CAPITULO 10
maximo
E sto era una sentencia de muerte firmada con sangre. Y, aun así, no podía apartar los ojos de ella.
Maddox estaba frente a mí, con los hombros tensos y la mirada encendida, lista para despedazarme.
Sabía que seguirle el juego era lanzarme de cabeza a un pozo sin fondo.
Mi instinto de supervivencia me gritaba que perdiera, que la dejara ganar y saliera de aquí antes de que Levi Salvatore decidiera que mi cabeza quedaría mejor adornando una pica.
Tragué saliva, el recuerdo de sus palabras resonando en mi mente como una advertencia se sintió más peligroso y atractivo que nunca.
El último chico que me molestó está en el fondo del lago Michigan.
¿Había sido Matthew el encargado de limpiar sus desastres? No tenía dudas. Mi hermano la protegía con una devoción que rozaba lo insano.
—¿Vas a quedarte ahí como un maldito poste o vas a pelear, Hardaway? —Su voz era un látigo de frustración. La diversión se había evaporado, reemplazada por una impaciencia gélida.
De verdad me estaba retando a pelear, no era solo una actuación o un intento de jugar. Quería pelear. Estaba seguro de que hablaba en serio cuando propuso usarme de saco de boxeo.
—Te cedo los honores de…
No terminé. Su puño impactó contra mi mandíbula con una fuerza que me hizo ver estrellas. Su golpe estaba lejos de ser el de una princesa, fue el de alguien que había sido entrenada para romper huesos.
El impacto me desestabilizó, pero mi orgullo fue lo que más sufrió. Aún así me obligué a mantener el equilibrio, me recuperé, sacudiendo la cabeza y la encontré sonriendo. Se pasó la lengua por los dientes, saboreando el momento.
Al diablo la supervivencia. Si iba a morir, lo haría dándole guerra.
Me lancé hacia ella, olvidando su apellido y el peligro que representaba. Maddox era rápida, una mancha de movimiento y gracia que esquivó mi ataque con una facilidad insultante. Su puño se hundió en mi estómago, sacándome el aire, y antes de que pudiera procesarlo, sentí su cuerpo tras el mío.
—Van dos —susurró contra mi nuca.
Su aliento caliente me erizó la piel.
Iba a destrozarla.
Me giré y, en un movimiento que ella misma me regaló, conecté un golpe en su abdomen. Supe que me había dejado hacerlo, y esa condescendencia me prendió fuego a la sangre. Se estaba burlando de mí.
—¿Qué ocurre, Hardaway? —Otra vez su voz burlona—. Quizás deba hablar con Levi, el entrenamiento que les da a los soldati ha bajado demasiado.
—Vete al diablo, princesa.
—Quizás esta princesa debe enseñarles a los hombres como se da un maldito golpe —murmuró.
Los siguientes veinte minutos fueron una danza brutal.
Esquivamos, golpeamos y nos medimos en un espacio que se sentía cada vez más pequeño.
Maddox no era buena; era excepcional. Conocía mis puntos débiles antes incluso de que yo los expusiera, fui consciente más que nunca que lo que se decía de ella era cierto: el arma más letal de Draghi se movía frente a mis ojos en el cuerpo de la mujer más bella y letal del mundo.
Pero había algo más: estaba sonriendo. No era una mueca sarcástica, sino una expresión de libertad pura. Por primera vez, Maddox Salvatore no estaba fingiendo.
Era la primera vez que Maddox me sonreía y no sabía que hacer con todo lo que estaba experimentando.
Y esa era mi perdición.
En un arrebato de adrenalina, bloqueé su siguiente ataque y, aprovechando mi peso, la empujé contra las cuerdas. El cuadrilátero vibró. Cambié las posiciones en un parpadeo, atrapándola contra la esquina. Mi pecho chocó contra su espalda y sentí cómo su respiración se cortaba, volviéndose errática.
No se esperó mi movimiento. No se esperaba que comience a jugar cuando esto era una pelea en un ring pero yo estaba demasiado ocupado deseando jugar un poco más con ella.
Saber que fue un golpe directo a su ego se sintió como una inyección de éxtasis puro.
—¿Qué ocurre, princesa? —Susurro—. ¿Estabas deseosa de jugar?
—Vete a la mierda, Máximo.
—Mmh —murmuro y me inclino hacia ella—. ¿Nadie quería jugar con la princesa?
—Quizás solo necesitaba un juguete nuevo.
No puedo evitar sonreír con picardía, aunque ella no pueda verme.
—¿Sabes qué creo? —Le murmuré al oído, mi voz descendiendo a una octava peligrosa—. Creo que estás asfixiada por esa jaula de cristal que te construyó tu padre. No quieres que te traten como a una muñeca. Quieres que alguien te rompa para ver qué hay debajo.
Intentó revolverse, pero la contuve con una mano firme en su cintura, presionando mi cuerpo contra el suyo hasta que no quedó ni un átomo de aire entre nosotros. Sabía que estaba cruzando una línea sin retorno. Mi pantalón rozaba su piel, y el calor que emanaba de ella era embriagador.
Estar con Maddox era como jugar con una granada sin seguro.
—Cállate —siseó.
—Dime, Salvatore… ¿en la cama también eres así? —La palabra sexo flotó entre nosotros, densa y prohibida—. ¿También te gusta que se olviden de quién es tu padre? ¿Que te traten como algo que no es frágil?
Ella soltó un jadeo ahogado. Su espalda se arqueó contra mi pecho, un movimiento instintivo que me dio la respuesta que buscaba. La presioné con más fuerza, perdiendo el control sobre mis propios impulsos.
—¿Te gusta que te jalen del cabello y te obliguen a suplicar? ¿Que te tengan atada de pies y manos? ¿Que te lleven hasta el límite? ¿Es eso lo que buscas debajo de todo ese secretismo?
Fue un segundo de distracción. Maddox murmuró una maldición y su codo se clavó con violencia en mi plexo solar. Retrocedí, tosiendo, buscando aire mientras mis pulmones protestaban. Cuando logré enfocar la vista, ella ya estaba sobre mí.
Sus ojos turquesa se habían oscurecido, transformándose en un verde bosque tormentoso. La furia la hacía lucir letal. Hermosa.
Lanzó un golpe directo a mi rostro. Lo esquivé por milímetros, y en un movimiento rápido, trabé mi pie tras su tobillo. Maddox cayó hacia atrás, pero no se fue sola; sus dedos se cerraron en mi brazo, arrastrándome con ella al suelo.
El impacto contra la lona fue sordo. Quedamos atrapados en una maraña de extremidades, mi cuerpo sobre el suyo, nuestras narices rozándose, podía sentir su corazón palpitar, su pulso volviéndose loco contra mi cuerpo.
El gimnasio desapareció. Solo existía el sonido de nuestras respiraciones mezcladas y el olor a sudor y cerezas que me estaba volviendo loco.
Maddox era una droga y yo ya estaba en medio de una sobredosis.
Vi cómo se mordía el labio inferior, un gesto de vulnerabilidad que no encajaba con la guerrera que me había golpeado segundos antes. Sus ojos brillaban con algo que no era odio. Era hambre.
No lo pensé. No podía pensar. Me acerqué a sus labios, pero no la besé; no todavía.
Desvié el rostro, rozando su mandíbula con la punta de la lengua, bajando por la línea de su cuello.
La piel allí era suave, eléctrica. Pasé la lengua de forma lenta, deliberada, y un gemido ronco escapó de su garganta.
Ese sonido fue mi ruina. Estaba perdido, y lo peor es que no quería ser salvado.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
La voz fue como una descarga de agua helada.
Matthew.