CAPITULO 11
maddox
E staba mal. Todo en esa escena era un error táctico que podría costarnos la vida. Y, aun así, el rastro de la lengua de Max sobre mi piel se sentía como una marca de propiedad que no quería borrar.
Maddox, no deberías sentir estas cosas por alguien tan imbécil que te trató como una princesa malcriada.
Debía recordar lo que había sucedido los días anteriores para evitar pensar estupideces como esta.
Agradecí al cielo, o al infierno que rige nuestras vidas, que fuera Matthew quien nos encontrara.
Si hubiera sido Levi, el cuerpo de Max ya estaría enfriándose a diez metros bajo tierra.
Pero al ver la mirada que el consigliere le lanzaba a su hermano menor, una promesa de violencia tan pura que hacía que el aire doliera, supe que Max no estaba a salvo.
Matthew no era impulsivo, pero su lealtad a mi padre era una religión y un mandato.
—Al coche, Maddox.
Su voz no admitía réplica. Era el tono que usaba cuando el Don dictaba una sentencia y lo conocía muy bien. Había presenciado ese tono antes, y todo lo que se vendría a continuación.
—Matthew… —intenté decir, mi voz era apenas un susurro.
—Al coche. Ahora. —Sus ojos se clavaron en los míos. Jamás lo había visto así. Había un brillo de furia contenida, una tormenta negra tras sus pupilas que me hizo retroceder—. No lo repetiré.
Salí del gimnasio con las piernas temblando.
Antes de cruzar la puerta, le lancé una última mirada a Max.
Él seguía allí, con una mueca que intentaba ser una sonrisa, pero que terminó siendo una sombra de tristeza.
No supe cómo interpretarlo. Se suponía que el boxeo era un entrenamiento, una forma de canalizar la agresión.
No debería sentirse como una ceremonia de iniciación sensual.
Se suponía que debía mantenerlo lejos porque era insufrible y me caía fatal. Máximo era arrogante y tenía una forma de mirarme que debería alertarme, como si fuera un rompecabezas que él solo quisiera romper.
Entonces, ¿por qué mi cuerpo seguía vibrando por su tacto? ¿Por qué no me sentía asqueada de que un soldati me hablara de sexo al oído, ignorando el apellido que debería hacerlo temblar?
El coche de Matthew estaba sin seguro, agradecí no tenerlo que esperar fuera del gimnasio porque habría sido mucho más incómodo.
Me hundí en el asiento de cuero del coche y cerré los ojos.
Llené de aire mis pulmones y me obligué a olvidar lo que acababa de suceder porque no podía volver a ocurrir y porque nadie debería saber esto.
Trago saliva.
Abro los ojos y entonces veo una caja con envoltorio de regalo sobre el tablero del coche. Alzo una ceja y me acerco para tomarlo, rasgo el papel brillante y me encuentro con un móvil nuevo junto a una nota de mi padre.
—Para mi abejita —leo en voz alta y pongo los ojos en blanco.
El móvil se encuentra encendido y con la batería al cien, lo desbloqueo y elijo una contraseña rápida para recuperar un poco de privacidad. No me hace falta saber que este regalo viene con chip de rastreo incluido. Levi no dejaría una oportunidad como el hackeo para hacer lo que siempre ha querido.
Sonreí con amargura al ver que el contacto de Matthew estaba guardado bajo el nombre que yo misma le puse hace años: Fantasma .
En ese mismo momento, el consigliere entró en el coche, cerrando la puerta con una brusquedad que hizo vibrar los cristales. El aroma a colonia cara inundó el espacio.
Matthew no dijo nada.
Arrancó el motor y sus manos se cerraron sobre el volante con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Al mirar de reojo, noté que estaban levemente rojos, irritados.
Estaba claro que Max no se había salvada de recibir un golpe.
—¿Vas a estar callado todo el camino? —Pregunté, intentando reunir los pedazos de la Maddox Salvatore que no le teme a nada.
Silencio. Ni siquiera un gruñido. Que era su idioma favorito.
Suspiro y me hundo otra vez en el asiento, observo el paisaje de Chicago que dejamos atrás a medida que avanzamos y me muerdo la lengua para no volver a hablar. Sé que no es momento de la Maddox irónica y sarcástica. Sé que molestar a Matthew ahora es un terreno peligroso.
Pero eran hermanos, ¿cierto? ¿Cómo podía golpearlo simplemente porque estábamos... en una situación comprometedora?
Si, eran diferentes. Máximo era impulsivo, Matthew era disciplinado, un soldado dispuesto a cualquier cosa por su Don. Mientras que Max haría cualquier cosa para sacarme de quicio. Pero aún así, golpear a su propio hermano me parecía demasiado. Pero estaba claro que sucedió.
En cuanto aparcó el coche fuera de la mansión salté hacia afuera. Camine sin detenerme a ver si me seguía pero sabía que lo hacía. Sentía su presencia a mi espalda como una constante de la que no podría escapar.
Atravesamos la reja de protección, saludamos a Marcellino con un gesto y caminamos hacia el interior de la mansión. Matthew colocó la contraseña de seguridad, podía haberlo hecho yo pero él parecía dispuesto a acompañarme dentro para asegurarse que no me fuera quizás.
Suspiré y pasé por su lado en cuanto la puerta de entrada se abrió. Subí las escaleras con rapidez hacia mi habitación, Matthew se detuvo en la puerta y aproveché ese momento para quitarle mi bolso de gimnasia.
—Estás siendo un imbécil —murmuré para mi misma mientras dejaba mi bolso en la cama.
—¿Eso crees?
En cuanto giro me encuentro con el cuerpo de Matthew frente a mi, trago saliva y trastabillo hacia atrás.
—¿Que haces? —Digo en voz baja claramente afectada. El umbral de mi puerta era el límite no establecido en voz alta pero sí notorio. Levi jamás permitiría que atraviesen la puerta de mi habitación, ni siquiera su mano derecha—. Vete...
—Responde la pregunta —ordenó. Por primera vez noté que me hablaba de esa forma y tragué saliva sin entender que ocurría— ¿Crees que soy un exagerado? —Asiento con un nudo en la garganta, sin poder decir nada—. ¿Por qué?
—Yo… —las palabras se agolparon en mi garganta sin poder salir. ¿De donde venía aquel accionar? Matthew jamás me hablaba de esa manera—. Sí, es lo que creo —dije fingiendo recobrar la compostura—. Porque solo entrenábamos, no tiene nada malo...
—Yo no lo veo así —me interrumpe en voz baja y se acerca un poco—. Eso no parecía un entrenamiento normal.
—Entrenaba contigo todo el tiempo —le recuerdo.
—Era diferente.
Matthew alzó una ceja y me dedicó una larga mirada donde pude adivinar que estaba analizando mi reacción. Entonces algo hizo clic en mi cabeza y un escalofrío de miedo me recorrió.
—No puedes decírselo a mi padre —supliqué, perdiendo mi fachada—. Él no puede saber lo que pasó en el ring. Si se entera, matará a Max. Lo sabes.
Matthew se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal de una forma que nunca se había permitido. La luz del pasillo perfilaba su rostro, dándole una apariencia casi demoníaca.
—¿Qué hay entre ustedes dos? —Preguntó, sus palabras saliendo como cuchillas.
—Nada —me apresuré a responder—. No es lo que crees. Solo estábamos entrenando.
—No es lo que parecía...
—Eso es un problema tuyo, ¿no lo crees? —Digo entre dientes y me lanzó una mirada intensa y reprobatoria—. No es mi culpa que...
—Maddox —me advierte y no puedo continuar—. No intentes engañarme.
—No lo hago —digo entre dientes.
—No me gustaría descubrir que me engañas.
Trago saliva. Esto no puede ser cierto.
—Matthew...
—Porque si me entero que me engañas —se acerca otro paso—. Todo puede acabar muy mal, lo sabes ¿cierto?
—Basta —pido entre susurros—. Deja de comportarte de esta forma, es...
—¿Qué?
Trago saliva. Matthew está demasiado cerca y su perfume invade todo el espacio a mi alrededor sin dejarme pensar con claridad.
—No me gusta —digo en voz baja.
—¿Por qué siento que es mentira?
¿Qué demonios le ocurre?
Retrocedí, pero mis piernas chocaron contra el borde de mi cama.
Terminé sentada, y Matthew se inclinó sobre mí, apoyando una mano a cada lado de mi cuerpo, atrapándome.
Sus ojos bajaron a mis labios con una intensidad que me robó el aliento.
No era la mirada del consigliere ; era la de un hombre que estaba al borde de perder el control.
El ambiente se volvió denso, cargado de una tensión eléctrica distinta a la de Max. Esto era más oscuro, más posesivo.
—Sabes muy bien lo que le ocurre a quien se sobrepasa contigo —dijo, su voz vibrando en mi pecho—. Andrew Donovan terminó en el fondo del lago Michigan por mucho menos de lo que mi hermano te estaba haciendo.
Trago saliva.
—Matthew…
—¿O debo recordar lo que sucedió antes de tu viaje a Grecia?
Mierda.
—No —susurro y niego—. Dijiste que... que solo lo habías amenazado...
—¿Eso dije? —El aire escapa de mis pulmones cuando lo veo encogerse de hombros—. Quizás no te dije todo lo que ocurrió...
—N-no puedes estar hablando en serio —dije entre dientes.
—Claro que sí. Sabes lo que le ocurre a quien se sobrepasé contigo.
—¡Max no se sobrepasó! —Exclamé, aunque mi propia reacción delataba que no había sido una pelea normal.
—¿Segura? —Su aliento rozó mis labios. Se inclinó un milímetro más, y por un segundo, creí que iba a besarme—. Quiero dejarte algo muy claro, Maddox. Tú y mi hermano… eso jamás va a ocurrir.
—¿Por qué te importa tanto? —Le desafié, con el corazón galopando contra mis costillas.
Él no respondió con palabras. Sus manos apretaron las sábanas de mi cama, y por un instante, vi una grieta en su máscara de hielo. Un destello de celos tan puro que me quemó.
¿Celos? ¿Era celos lo que atravesaba los ojos de Matthew?
Definitivamente nada tenía sentido.
—¿Tienes idea de qué habría pasado si Levi hubiera sido quien los encontraba en esa posición?
—Me espetó, usando el nombre de mi padre como un escudo para ocultar su propia rabia—.
Si su mano, y no la mía, hubiera sido la que te arrancaba de ese ring, Max ya no tendría pulmones para respirar.
No lo cubras. No lo protejas. Porque el próximo que intente tocarte de esa forma, sea quien sea…
no llegará al lago. Me encargaré yo mismo.
Se apartó de golpe, dejándome con el frío de su ausencia. Salió de la habitación sin mirar atrás, desapareciendo como el fantasma que pretendía ser.
Me dejé caer en la cama, con la piel ardiendo y la mente en caos.
Los hermanos Hardaway no eran solo el arma de mi padre, eran mi perdición.
Y lo peor era que no sabía cuál de los dos venenos me mataría primero.