Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 14
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CAPITULO 14

maximo

l a dejé ir porque, si pasaba un segundo más inhalando su aroma a cerezas y pecado, no iba a importarme quién estuviera mirando. La habría tomado allí mismo, sobre el sofá de terciopelo o contra la pared, marcando su piel hasta que olvidara que lleva el apellido de un Don.

Necesitaba sacármela de la cabeza. O mejor aún, necesitaba follármela una sola vez para demostrarle a mi cuerpo que no es más que una niña caprichosa con una cara bonita.

Esa era la mentira que me repetía: una vez y la obsesión moriría. Una vez y el veneno saldría de mi sistema.

Porque eso era Maddox para mí: un veneno letal que me llevaría a joderlo todo.

Yo llevo una serpiente tatuada pero ella es el dragón más letal.

Llegué a la barra y el barman me sirvió un whisky sin que tuviera que pedirlo.

Trabajar para Levi Salvatore tenía sus privilegios, pero hoy se sentían como una soga al cuello.

El líquido amargo quemó mi garganta, pero no fue suficiente para apagar el fuego que Maddox había encendido con un simple roce de su piel.

Me giré y apoyé los codos en la madera, de espaldas a la barra, barriendo el club con la mirada, en busca de cualquier posible amenaza, pero mis ojos, traidores y hambrientos, siempre terminaban en el mismo punto: el destello rojo de su vestido en la pista de baile.

Su cintura se movía con una lentitud que debería estar prohibida.

Cada vez que bajaba, mi mandíbula se tensaba un poco más.

—¿No crees que deberíamos llamar a tu hermano? —La voz de Jace me sacó de mi trance. Tenía una ceja alzada y una expresión que mezclaba la diversión con el instinto de supervivencia.

—¿De qué hablas? —Gruñí, sin apartar la vista de Maddox.

—De ella. Esto va a terminar en sangre, Max. Y preferiría que no fuera la mía.

—Exageras. Levi cree que está en casa de Penny —digo para intentar relajarlo—. Si no se entera, no hay sangre.

—No hablo de Levi —Jace se inclinó, bajando el tono—. Hablo de Matthew —arrugué la frente sin entender—. Si algo sale mal esta noche, él es a quien deberías temer.

—No seas exagerado...

—Es su sombra —me recuerda—. Y las sombras no perdonan que alguien intente tocar lo que protegen.

Ignoré su advertencia.

Matthew era mi sangre, mi hermano mayor. Se había puesto furioso en el gimnasio, sí, pero porque es un profesional. No porque ella le importara más que yo. O eso quería creer.

De pronto, lo vi. Un tipo de camisa blanca y tatuajes vulgares rodeó la cintura de Maddox.

Mi visión se tiñó de negro y lo que sigió no respondió a la lógica; fue un impulso animal.

Dejé el vaso en la barra con un golpe seco y me abrí paso entre la multitud.

Atravesar la marea de cuerpos sudados y enloquecidos por las drogas y la música resultó casi imposible, pero en cuanto llegué había desaparecido.

Todo mi cuerpo se puso en alerta. ¿Cómo demonios se la habían llevado tan rápido?

Penny bailaba con otro tipo y arquea una ceja, si se hubieran llevado a Maddox en contra de su voluntad no estaría tan tranquila.

A menos que se haya ido por voluntad propia.

Presiono mis puños a mi costado.

Comencé a caminar sin seguir nada en particular, solo con la visión teñida de rojo sangre. Acabé en los pasillos que llevan a los baños, entonces los vi. Allí estaba ella, acorralada contra la pared por ese imbécil que se creía con derecho a tocar lo que no era suyo.

La mano de él descansaba en la mejilla de ella y Maddox tenía un dedo enredado en su propio cabello mientras le sonreía de forma provocativa.

Iba a correr sangre pronto.

No le di tiempo a hablar. Lo tomé del hombro y lo estampé contra la pared opuesta. Mi antebrazo presionó su garganta hasta que su rostro se volvió púrpura.

—Eres hombre muerto —le susurré, disfrutando del pánico puro en sus ojos.

—Max, espera…

—¿Tienes idea de quién es ella? —Sonreí mientras el pelinegro apartaba la vista hacia un punto detrás de mí y sus ojos se abrieron por la impresión.

Eso es. Ahora era consciente del peligro real.

—Y-yo lo siento, no t-tenía idea que eras s-su hija —balbuceó como un idiota sin apartar sus ojos de los de ella.

—No la mires —dije entre dientes—. Y no vuelvas a estar cerca de ella, ¿escuchaste?

—Yo…

—Si llego a ver que te vuelves a acercar te daré de comer a los peces del lago —amenazo con voz letal— ¿Está claro?

Lo solté y salió huyendo como la rata que era. Me giré hacia Maddox, esperando gratitud. En su lugar, recibí un empujón.

—¿¡Qué demonios te ocurre!?

Alzo ambas cejas sin dar crédito a sus palabras.

Antes de que pueda reaccionar la tomo del brazo con fuerza y la acerco a mi. Si piensa que puede jugar con fuego, que puede dejar que otro le ponga una mano encima está muy equivocada y si se lo debo hacer entender no tengo ningún problema.

—Te dije que te comportaras —le siseé, atrapando sus muñecas y pegando su cuerpo al mío. La luz roja del pasillo hacía que sus ojos turquesas parecieran brasas—. Te lo advertí, Maddox.

—Suéltame…

—¿Cómo permites que alguien más te ponga una mano encima?

—¿Por qué te comportas como un imbécil?

Me muerdo el labio inferior intentando buscar una pizca de autocontrol en mi interior pero parece que todo se esfumo.

—¿Cómo es posible que me saques de quicio de esta forma? —Murmuro—. ¿Cómo es que logras ponerme así? ¿Qué es lo que tienes...?

—Basta —dice entre dientes intentando zafarse—. Deja de perseguirme como un psicópata...

—Te lo advertí —le recuerdo.

—No creí que fuera de tu incumbencia lo que hago o dejo de hacer —desafió—. ¿Cómo es que de la noche a la mañana dejé de parecer invisible para ti?

—Todo lo que hagas es de mi incumbencia —me escuché decir con ira resonando en cada vocal—. ¿Acaso no lo entiendes?

—No —dice entre dientes—. No te entiendo y no quiero hacerlo.

Intenta zafarse pero la retengo con más fuerza.

—Suéltame…

—Maddox…

—¿Qué demonios ocurre contigo? —Noto la ira mezclarse con el desafío en su voz—. ¿Los límites no se aplican a ti?

Me gustaría decirle que no. Que ningún limite sería lo suficientemente fuerte para alejarme porque estaría dispuesto a cruzarlos a todos. Estaría dispuesto a quemar cada límite entre ambos si eso me hace estar con ella.

Mierda.

Ser consciente de mis pensamientos me obliga a tragar saliva.

—¿Quieres que me aleje? —Pregunto en voz baja. La atraigo más cerca y noto un temblor en su labio inferior. ¿Será tan dulce como imagino si lo pruebo? ¿Si la reclamo ahora, me alejará o se entregará a mí?—. Responde, Maddox.

Su respiración se volvió superficial. Sus ojos bajaron a mis labios con una necesidad que ella no podía ocultar por más que me llamara imbécil . Maddox no era una víctima; era una tentación diseñada para destruirme.

—Eres un imbécil —susurra.

—Llamaré a tu padre —la provoqué, sacando mi móvil con mi mano libre—. Se acabó el juego.

Maddox se movió con rapidez y antes de que pudiera reaccionar se deshizo de mi agarre y me arrebató el teléfono. Se alejó unos pasos, desafiante.

—Eres lento —murmuró.

Trago saliva. Su sonrisa se vuelve pecaminosa, alza el mentón hacia mí de forma desafiante y me hace preguntar donde quedó la Maddox molesta de hace un momento.

—Deja de jugar, princesa —le advierto.

—Pensé que nos estábamos divirtiendo —susurró apoyando la espalda en la pared frente a mí—. ¿Qué ocurre? ¿Ya no quieres jugar?

—No te metas en un juego que no podrás controlar —dije entre dientes.

—Mmh —susurró—. Creo que lo podré controlar muy bien.

Dijo esas palabras en voz baja y con un deje sensual, luego hizo algo que me dejó sin aire: deslizó mi móvil por el escote de su vestido, dejando que el aparato negro desapareciera entre sus pechos.

Mierda .

La sangre me hirvió. Ya no quería el teléfono; quería arrancarle ese vestido rojo y ver cuánto de Salvatore quedaba en ella cuando estuviera bajo mi cuerpo.

Caminé hacia ella. Maddox se apoyó contra la pared, arqueando la espalda, ofreciéndose y retándome al mismo tiempo. Noté como pasaba su lengua por su labio inferior y desee que fuera mi lengua.

—¿Nunca te dijeron que no debes provocar a los tipos como yo?

Su sonrisa se curva de forma leve.

—No creí que fueras tan aburrido —murmura—. Quizás deba buscar a alguien más para provocar...

—Los ratones no juegan con los gatos, rubia.

—Te sorprendería lo que este ratón puede hacer —murmuró.

Este era un juego que podíamos jugar los dos y era mi turno de mover mi pieza.

Salvé la distancia como si no existiera el aire entre nosotros.

Mi mano subió por su muslo, lenta, deliberada, levantando la tela del vestido hasta que pude enganchar su pierna y subirla a mi cintura.

El jadeo que se le escapó fue una rendición breve, traicionera.

Presioné mi pelvis contra su centro, sin disimulo, dejando que sintiera exactamente lo que me provocaba su jueguito, su desafío constante.

Quería que supiera que me tenía atrapado… y que aun así no pensaba rendirme.

—Maddox —susurré, como una advertencia, como una promesa que no debería existir.

Ella abrió los ojos apenas, lo justo para clavarme esa mirada cargada de desprecio fingido y hambre real.

—No arruines el momento —pidió, aunque sus manos ya se aferraban a mi camisa, arrugándola como si necesitara algo a lo que sujetarse.

Echó la cabeza hacia atrás y me ofreció el cuello sin decirlo, me acerqué lentamente, mordí la línea de su mandíbula, lento, marcando territorio. Olía a algo dulce y peligroso, y me odié por necesitarla tan cerca.

—Los ratones deberían portarse bien —murmuré contra sus labios, sin besarlos, disfrutando demasiado de la tortura.

Mi mano apretó su carne con una posesividad que me tensó el pecho, que me recordó que con ella siempre estaba a un paso de perder el control.

—Quizás los gatos deberían aprender a jugar —respondió, y esta vez fue ella la que atacó primero.

Me mordió el labio inferior con la fuerza suficiente para hacerme gruñir, para encender algo oscuro y primitivo en mí. Nuestras frentes quedaron apoyadas y nuestras respiraciones se mezclaron, el beso estaba suspendido como una amenaza.

No nos soportábamos.

Y sin embargo, si daba un centímetro más… sabía que no habría vuelta atrás.

No me detuve a pensar bien lo que hacía.

La besé con una violencia hambrienta, una que nació en la boca del estómago y se propagó como un incendio fuera de control.

No fue un beso torpe ni romántico, fue más bien un choque caótico y sin sentido.

Sabía a tequila, a rebelión y a todo lo que yo no debería desear si pretendía seguir respirando al día siguiente.

Mi lengua reclamó la suya, una caricia peligrosa que no necesitaba de invitación.

No quería probarla: quería conquistarla, desarmarla, borrar cualquier rastro de la niña protegida que el mundo creía ver en ella y encontrar a la mujer que me había derribado en el sofá minutos antes.

Maddox respondió con una desesperación que igualaba la mía.

Sus manos subieron hasta mi nuca, hundió los dedos en mi cabello y tiró de las raíces con una fuerza que me arrancó un gruñido bajo, animal.

Me presioné más contra ella, atrapándola entre el frío implacable del mármol y el calor asfixiante de mi cuerpo.

Sentí cómo se le aceleraba la respiración, cómo su pecho chocaba contra el mío.

Estábamos en el club de su padre, a metros de hombres que me arrancarían la piel sin pestañear si supieran lo que estaba haciendo, pero en ese pasillo angosto y oscuro, ella era lo único real. El resto del mundo podía arder.

Solté su boca apenas para tomar su mandíbula entre mis dedos, obligándola a mirarme. Sus ojos brillaban, furiosos, encendidos. Demasiado vivos.

Bajé la mano libre, la que no la sostenía con una posesividad que ya no intentaba negar, y la deslicé por la seda de su vestido.

La tela era un obstáculo que odiaba. Mis dedos siguieron la curva de su cadera hasta encontrar el borde del vestido rojo.

Subí la tela con una lentitud tortuosa, mis nudillos rozando la piel sensible de su muslo, disfrutando de cada estremecimiento involuntario.

Maddox soltó un jadeo contra mis labios, un sonido quebrado, imperfecto que envió una descarga eléctrica a mi entrepierna. Me mordí el labio inferior al sentirla temblar entre mis manos.

—Más —susurró ella entre besos, con el aliento entrecortado rozándome la mejilla, como si la palabra fuera una orden y una súplica al mismo tiempo.

No necesité que me lo repitiera. Estábamos mal posicionados, peligrosamente alineados, mi entrepierna presionando contra su centro sin margen para la duda.

No llevaba medias; solo piel desnuda, tibia y sedosa, un contraste brutal contra la aspereza de mis vaqueros.

La sensación me recorrió como una descarga directa a la espina dorsal.

Hice un movimiento circular con la pelvis, lento, calculado, cruel. La fricción le arrancó un gemido prolongado que vibró entre nosotros como una confesión. Maddox echó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea pálida de su cuello, y yo no desperdicié la invitación.

Abandoné su boca para marcar su piel con mis dientes, dejando una estela ardiente sobre su pulso acelerado, sintiéndolo latir desbocado bajo mis labios.

Mi mano volvió a ascender por su muslo, lenta, posesiva, hasta rozar el borde de su ropa interior.

Sentí su reacción inmediata, ese estremecimiento involuntario que me golpeó más fuerte que cualquier rechazo previo.

El hecho de que su cuerpo me respondiera así, sin reservas, hizo que mi autocontrol empezara a resquebrajarse.

Ella se arqueó contra mí, buscándome, empujándose hacia ese contacto como si le doliera la distancia mínima que aún existía. Sus uñas se clavaron en mis hombros a través de la camiseta para asegurarse de que no pensaba irme a ningún lado.

El bajo de la música retumbaba en las paredes del pasillo, filtrándose hasta nuestros huesos, mezclándose con nuestras respiraciones irregulares.

Cada segundo que pasaba era una provocación más.

Estaba a un solo paso de cruzar una línea imposible de desdibujar, de perderme del todo, de reclamar algo que no tenía derecho a querer.

Entonces, la realidad nos golpeó de la forma más brutal posible.

Una vibración violenta comenzó justo entre nuestros pechos. El sonido de mi móvil y la pantalla iluminada traspasó la fina tela de su vestido. Cerré los ojos ahogando un gemido y una maldición.

Maddox se tensó y sus ojos se abrieron de golpe, recuperando la claridad del miedo. El hechizo se rompió con la misma violencia con la que había comenzado. Sacó el móvil de su escote, y el brillo azulado de la pantalla reveló el nombre que nos devolvió a la realidad:

MATTHEW.