CAPITULO 12
maddox
—D i que sí.
Aparté la vista de mi casillero para encontrarme con la sonrisa de Penny. Tenía la expresión del gato de Cheshire antes de causar un desastre. El tipo de mirada que anunciaba que una idea peligrosa se estaba gestando en su mente.
Era una mala idea, lo que sea que estuviera pensando o a punto de proponer. Lo sabía sin que dijera una palabra.
Negué con la cabeza, cerrando el metal con un estruendo. Penny me siguió por el pasillo, sus pasos eran rápidos tratando de igualar mi zancada.
Los viernes eran sus días favoritos para intentar arrastrarme al abismo.
—No es una mala idea —insistió con ese tono sugerente que usaba cuando quería convencerme de cometer un pecado.
—No te lo he preguntado.
—Solo digo que es una oportunidad de oro —me dio un empujoncito—. ¿No tienes ni un poco de curiosidad, Maddie?
Suspiré. No tenía curiosidad pero sé que no se detendría.
Me detuve en seco, obligándola a frenar.
—Dime, ¿qué plan peligroso es el que se gesta en tu mente?
—¿Qué planes tienes para esta noche? —Preguntó ella, ignorando mi gesto de advertencia.
—Dormir —su puño impactó en mi hombro. Me quejé, frotando la zona— ¿¡Y eso por qué fue!?
—¡Es viernes! —Se quejó—. Deberemos replantear los términos de nuestra amistad, no puedo relacionarme con alguien tan aburrida.
Pongo los ojos en blanco.
—Bien, eres libre de elegir otra mejor amiga —hizo un gesto de dolor fingido—. Vamos, debo ir a clases...
Penny se plantó frente a mí, impidiéndome el paso.
—Solo escucha mi plan. Una palabra: ¡Pijamada!
Lo soltó como si hubiera descubierto el secreto de la inmortalidad. La esquivé, pero ella se mantuvo a mi lado como una garrapata.
—Si, claro —murmuré.
—Bueno, quizás una pijamada con una parada previa en un club… —confesó finalmente.
—No. Ni lo sueñes.
—Vamos, será solo un rato. Podemos bailar, divertirnos y…
—Tú te divertirás —le recordé—. Yo acabaré siendo el mal tercio entre tú y algún idiota, entonces me abandonarás.
Hizo una expresión dramática de dolor en el pecho.
—¿Cómo puedes creer eso?
—Penélope Annalise —dije entre dientes y me gané una mirada asesina por decir su nombre completo— ¿Acaso crees que no te conozco ni un poco?
Ahora ella pone los ojos en blanco y suspira mientras camina a mi lado por el pasillo del campus.
Los viernes Penny no tiene clases, pero yo sí.
Así que se dedica a perseguirme y sentarse a mi lado para convencerme de planes como este, podría soportar una hora entera de derecho constitucional si al final acabo por aceptar sus ideas.
Para ser justos, eso sucede en un setenta y cinco por ciento de las veces que lo intenta. Es un buen margen para que lo siga intentando.
—Bueno, quizás irá alguien que me interesa —murmura y alzo una ceja—. Planeaba presentártelo esta noche...
—Entonces de verdad sería el mal tercio —me gano una mirada fulminante.
—Ya, es obvio que él iría con un amigo, entonces...
—Ni lo sueñes —digo antes de entrar al aula.
Entramos al salón y Penny se sentó a mi lado, no dejó de insistir en toda la clase, por supuesto. Intenté proponer otros planes pero los declinó con la misma habilidad que yo declinaba su oferta del club.
Penny estaba decidida a llevarme a ese club y yo estaba decidida a negarme.
No se trataba de que no quisiera divertirme, la idea de salir, beber, bailar, disfrutar... era lo que más me atraía, no podía mentir. El problema en realidad era todo lo que llevaba hacer algo como eso.
Para salir, necesitaba el permiso de mi padre. Y el permiso de Levi venía con una sombra llamada Matthew.
Después de lo que pasó en el gimnasio, Matthew estaba en un estado de furia gélida. No quería ser mi niñera, y yo no quería su vigilancia asfixiante. Además, el club del que hablaba Penny probablemente estaba fuera de los límites permitidos para un Salvatore.
Aunque Chicago fuera completamente nuestra había límites establecidos, porque para mala suerte de mi padre, no podía asesinar a todos los que estaban en su contra, era normal que se formen otras organizaciones, aunque él no estuviera de acuerdo.
Draghi no podía hacer más que dejarlas ser.
Vigilados, por supuesto, pero eran tiempos de paz y la idea era que durara lo suficiente.
En consecuencia, Chicago estaba dividida en sectores, y cruzar una línea invisible podía significar una guerra. Una guerra que Levi adoraría debido a su sed de sangre, pero preferiría que la inicie cualquier persona y no sea por su arma más letal, o sea yo.
Se decía que Sky Dragon sería un Don impulsivo, como lo había sido siendo adolescente.
Pero Dante Salvatore, mi abuelo, logró domesticar un poco a la bestia y le hizo prometer que no sería él quién inicie guerras a menos que se justifique.
A mi abuelo le gustaba vivir en paz, a mi padre le gustaba ver el mundo arder, pero se contenía desde hace años.
Intento concentrarme en la clase y lo que sea que el profesor intenta decir pero se vuelve difícil. Se vuelve imposible cuando siento una presión en el costado. Una mirada que quemaba.
Me giré lentamente.
Un par de ojos oscuros estaban clavados en mi perfil.
Máximo.
Tragué saliva. No compartíamos esta clase. ¿Qué demonios hacía él aquí? Noté que su expresión había cambiado; ya no encontraba odio, ni ese desprecio frío. Había un brillo nuevo en sus pupilas, una fijeza depredadora que me hizo sentir desnuda. Era la primera vez que no me ignoraba en público.
Y no sabía si me agradaba tener toda esa atención en mí. Porque si un hombre como Máximo te miraba de esta forma, no podía significar nada bueno.
Los recuerdos del cuadrilátero me golpearon como un gancho al hígado.
La sensación de su lengua en mi cuello, la dureza de sus músculos, la forma en que me desafió…
Jamás había sentido nada igual con los chicos ordinarios con los que había salido.
Ellos me trataban con cuidado, como si fuera de porcelana.
Max me había tratado como a una igual. Incluso como a una enemiga.
Y eso había sido lo más excitante que había probado en mi vida.
Quizás, aunque intente negar el hecho de que nací para formar parte del mundo de mi padre, ese mundo oscuro y peligroso ya me había hundido lo suficiente como para que mi primer encuentro sexual haya sido pésimo porque el chico había sido dulce. Y quizás lo que yo necesitaba no era dulzura.
«Tú y mi hermano... eso jamás ocurrirá.»
Las palabras de Matthew aparecen y encienden algo en mí.
Esa frase se repetía en mi mente como un mantra prohibido. Soy una Salvatore. Si me dices que no puedo tener algo, haré que sea lo único que desee.
Quizás estaba cansada de ser la Maddox invisible. Quizás estaba harta de que los hermanos Hardaway decidieran mi destino.
—De acuerdo —le dije a Penny de repente, interrumpiendo sus garabatos. Ella me miró con los ojos muy abiertos—. Iremos a ese club.
El club resultó ser el de mi padre. El colmo de la ironía.
Pero tenía su lado bueno. Por un lado, era territorio seguro; nadie sería tan estúpido como para tocar a la hija del Don en su propia casa.
Por otro lado, si Matthew o alguno de los hombres de confianza de Levi me veía, estaba muerta.
Había dejado mi móvil en casa de Penny para engañar al GPS.
Ahora mismo, para mi padre, yo estaba viendo películas de los noventa. Principalmente comedias románticas.
En realidad, estaba atravesando una marea de cuerpos sudorosos bajo luces de neón azules y rojas. El tequila quemaba en mi garganta tras el tercer shot. La adrenalina era un zumbido constante en mis oídos.
—¿A quién demonios buscas? —Digo entre el bullicio.
Penny escanea todo el lugar con sus ojos azules brillantes y chasquea la lengua.
—Te dije que quería presentarte a alguien —asiento porque era cierto—. ¡Allí está!
Toma mi mano y me arrastra hacia otro extremo, uno donde las luces son más suaves y hay pequeñas mesas y sofá de terciopelo rojo. Es un lugar más reservado, donde siempre se encuentran las parejas o... gente siendo amenazada.
—Maddie, quiero presentarte a Jace —mierda—. Jace, ella es mi mejor amiga.
Me quedé helada.
Jace. Uno de los soldati de mi padre. Uno de los hombres más letales y peligrosos.
Busco en mi mente su expediente y lo encuentro: se cobró su primera victima a los quince años de edad, fue criado por militares y sus padres murieron en un accidente aéreo por terroristas.
Tiene veintitrés años, ha asesinado a más personas de las que podría recordar.
Trago saliva.
Agregar al expediente: ahora sale con mi mejor amiga.
—¿Qué demonios haces aquí? —Dijo él, olvidándose de Penny.
Mi mejor amiga parpadeó, claramente confundida.
—¿Se conocen?
Mierda, Maddox. Piensa rápido.
—Somos primos —solté la primera mentira que me vino a la mente—. Primos segundos. El lado de la familia que nadie soporta.
Jace me siguió el juego, aunque su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
—Claro. Primos —murmuró—. No sabía que teníamos a Maddox en común.
Penny nos miró con sospecha.
—De acuerdo —dudó—. Debo ir al baño —anunció y clavó sus ojos en mí, alcé una ceja—. Maddox, ¿me acompañas?
—Oh, no, estoy bien aquí —mentí. Necesitaba hablar con Jace a solas, esta es mi oportunidad—. Te esperamos aquí, ¿de acuerdo?
En cuanto se alejó, Jace se inclinó hacia mí, sacando su móvil.
—¿Qué demonios haces aquí? —Decimos al mismo tiempo.
Presiono los párpados y niego.
—¿¡Qué demonios haces con mi mejor amiga!? —Lo ataco—. ¿Tienes idea lo peligroso que es? ¡Ella no tiene idea...!
—¿Qué? ¿Que su mejor amiga es dueña de un imperio criminal? —Presiono los labios—. No me jodas, Maddox. Eres tú la que está mal aquí.
—¿Disculpa? Es el club de mi padre...
—Exacto —dice entre dientes y se acerca un paso invadiendo mi espacio—. Sé muy bien cuáles son tus limites. Sé que no puedes estar aquí.
—¿Y quien lo dice?
—Matthew —trago saliva y él niega—. Lo llamaré en este momento —lo veo sacar su móvil y antes de que pueda darse cuenta se lo arrebato con facilidad—. ¡Maddox!
—No lo harás.
Pone los ojos en blanco.
—¡Por el amor de Dios! ¡No te comportes como una niña!
—Y tú no te comportes como un imbécil —alzo una ceja—. Puedo cuidarme sola, he recibido el mismo entrenamiento que tú.
—Maddox...
—Y nadie sabe quien soy...
—Pero ¿tu no te has visto al espejo? —Pregunta desesperado—. ¡Eres igual a tu padre! —Trago saliva, era cierto—. Esto puede ser peligroso...
—Al igual que tú saliendo con mi mejor amiga —me mira sin poder creer lo que digo y me sonríe—. No necesito una maldita niñera y tú debes alejarte de Penny.
—Ni en sueños, princesa —me sonríe con sorna—. Somos dos personas libres que buscan follar y divertirse. No me alejaré —se acerca un paso más—. Pero tú, te largas de aquí.
La furia Salvatore me recorrió la columna. Estaba harta de ser la muñeca a la que todos daban órdenes.
—Ten cuidado, Jace —me acerqué tanto que pude ver cómo se dilataban sus pupilas—. Tú trabajas para él, pero yo soy su sangre. Si le haces daño a mi amiga, te prometo que desearás que hubiera sido Matthew quien te encontrara esta noche y no yo.
El rubio tragó saliva, reconociendo la amenaza real en mi voz. Bien. Si debía hacerles saber que debían temerme y respetarme lo haría, me gustaba cómo se sentía.
—Quédate cerca de nosotros y no te muevas —cedió él, rindiéndose—. Matthew no está aquí, así que no diré nada… si te comportas.
Le sonreí, saboreando la pequeña victoria.
Usar mi herencia para infundir miedo se sentía embriagador.
Por el rabillo del ojo capto una cabellera naranja y me alejo un paso simulando una sonrisa, aliso mi vestido con tranquilidad como si jamás hubiera pasado nada.
—¿Vamos por un par de tragos? —Preguntó Penny, regresando.
La sonrisa de mi mejor amiga se borró al mirar por encima de mi hombro. Hice una mueca al notar el cambio en su actitud.
Jace se puso rígido al instante.
¿Y ahora qué demonios ocurre?
Intenté darme la vuelta para ver porqué ambos habían quedado petrificados, pero una mano firme se posó en mi cintura y una voz ronca, cargada de una posesividad que me hizo temblar, me detuvo antes de que pudiera moverme.
—Maddox.
Mierda.