Touchdown accidental Capítulo 4
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Capítulo 4

Objetos perdidos

Subí a la tercera planta de la Harlow por el mismo motivo por el que llevo subiendo desde segundo curso: porque allí no hay enchufes y, en consecuencia, no hay testigos.

Abajo quedaba el estudio obligatorio del equipo, cuarenta tíos fingiendo leer con el móvil en el regazo y dos tutoras patrullando entre mesas como árbitros de línea.

Yo tenía mis páginas firmadas y veinte minutos de margen, y los veinte minutos eran para lo mío.

Lo mío, aquel semestre, era un ensayo que se titula «Teoría del descanso», de una tal Marion Ashby, doscientas páginas sobre el arte de parar escritas por una mujer que por lo visto sabía parar, y que yo leía a diez páginas por semana, escondido en la sección donde no entra nadie, porque si en ese vestuario se llega a saber que el quarterback titular lee ensayos sobre quedarse quieto, el mote me dura hasta la jubilación.

La funda de playbook de la mesilla es para casa.

Para la biblioteca está la tercera planta, que es el único sitio del campus donde puedo ser un tío que lee sin que eso signifique nada.

Un playbook. Nuestro escudo en la tapa, descolorido. El formato viejo, el de hace cuatro temporadas.

Me acerqué como se acercan los novatos a la línea de golpeo: sabiendo que algo va a doler y sin saber todavía qué.

Y lo primero que dolió fue bueno, que es la peor variante: en el margen de la página abierta, junto a una protección que me sé de memoria, había una flecha torcida y tres palabras con una letra inclinada hacia atrás, arrastrada, de zurdo que escribe más rápido de lo que piensa.

Mi letra. La de hace cuatro años, cuando aún cruzaba las T como si tuviera prisa.

Un playbook de verdad no es el catálogo de dibujitos que sale en las películas.

Es un cuaderno de supervivencia: protecciones apuntadas con tu taquigrafía, el aviso de a qué safety no creerle la postura, la palabra que cambia la jugada entera escrita en clave por si el libro cae en manos enemigas.

El mío tenía todo eso y además las cicatrices del oficio: «el 54 es el MIKE, no el 52, no vuelvas a caer», «si el corner sonríe, va blitz », esquinas dobladas en las páginas del miedo.

Era mi playbook. El de novato. El que di por perdido en un autobús en diciembre de mi primer año y lloré por dentro una semana entera, porque perder el playbook es la novatada que no te perdonan.

No lo perdí en ningún autobús: pasé las páginas y lo entendí, porque cada página era una fecha.

El club vació las taquillas auxiliares aquel invierno, lo que nadie reclamó fue a parar a la beneficencia de la universidad, y la universidad, por lo visto, lo dona todo en bloque.

Alguien había vendido mi primer año a dos dólares.

En la página del play action básico encontré la prueba definitiva de la autoría: una nota de mi puño y letra, escrita la víspera de mi primer partido de titular, que decía, textualmente, «respira.

cuenta hasta cuatro. no vomites». Los tres consejos en minúscula, el tercero subrayado dos veces.

Me quedé un rato con la mano encima de esa página. Dieciocho años. Qué poca vergüenza y cuánto miedo. Me cayó bien, el crío. No me acordaba de haberlo sido tan claramente.

Y entonces pasé una página más y se acabó la nostalgia.

Porque encima de mi letra vieja había otra.

Rosa. Por todas partes. Rutas subrayadas en fosforito, con una constancia de restauradora, y en los márgenes una caligrafía apretada, rapidísima, que no traducía el fútbol al español: lo traducía a otra cosa.

Junto a una pantalla, alguien había escrito «aquí el estadio ruge tarde», y debajo, más pequeño, «como todo el mundo».

Junto a un blitz del lado ciego: «lo que no ves es lo que te nombra».

Y junto a la lectura de presión, en la esquina, con la tinta más gastada de todo el libro, una frase suelta, sin flecha, como quien apunta algo que se le ha ocurrido en mitad de otra cosa: «como quien echa cuentas que no piensa enseñar».

La conocía. La conocía palabra por palabra, porque la había leído el viernes a las nueve y cuatro de la noche, al final de la entrega siete, aplicada a un gesto que yo hago dentro del casco.

El vértigo de lo primero había sido tibio.

Este era de los de barandilla. Estaba de pie en la sección de Crítica Literaria con el taller de «Cuarto y gol» en las manos: el borrador del serial que leía medio campus vivía en los márgenes de mi propio primer año, las dos letras conviviendo página a página, la del crío que contaba hasta cuatro para no vomitar y la de la autora que lo estaba convirtiendo en otra persona.

Y había más: notas que no me sonaban de ninguna entrega, escenas a medio nacer, frases esperando turno.

No solo tenía el serial en las manos. Tenía el que viene.

Miré la mesa otra vez. El flexo encendido. La silla sin arrastrar. Quien trabajaba ahí se había ido deprisa y hacía poco, y la escalera de emergencia quedaba a diez pasos, once como mucho.

Cerré el libro, me lo metí bajo el brazo con mis páginas de tutoría y bajé por la escalera principal contando peldaños para no pensar. Veintiséis. En el veinte ya sabía que no iba a entregarlo en objetos perdidos.

Esa noche releí las siete entregas. Por rigor, me dije, ahora que tenía material nuevo que cotejar.

Fue distinto. Antes, la autora era una voz sin cuerpo; ahora era alguien con una mesa, un flexo y una letra que se apretaba cuando la idea corría más que la mano, y leer el párrafo de la entrega cuatro sabiendo eso me duró tres líneas: dejé el móvil, apagué la luz y decidí que había cotejado suficiente por hoy.

El jueves hice el trabajo de detective más corto de la historia, porque no hizo falta ninguno.

No pregunté a nadie. No busqué nada. Me limité a quedarme quieto con la memoria, que es una técnica que recomienda mucho Marion Ashby, y la memoria trajo el lunes a las 10:41: tercera fila, la que me cortó la cita por donde me convenía, delante de todo el mundo, con una puntería que todavía me escuece en un sitio raro que no es el orgullo.

Tomaba apuntes inclinada sobre el cuaderno, letra apretada, y mordía el capuchón de un subrayador rosa fosforito con la misma falta de respeto por el material con que estaba mordido el capuchón que apareció el miércoles junto al flexo.

El miércoles por la mañana la había vuelto a ver dos filas atrás, en diagonal, subrayando el programa de la asignatura.

¿Quién subraya un programa? La gente que subraya estadios en rosa.

Caso cerrado en veinticuatro horas y sin salir de mi cabeza.

Molina, dijo la profesora al pasar lista. Cassandra Molina.

Lo que no se cerró fue lo otro: qué hacer con el caso.

El entrenamiento del jueves lo jugó un desconocido con mi dorsal.

Dos intercepciones en once contra once, las dos por el mismo motivo: leía la defensa y a media lectura se me cruzaba una letra rosa diciendo «lo que no ves es lo que te nombra», y para cuando volvía al campo el safety ya estaba donde no debía.

Briggs me miró la segunda vez como se mira un semáforo estropeado, y al acabar la sesión me retuvo tres segundos con dos dedos en la hombrera.

No preguntó por el hombro, que es lo que pregunta todo el mundo.

Dijo: «Séneca sostenía que el arquero falla cuando apunta a dos dianas», me sostuvo la mirada un segundo de más y se fue silbando a otra cosa.

Estoy casi seguro de que Séneca no dijo eso.

Estoy completamente seguro de que Briggs tampoco hablaba de tiro con arco.

Chase, que huele la sangre con una nariz que ya la quisiera nuestra secundaria, me trajo el balón personalmente, me lo puso en las manos y dijo «tranquilo, que para eso estamos», con un tono de enfermero de guardia que era la segunda frase más hostil que me han dicho en ese campo. La primera también era suya.

Por la noche, en el piso, planteé el dilema en abstracto, que es como Toby y yo hablamos de todo lo que importa.

—Hipótesis —dije—. Sabes quién ha escrito una cosa anónima. La persona no sabe que lo sabes. ¿Qué haces?

—¿La cosa es un delito?

—No.

—¿Habla de ti?

—Hipotéticamente.

—¿Bien o mal?

Me lo pensé más de lo defendible.

—Con faltas —dije—. De fútbol.

—Entonces no es una filtración, es una errata. —Abrió la nevera y habló desde dentro, que es donde le sale la filosofía—. La pregunta de verdad es otra: si vas a buscarla, ¿eso es acoso o es logística?

—¿Cuál es la diferencia?

—Lo que quieras que pase cuando la encuentres. —Salió con el zumo y me señaló con él—. Y esa parte, capitán, no me la cuentes ni en hipótesis, que yo tengo un juramento con la Regla siete y tú tienes toque de queda el viernes.

La respuesta llegó el viernes a mediodía, y no la encontré yo: me la sirvió el vestuario.

Día de víspera: paseo táctico por la mañana, comida de equipo, todo el mundo enchufado a su liturgia.

Y en la sobremesa, a petición popular, Toby volvió a leer la jugada de la entrega siete.

La jugada. La famosa. Esa en la que Ryder Vane, con el partido en el aire, esquiva a tres hombres —de los cuales dos, por la descripción, ocupaban el mismo punto del espacio—, cruza la línea de golpeo, sigue corriendo y, ya del otro lado, lanza un pase adelantado de cuarenta yardas que es touchdown, gloria y para algunos de mis compañeros el mejor momento de la literatura universal.

Ilegal por dos sitios. Imposible por cuatro.

El vestuario la coreaba. Ramírez pedía que la metiéramos en el plan de partido.

Y a mí, escuchándola por tercera vez, me pasó una cosa que no me esperaba y que me lo explicó todo: no me molestó el retrato.

Me molestó la jugada. Ahí estaba yo, o el que hacen pasar por mí, con mi cadencia, mi espera y mi manera de echar cuentas, ejecutando una aberración que haría llorar a Briggs y descontarme repeticiones a mí.

Me escribía mejor de lo que me conoce mi entrenador de quarterbacks y me hacía jugar como un dibujo animado.

Aquello no era una amenaza que neutralizar ni un halago que administrar.

Era una errata en el único texto donde me importa estar bien escrito, y las erratas, me consta desde el lunes a las 10:41, se corrigen citando la frase entera.

Para cuando recogieron las bandejas ya tenía la idea completa, con su protección y su ruta caliente. No delatarla. No ignorarla. Ficharla. O ficharme: ese detalle de la redacción todavía se me resistía.

El toque de queda de vísperas es a las once, en el hotel de concentración, aunque juguemos en casa.

A las diez y cuarto dije que bajaba a estirar al gimnasio, cogí la mochila y salí andando hacia la Harlow con media hora de margen y el playbook dentro, envuelto en una sudadera como si fuera mercancía.

La biblioteca cierra tarde los viernes. La tercera planta estaba en su estado natural: el durmiente en su puesto, el fluorescente del fondo con su parpadeo de faro cansado, la mesa de la ventana vacía.

Me senté en la silla que no era la suya, dejé el playbook cerrado en el centro exacto de la mesa, tapa verde arriba, escudo a la vista, y puse la mano encima. Y esperé.

No sabía si vendría. Sabía que era viernes, que su flexo seguía apuntando a su silla como un foco que guarda el sitio, y que la gente vuelve a por los libros que le importan igual que los quarterbacks volvemos al vídeo de la derrota: tarde, de noche y con excusas preparadas.

Mañana yo tenía un estadio entero coreando mi apellido, cuarenta mil personas que se saben mi dorsal y mi cadencia y no me han leído una línea.

La ventaja de campo consiste en eso, en conocer el terreno mejor que nadie.

Llevo toda la vida jugando en casa. Ella llevaba siete entregas jugando dentro de mi terreno sin comprar entrada, y aun así el que estaba sentado en territorio ajeno, con el pulso de visitante y media hora de reloj, era yo.

A las diez y cuarenta y una —la hora tiene gracia; no la tuvo entonces— la puerta del 800 se abrió.

Entró ella.