CAPITULO 7
maximo
e n Chicago, la eficiencia no es una virtud; es una moneda de cambio para seguir respirando.
La misión en Riverwalk había sido impecable, un recordatorio de que los Hardaway éramos los mejores soldados que Draghi podría tener.
Mi hermano, Matthew, se había encargado de cada detalle con esa precisión quirúrgica que me ponía de los nervios, pero el resultado era indiscutible: armas ilegales, dinero limpio y el Don satisfecho.
Una de las pocas cosas que me dejaban tranquilo: ver a Sky Dragon feliz y no a punto de asesinar a alguien.
Por eso, esperaba encontrarme con un Levi tranquilo, el Don calmo y satisfecho de siempre después de una misión. Me equivoqué, por supuesto. El ambiente en el despacho de Salvatore no era el de una celebración, sino más bien el de una ejecución inminente.
O una guerra a punto de estallar.
El aire estaba tan cargado de estática que el vello de mis brazos se erizó.
Nos encontrábamos en el último piso de la torre más imponente de la ciudad, un templo de cristal y acero desde donde Levi gobernaba su imperio de coches importados de día y muerte de noche.
Pero hoy, el Dios de Chicago no parecía un hombre en control.
Se parecía a un reloj de una bomba de tiempo que estaba cerca de llegar a cero. No sabría que hacer si eso ocurría.
Pasé la vista por todo el lugar, el despacho era amplio, con una alfombra roja que abarcaba todo el piso, un amplio escritorio de madera de roble, una biblioteca con libros, una pequeña mesa donde Will estaba sirviendo un vaso de whisky intentando hacer el menor ruido posible, un sofá rojo oscuro como el vino donde Jace yacía desparramado con la vista fija en su móvil.
Jamás había visto a Levi Salvatore nervioso o alterado, pero ahora parecía a punto de estallar por un ataque de ira. Siempre lo había visto serio, enojado e incluso feliz, lo cual era retorcido si pensamos que las veces en que lo había visto así era cuando llevaba las manos manchadas de rojo.
A veces me resultaba increíble que el tipo sea padre. No podía imaginarlo en otro aspecto que no sea la imagen de mafioso que daba y la reputación de asesino que le precedía.
Siempre se dijeron muchas cosas de Levi Salvatore el Don de Draghi, en su mayoría sobre sus venganzas cobradas y los omertá rotos por socios que se había cargado uno a uno. Pero nunca se habla de su faceta de padre, en su mayoría porque nadie lo sabía.
Solo pocas personas de la organización tenían ese conocimiento, era la forma de que el Don controle el hecho de podía convertirse fácilmente en un blanco fácil.
Aunque la familia Salvatore era terreno prohibido, incluso para alguien como yo, uno de sus mejores soldati , estábamos al tanto de que era padre.
Aunque siendo honesto, me importaba muy poco, después de todo, yo trabajo para el Don, no para el papá Salvatore.
El silencio se rompió gracias a la brusca entrada de mi hermano, Levi abrió ampliamente los ojos en su dirección y todos nos pusimos en alerta. Matthew hizo un gesto, una especie de negación que le resultó difícil al parecer.
Levi Salvatore, el hombre que no parpadeaba mientras apretaba el gatillo, estaba al borde de un abismo de furia pura.
—¿Dónde está? —Su voz se parecía más a un rugido contenido que hizo que el whisky en el vaso de Will vibrara.
Jace, desparramado en el sofá con esa falsa calma de depredador, ni siquiera miró su móvil cuando lo escuchó. Todos estábamos en alerta. Una regla no escrita en la organización: si el Dragón arde, todos nos quemamos. Más nos vale mantenerlo contento.
—No hay rastro de ella —dijo mi hermano.
Levi golpeó el escritorio de roble con una fuerza que habría fracturado los huesos de cualquier otro hombre. Sus ojos, antes de un verde gélido, ahora eran lava hirviente.
—¿Cómo demonios es posible, Matthew? —La voz del Don bajó una octava y noté a mi hermano nervioso—. ¿Donde estabas tú? ¿Qué era más importante que vigilarla?
—Levi, me pediste...
—¡No me importa! —Lo interrumpe— ¡Nada ni nadie es más importante que ella!
—Lo se —susurra mi hermano.
Alzo una ceja. ¿Qué demonios estaba ocurriendo?
—¡Busquen en cada maldito rincón! —Sentenció Levi, su voz destilando una sed de sangre que me revolvió el estómago—. Si alguien la ha tocado, Chicago arderá hasta los cimientos —dijo entre dientes—. Si no la encuentran, no se molesten en volver. Yo mismo me encargaré de enviarlos al infierno.
Permanezco congelado cuando lo escucho hablar así.
¿Quién era «ella» ? ¿Una amante? ¿Un cabo suelto?
No, pienso, Levi Salvatore jamás deja un cabo suelto, eso lo sé mejor que nadie.
No entendía por qué Matthew parecía tan personalmente afectado, hasta que el sonido de una discusión en el pasillo rompió el silencio, lo que provocó que todos llevemos la vista hacia la puerta pero nadie reaccionó, por el rabillo del ojo vi a mi hermano tensarse al escuchar la pelea de una mujer con quien sabía era un guardia de seguridad.
Intenté agudizar mi oído para identificar la voz pero un segundo guardia se sumó a la pelea.
Antes de que alguien pudiera reaccionar la puerta del despacho se abrió de par en par y tragué saliva.
Maddox.
La rubia ordinaria de mi clase de la universidad entró como si fuera la dueña del maldito mundo. No había rastro de la chica invisible que se escondía tras los libros. Sus ojos echaban chispas y su postura era la de alguien que nunca ha tenido que pedir permiso para existir.
¿Estaba en una especie de pesadilla? ¿Acaso estaba viviendo una parálisis de sueño? ¿O me había despertado en otra dimensión?
No tenía sentido.
—¿Qué clase de jodido psicópata eres, Levi? —Le espetó, plantándose frente a su escritorio—. ¿Un operativo? ¿En serio?
El silencio que siguió fue sepulcral.
He visto a hombres morir por mucho menos que levantarle la voz al Don. Pero Levi Salvatore no sacó su arma. Al contrario, se hundió en su silla, exhalando un suspiro que sonaba casi a... ¿Alivio?
¿Era alivio lo que veía en los ojos del Don?
—No respondías —dice entre dientes—. Era imposible contactarte...
—Por Dios —suspira Maddox—. Eres increíble.
—¿Dónde demonios estabas? No contestabas el teléfono —gruñó él, aunque la amenaza se había evaporado.
—¿¡Hiciste todo este maldito escándalo por qué no respondía el teléfono!?
Pese a la voz de Levi, la rubia parecía poseída por una furia ardiente.
—¿¡Y qué demonios esperabas que hiciera…!?
—¡No me grites, Levi! —La rubia le sostuvo la mirada y lo apuntó con un dedo acusador—. No soy uno de tus soldaditos, no te equivoques.
El silencio que siguió pareció durar horas, todos compartimos una mirada de confusión pero lo que captó mi atención fue la mirada de mi hermano. Sobre Maddox. ¿Era alivio lo que veía en los ojos de Matthew?
Definitivamente estaba sufriendo una parálisis de sueño.
—Estaba entrenando —Maddox parecía más calmada, solo un poco—. ¿Acaso no tengo permitido tener una vida fuera de tu control? —Maddox se giró hacia mi hermano—. Y tú, Matthew, deja de verme así. Me cambiaste el horario y se te olvidó mencionarlo.
Mi hermano y Levi compartieron una mirada intensa.
—No hice ningún cambio en tu agenda —la voz de Matthew es tan tensa y afilada que podría cortar el aire—.
Espera... ¿Ayer fuiste a tu casa luego de la universidad por eso?
—Maddox se limitó a asentir como si fuera una estupidez—.
Tu teléfono ahora —ordenó acercándose, la rubia se lo extiende con una mueca y mi hermano comienza a teclear con rapidez—.
Le diste el permiso a alguien más para acceder.
—¿Qué? —Maddox hace una mueca—. No. Eso es imposible…
—Es lo que aquí dice.
—Matthew, ¿a quién demonios le daría permiso…?
—Lo han hackeado —Levi parece pensar para sí mismo en voz alta—. Will, encárgate.
Es lo único que necesita decir para que mi compañero se acerque serio hasta Matthew y tome el teléfono, asiente y vuelve a alejarse.
¿Alguien puede explicar qué demonios ocurre? ¿Por qué Maddox está aquí? ¿Quién demonios es Maddox?
Me quedé estático, observando la escena. Las piezas del rompecabezas chocaron en mi mente con la fuerza de un disparo a quemarropa. La forma en que ella se movía, el respeto casi reverencial que le tenía Matthew, el parecido físico que ahora resultaba insultante por lo obvio que era…
No podía ser. Tenía que existir alguna otra explicación. Maddox no se apellida Salvatore, recuerdo que la mencionan con otro nombre. Pero entonces, ¿qué significa esto?
Escucho a la rubia exhalar un suspiro y vuelvo a la realidad, la veo cruzarse de brazos a la altura del pecho y dedicarle una mirada de reproche a mi hermano.
—Entonces, ¿no tendré teléfono hasta...?
—No llores —dijo mi hermano rodando los ojos. Alcé una ceja—. Te conseguiré otro.
¿Mi hermano... acababa de hacer una broma? No, imposible. Matthew solo sabe comunicarse por medio de gruñidos, pocas palabras y miradas asesinas. Y Maddox... ¿acaba de sonreírle? ¿Qué demonios?
A mi jamás me había sonreído.
Porque eres un imbécil arrogante , me recuerda una voz en mi cabeza. Era cierto.
Jace le dedica una sonrisa que de tierna y dulce tiene muy poco.
—Entonces... ¿Esta es la famosa leyenda?
Levi se puso en pie recuperando su aura de poder, rodeo el escritorio con paso firme hasta llegar al lado de Maddox y puso una mano sobre su hombro.
En su mirada no había solo protección; había orgullo.
Un orgullo oscuro y peligroso.
—Les presento a Maddox Salvatore —anunció, y cada palabra se clavó en mi pecho como un puñal—. Mi hija y mi única heredera. Espero que el mundo la recuerde como Red Dragon .
Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la bilis. Había pasado meses subestimándola. Mucho antes de hablar por primera vez, ya sabía que se trataba de una princesa, pero nunca pensé que una de este calibre. Había tratado a la princesa de la mafia como si fuera una distracción irrelevante.
Maddox no era una estudiante normal. Era mi jefa. Era la dueña de mi destino. Y mientras su mirada fría se cruzaba con la mía, una certeza se instaló en mi sangre.
La odiaba. La odiaba porque era intocable, porque me había engañado, se había burlado de mi y porque, a pesar de todo, mi cuerpo acababa de reconocerla como su única y más letal obsesión.