CAPITULO 15
maddox
d icen que un beso es el principio de algo. En mi caso, se sintió como un final. El final de la tregua conmigo misma. El final de la mentira cuidadosamente construida en la que fingía que tenía el control, que mi vida podía seguir siendo... normal.
Porque había cruzado más que limites figurativos anoche, había cruzado líneas impensadas. En mi mundo, los besos no son promesas; son contratos de sangre. Y yo acababa de firmar uno con el diablo. O al menos así me lo parecía cuando se trataba de Máximo Hardaway.
Nunca me besaron así.
No con esa violencia que no pedía permiso.
No con esa certeza brutal de alguien que no estaba probando suerte, sino reclamando territorio. Su boca sobre la mía se sintió como una maldita marca. Una advertencia grabada en mi piel y, peor aún, en mi cabeza.
Habían pasado exactamente diez horas y seiscientos segundos desde que los labios de Max reclamaron los míos en la penumbra del club de mi padre. El tiempo debería haber diluido el sabor, pero su rastro seguía allí, quemando mi piel como una marca al rojo vivo.
Las palabras de mi mejor amiga hicieron eco en mi mente.
Dicen que es un Dios en la cama.
Mierda, ¿estaba pensando de esa forma sobre el imbécil y arrogante que me trataba de princesa malcriada y me recordaba lo insufrible que era para él?
No. No podía. Aparté esas ideas de inmediato.
Me repito que fue solo un beso. Uno imprudente.
Uno que no significa nada. Pero mi cuerpo no coopera con la versión racional de la historia.
Todavía puedo sentirlo. La forma en que me desarmó sin tocarme demasiado.
La manera en que me hizo olvidar quién era yo antes de él, aunque fuera por unos segundos imperdonables.
Pero quizás lo peor de todo era el recuerdo de mi placer, de la forma en que disfruté lo cerca que estuve de la ruina.
El hecho de haberme sentido su presa y haberlo disfrutado.
No sé muy bien en qué momento pasé de ser la chica invisible y aburrida para él a ser su presa, pero no debería cuestionar el orden de los factores, sino por qué no me había molestado. Por qué lo había disfrutado cada maldito segundo.
—¿Abejita?
La voz de mi padre cortó el aire como una cuchilla.
Me sobresalté, mis dedos apretando el borde de la puerta abierta de la nevera.
El frío del electrodoméstico no era nada comparado con el hielo que recorrió mi columna al ver a Levi Salvatore observándome.
¿En qué momento había aparecido? ¿Cuánto llevaba observándome?
Dios, si Levi pudiera leer mentes más le valía a Max estar a kilómetros de distancia si no quiere estar a metros bajo tierra.
Pero no tenía forma de saberlo, ¿cierto?
El recuerdo de la noche anterior apareció en mi mente. La forma en la que regresamos a la realidad por la llamada de Matthew.
Mierda, Matthew.
—Hola, Levi —logré decir, intentando que mi voz no sonara como el desastre que era por dentro.
Él arqueó una ceja, tenía una postura demasiado relajada para alguien como él. O quizás estaba siendo paranoica.
—Llevas diez minutos mirando ese cartón de leche como si fuera a revelarte los secretos del universo. ¿Estás bien, Maddox? ¿O tengo que empezar a preocuparme por tu salud mental?
Puse los ojos en blanco.
—Estoy perfectamente —mentí. Las mentiras eran la moneda de cambio en esta casa—. Solo… no dormí bien.
Sus ojos me escanearon.
—Maddox, te permito estar en el negocio pero no quiero que juegues con lo que hacemos —arrugo la frente sin comprenderlo—. Comercializamos armas y tienes la tuya propia, comercializamos drogas pero no quiero...
—Por Dios —lo interrumpo sin poder creer lo que dice—. No he consumido nada, Levi. Solo estoy cansada.
—¿Segura? —Murmuró. Alce una ceja en actitud de reproche y él asintió—. Solo las vendemos, no las consumimos.
Era una de las reglas de Draghi , una de las tantas. Como la que más le gustaba a Levi: disparar, luego preguntar.
—Estoy bien —digo en un suspiro.
—Más te vale. Eres una Salvatore y nosotros...
—No tenemos debilidades —murmuré y suspiré—. Ya. Conozco nuestro código.
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Sentí que podía ver el fantasma de las manos de Max en mi cintura, el recuerdo de sus gruñidos contra mi cuello.
Por un instante, el pánico me robó el aire.
—Me voy de la ciudad en dos horas —soltó de repente, rompiendo la tensión—. Negocios en Nueva York. Volveré mañana.
El alivio fue tan potente que casi me flaquearon las piernas, pero lo oculté con una mueca de fastidio.
—¿Y me lo dices ahora?
—Surgió un imprevisto con los Lucchese —dijo mientras se ajustaba su reloj de mil dolares—. Debo viajar.
Asentí. Sabía lo que ocurría y Levi comenzaba a perder la poca paciencia que tenía para estas cosas.
—¿Aún no consigues el trato? —Niega.
—Jamás creí que a mis casi cuarenta años tendría que soportar los juegos de un niño—suspiró—. Ya lo conocerás, el heredero de los Lucchese es completamente extraño...
—¿Lo conoceré?
—Por supuesto —asiente y trago saliva. Sus ojos brillan—. Es hora de que conozcas tu imperio.
—Ya, pero... ¿Tan pronto?
—Todo depende de lo que ocurra esta noche —rodea la isla de la cocina y se acerca. Deja caer sus manos en mis hombros y me da un ligero empujón—. Si no logro cerrar el trato esta noche, te necesitaré.
Trago saliva.
Claro, por eso está ansioso por presentarme.
Te necesitaré, las palabras retumban en mi mente.
—Necesitarás el secreto mejor guardado de Draghi —murmuro con un nudo en la garganta pero fuerzo una sonrisa.
El acaricia mi mejilla con ternura.
—Confío en mi arma —me guiña un ojo antes de alejarse—. Me llevaré a Marcellino, lo voy a necesitar para tener seguridad. Matthew no me acompañará así que...
—¿Por qué no?
—Necesito a mi Chefe , no a mi consigliere , ya sabes cómo es él...
—Claro —asiento con una mueca—. Matthew cerraría el contrato a fuerza de disparos.
Mi padre asiente dándome la razón.
—Exacto. Siendo honesto, Matthew detesta a Lucchese así que temería que todo saliera mal por su culpa —me muerdo el labio inferior—. Dejaré a Matthew cuidando el perímetro.
—No necesito una niñera, Levi. Sé cuidarme sola.
—Matthew no es una niñera, es un seguro de vida.
—Mi Mossberg también es un seguro de vida —le recordé y acabó por asentir—. Mira, hagamos un trato...
—¿Un trato? —Preguntó con cautela pero noté su sonrisa asomar.
—Ponme a prueba esta noche —alza una ceja—. Sé donde tenemos las armas, se cómo protegerme y puedo contactar a Matthew si algo sucede.
—¿Estás diciendo que debo dejarte sola?
—¿No soy el arma de Draghi ? —Asiente—. Entonces, ponme a prueba.
Lo veo tragar saliva y dudar. No debería pedirle esto, pero Levi ya ha hecho viajes de negocios antes y nunca me ocurrió nada.
Sé defenderme, sé disparar y sé como pedir ayuda si necesito.
No debería ser un problema quedarme sola por una noche.
Y lo cierto es que necesito tiempo lejos del consigliere .
—De acuerdo —le sonrió pero él me apunta con su dedo acusador—. Pero promete que, si algo sucede, llamarás a Matthew.
—Por supuesto, Don —hago un saludo militar con mi mano.
Se acercó con una sonrisa, dejó un beso fugaz en mi coronilla y se dio la vuelta para dirigirse a su despacho a terminar de organizar su viaje.
Me refugié en mi habitación con palomitas y un refresco, encendí la televisión y elegí una película, la primera que apareció en el catálogo. Solo necesitaba acallar mis pensamientos y dejar de pensar en el imbécil de Máximo y en sus labios tan demandantes e intensos.
Intenté dormir pero era inútil.
Cada vez que cerraba los ojos, veía a Max. Su mirada de acero, su sonrisa ladeada que prometía pecado y ruina. Él era un soldati , un peón en el tablero de mi padre. Y yo era la reina que no debería ni siquiera saber su nombre. Pero entonces, ¿por qué parecía que la pieza en el tablero era yo?
Me quedé dormida con el peso de lo prohibido oprimiéndome el pecho.
Un estallido de cristal me arrancó del sueño.
Me incorporé de golpe, el corazón martilleando contra mi esternón como un animal enjaulado.
El silencio que siguió fue peor que el ruido.
Mi habitación estaba sumergida en una oscuridad absoluta.
No había luz en las calles, no había luz en el pasillo.
La tormenta había devorado la electricidad, y con ella, la seguridad de la mansión.
Sin electricidad, no había alarmas. Sin alarmas, la casa de los Salvatore era solo una caja de cristal esperando a ser rota.
—Mierda —murmuré.
Traté de encender mi móvil pero fue inútil, la pantalla negra me devolvía mi reflejo en la oscuridad. Por supuesto que en el momento más importante mi móvil estaría sin batería.
Una sensación que jamás había experimentado me recorrió la sangre y entonces lo supe: era miedo. Un miedo primario a la oscuridad, el saber que estaba completamente sola y no podía pedir ayuda.
Negué, apartando esas ideas y ese sentimiento desconocido. Suspiré y llené de aire mis pulmones intentando relajarme, convenciéndome de que nada ocurriría. No era la primera vez que me quedaba sola en casa.
Aunque siempre estaban los guardias. Siempre estaba Matthew en las sombras...
Y entonces, lo oí.
Pasos .
No eran los pasos erráticos de un ladrón novato. Eran pisadas pesadas, rítmicas, deliberadas. Alguien estaba subiendo las escaleras y no le importaba que yo lo escuchara. Quería que supiera que venía por mí. O quizás creía que no había nadie en casa. No supe que escenario sería peor.
Me deslicé fuera de la cama, mis pies descalzos tocaron el suelo frío y un escalofrío diferente recorrió mi columna. Metí la mano bajo el colchón y mis dedos se cerraron sobre la culata fría de mi Mossberg. Levi siempre decía que una Salvatore nunca debe estar desarmada, ni siquiera en sus sueños.
Por eso la guardo bajo el colchón desde los once años.
Abrí la puerta de mi habitación apenas unos centímetros. El pasillo era una boca de lobo. Mi respiración era lo único que rompía el silencio, hasta que oí un nuevo ruido proveniente de la planta baja.
Bajé los escalones pegada a la pared, con el arma en alto.
La adrenalina me nublaba la vista, pero mi instinto estaba más despierto que nunca.
Al llegar a la bifurcación del pasillo, vi la cocina.
El viento silbaba a través de una ventana destrozada, lanzando fragmentos de cristal que brillaban como diamantes bajo la luz de los relámpagos.
Vi una sombra.
Me tensé, dispuesta a apretar el gatillo, pero antes de que pudiera siquiera girarme, el mundo se volvió del revés.
Una mano grande y callosa se estrelló contra mi boca, sofocando mi grito. Un cuerpo sólido, duro como el granito, me empujó contra la pared con una fuerza que me dejó sin aliento. El gemido de sorpresa y miedo se perdió en el trueno.
—Haz silencio, princesa —susurró una voz ronca en mi oído.