Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 20
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CAPITULO 20

maximo

h abía mirado ese mensaje y los dos tildes azules que se burlaban de mí tantas veces que el número treinta me parecía una cifra conservadora.

Patético. Esa era la palabra para describirme.

Soy un hombre entrenado para el caos, para la frialdad y para ejecutar planes que harían temblar a la mayoría. Pero Maddox Salvatore había logrado algo que nadie antes hizo: convertirme en un adicto que espera su dosis frente a una pantalla brillante.

Negar que la deseaba era como negar que el sol quema; era una verdad absoluta, dolorosa y potencialmente letal. De la misma forma que estaba siendo un imbécil al esperar que vuelva a escribir luego de cómo la traté.

¿Cuándo había comenzado esta obsesión que me desgarra por dentro?

¿Exactamente cuándo había empezado a mirarla de otra forma? ¿Cuándo había decidido transformarla en mi presa que no quería dejar jamás?

Sentía que nada tenía sentido, la forma en la que no la soportaba antes y ahora como todo había cambiado, incluyendo que había empezado a sentir empatía por la condena de llevar su apellido, ¿cómo había pasado esto en tan poco tiempo? Y al mismo tiempo, todo tenía sentido.

Ella no era una chica cualquiera. No era un cuerpo más en una fiesta.

Era la heredera de un imperio de sangre, la futura reina de Chicago.

Jugar con ella no era un pasatiempo; era un suicidio asistido.

Y aun así, después de haber probado el veneno de sus labios, la sobriedad me resultaba insoportable.

Pero me obligué a recobrar el control. No se juega al gato y al ratón con alguien así, a menos, claro, de que busque la muerte.

Pasé la semana evitándola, viendo cómo ese idiota de Luc se acercaba a ella en la universidad.

Cada vez que lo veía sonreírle, sentía un impulso primitivo de arrancarle la tráquea con los dientes.

Pero me mantuve al margen, lamiendo mis heridas, literalmente.

Me arranqué los puntos yo mismo, frente al espejo, disfrutando del dolor porque era lo único que me recordaba que aún tenía algo de autocontrol.

Ahora estaba recostado en mi cama con la vista fija en el techo, dos golpes en la puerta de forma insistente me hicieron maldecir por lo bajo pero no me moví. Lo más probable era que se trate de Jace molestando para ir al club y no estaba de ánimos para ver a nadie.

Cerré los ojos intentando dormir pero los golpes continuaron de forma insistente otra vez.

—Mierda —maldije mientras abandonaba mi cama y caminaba a la puerta—. Te juro que si sigues molestando...

Me quedo sin hablar al ver a Maddox del otro lado de la puerta. Abro ampliamente los ojos.

—Por Dios, pareces un muerto viviente —dice con una mueca de asco.

—¿Qué...?

Maddox entró en mi espacio sin pedir permiso, como si fuera la dueña del aire que respiro. Llevaba una polera roja gruesa y un short negro que dejaba al descubierto sus piernas esbeltas y tonificadas.

Tragué saliva.

—¿Qué demonios haces aquí, Maddox? —Mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.

—Vengo a comprobar que no te has muerto de una infección. Te ves del asco, por cierto.

—Si has venido a insultarme, la puerta sigue abierta.

—He venido a esto —dejó una bolsa con lo que supuse eran antibióticos sobre la mesada de mármol—. Por lo que veo respiras, así que no hubo infección. Pero te ves demasiado pálido...

—Si esa es tu forma de decir que me veo atractivo…

—Para nada. Te ves repulsivo.

Parpadeé varias veces.

—De acuerdo —suspiré—. Ya comprobaste que aún respiro ahora podrías irte…

—No.

Dejó caer su cadera sobre el borde de la mesada y se cruzó de brazos con una ceja alzada, dejé que la puerta se cierre y me enfrenté a ella. Me acerqué despacio y el aroma de su perfume a cerezas y vainilla se coló por mis fosas nasales provocando que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo.

Me obligué a tragar saliva y mantener mi fachada de tipo indiferente pero sabía que estaba a punto desmoronarse si la rubia continuaba viendome de esa manera.

—No has venido solo por eso, princesa —siseé, acorralándola contra la mesada.

Ella no retrocedió. Al contrario, me sostuvo la mirada con una ferocidad que me hizo endurecer al instante.

—Tienes razón —su sonrisa fue un tajo de luz en la penumbra—. He venido porque tengo preguntas.

Alcé una ceja divertido.

—¿Tienes preguntas?

—¿Qué hacías en mi casa el sábado, Máximo?

Arrugué la frente confundido.

—Sabes muy bien qué hacía ahí...

—Mi padre no te llamó —me interrumpió y algo frío recorrió mi espalda—. Tu hermano tampoco, claro está.

—Maddox…

—Me estás ocultando algo.

No era una pregunta. Y vaya que tenía razón.

—Así que si no quieres que piense cosas que no son, más te vale ser honesto.

¿La Maddox que más me prendía? Lo que se veía exactamente así: desafiante, sin intimidar y con voz dominante.

Alcé una ceja e incliné mi espalda y mis brazos hacia atrás. Sin apartar mis ojos de ella, el ambiente se tornó tenso de repente.

—Dime qué piensas —murmuré.

—Tengo muchas teorías —sonrío sin poder creerle—. Una de ellas es que sabías que alguien iría a mi casa.

—Mmh —digo con ironía—. ¿Y cómo lo sabría, princesa? Ya que eres tan inteligente...

Maddox se acercó un paso y retrocedí.

—Porque escondes muchos secretos. Quizás uno de ellos es que no eres leal a Draghi y juegas para otro bando.

Ahora sí la miré como si hubiera hablado en otro idioma, sin poder creer lo que estaba diciendo y sin dar crédito a su estúpida teoría.

—No puedes creer eso en serio —negué y ella se encogió de hombros. Continúa acercándose pero yo mantengo la distancia—. Maddox, ¿de verdad puedes pensar esa estupidez?

—¿Es tan descabellado? —Susurró—. He notado que guardas muchos secretos...

Separo los labios para hablar pero antes de poder hacer algo mis piernas chocan con mi cama y caigo al colchón. Trago saliva. El problema de vivir en un apartamento de estudio se resume en que todo es un espacio completo sin divisiones.

Se inclina hacia mí con actitud desafiante pero este es un juego que podemos jugar ambos así que la atraigo hacia mí con un movimiento brusco tomando su muñeca, haciendo que cayera a horcajadas sobre mi regazo. Su jadeo de sorpresa fue música para mis oídos.

—¿Crees que pondría tu vida en peligro? —Le susurré al oído, mientras mi mano libre apretaba su nuca—. ¿Crees que fui a esa casa por Levi?

—No lo sé. No te conozco —respondió ella, claramente afectada.

Estaba completamente duro. Y ella lo sentía. Sabía que podía sentir mi erección palpitando por encima de la tela de nuestra ropa pero no hizo nada para alejarse. Bien. No la dejaría alejarse tampoco.

—Me conoces lo suficiente para saber que sería incapaz de ponerte en peligro, de dañarte —digo entre dientes, con dureza.

Sin poder creer del todo mis palabras pero sé que son ciertas, aunque no tenga idea en qué momento todo se me fue de las manos—.

¿Quieres saber por qué fui? Porque no puedo dormir sin pensar en cómo te sentías bajo mi cuerpo en ese club.

Porque me hierve la sangre imaginar que alguien más te toque.

Porque cada vez que te veo, lo único que quiero es follarte hasta que olvides tu propio nombre.

Sus ojos esmeralda estaban dilatados, nublados por el mismo deseo oscuro que me estaba consumiendo.

—No juegues conmigo —pidió, su voz quebrada.

—¿De verdad crees que juego contigo?

Nuestros alientos se mezclaban a esa distancia, era imposible saber dónde empezaba uno y donde terminaba el otro. Su piel caliente traspasaba la tela de mis vaqueros y mi ingle se endurecía cada vez más.

—Cada vez que entro a una habitación y estás allí mi polla se pone tan dura que sé que podría explotar ahí mismo —la veo tragar saliva—. ¿Sabes cuantas veces he fantaseado con tenerte otra vez como en aquel club?

—Basta...

—¿Quieres que te cuente todas las veces que me masturbé pensando en ti? —Susurro a centímetros de sus labios—. Imaginándome lo buena que serías tomando cada centímetro...

—Si eso es cierto —dice con voz ronca—. ¿Por qué te comportas como un imbécil?

—Porque sé que soy hombre muerto en cuanto te tenga, Maddox.

La veo cerrar los ojos y negar.

—Entonces deja de molestarme...

—No quiero —confieso—. No puedo hacerlo, princesa.

—No soy un maldito peón en tu tablero.

Sonrío con malicia.

—No, no lo eres —paso mi lengua por mi labio inferior y ella sigue mi movimiento—. Eres la maldita reina del tablero.

Noto como su corazón se salta un par de latidos y sus ojos se abren un poco más al escuchar mis palabras.

Despacio suelto sus muñecas y llevo mis manos hasta su cintura, recorro con lentitud la piel desnuda de sus muslos hasta llegar a su ropa. Presiono con fuerza su cintura, hasta que sé que me siente por completo.

—¿Te parece que esto es un juego? —La presiono contra mí con una fuerza que nos hace gemir a ambos.

Ya no había vuelta atrás. Ya no era Max el soldati , era Max el animal.

Quien estaba dispuesto a jugar con la mismísima reina del maldito tablero.

—Responde, Maddox —susurro acercándome a su mentón, paso la lengua por su piel dejando una estela de calor y noto su pecho subir y bajar con fuerza—. Hace un momento tenías mucho que decir.

—Máximo…

—¿Aun crees que juego contigo? —bajo por su cuello y dejo un rastro de saliva que le eriza la piel mientras bajo con mis manos hasta sus piernas desnudas—.

¿Aun piensas que podría ponerte en peligro?

—llego al borde de su pantalón, su piel es suave, cálida, sé que será mi maldita perdición—.

¿Dudas que pueda asesinar a todo aquel que te ponga una mano encima?

Estaba mal. Estaba cruzando todos los límites del pecado pero este tenía el apellido del diablo y no me importaba, tampoco me importara que supiera lo obsesionado que estaba.

Después de todo, esa era la verdad. Me había obsesionado con la hija del jefe y solo quería hacerla mía hasta que de ella no quedara nada.

Me recosté en la cama, llevándola conmigo. El piso estaba en sombras, solo iluminado por la luz de la ciudad filtrándose por el ventanal, pero no necesitaba ver para saber que ella era la criatura más hermosa que jamás profanaría mi cama.