Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 1
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CAPITULO 1

MADDOX

Mi madre cree que la paz se puede comprar en cuotas de cinco estrellas. Para ella, el nirvana se encuentra en una playa privada de Mykonos, rodeada de margaritas y un vacío existencial que intenta llenar con Xanax y bronceados caros.

Nora es una mujer de superficies. Quince casas de verano, mil eventos sociales y ni una sola idea de quién es la hija que lleva su propia sangre.

—Ya lo verás, Maddie. Dos semanas conmigo y te olvidarás de ese aire viciado de Chicago —su voz al teléfono suena como seda, pero sé que debajo no hay nada más que cristal frío.

Me llama por ese estúpido apodo como si pudiera construir un puente entre dos vidas que nunca debieron cruzarse—.

Necesitas ser una chica normal por una vez.

Actividades de chicas, ya sabes, salir de compras, disfrutar de la playa...

—Nada me suena más normal que fingir que no vengo con escolta incluida —respondí, dejando que el sarcasmo se filtrara en mis palabras como veneno.

—¡Ese es el espíritu, cielo! Te veo en una semana.

Colgué. El silencio de mi habitación en Chicago siempre se sentía más real que sus risas pregrabadas.

Grecia fue exactamente lo que esperaba: una tortura envuelta en papel de regalo.

Nora lo intentó, realmente lo hizo. Me arrastró a cenas donde el cubierto costaba más que la vida de algunos hombres en los barrios bajos y me presentó a una procesión de amigos vacíos que hablaban por miedo al silencio.

Yo le devolvía monosílabos; una guerra fría donde ella ponía la seda y yo el acero.

Nora no me odiaba, simplemente no sabía qué hacer conmigo y con lo que yo representaba.

Para ella, yo era una herida abierta que prefería ignorar hasta que la sangre empezaba a manchar sus alfombras de diseño.

No la culpaba. Ella huyó a Francia para perseguir un sueño que no incluía pañales ni armas de fuego.

Levi decidió que era hora de que «conectáramos» , pero el daño ya era una cicatriz profunda.

Nora no me quería y yo no sentía nada por ella.

No puedes echar de menos un fantasma que nunca habitó tu casa.

Me ofreció un mundo sin peso, un vacío envuelto en seda. Y por un segundo, casi me dejé seducir por la nada. Casi.

Pero extrañaba el caos. Extrañaba la oscuridad organizada de Chicago y la forma en que mi padre me diseccionaba con la mirada, encontrando secretos que ni yo misma sabía que guardaba.

Por eso, cuando el avión tocó suelo en Chicago, el aire pesado y gris de la ciudad se sintió como el primer suspiro real en semanas. Había recuperado mi tono esmeralda en los ojos y mi piel estaba dorada por el sol mediterráneo, una máscara perfecta para la heredera de un imperio de sangre.

En el aeropuerto, la marea de gente se abría a su paso antes de que siquiera lo notaran.

Levi Salvatore no necesita guardaespaldas para imponer respeto; su sola presencia es una advertencia.

Estaba allí, rompiendo toda lógica de su estatus, sosteniendo un cartel con mi nombre escrito en letras negras y precisas.

Debí morder mi lengua para evitar reír.

¿Quién pensaría que esa máscara de padre preocupado escondía el asesino sangriento más temido de Chicago? Solo mi padre.

Antes de que pudiera decir algo, sus brazos me rodearon en un intento de abrazo que parecía más una declaración de propiedad, como todo lo que hacía.

Me levantó del suelo, recordándome que para el mundo él es el Don, pero para mí, él es la gravedad.

—Lección aprendida —gruñó contra mi cabello, su voz vibrando con esa autoridad que hace temblar la ciudad—. No vuelves a cruzar el océano sin mí.

—¿Tan rápido te diste cuenta de que fue una idea estúpida? —Me burlé cuando mis pies tocaron tierra firme.

—Casi incendio el aeropuerto cuando tu vuelo se retrasó veinte minutos. Si tu madre quiere verte de nuevo, tendrá que subirse a un maldito avión y cruzar el Atlántico.

Le di un empujón suave, sintiendo el acero de sus músculos bajo el traje de sastre.

—Ella cree que tu mundo es peligroso, Levi. Jamás vendría. Ni siquiera por mí.

—Ella no entiende que el peligro es no tener nada por lo que luchar —sentenció.

Me pasó un brazo por los hombros, tomándome bajo su ala mientras nos dirigíamos a su BMW. Podría haber enviado a un batallón de soldados a recogerme, pero Levi Salvatore no confía en nadie cuando se trata de su posesión más valiosa.

—¿Y bien? —Preguntó mientras el motor rugía bajo nosotros. Conducía con una mano relajada sobre el volante y la otra descansando sobre su muslo con esa confianza que solo da el poder absoluto—. ¿Qué has aprendido en el paraíso, Maddox?

—Que las playas son bonitas, que el vino caro es solo veneno con mejor etiqueta y que no importa cuántos kilómetros ponga de por medio… sigo perteneciendo a este lugar.

Levi asintió, una chispa de satisfacción cruzando sus ojos verdes.

—¿Almuerzo en tu lugar favorito? —Preguntó con ese tono de falsa neutralidad que usaba cuando ya había tomado una decisión por mí.

—Estoy muerta, Levi. Quiero mi cama. Oscuridad. Y silencio —mascullé, apoyando la cabeza en el cuero del asiento.

—Imposible. Penny sabe que llegabas hoy.

Suspiré, cerrando los ojos. Podía estar a nueve mil kilómetros de distancia, pero mi mejor amiga era una fuerza de la naturaleza que no entendía de zonas horarias.

—¿En serio no puedes decirle que el avión se estrelló?

Él dejó escapar una risa, extrañaba escucharlo reír aunque solo estuve dos semanas fuera.

Y sí, mi relación con Levi estaba lejos de la ternura típica y ordinaria de la familia pero no podía evitarlo.

Esa risa grave y seca siempre sonaba a advertencia para el resto del mundo, pero a mí me calmaba como una canción de cuna distorsionada.

—No. Porque esa chica cruzaría el Atlántico solo para verificarlo y, francamente, no tengo tiempo para lidiar con su drama hoy.

Sonreí a medias.

—¿Hoy no irás al club? —Pregunté, observando cómo el paisaje urbano de Chicago se transformaba en el santuario blindado de nuestro barrio privado.

Este lugar no era solo un vecindario y Chicago no era solo una ciudad. Era nuestro imperio. Draghi tenía poder en cada rincón, en cada callejón y en cada calle. No existía lugar de la ciudad que escapara de nuestros ojos y poder.

—No es necesario. Pospuse las reuniones —hizo una pausa, su perfil se volvió más rígido—. Y él sabe que llegabas hoy.

Aparté la vista de inmediato, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Sentí los ojos de mi padre clavados en mi perfil antes de que soltara un suspiro cargado de advertencia.

—No seas tan dura con él, Maddox —su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente calma—. Sabes que solo hace lo que le ordeno.

El recuerdo de lo que ocurrió antes de mi partida a Europa pasó por mi mente como una ráfaga de fuego. El asfixiante control, la mirada constante de él, la línea cruzada que nadie se atrevía a mencionar. El hecho de que no pudiera mirarme a los ojos con normalidad.

Me obligo a tragar saliva y un nudo se forma en mi garganta.

—Debería meterse en sus asuntos —murmuré, apretando los puños sobre mis rodillas—. Y tú también.

—Tú eres mi asunto, Maddox. Que nunca se te olvide.

Llegar a la mansión fue como volver a ponerse una armadura hecha a medida. Las paredes oscuras, el eco de nuestros pasos sobre las alfombras gruesas, el aroma a tabaco caro y secretos viejos. Todo en este lugar gritaba poder.

Todo lo opuesto a las mansiones de mi madre.

El jardín que bordea la mansión Salvatore está flaqueada por rejas negras que acaban en puntas filosas. Del otro lado de la puerta de entrada nos espera uno de los guardias de Levi.

—Hola, Marce —saludo.

—Buenos días, Francesca.

Pongo los ojos en blanco y me giro hacia mi padre.

—¿Podrías dejar de pedir que me llamen por mi segundo nombre?

Mi padre se encoje de hombros.

—No es mi culpa que tengas un padre tan genial que haya elegido el mejor segundo nombre del mundo.

Bufo.

Levi a veces se parecía a un hombre común y corriente que casi me hace olvidar que es un Don.

—Ve a dormir —ordenó Levi, bajando mi maleta como si no pesara más que una pluma y entregándosela a Marcellino, el guardia que conozco desde que soy niña—. Yo me encargaré de que la plaga humana conocida como Penny no aparezca hasta después del almuerzo.

—Mi héroe —dije con una media sonrisa, juntando las manos sobre el pecho en un gesto dramático—. Te quiero por eso, ¿lo sabes?

Levi no pudo evitar que la dureza de su expresión se agrietara por un segundo.

—Lo sé.

Antes de dirigirme a las escaleras desvío mi camino hacia la cocina.

— Mia cara , ¿qué haces? —La voz de Levi llega del otro lado del pasillo—. Deberías descansar...

—Lo sé, lo sé —murmuro y me acerco a la nevera—. Pero muero de hambre, dime que dejaste comida para tu pobre hija.

No es necesario verlo para saber que rodó los ojos ante mis palabras. Sin dudar tomo una caja de pizza que encuentro en la nevera y la saco. Busco dos platos para ambos y nos sirvo las sobras de lo que supongo fue su cena.

—Podrías haber esperado a tu hija con la especialidad Salvatore, ¿no crees?

—Mi hija podría ser más considera conmigo y responder todos mis mensajes —ahora soy yo la que rueda los ojos—. No creas que no note que evitabas la mayoría de los mensajes que te envié estas dos semanas.

—Levi —advierto y suspiro mientras le doy un bocado a la pizza italiana—. Estuve fuera solo dos semanas, deberías manejar tu instinto controlador.

—Solo...

—Te preocupas por mí, sí. Lo entiendo. Pero no escapé de Grecia ni una vez, aunque moría de ganas de hacerlo, créeme —Levi niega sin poder evitar reír—. Y no estabas preocupado por mi, solo te gusta tener todo bajo control.

—Quizás —murmura.

—Incluyéndome —le recuerdo—. Pero me merecía un poco de libertad...

—Solo lo hiciste porque te enojó que te obligue ver a tu madre.

Formo una mueca con mis labios.

Tenía un punto.

—No puedo admitir ni negar su acusación, Salvatore.

Dejo los restos de mi pizza sobre el plato y sacudo las manos con elegancia actuada.

—Ahora, si me disculpa —bebo un trago de agua—. Esta chica debe descansar para esperar a Penny.

—Y también porque mañana...

—Inician las clases de la universidad, lo sé.

—Y continuamos con tu entrenamiento.

—Por supuesto, el arma de Draghi —suspiro y me doy la vuelta antes de escuchar el reproche de mi padre.

Subí las escaleras sintiendo el peso de la casa sobre mí. Al entrar en mi habitación, las cortinas cerradas y la cama intacta me recibieron en un silencio sepulcral. Mi mundo seguía exactamente donde lo dejé: en la penumbra, esperando a ser reclamado.

Levi Salvatore es el Don más temido de Chicago. Para el resto del mundo, es un monstruo que gobierna con puño de hierro. Para mí, es el hombre que me construyó una jaula tan hermosa que a veces olvido que no puedo escapar de ella.