CAPITULO 16
maddox
M i corazón palpita con demasiada fuerza, como si intentara salir despedido de mi pecho. Lo siento en mi espalda, es como estar pegada a una pared. Sus músculos están tensos y son de granito puro. Una de sus manos cubre mi boca para evitar que grite y la otra está sobre mi cintura.
Sus dedos presionan con un poco de fuerza pero a la vez de forma ligera.
Trago saliva. Estoy segura de que es capaz de notar mi pulso acelerado y la forma en que mi piel se eriza por su toque.
Aunque eso puede deberse al frío, ya que solo llevo puesto un pijama de camiseta de tirantes y pequeños pantaloncillos.
—Estás no son horas de estar despierta, princesa.
Mi mente se encontraba demasiado afectada por cómo su voz se escuchaba caliente sobre mi oído o lo bien que encajaba su mano en mi cintura.
Por un momento olvidé que estaba en medio de una situación de vida o muerte y que quizás corría demasiado peligro, pero supongo que eso me pasaba cada vez que Máximo estaba cerca: su presencia invadía cada espacio y no había rincón que no estuviera corrompido por su ser.
Como lo que ocurrió en el club.
Intenté moverme, pero solo sirvió para que acercara su cuerpo más al mío, si había algún centímetro de distancia entre nosotros este desapareció, su pecho chocó con mi espalda y en ese momento permanecí quieta.
—Tu piel está erizada —el tono burlón no me pasó desaparecido.
Su mano perdió fuerza y el roce casi imperceptible de sus dedos sobre mi mentón me sobresaltó.
—Está helando aquí —dije entre dientes mientras su mano dejaba mi cara para pasar a mi cuello y permaneció allí, aunque sin ejercer presión, sentía su tacto sobre mi piel, su dedo presionando en el lugar exacto donde mi pulso se volvía loco.
—Ah, ¿sí? —murmuró cerca de mi oído. Me moví solo un poco y supe que fue una mala idea, era más consciente que nunca de que no llevaba mucha ropa encima y la tela de sus vaqueros creaba fricción en mi piel desnuda.
Noté como se acercaba un poco más a mi oído— ¿Es por eso que tus pezones están duros también?
Algo caliente se instaló en mi vientre bajo, pero fue reemplazado por una ira arrolladora al darme cuenta que siempre terminamos en esta posición: él intentando burlarse todo el tiempo de mí.
Puse toda mi fuerza de voluntad para ignorar el hecho de que algo húmedo se esparcía por el interior de mis muslos y recordar la situación en la que nos encontrábamos.
¿Tenía que comportarse como un maldito arrogante justo ahora?
—Si viniste a burlarte de mí, te recuerdo que es un mal momento —dije con voz queda y seca, cuidando el tono para que no puedan oírnos, pareció percibir mi molestia porque se apartó—.
Por si no te diste cuenta, alguien se metió en mi casa, —incliné mi cabeza hacia un lado para verlo de soslayo—, a menos que tú seas el intruso.
Sería una historia divertida para decirle a Levi, ¿no crees?
Pese a la oscuridad noté como ponía los ojos en blanco.
—No seas cínica, es una suerte que haya llegado a ti antes.
—No soy una damisela en apuro, Max —me giré por completo y coloqué la punta de la pistola en su pecho, puntualmente en su corazón, mientras inclinaba la cabeza hacia un lado.
Su rostro perdió color y frunció el ceño, en ese momento me di cuenta que él no había visto mi pistola, claro que en la negrura de la noche era difícil verla, pero aun así creí que estaba más que claro que era lo que llevaba en mi mano.
Sonreí al notar su expresión de confusión, pero esta se desvaneció en un segundo.
—¿Llevas una maldita pistola? —su voz era indescifrable.
—Por supuesto que sí, la hija de un Don, ¿lo olvidas?
Un músculo en su mandíbula se tensó y, por una milésima de segundos, noto que contiene la respiración.
Aunque bien podría ser producto de mi imaginación.
—Jamás creí que una chica con una pistola se vería tan sexy.
El aire en mis pulmones se redujo a cero.
Agradecí la oscuridad que impedía que notara mis mejillas sonrosadas.
—¿En serio? —dije mientras bajaba la mano y me acercaba un poco más a él— ¿Hay alguien en mi casa y tú piensas que me veo sexy?
Pude ver como encogía los hombros.
—Una cosa no quita la otra —murmuró—. Espera aquí o sube a tu habitación, terminaré de revisar el resto de la casa.
¿Qué? ¿Que se creía?
Envolví mi mano en su antebrazo impidiendo que siguiera su camino y noté como se tensaba, pero no se apartó.
—No necesito estar escondida y ni siquiera conoces mi casa —dije tajante—. Ve a la cocina —con un leve gesto de mi cabeza le indiqué el camino y él asintió—. Yo iré a la sala de estar.
—De acuerdo —dijo con un tono que daba a entender lo poco de acuerdo que estaba conmigo—. En el mejor de los casos te veo aquí en diez minutos, y en el peor…
—Escucharás un disparo.
Noté como todo su cuerpo se tensaba y pude percibir un movimiento en sus labios, los separó levemente como si intentara decir algo, pero un segundo más tarde volvió a cerrarlos y presionarlos con fuerza, como si no estuviera seguro.
No me quedé a desentrañar los misteriosos mensajes encriptados que sus ojos escondían y me dirigí a la sala, percibí por el rabillo del ojo como él imitaba mis pasos hacia la cocina y me concentré en lo que debía hacer.
Al igual que toda las habitaciones de la casa, a excepción de la cocina y nuestro gimnasio privado, era un lugar amplio y elegante, decorado con una alfombra de diseño color negra.
Aunque se podría pensar que es pura cuestión estética, Levi estaba obsesionado con las alfombras porque tragan el sonido de las pisadas y los restos de sangre a la perfección.
Había un amplio sofá negro que abarcada media pared, una biblioteca llena de libros, una pequeña mesa ratona que hacía juego con los demás muebles y un sofá individual que, viéndolo en general, no combinaba para nada con el estilo minimalista de mi padre.
Era rústico, tenía un cojín color crema y una manta de piel sintética blanca, estaba posicionado de tal forma que tuviera una vista perfecta del ventanal que abarcaba gran parte de la pared que daba al patio trasero.
La parte trasera de la mansión lindaba con el lago de Chicago, era increíble.
Levi la había pedido por encargo cuando yo tenía diez años y nadie más que yo se había sentado allí, podía pasar horas leyendo o viendo películas desde mi ordenador.
Algo en mi interior se estrujo al pensar en mi padre, esperaba que al menos él estuviera bien, que la reunión estuviera yendo de maravillas y que quien sea que estuviera en nuestra casa no tuviera relación alguna con el negocio que él estuviera llevando a cabo.
Barrí el lugar con mis ojos pero antes de que pudiera observar en detalle todo lo que se encontraba frente a mí un ruido rasgó el aire y todo mi cuerpo se puso en alerta.
Corrí hacia la cocina sin pensarlo dos veces, sin ser realmente consciente de lo que ocurría.
Había recibido clases de defensa personal toda mi vida; podía luchar cuerpo a cuerpo; desarmar una bomba y una granada en menos de un segundo. Sabía defenderme, y por supuesto sabía usar una maldita pistola.
Por eso no comprendía porqué me había congelado ante la escena que encontré en la cocina.
Max estaba en el piso, con un moretón en su ojo izquierdo y sangre alrededor de su cuerpo, pero no estaba inconsciente, todo lo contrario, estaba enfrascado en una lucha cuerpo a cuerpo con una figura completamente negra, de pies a cabeza, que se cernía sobre él.
Todo mi cuerpo estaba congelado. Como si estuviera presenciando la escena en tercera persona, me sentía fuera de mi propio cuerpo sin poder hacer nada. Estaba bloqueada. No podía mover ni un solo músculo y dudaba que estuviera respirando.
Pero sabía que tenía que hacer algo porque había escuchado un disparo y esa sangre podía ser de Max, y si le habían disparado no le quedaba mucho más tiempo...
Tenía. Que. Hacer. Algo.
—¡Maddox!
Su voz me hizo reaccionar y solo ahí fui consciente de todo el caos, de los gritos, de cómo todo mi cuerpo temblaba sin parar.
Alcé el brazo, apunté y disparé.