Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 8
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CAPITULO 8

maddox

D aría cada centavo de la fortuna Salvatore por enmarcar la expresión de Máximo Hardaway en este preciso segundo. Si pudiera, contrataría a un artista para que pintara su palidez, ese rastro de pánico puro que cruza sus facciones mientras su mundo se desmorona a mis pies.

Mantuve mi máscara de porcelana, mi perfecta cara de póquer, pero por dentro estaba saboreando cada gota de su humillación.

¿Pueden culparme?

El arrogante Máximo Hardaway, el hombre que me trató como a una basura malcriada y se burló de mi existencia insufrible, acababa de descubrir que la chica a la que despreciaba es la dueña del aire que respira.

Soy la hija de su Don. Soy su futura reina. Y el juego apenas comienza.

Un móvil comenzó a sonar y escucho la voz de Levi contestar mientras vuelve hacia su silla de terciopelo roja. Debía agradecer a mi padre por la presentación que había hecho, era en parte gracias a eso que el rostro de Máximo estaba tan blanco como el papel.

—Así que... Maddox, ¿eh? —La voz de Will Greymson me sacó de mi deleite.

Me giré hacia el castaño rapado y de ojos grises. Lo conocía demasiado bien, como si hubiéramos compartido momentos juntos, aunque no me era necesario. Él era el cerebro, el chico que podía desmantelar un país desde un teclado. Ahora sostenía mi móvil como si fuera un trofeo.

—Will Greymson —lo interrumpí antes de que empezara su acto de seducción barato—. Experto en tecnología, el eslabón más joven y, según tu expediente, con una alarmante falta de filtro social.

Will me dedicó una sonrisa de dientes blancos, pero mis ojos ya estaban en el siguiente objetivo: Jace Fitz. El rubio me observaba con una fascinación que bordeaba lo peligroso. El tatuaje sobre su ceja se contrajo cuando su sonrisa se ensanchó.

—Jace Fitz —dije, acortando la distancia—. Entrenamiento militar de élite, experto en demoliciones. Podrías convertir este edificio en cenizas en sesenta segundos si te lo propusieras.

Jace hizo una inclinación que fue más una burla elegante que una reverencia.

—A sus órdenes, princesa.

Un gruñido bajo, casi animal, vibró en la habitación. No necesité girarme para saber que Matthew estaba perdiendo la paciencia. Matthew siempre estaba en un estado de combustión lenta.

Con una determinación que me quemaba la sangre, caminé hacia Max.

Él me miraba con los ojos entrecerrados, buscando una grieta en la realidad, esperando despertar de esta pesadilla.

Me incliné hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que pude oler el rastro de tabaco y peligro que siempre parecía acompañarlo a todas partes.

—Máximo Hardaway —susurré, dejando que mi voz fuera una caricia letal—. El hermano menor. El soldado rebelde. Dime, Max... ¿Tú sirves para algo útil o sólo estás aquí para ocupar espacio?

Sus ojos ardieron en furia. Le regalé mi sonrisa más afilada.

—¿Qué pasa? ¿El gato te comió la lengua? —Me acerqué más, rozando su oído—. Ya sabemos que a las serpientes no les gustan los gatos.

Le guiñé un ojo y me alejé, dejándolo hirviendo en su propio odio. Lo había desafiado frente a sus iguales. Y él no podía hacer absolutamente nada. Había ganado un punto en nuestra guerra silenciosa.

—Y por supuesto, el hermano mayor —señalé a Matthew sin mirarlo—. Mi niñera con esteroides.

Matthew resopló, cruzando sus brazos macizos sobre el pecho.

—¿Terminaste con el espectáculo, Maddox? —Su voz era un trueno sordo—. Es hora de llevarte a casa antes de que decidas declarar una guerra por diversión.

—¡Pero si apenas nos estamos conociendo! —Jace hizo una mueca con sus labios que intentó ser tierna pero en alguien con su aspecto no resulta.

Jace era, por supuesto, el más divertido. Lo conozco solo por su expediente, pero puedo asegurarlo.

—De hecho —comencé a decir—. Yo tengo un expediente de cada uno —remarqué las palabras y le dirigí un rápido vistazo a Máximo, que se limitó a presionar los labios en una fina línea—. Así que los conozco demasiado bien...

—¿De verdad? —Jace parecía honestamente sorprendido—. ¿Todo este tiempo supiste quienes eramos?

—Y cómo encontrarlos. Por si algo... Sucede.

Hace una mueca.

—¿No es... Arriesgado? Si hoy tuviéramos que buscarte ni siquiera sabríamos como empezar...

—¿Estás cuestionando mis métodos, Jace?

La voz de mi padre cortó el aire como una guillotina. Levi Salvatore había terminado su llamada. El Don había regresado, y con él, el frío invierno de Chicago.

Jace se tensó, fue un tanto impulsivo hablarle de esa manera a su Don, solo Matthew podía hablarle con tanta ligereza y ni siquiera lo hacía, era el que más sentía respeto por mi padre. Me interpuse entre ellos antes de que mi padre decidiera que Jace necesitaba una lección de modales.

—No te desquites con él —le advertí a Levi.

Sus ojos verdes, tan parecidos a los míos, me atravesaron. Estaba furioso. Sentí el impulso de retroceder, de volver a ser el fantasma que él quería que fuera, pero alcé la barbilla. No hoy.

—Hablaremos en casa —zanjó él, su voz cargada de una autoridad que no admitía réplicas.

Puse los ojos en blanco y bufé.

—Cálmate —dije despacio—. No fue culpa de nadie que hackearan mi móvil, Levi.

—¿Tú crees? —Dijo entre dientes.

Alcé una ceja desafiante.

—Fue un error de seguridad, no mi falta de cuidado.

—Un error de seguridad —asintió con una sonrisa cínica—. Creí que estaba claro que un Salvatore no comete errores...

—Eso es injusto...

Se puso en pie, apoyando sus manos sobre el escritorio con una fuerza que hizo crujir la madera.

Sentí el ambiente a mi alrededor tensarse como una cuerda de un piano a punto de romperse. Tragué saliva.

Sus nudillos estaban blancos

—¡Quizás si te tomaras esto en serio, no habría errores , Maddox! —Mi corazón late con fuerza al escucharlo hablarme así—. Si dejaras de jugar a la estudiante universitaria y entendieras que cada segundo que pasas siendo «normal» es un segundo que te pone una diana en la espalda.

—No puedes hablar en serio —digo entre dientes. Siento mi enojo regresar y estoy a punto de explotar—. Deberías dejar de echarme la culpa solo porque eres paranoico.

—¿¡Paranoico!? —Deja escapar una risa sarcástica— ¡Eres descuidada! ¡Actúas como una niña cuando necesito que seas un arma! ¡Es tu culpa!

—¡Hago esto por ti! —Le recuerdo—. Finjo ser quien no soy por ti, solo por ti. ¿Y ahora resulta que eso también te molesta? —Alzo mi voz por encima de él— ¿Qué pretendes que haga? ¿Quieres que permanezca encerrada en casa?

—Quizás deberías —dice entre dientes.

—¿Disculpa?

No está hablando en serio, no puede...

—Quizás esa sea la única forma de mantenerte a salvo, ya que no pareces poder cuidarte sola.

—No estás hablando en serio… No puedes considerarlo, es…

—¡Lo que ocurrió hoy es tú culpa!

El grito retumbó en mis huesos. Retrocedí un paso, sintiendo el escozor de las lágrimas. No eran de tristeza; eran de una rabia pura, volcánica. Me esforzaba cada día por ser invisible, por enterrar mis deseos bajo el peso de su apellido, ¿y me llamaba descuidada?

Él notó mi expresión y sus rasgos se suavizaron, pero el daño ya estaba hecho. Las palabras son como balas; una vez disparadas, no puedes recuperarlas.

—Maddox...

—Vete a la mierda, Levi.

Me di la vuelta y salí de allí. No iba a dejar que Max viera cómo se me quebraba la voz. No iba a darle ese trofeo. Crucé el edificio y salí a las calles frías de Chicago, caminando con el corazón martilleando en mis oídos.

Unos pasos pesados me siguieron, podía sentirlo y sabía quien era mucho antes de que me toque. Su mano se cerró sobre mi brazo, firme pero sin intención de herirme, dispuesto a detenerme a como diera lugar. Matthew.

—Suéltame —siseé, intentando zafarme.

—Él no quiso decir eso —dijo él con esa calma exasperante que usaba para apagar incendios.

—¿Ahora eres su paloma mensajera? —Me giré hacia él, con las lágrimas rodando finalmente por mis mejillas—. Déjame en paz. Puedo llegar sola.

—No, no puedes —dijo con firmeza—. Si alguien hackeó tu móvil, están cerca. Te llevaré a casa, es más seguro así...

—¡Que me hagan daño! —Mentí, la frustración desbordándose—. Quizás así Levi tendría una razón real para odiarme.

—Maddox, deja de comportarte como una niña...

—¿Y si quiero serlo? —Le grité—. ¿Es un pecado querer una vida mediocre? ¿Querer ir a clase sin un maldito asesino vigilando mis sombras?

Los ojos de Matthew me atravesaron. En menos de un segundo me acerca a él con fuerza y nuestros pechos están a centímetros de distancia.

—Si piensas que tus palabras pueden hacerme daño estás muy equivocada —su voz es tensa y baja, casi siniestra. Trago saliva porque nunca lo escuché hablar así—. Con gusto sería tu asesino personal si eso evita que estés en peligro.

Un nudo se forma en mi garganta y mis palpitaciones se descontrolan.

—Bien —dije con la voz entrecortada—. Pero no te necesito para ir a casa.

Matthew soltó un suspiro cargado de algo que pareció lástima, y eso fue la gota que colmó el vaso. Antes de que pudiera protestar, me levantó del suelo como si no pesara nada, cargándome sobre su hombro.

—¡Suéltame, bruto!

No dijo una palabra. Me metió en su coche y cerró la puerta con un golpe seco.

—Quédate quieta, Maddox. O juro que te ataré al asiento.

El viaje fue un cementerio de palabras no dichas. Cuando llegamos a la mansión, Matthew no abrió el cierre centralizado. Se quedó mirando al frente, con la mandíbula tensa.

—Él solo quiere que sobrevivas —murmuró—. Y yo también.

—Vaya forma de demostrarlo —bufé—. Es agotador —confieso.

Matthew tiene los nudillos blancos sobre el volante y yo suspiró mientras lanzo mi cabeza hacia atrás.

—Es un estupidez —susurro—. Hay personas con problemas reales y yo… me molesto porque mi padre mafioso me construyó una jaula de cristal blindado —dejo escapar una risa irónica—. Tiene sentido, después de todo soy su arma.

—No quiso decir eso —susurra con voz suave.

Giro mi cabeza hacia él, para verlo. Sus nudillos ya no están blancos, ahora sus manos descansan en sus muslos y tiene la cabeza ladeada hacia mi con una expresión de cansancio.

—Pero lo soy, ¿cierto? —Susurro, como si decirlo en voz alta pudiera hacerlo más cierto—. Para eso estoy aquí, ¿verdad? Soy el arma más letal de Draghi . La línea entre ser su hija y ser un arma es bastante fina y difusa a veces.

—Él se muere si algo te sucede. Reduciría este mundo a cenizas si alguien te dañara, el…

—Me ama —completo la frase y sonrío de forma triste—. Pero es un tanto retorcido.

—Como todo en nuestro mundo, Maddox.

Siento mis ojos llenarse de lágrimas. Es cierto, por supuesto que lo es.

¿Cómo puede ser el trato y el amor de un hombre de la mafia?

¿Qué puedo esperar de Levi aunque sea mi padre?

Solo esto. Lo sé, pero aun así no es sencillo.

Sé para lo que fui educada, sé cual es mi destino: ser su sucesora.

Pero me cuesta aceptar que mi único fin en esta vida sea sentarme en un trono bañado de sangre.

Bajo la vista hacia mis manos entrelazadas sobre mi regazo, trago saliva y el nudo en mi garganta se hace más pesado.

Tiene razón, sé que la tiene, pero eso no lo hace más sencillo.

Porque entonces… ¿Qué otra cosa puedo esperar de esta vida?

No puedo esperar amor, no el amor con el que sueña mi mejor amiga, ni siquiera ese que vemos en Netflix, no puedo permitirme eso, ni siquiera puedo salir con un chico sin que este acabe en el lago Michigan.

—Nunca seré normal, ¿cierto?

Digo las palabras en voz baja y lo escucho suspirar con pesadez, vuelvo a verlo y entonces sus ojos me atraviesan. Se inclina en mi dirección, el espacio en el coche se reduce drásticamente. Sus ojos brillan con una intensidad oscura, una que iba más allá del deber.

—Lamento que no puedas tener esa vida mediocre que deseas, Maddox.

Dejo escapar una risa amarga.

—Lo haces sonar como si fuera una estupidez —murmuro.

—Lo es, si me lo preguntas —suspira—. No sé porqué te niegas a aceptar tu vida. No sé porque te cuesta tanto aceptar el apellido que llevas, no lo sé y no lo entiendo.

—Para ti es diferente, Matthew —lo miro—. Tu puedes elegir no llevar esta vida.

—¿Te olvidas del omertá ? —Su sonrisa es amarga—. Lo siento pero no quiero que mi cabeza ruede por las calles si rompo el juramento más importante de Draghi .

Niego.

—Sabes que es diferente. Levi no te haría daño si quisieras alejarte.

—A ti tampoco te haría daño.

—No, claro —susurro—. Solo me vería con la misma expresión de hoy: decepción pura.

Bajo la vista pero su mano en mi mentón lo evita, sus ojos chocolate brillan en la oscuridad del coche.

—Hey —susurra—. No podrías decepcionarlo aunque quisieras —sonrío, me gustaría creerlo—. Pero debes aceptar que el destino no te dio una opción. Así que tienes dos caminos: abrazas el fuego de tu apellido o dejas que te consuma hasta las cenizas. La Maddox que yo conozco no es una cobarde que huye.

Un nudo se formó en mi garganta.

—No naciste para ser ordinaria ni mediocre —continuó él, y por primera vez, vi una chispa de algo parecido a la devoción en su mirada—. Eres Red Dragon . Es hora de que dejes de esconderte y reclames tu trono.