Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 5
7%

CAPITULO 5

maximo

L as primeras impresiones son el arma más eficaz en mi mundo. Si proyectas debilidad, estás muerto. Si proyectas duda, te devoran. Mis padres solían decir que la imagen lo es todo, pero en las calles de Chicago, la imagen es solo el envoltorio de la violencia.

Yo era un experto en crear la fachada perfecta. Así es como sobrevivía, cómo mantenía mi posición y cómo aseguraba que nadie viera las grietas en mi armadura.

Por eso, cuando Matthew me llamaba, mi propia vida pasaba a un segundo plano. No se le dice que no al hombre que mantiene el orden en el caos, incluso si eso significa sacrificar las pocas horas de normalidad que me quedaban en la universidad.

Lo primero que había aprendido cuando comencé en Draghi fue la regla más importante: nadie le dice que no a Sky Dragon.

Se suponía que este semestre iba a ser diferente. Se suponía que debía aprobar Teoría del Delito para mantener la farsa del estudiante ejemplar, el futuro criminólogo que mis padres soñaron alguna vez. Una mentira piadosa para cubrir el hecho de que mis manos ya estaban manchadas de sangre.

Pero mi plan de normalidad se fue al carajo en el momento en que puse un pie en el aula y mis ojos, de forma traicionera, buscaron a la rubia. Mentiría si dijera que no había esperado cursar esta materia con ella otra vez.

Maddox.

La observé mientras se deslizaba hacia uno de los últimos asientos.

Me irritaba. Me asfixiaba la forma en que fingía ser una sombra cuando nació para ser un incendio.

Jugaba a ser una chica ordinaria con sus libros y su mirada baja, pero yo la había visto.

Había visto su castillo. Ella no era una estudiante más; era una princesa envuelta en algodón de azúcar y secretos.

Y si había algo que me hacía girar la cabeza era precisamente eso: los secretos de las personas.

El conocimiento es poder, escuché muchas veces esas palabras.

Y vaya que tenían razón: si sabes los secretos de las personas puedes controlarlos, puedes aplastarlos.

Yo quería saber los secretos que guardaba la princesa.

Nada me enfurece más que su farsa. ¿Cómo podía pretender ser invisible cuando su cabello rubio ceniza brillaba bajo los fluorescentes como si fuera oro puro?

¿Cómo podía creer que nadie notaba la tormenta turquesa en sus ojos?

Maddox llamaba la atención de cada hombre en esta sala y yo odiaba que el mío fuera el primero de la lista.

—Para alguien a quien no le interesa, la estás devorando con la mirada —la voz de James me trajo de vuelta.

Me tensé.

—Cierra la boca, James.

Él sonrió, esa sonrisa de suficiencia que me daban ganas de borrarle de un puñetazo.

—¿Por qué no la invitas a salir y dejas de sufrir?

El considerar invitarla a salir estaba lejos de mi plan de vida normal. En un principio porque no me iba ese juego de salir con alguien. Yo no salía con personas, frecuentaba a algunas que ya conocía y ya.

Sin compromiso. Sin distracciones.

No había lugar en mi vida para cosas tan mundanas como salir.

—No es mi tipo. Y no estoy sufriendo.

—Claro. Y yo soy el Papa —suspiró haciendo girar el lápiz entre sus dedos—. Llevas días de un humor de perros y no has dejado de seguirla como un depredador.

Le di una patada en la espinilla, lo suficientemente fuerte como para que se callara cuando la profesora Martins comenzó la clase. Pero James no sabía cuándo rendirse.

—No podías apartar la vista de ella en la fiesta —susurró, inclinándose hacia mí.

—Eso no es cierto...

—Y casi matas a ese tipo cuando intentó bailar con ella. ¿También fue porque «no te interesa» ?

—No me interesa…

—Te fuiste de esa fiesta en cuanto la vista bailando con otros…

—Me fui porque era aburrida —mentí entre dientes.

Iba a asesinarlo.

—Y volviste para llevarla a casa.

—Penny insistió…

—Penny solo te envió un mensaje, Max —me interrumpe—. No intentes engañarme...

—Señores Hardaway y Crim, ¿tienen algo que compartir con la clase? —La voz de la profesora cortó el aire como un látigo.

Me quedé helado. Detestaba ser el centro de atención en este entorno.

Pero lo peor no fue la profesora. Fue sentir su mirada.

Maddox, que siempre tenía los ojos pegados a sus apuntes, ahora me miraba.

Sus ojos, esa mezcla imposible de mar y veneno, estaban fijos en mí.

Mi cuerpo reaccionó al instante; mis músculos se tensaron, mi pulso se aceleró.

Mierda. ¿De dónde venían estas sensaciones?

James, el muy bastardo, decidió salvarnos.

—Le decía a Max que este semestre deberíamos trabajar con personas nuevas, profesora —soltó con una sonrisa encantadora—. Max estaba diciendo que le gustaría formar equipo con Maddox.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Pude imaginar el ceño fruncido de Maddox sin necesidad de mirarla. Quise estrangular a James ahí mismo.

—Oh, excelente idea —concluyó Martins.

Definitivamente iba a asesinar a James.

Pasé el resto de la clase con la pierna temblando bajo la mesa. Ansiedad. Furia. Una mezcla explosiva que solo Maddox lograba provocarme. Y esta vez no había hecho nada.

El problema era que tenía una misión esa noche, un cargamento de armas que supervisar y ahora tenía que lidiar con una princesa que me odiaba. Y no podía negarme a mi trabajo, si no quería que mi cabeza ruede por las calles de Chicago después de hacer enojar al Don.

Cuando la clase terminó, ella fue la primera en salir. No esperé a James. Salí detrás de ella, rastreándola por el campus hasta que la encontré. Me detuve en seco a mitad del pasillo atestado cuando la vi. Estaba con el imbécil de la fiesta.

Me acerqué, sintiendo cómo el aire a mi alrededor se volvía pesado. El tipo tenía una mano sobre los casilleros, invadiendo el espacio de Maddox de una manera que me hizo hervir la sangre.

—Tenemos que hablar —interrumpí, mi voz era un gruñido bajo.

Maddox me miró con una ceja alzada.

Si el desprecio fuera físico, yo estaría sangrando ahora mismo.

—Está ocupada, amigo —dijo Luc.

Lo miré, debí contenerme para no sacarlo de allí a la fuerza o romperle la cara de un puñetazo por estar cerca de Maddox.

¿Por qué me molestaba eso?

Alcé una ceja y usé la máscara de asesino que tanto me gustaba usar cuando estaba en una misión, lo miré lo suficiente para que sepa con el tipo de persona que está tratando.

—No soy tu amigo. Lárgate antes de que te haga desaparecer.

Luc tragó saliva, buscó apoyo en la mirada de Maddox, pero ella simplemente le hizo una seña para que se fuera. Cuando se quedó sola conmigo, no esperó. Empezó a caminar.

¿En serio debía hacerlo todo tan difícil?

—Tenemos que hablar, Maddox —repetí, siguiéndola.

Me sentía como un perro faldero y lo odiaba.

—¿Acaso tus neuronas no hacen sinapsis? —Soltó ella sin mirarme—. Habla mientras camino. Tengo clase.

—Escucha. Sobre el trabajo que debemos hacer...

—¿Debemos? —Se detuvo de golpe, girándose hacia mí.

Estaba tan cerca que pude ver las pecas que salpicaban la mitad de su rostro. Un detalle minúsculo, humano, que me desarmó por un instante. Me quedé atrapado en su mirada hasta que ella carraspeó, burlándose de mi silencio.

—Entonces de verdad tus neuronas no hacen sinapsis… —murmuró.

La fulminé con la mirada.

—Escucha, sé que no me soportas pero ya escuchaste a la Sra. Martins, debemos entregar un trabajo y hacerlo juntos.

Asintió lentamente, dándome a entender que comprendía.

—Entiendo, pero no me interesa — ¿qué? —. Siempre hago mis trabajos sola, no planeo cambiar eso ahora.

Alzo una ceja.

Interesante...

—¿Cuanto dinero le dan a la universidad mami y papi para conseguirte esos permisos?

Noté un brillo en sus ojos verdes muy parecido a la furia, intente no sonreír pero el impulso fue más fuerte que yo. Maddox se inclinó hacia mí y ahora ella me dedicó una sonrisa arrogante.

—¿Otra vez al tanto de lo que hago y dejo de hacer? —Niega—. Esa obsesión tuya no te llevará por buen camino, Máximo...

—Vete...

—¿Sabes? Tengo un par de profesionales para recomendarte. Quizás puedan tratar ese problemita tuyo.

Me guiña el ojo y se da la vuelta dejándome con un par de insultos atragantados. La seguí y sin poder pensar bien en lo que hacía la tomé del brazo para llevarla a un lado, entramos a una sala vacía sin estudiantes ni profesores y una vez solos, la acorralé contra una pared.

—¿Qué estás…?

—Escúchame bien, malcriada —me le acerqué un poco—. No te soporto y no me soportas, quizás es lo único que tengamos en común pero no planeo reprobar. Así que debes hacer ese trabajo.

El espacio era pequeño. El calor que emanaba de ella me golpeó de frente. Sus ojos brillaban con una furia salvaje y lejos de arrepentirme por hablarle así solo pensaba en seguir provocándola.

—¿Debo hacer? —Dijo repitiendo mis palabras con enojo contenido—. Creí escuchar que era un trabajo en equipo…

Mierda.

—Sí, lo sé. Pero...

—Pero.... —Dice con burla—. No me interesa lo que tengas para decir.

Era una maldita princesa malcriada que le fascinaba sacarme de quicio.

Estaba cerca. Muy cerca. Peligrosamente cerca. Podía ver su pecho subir y bajar por la rapidez con la que respiraba, un mechón rubio ceniza cayó sobre su frente y tuve el impulso de acercar mi mano pero me contuve a tiempo.

¿Qué demonios ocurría conmigo?

Inhalé hondo, tratando de no dejarme embriagar por su perfume.

—Tengo un trabajo nocturno. Es... Complicado —aclaro mi garganta—. No tendré tiempo para esta estupidez de la universidad. Si lo haces por los dos, estaré en deuda contigo. Y yo siempre pago mis deudas, Maddox.

Fue una súplica disfrazada de amenaza. Ella me analizó, buscando la mentira, pero mi rostro era una máscara de piedra. Finalmente, asintió con una lentitud exasperante.

—Entiendo —murmuró.

Alcé la vista hacia ella, no bromeaba y no parecía a punto de discutir. Simplemente asentía despacio dándome a entender que comprendía lo que le decía y estaba de acuerdo.

—¿De verdad? —Murmuré.

—Sí, comprendo lo que dices —dijo con la voz baja, como un susurro.

No pude evitar relajarme.

¿En serio lo había logrado? ¿Luego de tratarla de princesa mimada y malcriada? Debía felicitarme.

—Te lo agradezco, en serio —suspiré—. Y estaré en deuda contigo, de verdad.

Deja escapar una risa y me pongo en alerta de inmediato.

—Te entiendo y no me importa, Máximo.

—Pero...

—Me hablas de tu vida personal pero... ¿Por qué asumes que me interesa?

—¿Acaso debes ser tan arrogante? —Digo entre dientes.

—¿Tú me llamas arrogante a mí?

—Sí —me inclino hasta que mi aliento y el suyo se mezclan. Noto como traga saliva y debo hacer un esfuerzo sobrehumano para que no note lo afectado que me encuentro también—. Eres una princesa malcriada y arrogante. ¿Estás acostumbrada a que todos hagan lo que tu digas?

—Ay, Máximo —susurra. Siguiendo mi juego—. ¿De donde sale tu obsesión? ¿Es porque te ignoré el primer día de clases o quizás no te presté la atención que un niño como tú desea?

Hace un puchero y solo pienso en borrarle esa expresión con mis labios. La detesto, no debería tener ideas de besarla cuando se está burlando de mí pero lo hago y no puedo evitarlo. Pienso en besarla con furia y enojo para que entienda lo niñata que es.

—Escuchame bien...

—No, tú escuchame bien —otra vez se inclina un poco más—. Me tratas como si fuera el polvo debajo de tus botas, como si fuera completamente invisible. ¿Sabes? No me importaría si al menos no me molestaras, pero el problema, Máximo, es que eres molesto.

—No es mi culpa que seas tan arrogante que me saques de quicio.

—Eres tan molesto que me persigues por todo el campus para pedirme un favor porque... ¿Por qué? —Duda con ironía—. Ah, sí. Un trabajo. Lo que sea, no me importa.

Estaba a punto de mandarla al diablo pero sabía que esta era una guerra de voluntades, el primero que se deje llevar por los impulsos pierde. Maddox parecía ser un experta en la ironía y el sarcasmo.

—Ya ves, princesa. No todos tenemos el dinero de papi para tener permisos como los que tienes tu —pone los ojos en blanco—. ¿O es que te follas a algún profesor?

No debí haber dicho eso.

Si sus ojos verdes pudieran asesinar, ya estaría agonizando en el suelo.

Trago saliva cuando noto como su expresión se transforma e intenta zafarse de mi agarre. Toma mi brazo con su mano con fuerza y me atrae hacia ella.

—Suerte inventando una buena excusa con Martins, imbécil.

Me empuja pero la detengo otra vez. Sus ojos echan chispas.

—Espera —pido entre dientes—. Lo siento, me pasé.

Admito esas palabras con un nudo en la garganta pero se que es la única forma de conseguir lo que quiero: que la rubia haga lo que le ordeno. Su mirada sigue siendo filosa pero su expresión pierde fuerza y acaba por regalarme una sonrisa de suficiencia.

Por supuesto. Sabe como provocarme para que acabe pidiendo disculpas.

—No era tan difícil, ¿cierto, cariño? —Dice con una ironía que me pone los pelos de punta.

Suspiro relajado cuando sé que he ganado a fuerza de disculpas y admitir errores. Me siento un imbécil pero hay algo más importante que una rubia malcriada que adora llevar la razón: la misión.

Me relajé, pero mi mano seguía en su brazo. Mis ojos bajaron hacia su rostro y luego, como si fuera un imán, hacia el tatuaje de serpiente en mi propio brazo que ella estaba observando con una intensidad extraña.

Maddox no miraba el tatuaje como los demás. Lo miraba como si pudiera leer el significado oculto, la marca de la mafia, la promesa de muerte. Mi respiración se volvió superficial. Por un segundo, pensé que iba a tocarme. Quise que lo hiciera. Quise que sintiera el fuego bajo mi piel.

Pero en lugar de eso, me empujó con una fuerza sorprendente y salió del aula sin mirar atrás.

Me quedé allí solo, en la penumbra, con el corazón martilleando contra mis costillas. Esta noche tendría que enfrentarme a un cargamento de armas y a la furia de mi hermano, pero ahora mismo, el único peligro que me importaba era la chica que acababa de dejarme sin aliento.