Capítulo 5
El trato
Hice el camino de vuelta a la Harlow ensayando excusas como quien ensaya un papel que le queda grande, y llegué a la tercera planta con tres candidatas finalistas y ninguna buena.
La mesa de la ventana no estaba vacía.
Estaba él. Sentado en la silla que no era la mía, con la calma de quien ha llegado con tiempo, y debajo de su mano izquierda, cerrado, con la tapa verde hacia arriba, el playbook.
No leía. No fingía leer. Esperaba, con la mano encima del libro igual que se pone la mano encima de un balón muerto: sin apretar, dejando claro de quién es la jugada.
Mi cuerpo votó por la escalera de emergencia. Mi cabeza, que a veces gana, votó por la naturalidad, y avancé con el aplomo de quien no ha huido de nada en su vida.
—Cerramos en veinte minutos —dije.
Mentira número uno, categoría leve: técnicamente yo no cerraba nada, mi turno había acabado a las ocho, y llevaba la mochila puesta, detalle que cualquier espectador atento habría procesado.
Él lo procesó. Bajó la vista a la mochila, la subió, y no dijo nada, que ya me pareció mala señal: la gente inocente rellena los silencios y la gente peligrosa los administra.
—Además, esa sección está en inventario —añadí—. Estamos catalogando donaciones. Material antiguo. —Señalé el playbook con la barbilla, profesional, casi aburrida—. Eso, por ejemplo, tengo que procesarlo.
Mentira número dos, categoría media, con membrete institucional falso.
Me salió una sintaxis de circular administrativa que no uso ni en los correos a Marsh, y en la auditoría interna, que en mi caso funciona en tiempo real y sin piedad, se encendió la primera luz roja: cuando miento, el registro me sube solo, la léxico se me pone de domingo, y cuanto más culta sueno, más culpable soy.
Lo sé yo. Ahora faltaba saber si se notaba desde fuera.
—¿Y las notas? —preguntó él. Voz tranquila. Curiosidad de trámite.
—¿Qué notas?
—Las de los márgenes. Las rosas.
—Venía así. —Tercera mentira, categoría catastrófica, ejecutada con doctorado—: Es material de segunda mano, de un mercadillo. Los subrayados son del propietario anterior. Nosotros los registramos tal cual, por política de conservación.
Silencio. De los administrados.
—«Lo que no ves es lo que te nombra» —dijo entonces, sin mirar el libro, con la entonación exacta de quien cita de memoria—.
Página cuarenta, margen izquierdo, junto al blitz del lado ciego.
Y en la esquina de la página siguiente, con la tinta más gastada de todo el libro: «como quien echa cuentas que no piensa enseñar».
Esa la conozco de otro sitio. Salió publicada el viernes pasado a las nueve. Cerrando la entrega siete.
Levantó por fin la mano del playbook, lo giró hacia mí y lo abrió por la página cuarenta sin buscarla, que fue el detalle que me terminó de vaciar el estómago: se lo sabía. Se había aprendido mi libro.
—La política de conservación de esta biblioteca —dijo— tiene tu letra.
Hay un intervalo, entre que la mentira se muere y el cuerpo lo acepta, en el que una sigue de pie por costumbre.
Lo pasé entero haciendo cuentas, y todas daban lo mismo.
Si aquello salía de esa planta, salía con mi nombre.
El anonimato de Aullido aguantaba metadatos, aguantaba hilos de estilometría de aficionado, no aguantaba a un testigo con el borrador en las manos.
Y detrás del nombre venía el resto, en fila, por orden de derrumbe: la cláusula de conducta de la Whitfield, que yo me sabía de memoria como se saben los presos el reglamento; el comité; la palabra «impropio» flotando en un acta; la matrícula sin pagar del último semestre; mi madre al teléfono preguntando qué había pasado con la niña seria.
Y en el fondo del todo, con voz de aula y pausas de sumiller, un profesor leyendo mis frases en voz alta delante de todo el mundo, porque el mundo ya me había enseñado una vez, con público, lo que se hace con las mujeres que escriben lo que yo escribo.
No dije nada. No me defendí. Me quedé mirando el playbook abierto, mi vida entera anotada en rosa sobre la letra de otro, y esperé el precio, porque a esas alturas ya solo quedaba saber cuál era.
—Nadie va a enterarse —dijo él.
—¿A cambio de qué?
Me salió sin voz casi, pero me salió con la espalda recta, que era lo único que me quedaba en inventario.
—A cambio de... —Se frotó la mandíbula. Y lo dijo mal—: Mira, yo tengo una temporada que proteger y tú tienes un secreto que proteger, así que lo lógico es que lleguemos a un acuerdo que nos convenga a los dos.
Se oyó a sí mismo. Juraría que se oyó, porque me estaba mirando a la cara cuando terminó la frase, y lo que hubiera en mi cara —frío, supongo; el frío se me pone antes que el miedo— le llegó entero. Cerró los ojos un segundo. Los abrió. Y recogió su propia jugada del suelo:
—No. Borra eso. Ha sonado a lo que no es.
—Apartó el playbook, como quitándolo de la mesa de negociación—.
No he venido a callarte. Si quisiera pararte los pies me habría bastado con no venir: una palabra mía en el vestuario y tu serial es un circo el lunes.
No la he dicho. No voy a decirla, hagas lo que hagas, y eso te lo firmo donde quieras. He venido por otra cosa.
—¿Por cuál?
—Por la jugada de la entrega siete. —Lo dijo con una gravedad absurda y absolutamente sincera—.
Es ilegal por dos sitios e imposible por cuatro.
Ryder Vane cruza la línea de golpeo y lanza un pase adelantado, y mi vestuario la corea, y a mí se me lleva el demonio, porque me has escrito la cadencia, la espera, el gesto que hago dentro del casco donde no lo ve ni mi madre, me has escrito mejor de lo que me conoce mi entrenador de quarterbacks, y luego me haces jugar como un dibujo animado.
A mí me ofende más el playbook que el retrato.
El retrato, contra todo pronóstico, es bueno.
El fútbol es una errata detrás de otra. Y las erratas, me consta desde el lunes, tú las corriges citando la frase entera.
Parpadeé. De todos los precios que había presupuestado en el intervalo del derrumbe, ninguno era este.
—¿Me estás ofreciendo...?
—Asesoría técnica. Tú escribes. Yo corrijo el fútbol. Nadie se entera de nada.
—Es un chantaje —dije, por dejar constancia—. Con buenos modales, pero un chantaje.
—El chantaje no deja elegir. —Se encogió del hombro izquierdo—.
Yo te estoy pidiendo que elijas. Puedes coger tu libro, irte y publicar jugadas de ciencia ficción hasta diciembre; yo mañana tengo un partido y esta conversación no habrá existido.
O puedes quedarte cinco minutos y sacarle rendimiento al único lector de este campus que sabe exactamente en qué te equivocas.
Los chantajes con buenos modales siguen siendo chantajes, pensé; solo cambia quién recoge la mesa.
Pero aquello, técnicamente, ya no lo era, y la diferencia técnica era justo del tamaño de mi curiosidad.
Me senté. Mesa estrecha, la lámpara entre los dos, él a una distancia que catalogué en cuarenta centímetros y decidí no volver a medir.
Saqué de la caja del fondo una ficha de préstamo antigua, de las de cartulina, con sus columnas de fechas y firmas de lectores que ya serán abuelos.
Dolores conserva tres cajas «de decoración» porque tirarlas le parece un sacrilegio, y yo le doy la razón: son la prueba de que esta casa lleva un siglo apuntando quién se lleva qué y cuándo lo devuelve.
Puse la ficha sobre la mesa, en el lado de las devoluciones.
—Condiciones —dije—. Por escrito.
—¿En una ficha de préstamo?
—Todo lo que sale de esta biblioteca se registra.
Escribí con mi letra de los márgenes, numerando:
Uno. Nadie lo sabe. Nadie es nadie.
Dos. Nada de leer borradores sin permiso.
—¿Ni los trozos de fútbol?
—Los trozos de fútbol te los enseño yo cuando estén listos para revisión. Un borrador es una casa sin puertas. No se entra.
—En mi mundo a eso lo llamamos vestuario cerrado —concedió—. Vale.
Tres. Tú no decides qué pasa en la trama.
—Protesto la tres —dijo.
—Denegada. Tú corriges el fútbol. Los personajes son míos.
Cuatro. Cualquiera de los dos puede salir del trato con una palabra.
—¿Qué palabra? —preguntó.
Me quedé con el boli en el aire. No lo había pensado; la cláusula me había salido del instinto, que redacta mejor que yo.
—Tiempo —dijo él, antes de que yo encontrara nada—. En mi trabajo es la única palabra que lo para todo. Se pide tiempo y se acabó la jugada, sin explicaciones. Nadie pregunta por qué.
Lo escribí entre paréntesis, al lado de la cláusula: (la palabra es «tiempo»). Me pareció limpio. Me pareció, incluso, elegante, y no pienso analizar por qué me lo pareció.
Cinco. Esto no es lo que crees que es.
La leyó dos veces. Cogió aire para preguntar. Lo soltó sin preguntar, sacó su boli y firmó debajo de la cinco con una firma rápida, torcida hacia atrás, sin pedir ni una aclaración, y esa renuncia a preguntar fue lo más desconcertante que hizo en toda la noche.
—Falta una —dijo—. La mía.
Giró la ficha, y con esa letra zurda que yo llevaba una semana estudiando sin permiso escribió, arrastrando las líneas:
Seis. Ella tiene que verme jugar en directo. El ruido no se escribe de oídas.
—No hace falta que...
—Página cuarenta y uno de tu libro. —Golpeó la tapa verde con un nudillo—. «Aquí el estadio ruge tarde.» Es verdad y no sabes por qué. En la tele el ruido llega mezclado. En el estadio llega por capas, y la última capa te la sabes tú sola o no te la sabes. Regla seis.
Miré la ficha, con sus seis cláusulas y sus dos letras, la mía apretada, la suya arrastrada, conviviendo en la cartulina igual que llevaban semanas conviviendo en los márgenes sin que ninguno de los dos lo hubiera pedido.
Un contrato ridículo. Un contrato perfectamente serio.
Las dos cosas, en proporciones que preferí no auditar.
—¿Y cómo llamamos a... esto? —pregunté—. Porque «asesoría técnica» no pienso escribirlo en mi calendario.
—¿Tutoría?
—Antes la muerte.
—¿Entrenamiento?
—Peor. —Y me salió sola, por deformación, la palabra con la que llevaba todo el verano dignificando el asunto—: Documentación.
—Documentación —repitió, probándola, y algo en cómo le cupo en la boca me avisó de que acababa de regalarle una palabra que ya no iba a volver a ser mía del todo—. Vale. Pues documentación.
Miró el reloj entonces, y por primera vez en toda la noche se le movió algo parecido a la prisa.
Las once menos siete. Me explicó en cuatro frases, mientras recogía, la aritmética de su presencia allí: concentración de vísperas, toque de queda a las once, y un precio tabulado para los que llegan tarde que empezaba en una multa interna, seguía en carrera extra al alba y acababa, si Briggs estaba de humor filosófico, en una cita de Séneca y una temporada mirándote el banquillo desde dentro.
Se había jugado media hora. No la noche, dijo, como si la distinción fuera un principio contable.
En la puerta se paró, se palpó la mochila y volvió sobre sus pasos. Dejó en la mesa, doblada por la mitad, una entrada de cartulina brillante con el escudo y la fecha de mañana.
—Regla seis —dijo—. Entra en vigor ya. Fila K, asiento cuatro. Es de las de jugador: nadie pregunta de dónde sale. —Y ya girándose, camino del pasillo, sin mirarme, con la mano levantada a modo de firma—: Hasta el lunes, Biblioteca.
—Ese no es mi...
La puerta del 800 se cerró con su clic de siempre. El durmiente del sillón cambió de postura, ajeno a que en su planta acababa de firmarse el documento más raro del curso.
Llegué a casa a las once y media. La luz de Priya estaba encendida bajo su puerta, con su murmullo de jurisprudencia en audio a doble velocidad, y me quedé quince segundos delante, con la mano a medio subir.
Contárselo era convertirla en cómplice de algo que ya no era solo mío; no contárselo era dejarle intacta la negación plausible que ella misma había diseñado con tanto orgullo.
Elegí el sistema de mi editora por encima de mi necesidad de gritar en una cocina, bajé la mano y me fui a mi cuarto con el secreto entero, que pesaba el doble por venir firmado.
No encendí la luz grande. Saqué la ficha de préstamo y la releí a la luz del flexo: seis reglas, dos letras, una palabra entre paréntesis.
La guardé en el cajón de los originales que no se enseñan.
Luego desdoblé la entrada y la estuve mirando un rato largo: el escudo, la fecha de mañana y esa tipografía de acontecimiento que tienen las entradas hasta cuando el acontecimiento es un desastre por estrenar.
La clavé en el corcho, sujeta con el subrayador rosa en diagonal, entre mis horarios y mis mentiras organizadas.
Mañana, a las siete, medio campus iría a ver jugar al quarterback de Union. La Suplente, por primera vez en su vida, iba a tener asiento de titular.