CAPITULO 17
maddox
M is manos temblaban, pero mi puntería no había fallado. Al menos las prácticas de tiro sí dieron sus frutos, aunque Levi estaría quejándose y diciendo que por qué no le disparé directo a su cabeza y yo respondería que no tengo ningún interés en matar gente.
O eso creo.
El disparo fue directo al hombro derecho del atacante, provocando que debilitara su agarre sobre Max y este le diera una patada que lo echara hacia un lado.
Momento que aproveché para acercarme a él y socorrerlo, tenía que saber si su sangre provenía del disparo que escuché y que tan grave era la herida.
—¿Estás bien? —su voz salió estrangulada.
Estaba agitado y con los ojos desorbitados, observando cada rincón de mi cuerpo buscando una herida o lo que le indique que me encontraba en una pieza. Lo miré extrañada.
—Claro que lo estoy, eres tú quien recibió un disparo —me arrodillé junto a él y tomé su rostro entre mis manos, por primera vez no sentí como se tensaba sino todo lo contrario, se relajaba ante mi tacto y sus ojos marrones parecían un líquido ámbar brillante.
Quizás era la adrenalina, pero en lo único que podía pensar era en acariciarlo un poco más— ¿Estás bien? —murmuré.
Asintió con un lento movimiento, sin apartar sus ojos de los míos, pero antes de poder hablar un ruido llamó nuestra atención.
Max se apresuró a tomar mi pistola y apuntar, pero quien haya sido lo suficientemente idiota para meterse en mi casa ya se estaba alejando, pensé que de todas formas intentaría dispararle, ya que estaba corriendo con dificultad, pero se limitó a dejar el arma en el piso y volver a centrar su atención hacia mí.
—Tu brazo… —dije observando su herida.
—Estoy bien, no importa ¿segura que tú estás bien? Porque podemos ir al hospital de ser necesario…
—¡Max! —lo interrumpí—. Eres tú el que tiene un disparo, deberíamos ir al hospital por ti.
—No es necesario —dijo en un murmullo.
—Claro que sí…
Negó.
—Lo único que me importa es que tú estés bien —su voz era baja, áspera y profunda, la única vez que lo escuché hablar así fue cuando nos besamos.
También fue la única vez que tuve toda su atención sobre mí, como ahora. Tragué saliva y aparté la vista.
El ventanal que daba al frente estaba destruido, trozos de cristal se esparcen por todo el piso, estaba claro que se aprovecharon de la falta de electricidad y de alarmas para entrar por allí.
Maldije en voz baja y me tensé cuando sentí los dedos de Max sobre mi mejilla, volví a verlo y dejé que sus ojos se sumerjan en los míos.
—Te prometo que no se quedará así, averiguaré quien fue el idiota que se atrevió a entrar y haré que se arrepienta.
La forma en que lo dijo, sumado a su semblante serio y enojado, hizo que mi corazón diera un vuelco. Hasta que recordé que no lo haría por mí, sino porque soy la hija del jefe y este era su trabajo, por eso él estaba aquí. No por mí.
Por mi padre.
Sostuve su brazo para apartarlo de mí y noté como mis dedos se empapaban de algo espeso y caliente, mi corazón comenzó a palpitar con fuerza ante el horror.
—Por Dios, estás perdiendo mucha sangre.
—No es nada…
—Max, debemos ir a un hospital.
—No —zanjó.
Presioné los labios en una fina línea hasta que terminé por aceptar.
—De acuerdo, vamos a mi habitación.
Un lado de su boca se extendió hacia arriba en una sonrisa traviesa.
—Diablos, Maddox, primero invítame a cenar.
—No seas idiota —mascullé mientras abandonaba el piso y ponía distancia entre ambos—. Tengo un kit de primeros auxilios, sé cómo curarte.
—Estoy muy seguro de que sabes cómo —murmuró con tono perverso y rodé los ojos sin prestarle atención.
Intenté tomar su brazo para guiarlo, pero me lanzó una mirada que me daba a entender que ahora él no era una damisela en apuros.
Contuve una sonrisa y caminé escaleras arriba hacia mi habitación, escuché sus pasos tras de mí, si la bala fue una herida superficial no debería perder tanta sangre, sin embargo, algo me decía que me mentía, pareció entrar en pánico cuando mencioné lo del hospital.
Lo miré de reojo y noté su tez pálida, por lo general llevaba un tono de piel más bronceado que el mío, pero estaba claro que la herida no era nada simple.
Máximo se sentó en el borde de la bañera mientras yo buscaba todo lo necesario para desinfectar su herida y cerrarla.
Sus ojos seguían cada uno de mis movimientos, en esa posición su cabeza me llegaba al pecho y debía alzar la vista para verme, la electricidad aún no había vuelto pero la pequeña ventana del techo daba paso libre a la luz de la luna. No sabía qué hora era, pero estaba lejos de amanecer.
Acerqué mis dedos temblorosos a su camiseta negra y Max alzó una ceja con diversión.
—¿Ahora me desnudas?
—Eres insufrible —murmuré. Antes de dejar que hiciera un movimiento brusco tomé unas tijeras y le hice un enorme tajo en el medio, sus ojos brillaban de diversión y su sonrisa se tornó más perversa—. Si me sigues mirando así Max…
—¿Qué? ¿Qué harás? —murmuró.
—Te clavaré estas tijeras en la entrepierna —su sonrisa se esfumó y le dediqué una mirada de angelito antes de apartar del todo los pedazos de tela negra—. Ya no te servirá.
—Creo que me disparó en la pierna, por si quieres romper mis pantalones también…
Dejó de hablar cuando coloqué el filo de la tijera sobre su garganta y alcé una ceja desafiante.
—¿Decías? —presioné un poco y vi como pasaba saliva con fuerza.
—Lo siento —dijo sin aliento.
Asentí.
Desinfecté la herida y la evalué, efectivamente no había ninguna bala, pero no fue solo un roce, fue un poco más profunda por lo que si no era tratada como debía podía empeorar.
—Max, creo que deberías ir a un hospital…
—No, confío en ti.
—Pero…
—Ni de coña iré a un hospital, Maddox.
Exhalé todo el aire en mis pulmones mientras me armaba de valor y paciencia, comencé a cerrar la herida tal como una vez me enseñaron en mi clase de primeros auxilios, despacio y con precisión, ignorando los pequeños quejidos de Max.
—¿Qué tienen de malo? —pregunté en voz baja, con la vista fija en la pequeña aguja—. Los hospitales…
Noté cómo tensaba todo el cuerpo e inhalaba y exhalaba varias veces antes de hablar.
—Fue donde vi a mis padres por última vez —detuve la aguja a medio camino, pero reaccioné lo suficientemente rápido como para que él no notara mi sorpresa—.
Sabes que ellos murieron en un accidente, un conductor ebrio perdió el conocimiento y se estrelló contra su coche provocando que se salgan de la ruta —tomó aire y vi como la serpiente en su antebrazo se movía, se tensaba—.
No he vuelto a un hospital desde entonces, me recuerda sus últimos momentos.
Terminé de cerrar su herida mientras un nudo se formaba en mi garganta impidiendo que hable, aunque en realidad no sabría muy bien qué decir.
Jamás pensé que se abriría conmigo, quizás era un dato que le decía a todo el mundo, pero en este momento se sintió íntimo, revelador, bajó la vista como si le pesara la vergüenza.
Tomé un paño limpio y lo humedecí con desinfectante para pasarlo con suavidad por su herida.
—Lo siento —fue lo único que salió de mi boca y solo hizo que me sintiera como una idiota—. De hecho, no sé muy bien qué responder...
—Está bien —dice en voz baja—. No tienes que decir nada.
Trago saliva.
—Eran mejores amigos —susurro y Max asiente—. Milenka era increíble —sonrió por el recuerdo y el brillo en sus ojos se acentúa en algo que no sé descifrar.
—¿La recuerdas? —asiento—. Háblame de ella.
Sostengo su mirada.
—Era la mujer más bella del mundo —confieso—. Sus ojos… eran increíbles. Como dos gemas azules. Y estar junto a ella te hacía sentir…
—Seguro —acaba la frase por mi—. No sabía que la conocías… tanto.
—Pasaban mucho tiempo aquí, con mi padre. Jacob, principalmente —me encojo de hombros—. Pero Milenka venía de visita a veces, era una mujer tan dulce…
—Increíble que se haya enamorado de mi padre —murmura con una sonrisa.
Conocía su historia. Jacob era conocido en las calle de Chicago por ser un ladrón nato y meterse en peleas callejeras cuando tenía catorce años.
Así se conocieron con Levi, quien lo adoptó como su hermano y comenzaron a trabajar juntos, a la orden de Dante Salvatore. Mi abuelo y fundador de Draghi .
—Me recuerdas un poco a él —confieso.
—¿Era tan atractivo como yo? —se burla.
—No, era igual de impulsivo y cabezota.
Max pone los ojos en blanco pero su sonrisa divertida permanece allí y me resulta increíble ver que, por primera vez, no discutimos ni nos desafiamos, simplemente… hablamos. Como si fuéramos grandes amigos.
Pero no somos amigos, él es un soldati de mi padre. Él está aquí porque soy hija del Don.
Estoy a punto de alejarme para guardar todo lo que acabo de usar pero siento la punta de sus dedos acariciar de forma leve mis muslos desnudos y trago saliva.
Vuelvo la vista hacia él y lo encuentro con la cabeza ladeada hacia un lado y observando mi cara con sus ojos oscuros, noto que su piel sigue pálida pero ya no parece de un color enfermizo.
Eso me hace respirar un poco más tranquila.
Intento, aunque en vano, ignorar el cosquilleo que se extiende por mis piernas, desde el punto exacto en sus dedos acariciar la piel desnuda de mis muslos como si fuera algo normal, algo que hace todo el tiempo.
Me acaricia como si mi piel fuera un piano y él quisiera hacer música con cada tecla.
—Tu herida… —me aclaré la garganta—. Tu herida ya está cerrada, debería cicatrizar en una semana y si no lo hace bueno, deberías ver a un profesional, quizás te receten calmantes…
Lo vi sonreír divertido y arrugo la frente.
—¿Qué es tan chistoso?
—Tú —dijo con simpleza y su sonrisa se extendió—. Duermes con una pistola y sabes curar una herida de bala, eres toda una heredera de la mafia ¿verdad?
—Yo no lo diría así —mascullé.
Una arruga se formó en su frente.
—¿Por qué no? Fuiste muy valiente en salir de tu habitación estando sola, sin electricidad y casi desnuda —bromeó.
—Si claro, tan valiente que me paralicé en cuanto vi como te atacaban.
—Maddox, eso le podría pasar a cualquiera.
—No debería ocurrirme —confieso.