Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 2
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CAPITULO 2

MADDOX

El peso sobre mi cuerpo fue lo primero que registró mi cerebro, seguido del aroma familiar de un perfume floral demasiado vibrante para la hora que supongo era. Penny.

Abrí los ojos con lentitud, sintiendo los restos de un sueño que no quería abandonar.

Sobre mí, el rostro de mi mejor amiga era una explosión de energía maníaca.

Su cabello, de un naranja tan encendido que parecían llamas de un incendio, caía en cascada a los lados de mi rostro, atrapándome en su burbuja.

—¡Regresaste! ¡Por Dios! —Su voz era un grito de emoción contenida que no lograba procesar del todo producto del sueño—. No tienes ni idea de lo que ha sido este lugar sin ti.

Intenté empujarla, pero Penny era como una garrapata vestida de seda. Se aferró a mis sábanas rojas con una determinación que solo ella poseía.

—Penny… quítate —mi voz salió como un rasguño, áspera y cargada de la frialdad que heredé de mi padre.

Ella no se movió. Apoyó las palmas sobre el colchón, a centímetros de mi cabeza, y me estudió con esos ojos azules que siempre veían demasiado.

—¿Siquiera me extrañaste, Maddie? ¿O las islas griegas finalmente te robaron el corazón que pretendes no tener?

Puse los ojos en blanco.

—Sabes que sí. Ahora, muévete.

—Dilo.

—Penny…

—Maddie, dilo.

Cerré los ojos con fuerza, apretando la mandíbula.

Nunca supe como es que dejé que me llamara así, de la misma forma que lo hace mi madre.

—No me llames así.

—Entonces, dilo.

Me obligué a mirarla. Sus labios estaban apretados, pero la chispa de diversión en su mirada delataba que estaba disfrutando de mi tortura.

Exhalé un suspiro lento, rindiéndome ante la única persona en Chicago que no me miraba con miedo o reverencia.

Bueno, en parte porque no tenía idea de quién era yo en realidad.

—Te extrañé —mascullé.

—¡Lo sabía! —Chilló, aplastándome en un abrazo rápido antes de rodar hacia el otro lado de la cama. Se sentó con las piernas cruzadas, examinando sus uñas con una indiferencia fingida—. No dolió tanto, ¿verdad? A veces me siento un poco desatendida en esta amistad, Maddox.

Me incorporé, apoyando la espalda contra el respaldo de cuero negro. En mi mundo, las emociones eran debilidades que se explotaban, pero con Penny, eran el único recordatorio de que seguía siendo humana. Eso y mi vida universitaria que era un completo fraude.

— Penny Ann Hill, si hubiera pasado un día más lejos de ti, le habría robado el Xanax a mi madre —solté, permitiéndome una pequeña sonrisa — . Eres la única dosis de realidad que soporto.

Ella fingió secarse una lágrima dramática. Mi mejor amiga bien podría dedicarse a la actuación.

— Basta, no nos pongamos sentimentales —susurró en un llanto fingido — . Ahora, detalles. ¡Quiero saberlo todo!

Alcé una ceja al ver que de verdad estaba emocionada

— Es un lugar increíble — admití — . Las playas son alucinantes, el agua completamente turquesa, la arena blanca. Muy parecida a las postales —resumí, sabiendo que no era eso lo que buscaba, pero me divertía molestándola—. Como las películas de Netflix, ya sabes.

—Maddox...

—O los pins que guardas en los tableros de Pinterest...

—Ya —dijo entre dientes.

—Como ese que guardaste de tu vision board. ..

No pude continuar hablando porque mi almohada impactó en mi rostro y no pude evitar reír.

—¡Deja de tomarme el pelo!

—¿Qué? Creí que querías saber sobre Grecia...

—Sabes muy bien a qué me refiero.

Pongo los ojos en blanco, por supuesto que lo sé.

—Tu preguntaste por Grecia —murmuro y me encojo de hombros.

—No me des clases de geografía, Maddox. Háblame de los hombres —batió las pestañas, inclinándose hacia delante—. ¿Conociste a alguien? ¿Un dios griego que te hiciera olvidar que eres la estudiante más aburrida y normal del mundo?

—Si claro, muy chistosa —le di un ligero empujón y ella me devolvió una sonrisa de angelito—. Te recuerdo que eres mejor amiga de la chica más aburrida del campus.

Suspiró y se dejó caer hacia el respaldo.

—No me lo recuerdes, me esfuerzo todo el tiempo por hacerla divertida pero es una tarea imposible... ¡Ouch!

Ahora fui yo quien estampó mi almohada en su rostro.

—Ya, deja de jugar —dice entre risas—. Cuéntame.

—Conocí gente —dije con cautela—. Fue agradable.

—¿Y…? —Penny alzó las cejas, su voz bajando un octavo—. ¿Sucedió? ¿Te deshiciste finalmente de ese estorboso carnet de pureza en una isla paradisíaca?

Me tomó un segundo procesar a qué se refería. Cuando lo hice, sentí que la temperatura de la habitación subía diez grados.

—¡Penny! No. Por supuesto que no.

Ella me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—¿En serio? Perder la virginidad en una isla griega es el sueño de cualquier mortal. ¿Ni siquiera lo consideraste?

—Estaba demasiado ocupada intentando no asfixiar a Nora —mentí, desviando la mirada hacia la ventana—. No tenía tiempo para… pensar en eso.

—Sexo. Di la palabra, Maddie. No muerde.

—Eres insufrible —digo entre dientes.

Me hundí en el silencio, dejando que la vergüenza se disipara. Pero podía sentir los ojos azules de mi mejor amiga mirándome con curiosidad.

Penny creía que yo era virgen y prefería que siguiera siendo así. Mi única experiencia sexual había sido un error calculado de diez minutos con un extraño que no sabía mi apellido. Un encuentro rápido, mecánico y profundamente decepcionante.

Aunque, en defensa del extraño, yo no tenía mucha experiencia para hacer un juicio de valor de su... Accionar. Pero estaba segura que no podía ser tan rápido y simple algo que mi mejor amiga describía como una experiencia increíble si sabías a quien dejar entrar.

Pero en Chicago, ser invisible no era una elección, sino una obligación.

Si mi padre, el Don, se enteraba de que alguien me había tocado, ese hombre dejaría de respirar antes del amanecer.

Ya había pasado antes. Los fantasmas de los chicos que intentaron acercarse demasiado aún rondaban los callejones de la ciudad.

Levi se encargaba de recordarme que eso era para personas normales, distracciones y diversiones que no podía permitirme como futura heredera de Draghi .

Así que debía hacerlo a escondidas, ser cuidadosa y hacer lo que mejor sé: mentirle a todos, incluso a mi mejor amiga. Porque si Penny lo supiera… solo faltarían un par de segundos para que él lo sepa también.

El recuerdo de lo que sucedió antes de ir a Grecia atraviesa mi mente como una fotografía en llamas.

Basta Maddox , pienso.

—Como sea, tengo chismes —continuó Penny, rompiendo mi introspección—. Pero primero, levántate. Tenemos que prepararnos.

—¿Prepararnos para qué?

—Es la última noche antes de que la universidad nos absorba el alma, Maddie. Vamos de fiesta.

Arrugué el entrecejo.

—Estoy agotada.

—Maddox, si piensas que te salvarás de ir a una fiesta estás muy equivocada —se aleja de la cama para abrir el cajón de mi cómoda ¿ quité el arma verdad? Respiro con normalidad cuando lo abre y comienza a sacar maquillaje—. Traje un vestido perfecto para ti.

—El jetlag puede causar estragos en la gente…

—Maddox...

—Además, dudo que mi padre…

—Claro que tienes mi permiso.

La voz de mi padre cortó el aire con la precisión de una cuchilla. Estaba apoyado en el marco de la puerta, la imagen misma de un peligro relajado. Vestía ropa deportiva oscura, todo indicaba que su plan de domingo era permanecer en el despacho mirando una película. O quizás planeando asesinatos.

Lo miré con sospecha.

—Mañana es el primer día de clases —le recordé.

—No veo el problema si regresan temprano, abejita —se encogió de hombros, llamándome con ese apodo que guardaba solo para nosotros—. Tienes que relajarte, mia cara . Mañana vuelves a la jaula.

Que el líder de la mafia de Chicago me instara a salir a beber era, como poco, alarmante. En mi mundo, cada movimiento era una partida de ajedrez. Si él me dejaba salir, era porque el tablero ya estaba configurado a su favor.

Comprendí la generosidad de mi padre en cuanto pusimos un pie en la playa.

El lugar estaba inundado de estudiantes, música retumbando en los huesos y el olor a cerveza barata y hormonas.

Penny me arrastró por la arena, sus dedos apretando los míos con una emoción que yo no compartía.

En el camino a la fiesta me confesó que su verano se redujo a compartir mensajes eróticos con James, un estudiante avanzado de Criminología. Su idea era encontrarlo aquí.

Yo, en cambio, observaba las sombras, preparada por el as bajo la manga de Levi.

Caminaba con dificultad, mis plataformas negras se hundían en la arena mientras mi minúsculo vestido de seda se sentía como una diana en mi espalda.

Entonces los vi.

James estaba allí, pero no estaba solo. A su lado, con la mandíbula tensa y esa expresión de aburrimiento letal, estaba Máximo Hardaway.

Mi estómago dio un vuelco y no fue por su indiscutible atractivo.

Max era uno de los soldatis de mi padre.

Un secuaz en ascenso que casualmente estudiaba en mi universidad.

Ahí estaba el truco de Levi. No necesitaba guardaespaldas visibles si tenía a uno de sus perros más leales mezclado entre la multitud, vigilándome bajo el disfraz de un estudiante arrogante.

Aunque él no sabía que hoy estaba de guardia.

Y tampoco tenía idea de quien era yo en verdad.

En el campus, yo era Maddox, la chica reservada de la fila de atrás. Para él, yo era solo una persona más entre la multitud. Para mí, él era el hombre que probablemente había limpiado sangre de su ropa antes de venir a clase.

Era interesante observarlo sin que supiera que soy hija de su maldito jefe.

Si Levi había dicho que si podía ir a una fiesta no solo era porque se trataban de nuestras calles, sino porque sabía quién estaría y estaba muy seguro de que, si algo ocurría, podía recurrir a Max.

Aunque no lo haría ni en sueños.

—Míralos —susurró Penny, ajena a la guerra fría en mi cabeza—. James es un dios.

Clavé mis ojos en ella y alcé una ceja.

—¿Un dios? —Repetí incrédula y me gané una mirada asesina de mi mejor amiga—. Un dios —murmuré.

Si, James era atractivo. Nadie podía negarlo, pero considerarlo un dios… era quizás demasiado.

—Max también es ardiente —susurró con una sonrisa mientras se inclinaba hacia mi—. ¿Sabes que es un dios en la cama?

—¿Y tú sabes eso porque…?

Se encoge de hombros.

—Todos lo dicen.

—¿Todos?

—Todos.

Pongo los ojos en blanco. Penny tenía cierta debilidad por los chicos que eran igualmente atractivos y unos imbéciles.

—Dicen que es un imbécil —murmuré para provocarla—. Todo el campus lo sabe.

No admitiría que es atractivo ni en un millón de años.

¿Me había hecho algo el imbécil Hardaway? De hecho no, pero algo en él no me caía bien. La forma en que me miraba en los pasillos, con una mirada gélida, como si todos fuéramos cucarachas y él estuviera por encima

Bueno, soy una Salvatore, soy demasiado orgullosa como para que alguien debajo de mí me mire así.

—Un imbécil ardiente —Penny rió, dándole un trago a su cerveza—. Vamos, Maddie. No me digas que no te parece sexy. Ese aire de «te voy a arruinar la vida» que tiene es… atractivo.

—¿Atractivo? —Repetí sonriendo y ella asintió—. De acuerdo debemos evaluar tu uso de adjetivos…

—Maddox…

—Y definitivamente tu gusto por los hombres.

—Vamos —me dio un ligero empujón con su cadera sin dejar de reír—. Admite que es atractivo, además no deja de mirarte en el campus…

Lo miré de reojo. Max llevaba el cabello castaño revuelto y una camiseta negra que se ajustaba a sus hombros anchos, revelando los tatuajes que trepaban por su brazo.

Tenía ese brillo peligroso en los ojos, una mezcla de confianza y desprecio por el mundo.

Era el tipo de hombre que te devoraba y luego olvidaba tu nombre.

Era un rotundo no.

Quizás por eso mismo me llamaba un poco la atención, nadie nos decía que no a los Salvatore.

Mierda.

—Si me acercara a él ahora mismo, no sabría ni quién soy —dije, más para convencerme a mí misma que a ella.

Penny sonrió con malicia.

—Reto aceptado.

—¿Qué? No.

—Maddie, por favor. Necesito que James vea que no he venido sola. Necesito refuerzos.

—Penny tú no necesitas refuerzos.

Formó un mohín con sus labios.

—Hazlo por mí. Código de mejores amigas.

Traté de clavar mis tacones en la arena, pero ella ya me estaba arrastrando hacia el centro del huracán.

Hacia él.