CAPITULO 6
Maddox
E n mi mundo, la libertad es una ilusión óptica. Una correa invisible que mi padre acorta a su antojo. A mis diecinueve años de edad ya debería estar acostumbrada, pero a veces la ilusión de libertad en la que vivo me hace creer que puedo controlarlo todo, incluso mi propia vida.
Miré la pantalla de mi teléfono y sentí esa familiar presión en el pecho.
Mi agenda había sido alterada. De nuevo.
No es una agenda normal; es un registro de vida al que Levi Salvatore tiene acceso total.
Él decide cuándo entreno, cuándo estudio y cuándo se me permite fingir que soy una chica ordinaria con el apellido de una mujer que ve dos semanas al año.
Levi es un hombre extraño, no solo por ser el Don de la mafia, sino porque si fuera por él me la pasaría encerrada en la mansión.
Cuando era niña una vez intentó que tuviera clases personalizadas en casa, pero me negué.
Su idea de normalidad y pasar desapercibida es ser una prisionera.
En parte lo soy, sé que vivo en una jaula de cristal, soy un arma que él pule a su antojo hasta que pueda empuñarme cuando sea su sucesora.
Hasta que eso suceda para mi padre sería mejor que no saliera al mundo exterior, incluso no apoya mi idea de estudiar en la universidad.
Pero debí negociar ese permiso hace tiempo, con condiciones, por supuesto.
Si olvido registrar un café con Penny, Chicago se convierte en una zona de guerra. Tras la última vez que «desaparecí» por una tarde, la discusión sobre el rastreador GPS duró una semana. La agenda fue mi único compromiso para evitar llevar un chip bajo la piel como un animal de exposición.
Mis clases de boxeo de los lunes se habían movido al martes. Solo había una razón para que mi padre alterara mi rutina de combate: Matthew.
«—Matthew no está ahí para vigilarte, piccola. Está ahí para ser tu aire.»
Recuerdo las palabras de mi padre y suspiro. El aire a veces asfixia.
Comprendía la necesidad. Ser la única hija del Don de Chicago me convierte en el trofeo más codiciado de la mafia Draghi y en el blanco más fácil para sus enemigos.
Por eso Matthew Hardaway es mi sombra desde que yo tenía once años y él era un joven de diecinueve con los ojos cargados de una pérdida que yo aún no entendía.
Tras la muerte de sus padres, Levi los acogió, Matthew tenía dieciséis pero un par de años después le permitió conocerme y acabó siendo mi sombra.
Él es el único que conoce mi rostro real, mi nombre real y el peso de mi corona invisible.
Caminé hacia casa, sintiendo ese hormigueo en la nuca que solo aparece cuando él está cerca. No necesitaba girarme. Podía olerlo: sándalo, pimienta negra y es nota metálica que conocía demasiado bien.
—Tu presencia hoy es especialmente densa, Matthew —dije al aire, con una sonrisa curvando mis labios.
Una risa baja, vibrante como un trueno lejano, rompió el silencio de la calle desierta.
—Ya deberías haber aprendido a ignorar a los fantasmas, Maddox.
Me detuve y dejé que me alcanzara. Matthew era una versión pulida y letal de su hermano menor.
Mientras Max era un caos de impulsos, Matthew era un algoritmo de precisión.
Su cabello castaño estaba perfectamente peinado, y sus ojos chocolate, aunque idénticos a los de Max, poseían una profundidad abismal que parecía leer mis pecados antes de que yo los cometiera.
—Difícil ignorarte cuando no te separas de mí ni un segundo —respondí, desafiándolo con la mirada.
—Cuidado. Podría pensar que mi compañía te molesta.
—¿Y si fuera así?
—Entonces tendrías que buscar a otro que te traiga dulces prohibidos a las tres de la mañana cuando tu padre prohíbe el azúcar en la casa.
Me giré para fulminarlo, pero su expresión era de una calma exasperante.
Matthew era mi cómplice silencioso, siempre lo había sido.
Una vez, incluso lo obligué a comprarme tampones en medio de una misión de vigilancia.
Apareció en mi ventana con la marca más cara del mercado y una expresión imperturbable.
Si mi padre supiera que Matthew entra en mi habitación de noche para alimentarme con golosinas y secretos, su mano derecha perdería la cabeza. Literalmente.
—¿Estamos bien? —Susurró mientras caminaba a mi lado.
Otra vez el recuerdo de lo que sucedió antes de irme a Grecia.
—Tú dime, Matthew —me encojo de hombros intentando no parecer afectada—. Al menos ahora puedes mirarme a los ojos.
—No me gusta cuando te enfadas conmigo —lo veo arrugar la frente como si mi enfado hubiera sido un simple capricho—. Sabes que solo hago…
—Lo que el Don ordena, ya lo sé —lo interrumpo.
—No, lo que es mejor para ti.
Lo miro y él sostiene mi mirada, alzo una ceja.
—No sabía que lo mejor para mí era asesinar personas.
Pone los ojos en blanco.
—Nunca dije que lo asesiné.
Cierro los ojos y niego.
—¿Estamos hablando con esta liviandad de una muerte? —Murmuro más para mi—. Eres increíble…
—Repito, no asesiné a nadie —alzó ambas manos en señal de inocencia.
—¿Y qué ocurrió?
—¿De verdad quieres saber? —La respuesta a esa pregunta siempre es un sencillo «no».
Pero esta vez fue demasiado lejos para ignorar lo que ocurrió.
Mi expresión debe haberle indicado mi respuesta sin necesidad de palabras, se limitó a suspirar—.
Le dije que si quería seguir respirando más le valía alejarse de aquí.
—¿Lo obligaste a mudarse de estado, Matthew? Eres increíble…
—Mejor dicho, de país.
—¡Matthew!
—¿Qué? Sabes cómo son las cosas aquí.
Trago saliva.
Claro que lo sabía. Eso no lo hacía más normal.
Lo miré por un segundo, observando cómo siempre estaba en alerta. No podía reclamarle nada, en realidad él hacía lo que Levi ordenaba y si seguía en una pieza sin estar en peligro nunca era por él.
Nunca tuvo que recibir una bala por mí, pero sé que lo haría. Sería capaz y lo creía con toda la seguridad del mundo. Quizás por eso no me podía enojar realmente con él, no cuando Levi ordenaba que rodaran cabezas de cualquier chico que me interese o se acerque a mí.
«No hay lugar para eso en nuestra vida, mia cara. Los Salvatore no perdemos el tiempo con las debilidades y las emociones como el amor, aunque sea algo infantil, son defectos.»
Mis ojos se llenan de lágrimas al recordar la conversación que tuvimos hace dos años cuando intenté salir con un compañero de clases. Niego intentando apartar esos recuerdos, de nada me sirven ahora, me había endurecido los suficiente para no dejarme llevar por debilidades e impulsos.
—¿Hay una misión hoy? —Pregunté, bajando la voz.
El rostro de Matthew se transformó. La calidez desapareció, reemplazada por la máscara de hierro del segundo al mando de la Mafia Draghi . Soltó un gruñido de advertencia.
—No hagas esas preguntas en la calle, Maddox. Las paredes tienen oídos.
—Estamos solos, Matthew. No seas paranoico.
—Mi trabajo es ser paranoico para que tú puedas ser descuidada —se colocó a mi lado. Me sacaba casi dos cabezas de altura. Su presencia era una muralla de músculo y autoridad.
Mis ojos bajaron inevitablemente hacia su cuello.
Allí, asomando bajo el cuello de su camisa de diseño, estaba la serpiente.
El tatuaje que compartía con Máximo, pero que en él parecía más vivo, más peligroso.
La tinta negra recorría su piel, perdiéndose hacia su pecho.
Me pregunté, no por primera vez, cómo se vería ese tatuaje completo sobre la piel desnuda de su torso.
Tragué saliva, apartando el pensamiento.
Aunque mentiría si dijera que cuando era adolescente no había fantaseado con él. Era un buen estereotipo que a Penny le fascinaría: taciturno, malhumorado, de pocas sonrisas, alto, musculoso...
De acuerdo, quizás me fascinaría más a mí.
Matthew era el sol comparado con el eclipse que era Max. Max se dedicaba a recordarme cuánto me odiaba; Matthew se dedicaba a asegurar que el mundo no me tocara.
Quizás era en parte mi culpa la forma en que Máximo me trataba, si era cierto que podía ser arrogante, me educó el mafioso más arrogante del mundo después de todo. Si a eso le sumamos que no tiene idea de quien soy en verdad... Quizás puedo entenderlo.
Pero no lo justificaría ni en un millón de años.
Quizás Matthew estaba condicionado a ser así conmigo por quien era mi padre, pero algo me decía que no era así. Y que, aunque Máximo sepa quien soy de verdad, jamás me trataría diferente.
Porque es un verdadero imbécil.
—¿Entonces? —Insistí cuando llegamos a la entrada de la mansión—. ¿Misión?
Él suspiró, observando los alrededores con esa vigilancia felina.
—Sí. Será una noche larga. Así que intenta no quedarte sin provisiones hoy, porque no estaré para atender tus caprichos.
Había diversión en su voz, pero también una advertencia.
El mundo de mi padre era agotador. Fingir que no sabía disparar, que no hablaba seis idiomas, que no sabía cómo armar una granada desde los quince años...
Todo para mantener la fachada de niña normal .
Y yo ni siquiera debía mancharme las manos de sangre, Matthew por su parte, lo hacía todo el tiempo. Debía ser agotador.
Me detuve en la puerta de rejas negras, observándolo caminar hacia su BMW negro mate. Podía sentir la presencia de Marcellino esperando del otro lado pero un impulso repentino me hizo hablar.
—¿Lo harías por mí? —Él se detuvo, con la mano en la puerta del coche—. Si te llamara en medio de la misión porque necesito algo... ¿La abandonarías?
Era una pregunta cruel. Una prueba de lealtad hacia el hombre que le dio todo frente a la niña que lo veía como su único refugio.
Matthew se giró lentamente. Su mirada se volvió oscura, pesada, cargada de una intensidad que me hizo retroceder un paso. Por un momento, no fue el hermano mayor o el guardaespaldas. Fue un hombre mirando a la única cosa que le importaba en el mundo.
—Hay muy pocas cosas en este mundo que no haría por ti, Maddox. Abandonar una misión es la menor de ellas.
Mi corazón dio un vuelco. No por miedo, sino por la magnitud de su devoción.
Atravesé el jardín delantero con las mejillas encendidas y rogando que el guardia no se diera cuenta.
¿Por qué Máximo tenía que ser un imbécil, mientras que Matthew era... Esto?