CAPITULO 13
maximo
Debería ser un delito llevar ese vestido en un club como este.
Debería ser un crimen tener ese cuerpo.
Y debería considerarse una declaración de guerra.
La tela roja se ceñía a sus curvas como una segunda piel de seda, tan corto que desafiaba la gravedad y tan vibrante que hacía que el resto del club se desvaneciera en un gris insignificante.
Cuando Maddox se giró y sus ojos turquesas colisionaron con los míos, el aire abandonó mis pulmones.
Por un segundo, mi lealtad a los Salvatore y mi instinto de supervivencia se borraron.
Solo quedó el hambre. Una necesidad ciega de enredar mis dedos en su cabello rubio y estrellar su boca contra la mía hasta que ambos olvidáramos nuestros apellidos.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Desde aquel asalto en el ring, mi mente se había convertido en un proyector averiado que sólo reproducía una escena: su cuerpo bajo el mío, el calor de su piel filtrándose a través de mi ropa y esa mirada de desafío que pedía a gritos ser doblegada.
Me importaba una mierda que fuera la hija de Levi Salvatore.
Podía ser la hija del mismísimo Lucifer y yo seguiría queriendo arder en su infierno.
Era un suicidio. Cada fibra de mi ser gritaba peligro, pero yo siempre había sido un adicto a la adrenalina.
Por eso la había acechado en clase esa tarde.
Me había quedado en las sombras, observándola como un depredador que estudia a su presa, disfrutando del momento exacto en que sus mejillas se tiñeron de rosa al notar mi peso sobre ella.
Había una cuerda invisible tensándose entre nosotros, y yo estaba tirando con todas mis fuerzas, esperando ver quién se rompía primero.
Maddox se acercó con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Antes de que pudiera articular un reproche por su imprudencia de estar aquí, su mano —pequeña, suave, letal— se posó en mi mejilla.
Me obligó a bajar la cabeza. Sus labios quedaron a milímetros de los míos, desprendiendo un rastro de tequila que me provocó un escalofrío.
—Sígueme la corriente —susurró.
Su aliento cálido fue una caricia que me tensó los músculos.
La rabia me recorrió la columna al procesar que había bebido.
Estaba vulnerable en un nido de serpientes y cualquier idiota podría intentar aprovecharse.
El solo pensamiento de otra mano tocando lo que yo ya consideraba mío hizo que mi visión se tiñera de rojo.
—¡Pudiste venir! —Exclamó ella para el beneficio de Jace y Penny, fingiendo una alegría que goteaba sarcasmo—. Olvidé mencionarte que nos veríamos aquí.
Penny nos observaba con el ceño fruncido, tratando de encajar las piezas de este rompecabezas roto.
Jace, por otro lado, me lanzaba una mirada que decía claramente: Estás cavando tu propia fosa, hermano .
Tenía razón. De hecho, estaba cavando lo suficientemente profundo para que ambos entráramos en ella.
—¿Ustedes…? —empezó la pelirroja.
—Es una larga historia —intervino Maddox. Me dio un empujón sutil, y yo reaccioné rodeando su cintura con mi brazo, atrayéndola contra mi costado.
Sentí el espasmo de su cuerpo al chocar con el mío. Una descarga eléctrica viajó desde mi palma hasta mi ingle. Sonreí, disfrutando de su incomodidad y disimulando el hecho que me encontraba completamente duro a su lado.
—Vayan por esos tragos —dije, mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Necesitamos un momento.
En cuanto Jace se llevó a Penny, arrastré a Maddox hacia un rincón oscuro, donde los sofás de terciopelo rojo ocultaban las peores intenciones.
La acorralé contra el respaldo, mi sombra la cubría por completo, la vi tan pequeña frente a mi que por un segundo me hizo olvidar quien era Maddox de verdad.
—Tienes un minuto para explicarme qué haces en este club sin protección —exigí, mi mano aun apretando su cintura.
Noté el movimiento de su garganta al tragar saliva y el impulso de rodear su cuello con mis dedos fue más fuerte pero logré controlarme.
—¿Y tú que haces aquí? —Desafió—. ¿Tu obsesión te trajo hasta a mí?
Presiono los labios en una fina línea.
—Cincuenta segundos, rubia…
—¡No sabía que Penny me traería aquí! —Bufó, sus ojos echando chispas—. Chicago es enorme, ¿cómo iba a saber que terminaríamos en el club de mi padre?
Niego.
—¿Y cómo es que lograron entrar?
—Identidades falsas —dijo con simpleza.
Maldigo por lo bajo y trato de recordar quien es el guardia de turno esta noche para tener una conversación y aclarar puntos.
—Vas a salir de aquí ahora mismo. Si Levi se entera…
—¡Él no tiene por qué saberlo! —Se acercó, desafiante, pegando su pecho al mío—. ¿Por qué te molesta tanto?
—¡Porque cualquier cosa puede ocurrirte! —Digo entre dientes—. ¿No entiendes lo que es llevar tu apellido y lucir igual que él?
—Claro que si...
—No, no lo entiendes —la interrumpo—. Porque de hacerlo estarías en tu cama y no provocando incendios en una pista de baile —trago saliva al notar lo que dije y ella alza una ceja—. Voy a llamar a Matthew. Ni Jace ni yo vamos a ser tus niñeras esta noche.
—¡No necesito una maldita niñera!
Maddox se movió con la rapidez de una cobra.
Antes de que pudiera procesarlo, su pie enganchó el mío y su mano presionó mi pecho con una fuerza técnica.
Caí de espaldas sobre el sofá rojo, y ella se encaramó sobre mí, una de sus rodillas hundiéndose en el terciopelo justo al lado de mi entrepierna.
Me sujetó del cuello, obligándome a mirar hacia arriba, hacia su rostro de ángel caído.
—No vas a llamar a nadie —siseó. Sus dedos presionaron mi tráquea, lo justo para hacerme jadear—. Me lo debes, Max. Estás vivo porque yo decidí que lo estuvieras. Podría haberle dicho a mi padre que te aprovechaste de mí en ese ring.
—Eso no fue lo que ocurrió…
—¿Importa? —Desafió—. Solo tengo que chasquear los dedos y desapareces de la faz de la tierra. No me pongas a prueba.
Nos sostuvimos la mirada por un segundo y no pude evitar pensar que esta era la Maddox que me gustaba, la que no se escondía y fingía ser normal.
¿A cuántos otros que la han molestado habrá hecho desaparecer con solo chasquear los dedos?
Dios. Estaba tan jodidamente excitado que me dolía.
Esta era la Maddox que me obsesionaba. La que no fingía ser una princesa, sino la que aceptaba la oscuridad de su linaje. Sus labios rojos estaban a una distancia tortuosa de los míos.
Alguien se aclaró la garganta a nuestra espalda y fue como si eso nos trajera de vuelta a la realidad, Maddox se incorporó con facilidad y yo hice lo mismo, antes de dejar que se aleje la tome del brazo para acercarla y susurrarle al oído.
—Compórtate y no dejes que nadie se acerque demasiado. Nadie, Maddox.
Se zafó de mi agarre y fue directo hacia Jace, quien se encontraba solo sin Penny. Luego de preguntar dónde estaba su amiga y que este le respondiera, la rubia se marchó sin girarse ni una sola vez. Intenté seguirla pero mi compañero me detuvo, le lancé una mirada de advertencia que él ignoró.
—¿Qué estás haciendo, Max?
—No es de tu incumbencia—gruñí.
Cerró los ojos mientras negaba, el típico gesto que hace alguien cuando se está divirtiendo con una situación pero a Jace no le parecía divertido, sabía que pensaba lo mismo que yo: era una terrible idea.
—Lo entiendo, de verdad —dijo luego de un rato—.
Me gusta más su amiga pero debo admitir que esta buena, y el hecho de que sea la hija del jefe lo hace más tentador pero eso no puede ocurrir.
Lo sabes, ¿verdad? —Seguí con la vista fija en el lugar por el que Maddox se había alejado—. Eres hombre muerto, Max.
Estaba claro que Jace tenía razón.
¿Pero por qué ahora estaba más tentado que antes?