras narices están a centímetros de distancia.
—Yo creo que llegué a tiempo —responde en un tono bajo, casi una amenaza—. A tiempo para recordarte de quién eres.
Trago saliva. El aire entre nosotros se vuelve denso.
—Mmh —murmuro, sosteniendo la mirada aunque me arda—. No sé de qué hablas.
Sus dedos presionan apenas más fuerte. Lo suficiente para que mi pulso se acelere.
—Maddox —advierte.
Mi nombre en sus labios no suena dulce, se parece mucho más a una advertencia mezclada con deseo contenido.
—¿Desapareces una semana y esperas que me quede sentada portándome bien? —lo desafío—. Repite conmigo: llegaste tarde.
Me empujó contra la puerta del baño sin soltarme.
El frío de la madera contrastaba con el fuego de su cuerpo presionándome.
Max usó su rodilla para separar mis piernas, encajando su entrepierna contra mi centro empapado.
Gemí contra su boca, atrapada entre su mano en mi cuello y el peso de su deseo.
Deja caer sus labios por mi mandíbula hasta mi cuello, nota que trago saliva y lo siento sonreír sobre mi piel.
—No me provoques —murmura contra mi oído—. No cuando ya estoy al límite.
Siento su mano libre recorrer mis curvas hasta llegar a mi cintura y clavar sus dedos con posesión.
—¿O qué? —Pregunto, aunque mi voz ya no es tan firme.
Su mano se desliza hasta mi muslo y me obliga a rodearlo con una pierna. Mi espalda se arquea por reflejo.
—O voy a enseñarte exactamente cuánto me perteneces.
Tiemblo por la anticipación y muerdo mi labio inferior intentando reprimir el jadeo que amenaza con salir al sentir su entrepierna presionar en mi centro. Su polla está dura y se clava entre mi humedad. Lo único que nos separa es la ropa y siento que está estorbando.
Está a punto de acercar sus labios cuando Luc llama a la puerta.
—¿Maddox? ¿Todo bien? Me pareció oír un ruido…
Max sonríe con una expresión diabólica y sensual.
Apoyó un dedo sobre mis labios, exigiéndome silencio.
Su mano abandona mi muslo para colarse entre nuestros cuerpos, llega al borde de mi vestido y lo sube con lentitud.
Lanzo la cabeza hacia atrás cuando siento su dedo índice presionar con fuerza mi centro por encima de mi ropa.
—Tan húmeda —murmura en mi oído—. Te excita este juego, ¿cierto? —Muerdo mi labio inferior sin poder responder—. Sí, te excita.
—¿Maddox? ¿Está todo bien?
Otra vez la voz de Luc.
—Responde, princesa —susurra.
—Y-yo… sí, estoy bien —intenté que mi voz no temblara mientras Max apartaba la tela de mi braga—.
Solo es un desastre, mi vestido está… muy húmedo —solté un jadeo cuando hundió un dedo en mí, encontrándome lista, desbordada.
Lo vi morderse el labio inferior y su nuez de Adán se movió bruscamente—. Salgo en un rato. ¡Búscame luego!
—De acuerdo… —la voz de Luc sonaba dudosa—. Estaré fuera. Si necesitas algo, solo grita.
—Oh, vas a gritar —prometió Max en mi oído mientras Luc se alejaba.
Comenzó a mover sus dedos con un ritmo despiadado, una mezcla de castigo y adoración.
Era un maldito imbécil pero que sabía usar sus dedos, no podía negar eso.
Aunque no estaba dispuesta a admitirlo en voz alta, no luego de lo que había hecho, de como me trató y desapareció una semana.
No daría el brazo a torcer tan fácil, o eso creía.
—Basta —pedí, intento recuperar el control pero fallé cuando gemí—. Máximo...
—¿Quieres que pare? —Bajó sus labios a mi oído y sentí su lengua rozar mi lóbulo—. No, no quieres eso.
—Quiero que te dejes de comportar como un imbécil —pido en un jadeo.
Siento su sonrisa y sus dedos salen de mi interior para volver a embestirme con más fuerza.
—No pidas imposibles, princesa.
—Te detesto.
—Mmh —murmura—. Tú me encantas.
Mi corazón se acelera.
No puedo negar que es más sencillo cuando se comporta como un imbécil porque entonces no debo ponerle orden a estas emociones que no comprendo ni un poco.
Esto es un juego , pienso, solo para divertirnos, ¿cierto?
—Me encantas tanto —dice sin dejar de mover sus dedos. Siento sus labios besar mi cuello—. Me encanta tu cuerpo, tu sonrisa, su coño tan rico y dulce...
—Máximo —jadeo.
—¿Qué ocurre, princesa? —lame con suavidad mi clavícula—. ¿Quieres que te haga venir en mis dedos? Porque yo me muero por hacerlo...
—No —digo mientras lucho con mi orgullo.
Siento su risa y sé que no me cree.
—Mentirosa —susurra—. Deberás esforzarte mejor si quieres que no piense estas cosas, Maddox.
Max apretó mi cuello un poco más y hundió un segundo dedo, aumentando la velocidad. El placer fue tan agudo que mis rodillas fallaron; solo su cuerpo me mantenía en pie.
Su pulgar encontró mi clítoris con la precisión de un verdugo que conoce exactamente el punto de quiebre de su víctima. El mundo exterior se disolvió hasta que solo quedó el roce de su piel contra la mía.
Max me llevó a la cima con una lentitud tortuosa. Sus dedos se movían dentro de mí con un ritmo hipnótico, mientras su pulgar ejercía la presión justa, esa que me hacía arquear la espalda y buscar más, solo para que él se detuviera en el último segundo.
—¿Quieres esto, Maddox? —Susurró contra mi cuello, su aliento abrasando mi piel—. ¿Quieres que te dé lo que ese idiota de afuera ni siquiera sabe imaginar?
—Te detesto —dije entre dientes, sin aliento. Aunque no sabía por qué decía aquella mentira.
Sentí su sonrisa acariciar mis labios.
—No vas a usar la ropa de nadie más ¿verdad?
—Eres un maldito imbécil.
—Y te vas a venir en los dedos de este imbécil —susurró—. Así que hazlo, córrete para mí Maddox, déjame escucharte.
Me mordí el labio inferior intentando contener mis gemidos pero con cada uno de sus movimientos en mi interior esto se hacía imposible. Por Dios me estaba corriendo en los dedos del peor idiota en el baño de un chico que parecía lindo conmigo.
Estaba completamente mal y sin embargo podría arder en el infierno por esto sin problemas.
Su cuerpo se apretó contra mí y noté lo duro que estaba, solo podía pensar en que quería tenerlo dentro de mí, rasguñar su espalda y no dejar que se detuviera.
—Princesa —susurró con un tono de voz que no le reconocí—. Princesa...
No supe si fue el ambiente que nos rodeaba, su mano en mi cuello presionando lo justo para hacerme gemir, sus dedos dentro de mi o la forma en que dijo aquel apodo tan estúpido pero que parecía podía usar solo él para desarmarme, o quizás una combinación perfecta de todos los factores los que me llevaron al límite.
Sus dedos me follaban con una intensidad que me hizo perder el control de mis propios músculos. Sentí la presión acumulándose en mi vientre, una marea de calor que amenazaba con desbordarse, y justo cuando pensé que no podía soportar un segundo más de esa dulce agonía, me empujó al abismo.
El orgasmo me golpeó como una descarga eléctrica, fragmentando mi realidad. Mis paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de sus dedos en oleadas de puro éxtasis. Enterré mi rostro en el hueco de su hombro, mordiendo la tela de su camiseta para ahogar el grito que pugnaba por salir.
Mis uñas se clavaron en su espalda, marcándolo a través de la ropa, mientras mi cuerpo se sacudía contra el suyo en una danza de espasmos incontrolables.
Máximo no me soltó, acarició por última vez mi interior con suavidad antes de salir. Se alejó unos centímetros para verme y lo miré de soslayo.
Volví a la realidad.
Lo empujé de forma brusca y él me dedicó una mirada confundida, me apresuro a alisar mi vestido y acercarme a la encimera del baño. Frente al espejo.
Ignoré la forma en la que estaba: los labios hinchados, la mirada húmeda y las mejillas sonrosadas. Siento su rastro en mi cuerpo aún y quizás por eso continúo temblando pero hago de cuenta que nada sucede.
Luego lo siento a mi espalda.
—Maddox...
—Vete —me apresuro a decir—. Por favor, vete.
Él no me hace caso, sus manos se posan en mi cintura y antes de poder entender lo que sucede me rodea desde atrás y esconde su rostro en mi cuello.
—Ven conmigo esta noche —pide y trago saliva—. Te prometo que no habrá juegos.