CAPITULO 22
maddox
M áximo Hardaway se desvaneció en las sombras de Chicago como si nunca hubiera existido. El problema era que si existía y mi cuerpo lo recordaba demasiado bien.
Habían pasado seís días de lo que sucedió en su departamento, seis días de romperme en sus brazos, de gemir su nombre como si no existiera otra palabra en mi vocabulario y de ver su sonrisa tierna cuando me llevo a la ducha con él.
Mierda.
Máximo no era más que otro imbécil. ¿Por qué demonios me había dejado manipular de forma tan estúpida?
Si Levi lo supiera, no solo asesinaría a Máximo, me reprocharía por haber caído tan bajo de creerle a un hombre que era un soldado y había sido entrenado para la mentira. Y yo había caído como si no fuera la hija de un maldito Don.
No era su ausencia lo que más me molestaba, en absoluto. Después de todo, no éramos nada, pero mentiría si dijera que el juego de poder en el que nos adentrábamos cuando estábamos juntos no me gustaba. Pero nada de eso me tenía así, el problema era, en realidad, mi propia debilidad.
Y el hecho de llevar un apellido que no debería permitir aquellos sentimientos.
Me odiaba por revisar el teléfono cada vez que una notificación iluminaba la pantalla. Me odiaba por recordar el sabor de su piel y la forma en que su voz ronca me llamó princesa mientras yo me deshacía en sus manos.
Y quizás la verdadera razón de mi molestia era que nada había significado para Máximo y lo sabía.
Para él, quizás fue un martes cualquiera; para mí, fue la primera vez que Maddox Salvatore se sintió más mujer que arma. Y eso era imperdonable.
—Maddie, si sigues mirando ese móvil, voy a lanzarlo al lago Michigan —soltó Penny mientras salíamos de la universidad el viernes por la tarde.
Penny Ann Hill no era de las que regalaban segundas oportunidades a los hombres, y que me sugiriera llamarlo era la prueba definitiva de que mi situación era patética.
—No voy a llamarlo, Penny —dije antes de que pueda volver a mencionar esa estúpida idea—. Mi orgullo es lo único que me queda después de lo de la semana pasada —mentí, enderezando la espalda.
—No es orgullo, es miedo —me corrigió ella con esa puntería cruel que tienen las mejores amigas—. Tienes miedo de que, si confirmas su desinterés, la fantasía se rompa.
Puse los ojos en blanco. Claro que a Penny no podía explicarle que en realidad era mucho más complejo que revolcarme con Max y ya, era pasar por encima de Levi y eso significaba una sentencia de muerte.
—No hay ninguna fantasía, Penny —murmuré
—Pero mírale el lado bueno: esta noche hay fiesta —dijo ignorando mis palabras—. Y vas a venir.
Normalmente, habría puesto un centenar de excusas.
Pero en pocos días tenía un viaje muy importante: era la presentación oficial del arma de Draghi ante una de las familias más importantes de Nueva York: los Lucchese.
Levi no había logrado cerrar el trato y, antes de asesinar al insoportable heredero Lucchese, me pidió que lo ayude.
No podía negarme, ya no había excusas para faltar a mi legado.
Así que en unos días sería el viaje y necesitaba saborear los últimos restos de falsa normalidad que aún parecían habitar en mí.
—Iré —dije, y la sonrisa de Penny fue casi depredadora.
Horas después, me encontraba frente a la puerta del despacho de mi padre. Llené de aire mis pulmones y coloqué la clave de seguridad antes de adentrarme al lugar lleno de olor a puro y whisky.
—Il mio tesoro —dijo Levi sin levantar la vista de los documentos. Su voz siempre se suavizaba conmigo, una anomalía en un hombre que ordenaba ejecuciones antes del almuerzo—. Pasa. ¿A qué debo el honor?
Me contengo para no poner los ojos en blanco, sé que me habla así adrede, solo para molestarme y sacarme de quicio.
—¿Mucho trabajo para Nueva York? —pregunté, acercándome a su escritorio de caoba.
—El viaje es en tres días, Maddox. Tu debut oficial ante las familias del Este —levantó la mirada y sus ojos oscuros, tan parecidos a los míos, me analizaron—. No te veo emocionada.
¿Emocionada por enseñarle a la familia más importante de Nueva York el mejor secreto de Draghi? Si, claro. Está en mi lista de prioridades.
—Es solo que... lo haces sonar como si fuera un sacrificio ritual.
Levi soltó una carcajada seca.
—En nuestro mundo, las presentaciones oficiales siempre tienen algo de sacrificio —hizo un gesto como restando importancia y alcé una ceja al escuchar la tranquilidad en su voz—. Pero no temas, Matthew estará pegado a ti.
El nombre de Matthew hizo que se me tensara la mandíbula.
No habíamos hablado desde que me pilló mintiendo hace dos semanas cuando me encontró en mi baño con su hermano.
Me relajaba que no estuviera tan a mi pendiente como antes, de ser así habría sabido antes que nadie que pasé la noche en casa de Máximo una semana atrás.
Pero Máximo seguía vivo, aunque no hablamos, si algo le hubiera sucedido ya lo sabría.
—De hecho, quería pedirte permiso para salir esta noche con Penny —solté antes de que me ofreciera su plan de comida china y películas de true crime.
Levi arqueó una ceja.
—¿Ubicación?
—Está dentro de los límites de la zona norte. Habrá gente de la universidad. Iré con cuidado.
Me estudió durante unos segundos eternos. Sabía que aún no habían avanzado en la investigación del intruso, que el peligro acechaba en cada esquina, pero Levi también sabía que si me encerraba demasiado, terminaría por rebelarme de forma más violenta.
Con Levi todo se reducía a un juego de poder, debía hacerle creer que me tenía controlada lo suficiente para no explotar.
—Ve —cedió—. Pero mantén a Matthew informado. Que él sepa dónde estás en todo momento.
—Claro —mentí con una sonrisa angelical. No tenía la menor intención de llamar a mi niñera oficial.
Salí del despacho de mi padre con una sonrisa triunfal. Una vez en mi habitación, arrojé lo esencial en un bolso de mano con movimientos frenéticos. Diez minutos después, un Uber me esperaba en la entrada lateral, lejos de las miradas críticas de los hombres de mi padre.
Penny me recibió como solo ella sabía hacerlo: con la música a todo volumen y una fila de chupitos de tequila descansando sobre la encimera.
Al principio mi instinto de supervivencia se activó recordándome que debía cuidarme, pero callé esa vocecita molesta con un tono muy parecido a la de mi padre y dejé que el primer líquido abrasador bajara por mi garganta.
El fuego del alcohol fue el primer contacto cálido que sentí en días.
Cuatro chupitos más tarde, el mundo había adquirido un matiz mucho más tolerable.
Bajamos del Uber frente a una estructura que solo podía describirse como un monumento al exceso.
Era una mansión blanca y colosal que hería la vista bajo los focos exteriores, un mausoleo de lujo incrustado en el corazón de un barrio privado.
Incluso para mí, acostumbrada a la opulencia de los Salvatore que ocupaba casi una manzana entera, este lugar se sentía vulgarmente grande.
Estaba rodeado por rejas negras que parecían lanzas apuntando al cielo y un jardín tan perfecto que resultaba artificial. Esculturas de ángeles con rostros inexpresivos custodiaban una fuente de mármol en la entrada. No me gustaba el diseño; era demasiado pretencioso, demasiado expuesto.
Parecía una casa de la mafia.
Tragué saliva.
—Penny... —La llamé mientras la pelirroja nos guiaba dentro del lugar, esquivando los cuerpos sudorosos que no dejaban de moverse al ritmo de la música. Solo se detuvo cuando llegamos a un espacio libre entre una escalera y un amplio pasillo—. ¿De quién es esta casa? ¿Y quién organiza la fiesta?
—Oh, ¿no te lo dije? —negué—. Luc, mi compañero de la universidad. Lo recuerdas ¿cierto?
Tragué saliva mientras asentía intentando disimular mi reacción.
No tenía nada concreto contra Luc, pero mi instinto, me lanzaba advertencias silenciosas.
Había algo en la excesiva confianza con la que se movía en mi órbita que me daba mala espina.
Desde la noche del intruso en mi casa, Luc se había convertido en un satélite constante: aparecía en cada pasillo, me escoltaba a cada clase y buscaba cualquier excusa para romper mi espacio personal.
Incluso me había invitado al cine, una oferta tan mundana que en mi mundo resultaba sospechosa.
—No te gusta Luc —sentenció Penny, leyéndome el pensamiento con la facilidad de quien ha compartido mil secretos—. Ya sé que no es un espécimen oscuro y guapo como Max, pero es guapo, tiene dinero y está desesperado por ti.
—¿Tú crees? —arqueé una ceja, dejando que el tequila nublara un poco mi cinismo.
—¿Acaso eres ciega, Maddox? Te mira como si fueras el último trago de agua en el desierto.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras.
En mi realidad, la amabilidad era una transacción.
Si alguien se acercaba a mí, solía ser para obtener el favor del Don o para usarme como moneda de cambio en una venganza.
La idea de que yo pudiera gustarle a alguien simplemente por ser yo, sin el peso de mi apellido, era un concepto que no terminaba de encajar en mi cabeza.
—Jesús, Maddox, eres una tonta —Penny me dio un empujón juguetón, soltando una carcajada—. Anda, vamos a bailar. Quizás tengas suerte, te lleve a su habitación y te haga olvidar al idiota que no te llama.
Sentí el calor subir por mi cuello, agradeciendo que las luces estroboscópicas ocultaran mi sonrojo.
—No haré eso, Penny. Por Dios —murmuré, aunque una parte rebelde de mí, alimentada por el alcohol, se preguntó qué se sentiría ser así de imprudente.
—La noche aún es joven, Maddie.
Me guiñó un ojo y me arrastró hacia el epicentro de la pista.
Bailamos durante lo que pareció una eternidad.
Por primera vez en mucho tiempo, Penny no se fue a cazar a algún desconocido; se quedó conmigo, moviéndose con una libertad que envidié.
Yo me dejé llevar, cerrando los ojos y permitiendo que el bajo de la música retumbara en mis huesos.
Por un instante, el viaje a Nueva York, los negocios de Draghi y la sombra de Máximo Hardaway desaparecieron. Me sentí ligera. Me sentí normal.
Hasta que alguien chocó contra mí.
Un cuerpo duro me golpeó por la espalda y, un segundo después, sentí el impacto gélido de un líquido derramándose sobre mi vestido color borgoña. La seda fina se volvió una segunda piel, pegándose a mis pechos y a mi vientre.
—¡Mierda! —Maldije entre dientes, sintiendo cómo el frío cortaba mi embriaguez de golpe.
Me giré, lista para soltar una respuesta cortante digna de mi linaje, pero me encontré con la mirada aterrada de Luc. Tenía los ojos como platos y sostenía un vaso vacío como si fuera el arma de un crimen.
—¡Maddox! Lo siento muchísimo. De verdad, no te vi... hay demasiada gente y alguien me empujó —su voz temblaba de una forma casi cómica—. ¡Por Dios, mírate! Lo siento tanto, te he arruinado el vestido.
La furia que había empezado a burbujear en mi pecho se disipó al ver lo genuinamente asustado que estaba.
—Está bien, Luc. Solo es una mancha —dije, aunque el vestido estaba arruinado y se pegaba a mi cuerpo de forma reveladora.
—No, no puedes quedarte así. Se va a notar todo cuando se seque —se inclinó hacia mi oído, su aliento oliendo a ginebra cara—. Sube a mi habitación. Te prestaré algo. Tengo una sudadera limpia que te quedará genial.
La Maddox racional se habría negado ante la propuesta, quizás se habría pedido un Uber y regresaría a su casa.
Pero no era la Maddox racional la que estaba de guardia esta noche.
—Está bien —dije—. Guíame.
Subimos las escaleras, dejando atrás el ruido ensordecedor. Su habitación era tan extravagante como el resto de la casa: detalles en oro, plata y una cama de roble que parecía un altar. Luc buscó en su armario y me tendió una sudadera blanca.
—Gracias —murmuré tragando saliva—. Yo... prometo que regresará a tu armario.
Luc se acercó un paso y me dedicó una sonrisa atractiva. Un hormigueo extraño recorrió mi piel al ver que no parecía dispuesto a irse.
—Está bien, puedes quedártela —me guiña un ojo—. Después de todo, ya ni me queda.
Sonrío con los labios presionados.
¿No esperará que me desvista frente a él?
—Yo... ¿Dejas que me cambie?
Abre los ojos con sorpresa al darse cuenta.
—Mierda, sí. Lo siento —hace una seña hacia un lado—. Hay un baño allí por si necesitas usarlo. Me quedaré fuera para que te cambies —dijo con una sonrisa suave—. Tómate tu tiempo.
Cuando cerró la puerta, solté un suspiro de alivio. La calma del lugar me permitió procesar la situación. Luc era amable, sí. Pero no sentía absolutamente nada por él. Ni un escalofrío, ni una chispa. Era solo un chico rico jugando a ser anfitrión.
Me llevé las manos al dobladillo del vestido, lista para quitármelo y terminar con esto cuanto antes para volver con Penny, cuando la puerta se abrió de golpe.
Ahogué un grito, cubriéndome el pecho con la sudadera.
Allí, bajo el marco de la puerta, estaba Max.