CAPITULO 9
maximo
Maddox Salvatore.
El nombre pesaba en mi lengua como el plomo, denso y letal. Había pasado una semana desde que la vi salir del despacho de su padre, y el aire en Chicago todavía se sentía viciado por su rastro. La furia no solo emanaba de sus poros; era una entidad viva que retorcía el ambiente a su paso.
Ya no había rastro de la estudiante gris que se escondía tras los libros. Ahora, cada vez que cerraba los ojos, veía las piezas encajar con una precisión aterradora.
El mismo acero en la mirada que Levi, esa inclinación siniestra de la comisura de los labios que prometía el cielo y el infierno en el mismo aliento.
Ella no era una sombra; era el eclipse que lo oscurecía todo.
Verlos enfrentarse, nariz contra nariz, había sido como observar el choque de dos frentes de tormenta. Levi era el trueno, pero ella… Maddox era el rayo silencioso que te mataba antes de que escucharas el estruendo.
La semana siguiente todo estuvo silencioso.
Sin misiones, sin órdenes, solo evasivas por parte de mi hermano y un vacío irritante en el aula de la universidad.
Maddox no había aparecido. No es que estuviera contando los días —me mentí a mí mismo mientras apretaba la mandíbula—, pero su ausencia era un ruido blanco que me impedía concentrarme.
—¿Has hablado con ella? —La voz de James cortó mis pensamientos como un bisturí.
Lo miré, manteniendo mi máscara de indiferencia impecable. James señaló con la barbilla el asiento vacío al fondo de la clase. El lugar de la princesa oculta.
—¿Por qué lo haría? —Mi voz fue un gruñido bajo, apenas un hilo de desinterés fingido.
—Se supone que tenían un proyecto —insistió él, escrutándome—. ¿O es que la chica invisible finalmente se volvió transparente para ti?
Ese estúpido trabajo... Lo había olvidado por completo.
Me limité a encogerme de hombros.
—No es buena trabajando en equipo —solté, fijando la vista al frente.
Mentía.
Estaba muy seguro que Maddox no era mala en nada; simplemente no jugaba bajo las reglas de nadie más que las suyas. Me molestaba la forma en que su fantasma se había instalado en mi cabeza. Yo había elegido esta vida de sangre y secretos, pero ella… ella había nacido en el epicentro del caos.
Su apellido no era un regalo; era una marca de propiedad de la que nadie escapaba.
Dios, ¿acaso comenzaba a sentir empatía por la princesa?
Pero no podía evitar pensar que había exagerado un poco con mi odio desmedido. Después de todo, una cosa es elegir el tipo de vida que tendrás, aunque sea manchándote las manos de sangre, pero otra muy distinta es nacer con un apellido que condiciona todo.
Cuando la clase terminó, intenté salir antes de que la bilis de mi propia frustración me ahogara. Pero la voz de la profesora me detuvo en seco.
—Señor Hardaway, ¿tiene algo para mí?
Me giré, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—¿Disculpe?
—El trabajo de investigación —dijo ella, ajustándose las gafas con una expresión de desconcierto—. Asumí que lo entregaría con la señorita Müller. Pero Maddox me envió su parte por separado esta mañana. Solo su nombre figura en el archivo.
El frío que recorrió mi columna no fue de sorpresa, sino de una rabia pura y volcánica. La muy maldita me había dejado fuera. Si quedaba algún rastro de empatía por su situación familiar, se evaporó bajo el peso de mi instinto asesino.
—Le daré hasta el final de la semana, Hardaway. No desperdicie su nota —sentenció la profesora.
Asentí mecánicamente y salí al pasillo. El gentío de la universidad me asfixiaba. Necesitaba encontrarla. No me importaba si tenía que quemar cada rincón de Chicago para dar con su escondite. Divisé una cabellera roja entre la multitud y supe que el destino, por una vez, estaba de mi lado.
Penny.
Nadie mejor que su mejor amiga para decirme donde demonios puedo encontrar a la rubia.
—Largo, Hardaway —escupió ella en cuanto me acerqué a su casillero.
¿En qué momento me había ganado el odio de la mejor amiga? Estaba cien por ciento seguro de que no le había hecho nada.
—Penny… —Empecé, pero ella cerró el metal con un estruendo que hizo que varios estudiantes se giraran—. ¿Cómo has estado...?
—Dije que te largues.
¿Por qué eran tan difíciles de tratar?
—Vamos, no seas tan cruel —le regalé mi mejor sonrisa de seductor pero estaba claro que en ella no surtía efecto—. No recuerdo haberte hecho nada...
Ella pareció pensarlo.
—Que existas ya es lo suficientemente molesto —me guiño el ojo y se alejó pero estaba equivocada si creía que la dejaría escapar tan fácil. La alcanzo y bloqueo su paso—. ¿Qué demonios quieres, rarito?
—Saber dónde encontrar a Maddox —digo entre dientes.
Penny alza una ceja y su sonrisa se curva de forma peligrosa.
—Eso es todo una novedad —murmura.
Debo hacer un esfuerzo monumental para no rodar los ojos y forcé mi expresión de chico bueno.
—Vamos, necesito encontrarla —alzó una ceja y se cruzó de brazos como si no comprendiera que necesito de ella. Si por algo eran mejores amigas, esta era la razón: eran completamente irritables—. Necesito tu ayuda, necesito su número —remarqué cada palabra como una orden y su sonrisa se esfumó.
Mierda.
—Sé amable o vete al diablo —me desafió, mirándome desde abajo con una valentía que solo podía venir de su asociación con los Salvatore. Aunque dudo que Penny sepa quienes son—. ¿Para qué querrías verla? Sé muy bien que la detestas.
—No la detesto —mentí, aunque la línea entre el odio y la obsesión se había vuelto peligrosamente delgada—. Tuvimos un mal comienzo.
—¿Un mal comienzo? —bufa con ironía—. La llamaste «princesa malcriada» . Eso se parece más a una declaración de guerra.
Me tensé. Si Maddox le había contado eso, significaba que yo también ocupaba un espacio en su mente. Ese pensamiento envió una sacudida de calor directo a mi pelvis y no pude evitar sonreír. Penny puso los ojos en blancos.
—No es lo que piensas —aclaró.
—No, claro. Que la princesa hable de mí no debería significar nada…
—Por dios, eres insufrible —murmuró.
—Me encantaría quedarme a hablar de todo lo que la princesa habla de mi —admito con sorna—. Pero debo encontrarla.
—¿Por qué?
Dios, ¿acaso existe algo peor que una mejor amiga decidida a estorbar?
—Me comporté como un imbécil —admití, y las palabras supieron a ceniza—. Quiero disculparme.
Penny me estudió, buscando la grieta en mi armadura. Tras un silencio eterno, sonrió con una malicia que me puso sobre aviso.
—Está sin móvil. Un accidente con agua —dijo, refiriéndose indirectamente al hackeo que Will estaba refiriendo—. Pero es miércoles. Bruce’s Gym. Búscala allí.
No me sorprendió la ubicación. El gimnasio de Bruce era territorio Draghi , el terreno de juego de los soldati.
Un lugar donde el sudor olía a hierro y el respeto se ganaba con los puños.
Le dediqué mi mejor sonrisa de angelito a Penny pero la pelirroja me devolvió un gesto obsceno con su dedo del medio.
Tenía sentido que fueran amigas, pensé.
Cuando entré, el gimnasio parecía desierto, pero el eco rítmico y violento de un saco de boxeo me guió hacia el fondo. Me detuve en las sombras, y por un momento, mi corazón olvidó cómo latir.
Maddox.
No era la chica de la universidad. Llevaba el cabello en una coleta alta y tirante, dejando al descubierto una espalda que era una obra de arte y una advertencia.
El top negro apenas cubría lo necesario, pero lo que me robó el aliento fue el dragón de tinta roja que trepaba por su columna, retorciéndose sobre su piel bronceada.
Era la marca de su linaje. Hasta dónde sabía, porque jamás lo había visto, Levi llevaba su dragón negro tatuado en su pierna. Pero Maddox... Su espalda nunca se vio tan excitante como ahora.
Bajé la vista por su cuerpo y la imagen de su trasero envuelto en esos pantaloncillos deportivos me dejó sin aliento.
Era innegable que llevaba un cuerpo tonificado, me quedaba claro que había pasado su vida entera dedicada a entrenar y perfeccionarse.
Por eso un buen trasero no debería dejarme sin aliento pero verla a ella...
Dios, mi polla se puso dura al instante.
Sus golpes eran precisos, letales. Cada impacto contra el saco resonaba con una fuerza que no debería poseer un cuerpo tan esbelto. Sus músculos se flexionaban con una gracia felina, sus curvas resaltaban de una forma que hizo que mi control se desintegrara.
El cabello dorado se balanceaba como un látigo y me pregunté como se sentiría tirar de él para obligarla a recibirme.
Mierda. Debía dejar de pensar de esa forma.
La odias, me recuerdo. La detestas. Es una maldita princesa malcriada, es la mujer más excitante que has visto, pero no deja de ser una malcriada.
—¿Tu obsesión te trajo hasta aquí? —Mierda. Abro los ojos ampliamente—. Que peligroso eres, Máximo...
—¿Alguna vez te dijeron lo insufrible que...?
Se dio la vuelta, y la visión de su abdomen marcado y el sudor brillando en su escote me golpeó como un gancho al hígado. Tragué saliva e intenté calmarme pero me resultaba imposible, mi entrepierna estaba tan dura que podría notarse fácilmente.
—¿Decías? —Murmuró de manera provocativa—. ¿Sabes? Si vas a quedarte ahí mirando, podrías servirme de algo... —Dijo con una sonrisa que era puro veneno Salvatore—. Quizás podría usarte de saco de boxeo.
—No me tocarías ni aunque te diera ventaja, Maddox —respondí, mi voz recuperando su filo autoritario.
Se acercó lentamente, acortando la distancia con la confianza de quien sabe que tiene el poder absoluto.
—¿Quieres apostar, soldati? —Esa palabra fue una caricia y un insulto a la vez.
—No he venido a jugar —di un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. He venido porque me has engañado.
Su sonrisa se hizo más grande, se estaba divirtiendo y yo estaba a punto de explotar.
—¿Eso hice? —Preguntó con ironía.
Ella soltó una risa seca, un sonido que me hizo querer besarla y estrangularla al mismo tiempo. Se giró para alejarse, pero mi mano fue más rápida. La sujeté del brazo, apretando más de lo necesario, buscando una reacción.
Maddox se detuvo, pero no se encogió. Se giró hacia mí y, con un movimiento fluido y experto, utilizó mi propio agarre para atraerme más cerca. Su fuerza me pilló desprevenido.
—No te confundas, Hardaway —susurró entre dientes, sus ojos clavados en los míos con una intensidad febril—. Ya habrás descubierto que no soy una princesa.
Estábamos tan cerca que podía oler el aroma a cerezo de su piel mezclado con el olor metálico del gimnasio.
—¿Cómo habían sido tus palabras? —Susurró sobre mis labios—. No eres más que una niña malcriada...
Bajé la vista hacia sus labios, observo como se relame el labio inferior, y luego continuo bajando a sus pechos que subían y bajaban agitados contra mi cuerpo. El deseo era una presión dolorosa en mi entrepierna.
Mierda. Se supone que me cae mal y la detesto. ¿Por qué mi cuerpo parece tener control por sí mismo?
—Salvatore o no, eso no te da derecho a joder conmigo —murmuré, mi voz volviéndose áspera.
—Oh —susurró con una sonrisa—. ¿El soldati va a llorar?
—No me jodas, Maddox —dije entre dientes—. No me interesa quién eres y tu apellido no me detendría...
Detuve mis palabras en cuanto se inclinó hacia mi oído, su aliento rozando mi mandíbula como una llama.
—A mi padre le encantaría oírte hablar así. ¿Sabes dónde está el último chico que me faltó al respeto? —Hizo una pausa deliberada—. Podrías buscarlo en el fondo del lago Michigan. Si tienes suerte, aún no lo han devorado los peces.
La chica ordinaria había muerto. En su lugar, había una reina de la mafia reclamando su trono. Y lo peor de todo es que yo estaba dispuesto a arrodillarme.
Trago saliva en cuanto me hace un lado con demasiada fuerza y se aleja para volver a centrar su atención en el saco de boxeo.
—Jamás dije que haría tu parte del trabajo —alzó la voz antes de dar el primer golpe y el eco retumbó por las paredes del gimnasio. Estaba a punto de replicar pero se adelantó—. Solo dije que comprendía tu situación.
Maldita.
—Eres...
—Y dije que no me importaba —da otro golpe—. ¿O tu obsesión afecta tu memoria? Es peligroso...
—Te detesto —digo entre dientes.
—Mmh —murmura—. Otra cosa que no me importa.
Le da dos golpes al saco de boxeo y trago saliva al notar lo bien entrenada que está. Solo alguien con un entrenamiento militar podría tener esa fuerza y esa determinación, sus movimientos eran certeros, aunque peleaba contra un saco de boxeo estaba claro que era buena.
—Lucha conmigo —dijo de repente girando apenas. Señaló el cuadrilátero a nuestras espaldas—. Ahora.
—Estás loca. Si te dejo una marca, Levi me cortará las manos.
—Hace un segundo no parecías preocupado por mi apellido —canturreó y escuché otro golpe en el saco antes de alejarse.
Ella ya estaba subiendo al ring, deslizándose entre las cuerdas con una agilidad que puso su trasero en mi línea de visión directa. Maldije por lo bajo.
—Si gano, dejas de seguirme como un perro faldero —sentenció, ajustándose los guantes rojos—. Si tú ganas... Pondré tu nombre en el trabajo y le diré a la profesora que fue un error administrativo.
Me miró por encima del hombro con una sonrisa retorcida que prometía dolor y gloria. No era una invitación; era un desafío a mi hombría, a mi posición, a todo lo que yo creía ser.
Me quité la chaqueta, busqué unos guantes negros y subí al ring. El juego en el que ambos nos estábamos metiendo acababa de volverse sangriento y yo estaba sediento de cada gota.