CAPITULO 21
maddox
c uando los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana abrí los ojos más por obligación que porque en serio quisiera encontrarme con el lado derecho de la cama vacío. Tragué saliva al notar la ausencia de Max y millones de escenarios posibles se abrieron paso en mi mente.
Siento el nudo de la ansiedad apretar mi garganta. En mi mundo, que un hombre se vaya sin decir nada no significa que haya ido a por café; significa que se ha arrepentido o que lo han matado. Y no sabía qué opción me aterraba más.
Me puse en pie, mis dedos rozando el suelo de madera fría.
El piso de Max era un reflejo de su mente: un desorden caótico pero a la vez calculado.
A diferencia de la pulcritud clínica y casi psicótica de su hermano Matthew, el espacio de Max era crudo, oscuro y desordenado. Pero lo más importante, era real.
Como si en este rincón de Chicago pudiera permitirse dejar de ser el soldado perfecto para ser él mismo, o lo que sea que ocultaba bajo la piel.
Me acerqué hasta una pequeña biblioteca de libros y acaricié los diferentes lomos con la punta de mis dedos, esperando que en cualquier momento la puerta se abriera y él apareciera, pero nada.
Había pasado media hora y no tenía noticias suyas, bien podría haber sido reclutado por mi padre o Matthew para alguna reunión, pero estaba cien por ciento segura de que estas no se realizaban a plena luz del día y, de haber alguna emergencia, me habría enterado.
Constaté mi móvil y tampoco había un mensaje de él, solo de Penny pidiendo desesperaba que le dijera a donde había ido a mitad de la noche y porqué debía sostener mi mentira frente a mi padre.
Era arriesgado encender mi móvil por el rastreador pero necesitaba verificar todo.
Tragué saliva. Si mi padre o Matthew se enteraran de lo que había ocurrido anoche estaría en graves problemas, pero en peor posición estaría Max.
Quizás por eso no estaba en su piso, porque había pensado con la mente fría y al darse cuenta que lo de anoche había sido un completo error, fue consciente del problema que sería para él.
En su lugar, yo también reaccionaría así; lo quisiera o no, al final del día estar conmigo era un problema, no por mí, sino por mi vida.
Apreté los puños. Anoche, la rabia me había impulsado hasta su puerta.
Estaba harta de su juego del gato y el ratón, de esa máscara de indiferencia que se ponía cada vez que estábamos en público.
Yo sabía lo que le provocaba. Lo sentía en la forma en que su mirada me desnudaba en los pasillos de la universidad, lo supe cuando alguien se metió en la mansión y tuve que curar su herida, me di cuenta en la forma en que me miró.
Por Dios, lo había sentido cuando nos besamos en el club.
¿Por qué debía comportarse como un imbécil?
Escuché el clic de la cerradura. Mi corazón martilleó contra mis costillas y me odié un poco por eso. No puedo tener debilidades, era algo que siempre decía Levi. Y estaba allí, temblando por un subordinado.
Me giré y lo encontré de pie frente a mí, sosteniendo una bandeja con dos cafés y una pequeña bolsa de una cafetería que reconocí al venir la noche anterior.
Lleva vaqueros negros y camiseta a juego, tiene el pelo desprolijo, ligeramente despeinado y a esa distancia divisé que estaba un poco húmedo por la ducha de la mañana.
—¿Ya te ibas? —Su voz era una lija de terciopelo, ronca por el sueño y algo más.
No supe qué decir. Mi armadura se desmoronó a sus pies. Él arqueó una ceja, dejando el desayuno en la encimera de mármol con una suficiencia que me irritó.
—Por tu cara, juraría que pensabas que te había abandonado —soltó con una media sonrisa oscura.
Me acerqué a él, manteniendo la distancia de seguridad que mi instinto me exigía.
—Quizás —susurré.
—¿Y cómo piensas irte si te dejé encerrada? —Se giró, cruzando los brazos sobre su pecho macizo. La camiseta negra se tensó contra sus bíceps tatuados.
—Asumí que me habrías dejado una llave de repuesto —mentí, tratando de recuperar mi dignidad—. Para asegurarte de que no estuviera aquí al regresar.
—¿Con una nota que dice «hasta luego»? —bromeó.
—O quizás con un «hasta nunca».
Dejó escapar una risa baja, divertida. Pero un segundo después toda su diversión fue reemplaza por su mirada hostil y calculadora.
—De verdad lo crees —dijo serio. No fue una pregunta, fue un hecho. Y no podía mentirle, no supe por qué, pero, aunque lo intente no podía pronunciar la mentira, así que me encogí de hombros y alzó una ceja—. ¿Eso es lo que crees que soy, Maddox?
¿Alguien podría culparme? Solo soy una víctima de su juego estúpido, ¿por qué estaría mal que creyera que no quiere volver a verme si se la pasó demostrando exactamente eso? Así que sí, eso creo que es, pero no le dije eso. En su lugar, lancé una evasiva.
—No lo sé. No te conozco —respondí, aunque cada fibra de mi ser gritaba que lo conocía más que a nadie.
Tenía un maldito expediente con su nombre.
Pero, aun así, sentía que me faltaba mucho por saber de él.
Y, aunque todo en mi gritara que estaba mal, que sería peligroso adentrarme en su vida y sus secretos, de repente era lo único que quería hacer: conocerlo a fondo.
Cada detalle. Cada fragmento y cicatriz de él.
Conocer su oscuridad y saber si combinaba con la mía.
Él se lamió el labio inferior y su mirada cambió. El hambre volvió a aparecer en sus ojos, como una negrura absoluta que me atrapó.
—Sigues repitiendo eso —murmuró, dando un paso hacia mí—. No deberías mirar así a un hombre que no conoces.
Crucé las piernas, el roce de mi propia piel provocó un incendio.
—¿Así cómo? —lo desafié.
Max caminó hacia mi con una lentitud tortuosa.
Era una serpiente deslizándose con gracia hacia su víctima.
Se movió con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.
Me acorraló contra la mesa del comedor, apoyando las manos a ambos lados de mis caderas. Su calor me golpeó como una ola.
Todo lo que acababa de considerar: lo mal que estaba esto, lo peligroso que podía ser para ambos, se desvaneció en un segundo cuando lo tuve a centímetros de distancia y solo pensé en entregarme a él.
—Te encanta —gruñó, acercándose tanto que su aliento rozó mi oreja—. Provocarme. Jugar con fuego hasta que te quemas.
—Se podría decir lo mismo de ti, Máximo.
Sentí su sonrisa en mi oreja y mi pulso se disparó. Mi respiración se volvió errática.
—Salí a por el desayuno mientras dormías plácidamente.
Alejarme de aquella cama esta mañana fue una tortura—continuó, su nariz rozando mi cuello, enviando descargas eléctricas a mi columna—.
Y tú crees que me he ido. ¿Después de lo de anoche?
¿Después de cómo gritaste mi nombre? No voy a dejarte ir tan fácilmente, princesa.
Ya te probé y ahora soy un maldito adicto.
No debería creerle. Todos saben que las mentiras más dulces son las que se escuchan así: pasionales, cargadas de deseo y secretos, son al fin y al cabo, mentiras.
Pero no pude controlar a mi corazón que se saltó un latido en cuanto sus palabras abandonaron sus labios: Ya te probé y ahora soy un maldito adicto .
Su mano subió por mi muslo, lenta, tortuosa, hasta que sus dedos tocaron la tela de mi ropa interior. Gemí, mi cabeza cayendo hacia atrás por voluntad propia.
—Esto es lo que te hace un desconocido, ¿eh? —Su voz era pura posesión—. Dime, Maddox, ¿te pones así de húmeda por cualquiera que no conozca tu nombre?
Sus dedos revoloteaban sobre el borde de mi braga y yo debería concentrarme, alejarlo de mí, recordar que todo esto era peligroso pero no podía, mis defensas flaqueaban cuando sentía su presencia junto a mí, su piel rozando mi ropa interior, su lengua acariciando mi mentón y su mano tomar mi muslo con posesión.
—Dilo —exigió, su tono volviéndose demandante, oscuro—. Di que no me conoces. Te reto.
Lo miré a los ojos.
Este era su juego: someter a la hija del Don.
Doblegar a la hija del hombre que podría asesinarlo sin piedad.
Hacer suya el arma más letal de la mafia Draghi .
Y debería resistirme, debería recordar que no soy un maldito peón, pero el juego al que nos adentrábamos me gustaba demasiado para controlarme.
Él quería mi rendición, pero yo era una Salvatore.
Y a los Salvatore nos gusta el peligro.
—No te conozco —susurré entre jadeos.
Su sonrisa fue depredadora. Se alejó unos centímetros sin dejar de verme, su mano en mi cuello subió hasta acariciar mis labios, extraje la lengua y el sonrió cuando acaricié la yema de su dedo.
Dejó caer su mano por mi mentón, bajó a mi cuello otra vez pero no se detuvo, continuó su camino hasta rodear uno de mis pechos y se mordió el labio inferior al notar mi pezón duro traspasar la tela.
Podía intentar fingir que nada me ocurría cuando lo tenía así pero era inútil, él sentía mi cuerpo y mis reacciones como si las reconociera.
Sentí la ausencia de su mano en mi pecho para pasar a mi muslo, me acariciaba con ambas manos las piernas de forma tortuosa y lenta.
Era increíble que con solo tocarme ya estuviera completamente húmeda y él lo sabía.
Antes de poder decir algo, se arrodilló frente a mí, separando mis piernas con una fuerza que me hizo vibrar.
Se había terminado la dulzura.
—Entonces deja que te enseñe lo bien que la pasas con un desconocido.
Su dedo índice se enganchó en la tela de mi braga y de un tirón se deshizo de ella, la bajó por mis piernas con rapidez y el aire del ambiente rozó mi zona sensible que ya estaba lista para recibirlo.
Lo siguiente que sentí fue su lengua abrirse paso en mi interior, separando mis labios. La delicadeza y lentitud de la noche anterior se había desvanecido, ahora Máximo era un hombre sin ningún tipo de autocontrol.
Gemí, un sonido roto que no reconocí como propio, mientras mis dedos se hundían en su cabello húmedo, alternando entre querer alejarlo y querer fundirme contra él.
Su lengua era salvaje, chupaba mis labios succionando con fuerza antes de adentrarse otra vez, lo siguiente que sentí fue su dedo acariciar con suavidad mi clítoris y no pude evitar gritar su nombre.
—Nena, podría desayunarte todos los días —murmuró alejándose. Sus dedos tomaron el lugar de su lengua y gemí cuando los sentí embestirme con fuerza —. Podría pasarme el resto del día escuchándote gemir y suplicar...
—Máximo...
—¿Qué? —Preguntó con voz ronca— ¿Qué necesita la princesa?
—no respondí, no podía hacerlo aunque quisiera.
Mi mente era un caos de destellos blancos y sensaciones que desconocía hasta el momento.
Extrajo sus dedos y, aunque no podía verlos, escuché como los saboreaba con placer.
Siento mis mejillas incendiarse por la vergüenza—.
Eres una delicia... ¿Quien lo diría? No me soportabas y ahora estás suplicando —su voz bajó una octava, volviéndose un gruñido posesivo—.
¿Dónde está la heredera de los Draghi ahora?
¿Dónde está el arma letal de Levi Salvatore?
No esperó respuesta. Metió dos dedos en mi interior con un empuje firme que me dejó sin aire. El contraste de su aspereza con mi humedad me hizo ver estrellas. Comenzó a moverse con un ritmo despiadado, un bombeo que no buscaba ser gentil, sino absoluto.
—Vamos, nena. Córrete para mí —demandó, su pulgar presionando mi clítoris con una cadencia que me estaba volviendo loca—. Quiero sentir cómo te deshaces. Quiero saber que he sido yo quien te ha arruinado para cualquier otro hombre.
El placer era una marea negra que subía por mis piernas, nublando mi juicio.
Sentía la vibración de sus palabras contra mis muslos mientras volvía a usar su lengua, coordinándola con el movimiento de sus dedos.
Era una sobrecarga sensorial. Mis sentidos se centraron en el roce de sus tatuajes contra mi piel, el olor a café y tabaco que lo rodeaba, y la forma en que sus manos me sujetaban como si fuera su posesión más valiosa y, a la vez, su secreto más peligroso.
Estaba al borde del precipicio. Mi cuerpo se tensó, mis uñas se enterraron en sus hombros y el mundo se redujo a ese rincón de la cocina y al hombre que me estaba destrozando con una devoción oscura.
El orgasmo me golpeó de forma violenta y cruda.
Mi cuerpo se sacudió bajo sus manos, mis músculos apretándose alrededor de sus dedos mientras él se aseguraba de que sintiera cada segundo de mi rendición.
En ese momento, no era una Salvatore, no era una heredera, ni un arma.
Solo era una chica rota y reconstruida por el tacto de un soldado que sabía perfectamente que, después de esto, ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.
Sentí la ausencia de sus dedos y gemí, abrí los ojos y Max estaba frente a mi con una sonrisa y saboreando los restos de mi de sus dedos. Mierda. Me moría de vergüenza y cubrí mi rostro con mis manos, escucho una risa ronca que me hace temblar.
—¿Qué haces? —Pregunto, completamente desconcertada, cuando de pronto me alza separándome de la mesa como si no pesara nada.
Ni siquiera me da tiempo a protestar. Comienza a caminar por su departamento conmigo en brazos.
—Debe darse una ducha, señorita Salvatore —responde con voz grave que suena a sentencia.
—Máximo... —Murmuro, escondiendo mi rostro contra su cuello.
—Si piensas que te dejaré salir de aquí oliendo a sexo —continúa con absoluta tranquilidad—, estás muy equivocada.
—Dios, deja de hablar así —me quejo cubriéndome la cara con ambas manos—. Harás que muera de vergüenza.
El se ríe. Y el sonido vibra en su pecho, justo debajo de mi mejilla.
—No deberías —dice cuando entramos al baño. Me deja con cuidado en el piso frío, pero no se aparta—. La vergüenza no te queda bien.
Acuna mi rostro entre sus manos, como si sostuviera algo delicado. Sus ojos oscuros no están llenos de peligro sino de algo peor... de ternura.
Me da un beso breve, lento. No urgente y mucho menos salvaje. Como si estuviera marcando territorio, pero con suavidad.
—No puedo dejar que salgas así —murmura contra mis labios—. Serías un peligro público.
—¿Para quién? —Pregunto, alzando una ceja.
—Para cualquier idiota que crea que puede mirarte más de dos segundos.
Ruedo los ojos.
—Estás exagerando.
—No. Estoy conteniendo impulsos homicidas —responde con total seriedad, aunque sus dedos dibujan círculos distraídos sobre mi cintura—. Y créeme, me está costando.
No puedo evitar reír.
Él se aleja para abrir el grifo de la ducha y el baño comienza a llenarse de vapor, vuelvo a sentirlo cerca, clava sus dedos en mi cintura y me atrae hasta que nuestros pechos se pegan por completo.
—Eres ridículo —susurro divertida.
—Soy precavido —corrige—. Y un tanto posesivo.