Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 4
5%

CAPITULO 4

MADDOX

P uedo dormir en tu casa? —Balbuceó Penny, dejando caer su peso muerto sobre mi hombro—. Mi madre me va a crucificar si me ve así.

Intento poner los ojos en blanco pero se vuelve una tarea difícil coordinar mis movimientos. Ultima vez que bebo sin cenar, aunque Levi me haya dado permiso.

—Dudo que su castigo sea peor que la mirada de Levi —respondí. Mi propia voz sonaba lejana, distorsionada por el alcohol que aún corría por mis venas. El mundo se mecía suavemente bajo mis pies.

Penny intentó replicar, pero un hipo interrumpió su frase y terminamos envueltas en una carcajada histérica que cortó el aire frío de la noche. El verano se estaba muriendo y la brisa marina me erizó la piel, recordándome que la libertad siempre tiene fecha de caducidad.

—¿Penny?

La voz de James cortó nuestra risa. Estaba apoyado contra el capó de su coche, una sombra rubia y pulcra en medio del estacionamiento improvisado. Las farolas parpadeaban, arrojando una luz amarillenta y enfermiza sobre nosotros.

Penny se enderezó al instante, transformando su ebriedad en una dulzura que me hizo rodar los ojos.

—¿Vienes conmigo? —Preguntó él.

Ella no lo dudó. Soltó mi brazo como si quemara y se lanzó hacia él. Me quedé allí, de pie, sintiendo el vacío repentino.

—Oigan —reclamé, plantando las manos en mis caderas mientras el mareo me daba un pequeño aviso—. ¿Y qué hay de mí? ¿Me van a dejar aquí tirada?

—Maddox —dijo Penny entre dientes.

—Tú me obligaste a venir a esta estúpida fiesta...

—De acuerdo te pediré un Uber, Maddie —dijo Penny, ya subiendo al asiento del copiloto y dedicándome una mirada de advertencia.

—¿Un Uber? —La indignación me sobrio un poco—. ¿En serio?

—Max puede llevarte —intervino James con una calma que me dio escalofríos—. Está por aquí cerca.

Mi corazón dio un vuelco errático, pero me apresuré a poner una máscara de hierro.

—Eso no estaría mal —la pelirroja alza ambas cejas—. ¿Qué dices? ¿Puedes llamarlo, James?

—Oh, no. Ni muerta —me apresuré a decir—. Un Uber suena a paraíso comparado con su compañía.

James dejó escapar una risa.

—No seas tan cruel, Maddox.

—En su defensa —dijo Penny—. Él fue un idiota.

—Cierto —coincidió y noté como le guiñaba un ojo a Penny antes de verme—. Pero puede compensarlo, si lo llamo...

—¡Ni hablar! —Me apresuro a decir—.Vete, Penny. Mañana hablamos —le hice un gesto con la mano, girando sobre mis talones antes de que pudiera protestar.

Caminé hacia la carretera principal. Mis plataformas se enterraban en la arena y la gravilla, haciendo que cada paso fuera una lucha.

Mi casa no estaba lejos, pero caminar sola a estas horas era romper la regla número uno de mi padre.

Saqué el teléfono para pedir el maldito transporte, pero la pantalla permanecía negra.

—Mierda —gruñí, presionando el botón de encendido con desesperación—. Mierda, mierda, mierda.

Muerto. Como mi sentido común.

Me detuve, mirando a mi alrededor. En algún momento me había desviado y la calle estaba desierta, flanqueada por árboles que parecían garras contra el cielo nocturno.

No debería preocuparme porque estoy dentro del limite, siguen siendo las calles controladas por Draghi , como la mayor parte de Chicago. Pero salir sin mi Mossberg me hacía sentir desnuda.

El silencio era absoluto, hasta que dejó de serlo.

Un rugido mecánico desgarró la calma. Una luz blanca y cegadora me golpeó de frente, obligándome a cubrirme los ojos. El motor rugió una última vez antes de detenerse a escasos centímetros de mí.

El hombre sobre la bestia de metal se quitó el casco con un movimiento fluido.

Máximo Hardaway.

Por supuesto, mi día de suerte, pensé con ironía.

No había rastro de la diversión de la fiesta. Solo esa expresión gélida, sus ojos chocolate reducidos a dos rendijas de puro fastidio.

—Sube —ordenó.

No fue una invitación. Fue un mandato de alguien que no está acostumbrado a escuchar un «no».

El problema era que estaba ebria y demasiado molesta por ser un maldito imbécil y arrogante.

—¿Qué?

Max apretó la mandíbula. Pude ver el músculo de su cuello tensarse. Estaba perdiendo la paciencia y un Max sin paciencia era un territorio peligroso. Casi tan peligroso como un Salvatore enojado.

Tragué saliva.

—Sube a la maldita moto, Maddox —repitió, extendiéndome el casco—. No me hagas decírtelo una tercera vez.

—No, gracias —le di la espalda, fingiendo una seguridad que no tenía—. Mi Uber llega en tres minutos.

—Mentirosa —su voz, un barítono bajo y rasposo, me golpeó la nuca—. Sé que no vendrá ningún Uber. Deja de jugar y sube.

No debería estar disfrutando esto, sacarlo de quicio y no hacer lo que ordene. Pero no podía evitarlo. Es una lástima que a esta Salvatore le guste jugar con fuego y… sí, verlo irritado porque nadie hace lo que él ordene es demasiado divertido.

—No es necesario —hice un gesto con mi mano restando importancia mientras daba un paso.

—Maddox —dijo entre dientes.

¿Por qué tiene que decir mi nombre como si fuera una maldita orden?

—¿Por qué te importa tanto? —Me giro y me cruzo de brazos—. Hace un minuto no tenías idea de quién era.

—Maddox —repitió sin una pizca de diversión.

—¿Quien diría que ahora sabes como me llamo? —Pongo mis manos en mi cintura—. ¿O es que eres estúpido?

—No puede ser —murmura y pasa una mano por su cabello despeinándose más con irritación—. ¿Es tan complicado que hagas lo que te dicen?

—Mmh —finjo pensar un poco—. Digamos que no me interesa lo que diga un estúpido arrogante como tú.

—¿Arrogante? —Sus labios se curvan en una sonrisa y niega— ¿Que ocurre, princesa , molesta porque alguien no cae a tus pies tan fácilmente?

¿Qué?

—No me llames así —digo entre dientes—. Y no se de donde sacas esas estupideces...

—Digamos que pareces ese tipo de persona.

Pongo los ojos en blanco.

—Vete al diablo, Máximo —me giro y lo mando al diablo con mi dedo medio.

Escucho el rugir de la motocicleta y pese a lo que creí, no pisa el acelerador, al contrario, se acerca a mi lado despacio. Alzo una ceja en su dirección.

—Deja de jugar y sube —su voz bajó un tono—. Anda.

—¿Por qué te interesa tanto como regrese a mi casa?

—No me importa —escupió—. Pero si te pasa algo, James no dejará de molestar y Penny me hará la vida imposible. Muévete.

Suspiré.

Por supuesto que mi mejor amiga no dejaría pasar la oportunidad de enfrentarme con este arrogante que en lugar de hablar como una persona normal dictaba órdenes como un maldito rey.

¿Debería molestarme que me hablara así? Claro que sí.

Y, sin embargo, la forma en que daba órdenes me encajaba demasiado bien bajo la piel. Era familiar. Cómoda.

Un reflejo oscuro de todo lo que siempre había conocido.

Me gustaba.

Lo admití con una mezcla de vergüenza y hambre, como si ese gusto fuera una herida que me negaba a cerrar.

¿Pero qué carajos estás haciendo? , me reproché.

Sacudí la cabeza, desesperada por expulsar esas ideas peligrosas antes de que echaran raíces. Esto no era nada. No podía ser nada.

Solo un favor. Un encargo de mi mejor amiga que el imbécil quería sacarse de encima. Nada más.

Recuerdo la forma en que me observó en la fiesta y la furia me sube al pecho de golpe, espesa, caliente, desplazando al miedo. Antes de pensarlo demasiado, me di vuelta, le arranqué el casco de las manos y me lo encajé con más brusquedad de la necesaria.

Me subí a la Harley.

El motor rugió bajo mi cuerpo y la vibración me atravesó sin pedir permiso, subiéndome por los muslos. Tragué saliva. Era una sensación cruda, animal. Estaba acostumbrada a los coches de lujos de la empresa de Levi, una motocicleta no se sentía mal.

—¿Y ahora? —Le grité por encima del ruido—. ¿Ahora sí sabes mi nombre?

Sentí su mirada incluso antes de escucharlo. No necesitó alzar la voz.

—Difícil olvidar el nombre de alguien que se esfuerza tanto por no existir —murmuró.

No estaba segura de si debía haberlo oído.

Pero lo hice.

No sabía dónde poner las manos. Me quedé rígida, intentando no tocarlo, hasta que llegamos al primer semáforo.

Max lanzó un suspiro irritado, soltó el manubrio y, con un movimiento brusco, tomó mis manos y las obligó a rodear su cintura.

Su cuerpo era puro músculo, una pared de granito bajo la chaqueta de cuero.

El calor que emanaba de él me envolvió, asfixiándome.

Entrelacé mis dedos sobre su abdomen, sintiendo cada una de sus respiraciones.

Diez minutos después, la motocicleta se detuvo frente a los muros de mi casa. Bajé casi antes de que frenara, arrancándome el casco. Quería huir antes de que los guardias de mi padre notaran quién me traía.

Max apagó el motor y se quedó observando la fachada de la mansión. Una sonrisa torcida y amarga apareció en sus labios.

—Vives en un maldito castillo —murmuró.

Le dedico una mirada confundida.

—¿Qué?

—Tenía mis dudas —asintió—. Pero al final tenía razón, eres una princesa.

—¿De qué hablas? —Pregunté, sintiendo que el aire se volvía pesado.

—El castillo de la princesa —señaló la casa con un gesto despectivo—. Te esfuerzas mucho, Maddox. Ese disfraz de chica ordinaria, la ropa holgada, la mirada baja... Es casi tierno.

Mi cuerpo se tensó. El alcohol se evaporó por completo, reemplazado por una alerta roja. Otra vez volvía a ser el Máximo arrogante e imbécil que solo me daba ganas de golpear o usar de saco de boxeo.

—Eres un princesa, ¿cierto? —Susurró cerca de mi rostro.

—Deja de llamarme así —golpeo su pecho con su casco y él deja escapar una risa— ¿Crees que me conoces por ver dónde vivo?

—No necesito conocerte. Eres un prototipo —se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio personal incluso desde la moto—. La niña rica que juega a ser rara e incomprendida para que mami y papi le hagan caso entre reunión y reunión. ¿Es eso? ¿O es tu forma de llamar la atención de tipos como yo?

Apreté los puños. Sus palabras eran cuchillas diseñadas para diseccionarme y no tenía idea a qué venia ahora su actitud.

—¿Por qué querría la atención de un imbécil como tú?

Vuelve a sonreír, sus labios se curvan de forma traviesa y se acerca con su mano hasta que la yema de sus dedos acaricia mi mejilla.

—No eres más que una niña malcriada jugando a las casitas en un mundo que te comería viva en un segundo —continuó, su voz destilando un veneno que no entendía—. Dime, cuando cruzas esa puerta, ¿te quitas ese disfraz de estudiante aburrida y te pones la corona?

Listado actualizado de personas a las que quiero asesinar: Máximo Hardaway, porque es un imbécil arrogante. Aunque ya se encontraba en la lista, ahora es el que la encabeza.

No debería afectarme que me hable de esa forma, era un idiota más. Un estúpido que creía conocerme solo por saber donde vivo, solo por ver la mansión Salvatore. Aunque sé que de saber de quien es este lugar y quien es mi padre no me hablaría así.

Y quizás, no es eso lo que me molesta. Si no la verdad que ocultan sus palabras.

La razón que hay en ellas, aunque él no lo sepa.

Pero yo sí. Porque es cierto, no soy más que una farsante en mi propia vida, un fantasma que engaña a todos, incluso a su mejor amiga.

Una mentirosa experta en una doble vida de la que no puede salir.

Una chica encerrada en una jaula de cristal que solo debía ser invisible.

Podría haberlo golpeado. Sabía exactamente dónde golpear para romperle la nariz.

Era experta en combate cuerpo a cuerpo, podría haberlo derribado en un segundo.

Pero algo en su mirada, una mezcla de odio y una intensidad abrasadora, me detuvo.

Max no me odiaba porque fuera aburrida. Me odiaba porque no podía dejar de mirarme.

El clic en mi mente fue casi audible.

Ladeé la cabeza y, por primera vez, le sonreí de verdad. Una sonrisa lenta, afilada.

—Para alguien que me considera una pérdida de tiempo, parece que has pasado mucho tiempo analizándome, Max —su expresión se congeló—. Sabes qué ropa uso, sabes qué actitud pretendo tener... Vaya. Al parecer, no soy tan invisible para ti después de todo.

Sus labios se apretaron en una línea fina. Sus ojos brillaron con algo que se parecía mucho a la furia... O al hambre.

Me acerqué a él, invadiendo su territorio. Podía olerlo: tabaco, menta y ese aroma a peligro que solo tienen los hombres de mi padre.

—Ten cuidado, Hardaway —susurré cerca de su oído, dejando que mi aliento rozara su piel—. Porque con tanta atención, cualquiera diría que estás obsesionado conmigo.

Me alejé sin esperar respuesta, caminando hacia la entrada con la cabeza alta.

—Malcriada —lo escuché gruñir a mis espaldas.